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Viernes, 24 de Mayo de 2013
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ROSA CÁNDIDA

Título Original: Rosa cándida.
Idioma Original: Islandés.
Año Original: 2008.
Autor: Auður Ava Ólafsdóttir.
Editorial: Alfaguara.
País: Islandia. Año: 2011. Páginas: 280.
Género: Actualidad. Público: Jóvenes/Adultos.
Calidad Literaria: ***.
Valoración Ética: 2.
Sinopsis:

    La novela islandesa que conquista el mundo

     

      «Una obra sobresaliente... Sin duda una de las novelas más potentes del año, de una belleza indescriptible.»

      Morgunblaðið

     

      El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa candida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo.

     

      En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.

     

     

      «La exótica Auður Ava Ólafsdóttir ha pulido en la penumbra boreal esta fantástica novela, una delicada joya donde la vida tiene el perfume de las flores.»

      L´Express

     

      «Un triunfo literario indiscutible. Rosa candida demuestra que las mayores sutilezas se expresan a veces con sencillez. Un festín de detalles y pequeños sucesos, cuya belleza prematuramente marchita nutre la memoria de los personajes, algo que se contagia también al lector.»

      Le Monde des livres

     

     

      «Una historia llena de idealismo y buenos sentimientos con la que Auður Ava Ólafsdóttir intentaba acallar el rugido de los especuladores que estaban destrozando su país.»

      Público

     

      «Un humor a la vez barroco y ligero irradia a lo largo de toda esta historia, donde nada ocurre como debiera o sería esperable. Lo que afirma este libro con gran belleza es que nos asustamos más de lo razonable, y que retorcemos las cosas hasta caer en una tristeza infundada.»

      Le Nouvel Observateur

     

      «Esta primera novela desprende un encanto muy difícil de igualar, y de ella emanan una delicadeza y una autenticidad impropias de nuestra época.»

      Elle

     

      «Tan hermosa como una pintura de la Edad de Oro.»

      Politiken

     

      «Encanto y extrañeza son los dos adjetivos que vienen a la mente durante la lectura.»

      Le Figaro littéraire

     

      «La delicadeza que encierra cada página de Rosa candida es tal que podemos creer que estamos soñando. Pero no, ese libro existe, su autora es Auður Ava Ólafsdóttir y hay que leerlo.»

      Le Point

     

      «Una novela que causa asombro página tras página, y que suscita una enorme admiración por quien la ha escrito.»

      Paris Match


Crítica:

    "La rosa candida es una flor de ocho petalos y tallo sin espinas y es la aportación que el joven Arnljotur Ileva consigo cuando se traslada para ocuparse de la reconstruccion de la rosaleda de un antiguo monasterio.

     

      Atrás deja a su padre. a su hermano gemelo autista y a una hija de meses fruto de una fugaz relación con Anna.

     

      Una circunstancia fortuita hace que Arnjbitur. Anna y la niña pasen juntos un mes y descubrirán qué forma quieren dar a su relación, inicialmente de dos desconocidos.

     

      La historia esta contada con un gran encanto y delicadeza. Sentimos interés por los personajes y podemos compartir fácilmente sus dudas e ilusiones. Hay un fondo positivo y esperanzado en la naturaleza humana, que termina encontrando el camino hacia el bien. aunque no esté exento de trampas". (Javier Cercas)

     

      Reproducimos aquí el fragmento que ofrece la editorial:

     

      Trece

      Yo no me habría atrevido, justamente en este momento

      de mi vida, recién salido de una operación de apendicitis,

      a emprender todos los preparativos necesarios para

      que una mujer se te meta en la cama. El que mi amiga

      llegara antes de tiempo me pilló con la guardia baja y

      completamente descolocado. ¿Y si su intención era precisamente

      pillarme por sorpresa? Þorlákur, mi ex amigo,

      diría que las mujeres nunca hacen nada sin planificarlo de

      antemano.

      Le pregunto por qué ha adelantado el regreso.

      —Dijiste que te quedarías tres o cuatro días, que

      pensabas comprar un coche usado y luego marcharte a no

      sé qué jardín —dice extrañada—. Imaginé que ya te habrías

      ido —añade.

      La veo desaparecer casi por completo debajo de la

      sábana, hundirse en el colchón. Parece que piensa dormir

      en la cama a mi lado, y como no hay ninguna otra cama en

      la habitación, se puede decir que hemos avanzado muchos

      grados en nuestro acercamiento.

      —Pero que conste que no te estoy empujando a

      que te vayas —dice desde debajo de las sábanas.

      —Me tuvieron que operar de apendicitis —le explico—.

