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12/07/2010
Adios, Jose Saramago
Comunista convencido, porque en él el deseo de justicia y de esperanza era demasiado fuerte. Pero equivocó el camino. “Una sociedad que no se compromete no puede crear intelectuales comprometidos”. Saramago se comprometió.

Se fue Saramago. Pesimista, incongruente… pero un hombre como pocos.

Para Saramago Dios no existía, pero a la vez, Dios no era de fiar. ¿No es esto una incongruencia?

Llegó a decir, convencido de verdad, que la especie humana no merece la vida. ¿Se puede tener un pensamiento más pesimista?

Comunista convencido, porque en él el deseo de justicia y de esperanza era demasiado fuerte. Pero equivocó el camino. “El comunismo despertó miles de esperanzas, para hundirse tras un pasado criminal terrible”. Perteneciente durante los últimos 40 años de su vida al partido comunista portugués, se presentó como comunista libertario, fiel a unas convicciones en nombre de las cuales reconocía que se han cometido tremendos errores. Pero él no se sentía responsable de esos errores, por ello podía seguir siendo fiel a sus principios.

“Una sociedad que no se compromete no puede crear intelectuales comprometidos”. Saramago se comprometió, y desde su compromiso escribió cientos de páginas dedicadas a nuestra frívola y poco comprometida sociedad. Escribió siempre sobre el mundo, pero reconocía que no comprendía en absoluto al mundo.

A José Saramago le llegó el éxito a los 60, después de pasar toda la vida escribiendo. Para él esto no fue un remedio de la vanidad, pues, según decía, las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir. Así de simple. A los 60 le llegó el éxito, a los 63 una novia, y a los 75 el Premio Nobel.

Pilar hizo que le cambiara la vida, y que él mismo cambiara.

El Premio Nobel, sin embargo, no le cambió en absoluto, aunque propició que irrumpieran en su vida viajes y horarios extraños hasta entonces a su rutina. A partir del 98 aparece un Saramago andariego y locuaz, amigo de micrófonos y de fotógrafos. Empieza su etapa panfletaria. Quizás el Premio Nobel sí le cambió un poco.

Pero siempre pervivió en él el espíritu de un hombre crítico, de pensamiento directo y  afilado, sin pelos en la lengua, reconociendo que no supo tener un comportamiento ni siquiera parecido al de su abuelo, al que honraba, y deseaba parecerse. Cuentan, y es verdad, que cuando su abuelo supo que iba a morir fue a su huerto y se fue despidiendo de los árboles abrazándolos uno a uno. Él no repetiría lo que hizo su abuelo, un hombre analfabeto. Sería imposible tener los mismos pensamientos y el mismo profundo sentir que aquel buen hombre tuvo mientras abrazaba esos árboles. Sería un insulto querer imitar una acción así. Según Saramago, su abuelo no obtuvo el Premio Nobel porque era analfabeto, pero seguro lo merecía más que él mismo.

Si Saramago hubiera tenido un escudo heráldico, en el centro veríamos a un hombre abrazado a un árbol.

Adios, Saramago. En muchas cosas no te doy la razón, pero en otras… ¡qué razón tenías!

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