Una línea de montaje de dispositivos Apple se activa en un santiamén. La legión de 8.000 operarios se despierta a media noche, toma una taza de té y un bizcocho, y en media hora está lista para colocar los vidrios de pantalla a decenas de miles de unidades de un nuevo modelo de iPad.
El mayor deseo de cualquier empresario consiste en la posibilidad de contar, de un golpe, con los brazos suficientes para asimilar cualquier pedido. De esa agilidad depende la más rápida colocación de un artículo en el mercado, en cantidades suficientes para satisfacer la demanda de millones de potenciales consumidores.
Esa aspiración, en las tres últimas décadas, se ha hecho realidad cotidiana en el país asiático, que cuenta con una disponibilidad de fuerza laboral a tiempo y a destiempo (difícilmente una cama en un dormitorio colectivo, una taza de té y un bizcocho tengan atractivo suficiente para enlistar a 8.000 obreros estadounidenses, belgas o japoneses en una planta de ensamblaje), unos costos salariales muy bajos (solo el 2% del precio de venta de un iPad se destina a pagar sueldos chinos), y un mercado interno de 1.300 millones de personas.
Sin embargo, tras el enérgico llamamiento de Obama hace unos meses, cerca de un tercio de las compañías norteamericanas presentes en China y con beneficios anuales de más de mil millones de dólares, está planeando devolver las fábricas a EE.UU., lo que podría significar entre dos y tres millones de nuevos puestos de trabajo.
China ya no e stan barata. Cuando se pagaban 58 centavos por hora, retornar las fábricas era imposible, pero a tres o seis dólares, que es el nivel actual de los salarios en la China costera, la cosa cambia. Los costos laborales se han ido incrementando a razón de un 20% anual.
No es éste, sin embargo, el único factor que está haciendo pensar a los empresarios norteamericanos en volver a casa.
Según analistas, EE.UU. posee aún un formidable potencial productivo, y los mismos beneficios monetarios que ha alcanzado China en su producción industrial los ha obtenido EE.UU. con la décima parte de la fuerza laboral con que lo ha hecho aquella.
El alza en los precios de la energía y el transporte, el riesgo del robo de la propiedad intelectual, y la ventaja de que los directivos estadounidenses del proceso industrial puedan desplazarse rápidamente a las instalaciones fabriles –no en vuelos de 16 horas–, funcionan como excelentes argumentos.
Peerles AV, que produce soportes metálicos para todo tipo de equipos de TV, fue uno de los primeros en regresar. La empresa se marchó a China en 2002 en busca de sustituir sus producciones de acero por las de aluminio. Cuando las ventas de televisores de pantalla plana se incrementó, Peerles comenzó a encontrar por todo el mundo copias falsificadas de sus productos. Ello convenció a sus directivos de que había llegado la hora de regresar a EE.UU.
Los datos aún no dan para sentencias concluyentes, pero en cierto sentido sí que están anuncian un viraje. De que EE.UU. invierta más recursos en la superación profesional de sus ingenieros –tal fue la condición expresa de Jobs a Obama–, y de que cree redes de suministro más rápidas y cercanas a los centros de innovación tecnológica, dependerá que la producción continúe o no en la orilla este del Pacífico.
(Fuente: Aceprensa) |