      Mañana me quitan los puntos.

      Le hablo de mis padecimientos, ella se muestra

      interesada por el tema y yo le pido a Dios que no se empeñe

      en ver las huellas.

      —¿Puedo ver la cicatriz? —está emocionada como

      un niño que espera ver un cachorrito.

      Gracias a Dios llevo puesto el pijama de papá, aunque

      corresponda al gusto de un hombre al que le faltan

      tres años para alcanzar los ochenta.

      —Bonito pijama.

      —Gracias.

      Me bajo los pantalones lo justo para que se vea la

      cicatriz. Tengo que bajarlos bastante, está en la parte inferior

      del vientre.

      Se echa a reír. Literalmente, todo en ella me parece

      nuevo, una sorpresa constante.

      —¿No usabas aparato dental en el colegio?

      —Sí, de los trece a los catorce.

      Se quita las gafas y las deja en la mesilla de noche.

      Con ello indica que no tiene intención de leer en la cama.

      Yo sigo con el libro en la mano y el dedo en el capítulo de

      las mutaciones genéticas de las plantas.

      Lo que más me llama la atención es ver a mi amiga

      por primera vez sin las gafas de miopía, verle los ojos

      sin el grueso cristal. Es como si nunca hubieran estado al

      aire libre, como si estuviera estrenando los ojos en aquel

      momento, no podría estar más desnuda que sin las gafas.

      —¿Son gafas de miopía? —pregunto para centrarme

      exclusivamente en ellas y así olvidar lo embarazoso

      de la situación, que intento apartar de mi mente como

      sea: casi desnudo en la cama con una antigua compañera

      de clase. Aún creo que las gafas pueden salvarme y llevarnos

      a una nueva fase de la conversación, más natural esta

      vez.

      —Sí, seis dioptrías en cada ojo.

      —¿Nunca has pensado en hacerte la cirugía láser?

      —Sí, lo estoy pensando.

      Siento un escalofrío caliente que me baja por el

      abdomen en la habitación helada, y empiezo a sudar. La

      molestia del vientre ha cedido ante otra clase de sensación.

      —¿No ibas a dedicarte a la jardinería? —me pregunta—.

      ¿No dijiste que ibas a no sé qué rosaleda?

      —Así es.

      Claro, que no voy a no sé qué rosaleda, sino a un

      jardín con una historia de siglos y que se menciona en

      todos los libros que tratan de las rosaledas más bellas del

      mundo. Había cosas un tanto oscuras y vagas en la carta

      de respuesta de fray Tomás, aunque me daba la más cordial

      bienvenida.

      —¿Y antes estuviste trabajando en el mar?

      —Sí.

      —¿Qué ha sido del genio de la lengua latina?

      —Se evaporó.

      Cambia de tema.

      —¿No tenías un niño? —pregunta.

      —Sí, una niña de siete meses —contesto, pero renuncio

      a sacar la foto para enseñársela.

      —¿No vivís juntos tú y la madre de la niña?

      —No, lo único que hicimos juntos fue la niña. No

      estaba previsto. En realidad, era amiga de un amigo mío,

      ¿te acuerdas de Þorlákur? En esa época estaba coladísimo

      por ella, fue entonces cuando la conocí, sobre todo porque

      él no hacía más que hablar de ella, aunque su interés no

      era correspondido.

      —¿No es el que se fue a estudiar teología?

      —Sí, eso me dijeron.

      —¿De modo que no estás huyendo de nada? —habla

      igual que papá.

      —No, no.

      Estamos los dos inmóviles un rato, cada uno en su

      lado de la cama. Ella no dice nada. Ninguno de los dos

      dice nada.

      Era el primer invierno después de la muerte de

      mamá, mi veintiún cumpleaños, y por algún motivo Anna

      y yo nos habíamos separado del grupo. Era ya bastante

      avanzada la noche, caía una fuerte nevada y caminamos

      sobre la nieve crujiente, las primeras huellas del día, hasta

      llegar al jardín. Nos dejamos caer sobre la nieve y forma

      mos dos ángeles, luego quise enseñarle la tomatera, ella

      estudiaba biofísica y esa noche en particular estaba muy

      interesada por la genética de las plantas. Serían quizá las

      cinco, ya no recuerdo cuándo entramos en el invernadero,

      siempre había luz para las plantas, y se respiraba un fuerte

      aroma a rosas. En el momento en que entramos en el invernadero

      nos asaltó una espesa humedad caliente, como

      si estuviéramos en alguna parte muy lejana del globo, en

      plena espesura de una selva tropical de treinta metros cuadrados.

      Justo al lado de la puerta se guardaban las herramientas

      de jardinería, también había un catre viejo, lo

      llevé allí yo mismo cuando estaba de exámenes para poder

      estudiar cerca de las plantas. Después se quedó allí. Mamá

      tenía también en el invernadero un viejo tocadiscos, la

      colección de discos era una mezcolanza de música de diversas

      partes del mundo. La regadera y los guantes rosas

      de flores de mamá también estaban allí, como si acabara de

      salir un momento antes. Pero en ese momento no era en

      mamá en lo que estaba pensando. Nos quitamos los anoraks

      y yo descubrí un disco que tenía en la funda la foto

      de una especie de planta trepadora, que parecía una planta

      ornamental de algún palacio hindú, y bailamos entre el

      follaje, yo tenía experiencia porque solía bailar con Jósef.

      Realmente estuvimos charlando un poco de fitobiología

      y antes de darme ni cuenta habíamos empezado a desnudarnos,

      estábamos bastante cerca de los tomates verdes.

      Casi todo lo demás lo recuerdo de un modo confuso. Pero

      me pareció ver por un instante un rayo de luz que iluminaba

      la noche, extrañamente cercano, como si lo reflejara

      la nieve amontonada en el exterior. En ese instante, el

      invernadero se iluminó como si fuera de día, la luz se filtró

      entre las plantas y dibujó las formas de las hojas sobre el

      cuerpo de mi amiga. Acaricié los pétalos de rosa de su

      estómago y en ese mismo instante sentimos los dos claramente

      como una corriente, como un ventilador que alguien

      acabara de encender. No fue sino mucho más tarde

      cuando recordé lo de la corriente y me puse a pensar en la

      luz surgida de la oscuridad, como si se tratara de algo no

      del todo normal. Justo después oímos una grave voz masculina

      delante del invernadero, enfrente del montón de

      nieve: era el vecino con una linterna en la mano, llamando

      al perro. Por la mañana, los dos ángeles seguían esculpidos

      en la nieve, enlazados por las manos, como parte de

      una guirnalda de papel recortado. Si mamá hubiera estado

      viva, me habría mirado con gesto extraño mientras desayunaba,

      como si fuera depositaria de alguna sabiduría

      misteriosa. Y como yo no tenía ganas de desayunar, me

      habría dicho, sin falta, que estaba adelgazando.

      «¿O es que aún estás creciendo?», me pregunta, y

      mira sonriente hacia su franja de cielo. Siempre estaba

      preocupada por que los tres hombres de su vida estuvieran

      adelgazando, sobre todo se empeñaba en que yo no comía

      suficiente. Desde aquella noche no volví a saber nada de

      la futura madre de mi hija hasta dos meses después; justo

      a primeros de año, me llamó y me preguntó que si podíamos

      vernos en un café.

     

      Catorce

      Ciertamente no puedo decir que me encuentre en

      un estado físico adecuado para acostarme con nadie, vista

      la situación. Para ser sincero, preferiría el libro de jardinería

      en vez de la chica. Puedo decir «no, lo siento», pero eso

      la podría herir y hacer que a partir de ese momento todo

      resultara de lo más incómodo.

      —¿Traes plantas? —me pregunta, señalando los

      esquejes que están en la ventana metidos en los vasos de

      hospital.

      —Sí, son esquejes de rosal que me traje del invernadero

      de casa —le respondo—. Pienso llevármelos al jardín.

      —¿Se llama algo especial esa rosa?

      —Sí, rosa de ocho pétalos.

      —¿A qué se debe este interés tuyo por las plantas?

      —me pregunta.

      —Prácticamente he crecido en un invernadero. Me

      siento comodísimo entre plantas.

      Imagino que tiene un interés limitado por la jardinería,

      y como no se me ocurre nada de qué hablar, me

      podría ver obligado a llevar nuestra relación a otro nivel,

      el manual. Me hallo ante dos posibilidades, hacer o no

      hacer. La cuestión es ¿cuándo exactamente se agota el tiempo

      de las posibles elecciones: al cabo de cinco minutos, al

      cabo de diez minutos o quizá ya se ha agotado? Me quito el

      reloj y paso el brazo por encima de ella para dejarlo en la

      mesilla de noche. Mi co-confirmanda está despierta y me

      mira con grandes ojos, no hay forma de saber lo que estará

      pensando. Y tampoco importa mucho, también dentro de

      mi cabeza está todo confuso y nebuloso.

     

      Quince

      Y también está la posibilidad de que uno no recuerde

      todo lo que ha pasado, y al despertar y ver solamente la

      cabeza rubia de una persona de cabello rizado al otro lado

      de la cama, tenga que empezar por averiguar de quién se

      trata. No hay que extraer de esto la conclusión de que me

      he encontrado muchas veces en la situación de no recordar

      exactamente quién está conmigo en la cama. En lo que se

      refiere a mi amiga de infancia, la tarde y la noche de ayer

      no están nada claras en mi memoria. Sigue durmiendo, pero

      yo consigo saltar por encima de ella y ponerme los pantalones.

      Luego voy a la panadería a comprar algo para el desayuno

      de Þórgunnur. Pienso que también debo darle las

      gracias, así que compro una flor, una planta rosa en una

      maceta. Luego tendré que marcharme a toda prisa. Cuando

      vuelvo ya está levantada y asoma la cabeza por la puerta de

      la cocina, se ha puesto un vestido de flores que le llega a la

      rodilla, por encima de unos pantalones vaqueros, y lleva el

      abrigo, como si estuviera a punto de salir por la puerta. Ya

      se ha puesto las gafas, de modo que estoy seguro otra vez.

      Tengo que reconocer que me alarmó que hubiera pensado

      irse sin decir adiós. Le doy la bolsa de la panadería y la maceta.

      Es una dalia.

      —Compré esto para el desayuno —le digo.

      —Gracias —responde, y se pone a oler la flor.

      En realidad carece de aroma, quizá habría tenido

      que comprar alguna especie aromática.

      —Podrá sobrevivir ella sola unos días mientras tú

      andas por ahí excavando cementerios —le digo.

      —¿Cómo va tu cicatriz? —me pregunta.

      —Mucho mejor; en realidad, estupendamente —respondo.

      Y es cierto, aunque aún he de tener mucho cuidado

      al subir la cremallera de los pantalones.

      Mi compañera de colegio dice que tiene que darse

      prisa. Eso no quita para que eche un vistazo en la bolsa

      de la panadería y coja una especie de rosquilla glaseada,

      aunque dice que en realidad no tiene tiempo de desayunar.

      —Tengo que llegar a tiempo —dice, aún con la

      maceta en la mano—. Te deseo buen viaje y que te vaya bien

      en tu paraíso prometido con tus flores de ocho pétalos.

      —Muchas gracias por tu hospitalidad —respondo.

      Cojo la planta y la pongo sobre la mesa de la cocina. Luego

      la abrazo y le paso la mano una o dos veces por la espalda.

      Finalmente le recoloco la bufanda, le envuelvo mejor el

      cuello—. Gracias, otra vez —repito.

      —No quiero retrasarte —dice mientras recoge sus

      cosas a toda prisa, mete los libros en la cartera y va al baño

      a buscar algo. Luego me da un beso rápido y se dirige

      lentamente, junto a la pared, hacia la puerta. Se detiene

      allí un momento y se mira en el espejo para colocarse bien

      el prendedor que se ha puesto en su espeso cabello rizado.

      Eso significa que se está marchando pero que aún tiene

      algo que decir. Espera un momento al lado de la puerta,

      en una mano lleva la rosquilla glaseada que piensa comerse

      camino de la biblioteca—. ¿Quizá no te van demasiado

      las mujeres?

      La pregunta cae sobre mí como un puñetazo. ¿Qué

      puedo responder? ¿Debo decir que sí, pero que no todas

      las mujeres del mundo, lo que sin duda heriría a mi amiga?

      ¿O debo decir, y es cierto, que la experiencia acumulada

      hasta esta mañana no me ha proporcionado material

      suficiente para hallar la respuesta definitiva? ¿O debo justificarme

      físicamente enseñándole otra vez los pelos negros

      que me salen del vientre? Podría decir:

      —Claro que sí, pero no con los puntos.

      —No te lo tomes a mal —dice mi co-confirmanda

      con un pie en el umbral. La arqueóloga lleva botas de

      cuero altas, con tacones.

      Tengo el despertador bien a la vista sobre la mesilla

      de noche, así puedo saber la hora mientras recojo mis

      cosas y pongo orden en la habitación, lo que me lleva

      aproximadamente cuatro minutos.

     
Autor Crítica: María Hens

CALIDAD LITERARIA: ***** Excelente, **** Muy Buena, *** Buena, ** Regular, * Mala
VALORACIÓN ÉTICA: 1- Sin Inconvenientes   
                                    2- Sin inconvenientes pero requiere buena formación doctrinal y capacidad crítica
                                    3- Con inconvenientes. Debe haber motivo proporcionado para ser leido y tomar cautelas.
                                    4- Contenidos contrarios a la fe y a la moral cristiana.

Comentarios de los lectores

Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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