Sinopsis:
La novela islandesa que conquista el mundo
«Una obra sobresaliente... Sin duda una de las novelas más potentes del año, de una belleza indescriptible.»
Morgunblaðið
El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa candida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo.
En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
«La exótica Auður Ava Ólafsdóttir ha pulido en la penumbra boreal esta fantástica novela, una delicada joya donde la vida tiene el perfume de las flores.»
L´Express
«Un triunfo literario indiscutible. Rosa candida demuestra que las mayores sutilezas se expresan a veces con sencillez. Un festín de detalles y pequeños sucesos, cuya belleza prematuramente marchita nutre la memoria de los personajes, algo que se contagia también al lector.»
Le Monde des livres
«Una historia llena de idealismo y buenos sentimientos con la que Auður Ava Ólafsdóttir intentaba acallar el rugido de los especuladores que estaban destrozando su país.»
Público
«Un humor a la vez barroco y ligero irradia a lo largo de toda esta historia, donde nada ocurre como debiera o sería esperable. Lo que afirma este libro con gran belleza es que nos asustamos más de lo razonable, y que retorcemos las cosas hasta caer en una tristeza infundada.»
Le Nouvel Observateur
«Esta primera novela desprende un encanto muy difícil de igualar, y de ella emanan una delicadeza y una autenticidad impropias de nuestra época.»
Elle
«Tan hermosa como una pintura de la Edad de Oro.»
Politiken
«Encanto y extrañeza son los dos adjetivos que vienen a la mente durante la lectura.»
Le Figaro littéraire
«La delicadeza que encierra cada página de Rosa candida es tal que podemos creer que estamos soñando. Pero no, ese libro existe, su autora es Auður Ava Ólafsdóttir y hay que leerlo.»
Le Point
«Una novela que causa asombro página tras página, y que suscita una enorme admiración por quien la ha escrito.»
Paris Match
Crítica:
"La rosa candida es una flor de ocho petalos y tallo sin espinas y es la aportación que el joven Arnljotur Ileva consigo cuando se traslada para ocuparse de la reconstruccion de la rosaleda de un antiguo monasterio.
Atrás deja a su padre. a su hermano gemelo autista y a una hija de meses fruto de una fugaz relación con Anna.
Una circunstancia fortuita hace que Arnjbitur. Anna y la niña pasen juntos un mes y descubrirán qué forma quieren dar a su relación, inicialmente de dos desconocidos.
La historia esta contada con un gran encanto y delicadeza. Sentimos interés por los personajes y podemos compartir fácilmente sus dudas e ilusiones. Hay un fondo positivo y esperanzado en la naturaleza humana, que termina encontrando el camino hacia el bien. aunque no esté exento de trampas". (Javier Cercas)
Reproducimos aquí el fragmento que ofrece la editorial:
Trece
Yo no me habría atrevido, justamente en este momento
de mi vida, recién salido de una operación de apendicitis,
a emprender todos los preparativos necesarios para
que una mujer se te meta en la cama. El que mi amiga
llegara antes de tiempo me pilló con la guardia baja y
completamente descolocado. ¿Y si su intención era precisamente
pillarme por sorpresa? Þorlákur, mi ex amigo,
diría que las mujeres nunca hacen nada sin planificarlo de
antemano.
Le pregunto por qué ha adelantado el regreso.
—Dijiste que te quedarías tres o cuatro días, que
pensabas comprar un coche usado y luego marcharte a no
sé qué jardín —dice extrañada—. Imaginé que ya te habrías
ido —añade.
La veo desaparecer casi por completo debajo de la
sábana, hundirse en el colchón. Parece que piensa dormir
en la cama a mi lado, y como no hay ninguna otra cama en
la habitación, se puede decir que hemos avanzado muchos
grados en nuestro acercamiento.
—Pero que conste que no te estoy empujando a
que te vayas —dice desde debajo de las sábanas.
—Me tuvieron que operar de apendicitis —le explico—.
Mañana me quitan los puntos.
Le hablo de mis padecimientos, ella se muestra
interesada por el tema y yo le pido a Dios que no se empeñe
en ver las huellas.
—¿Puedo ver la cicatriz? —está emocionada como
un niño que espera ver un cachorrito.
Gracias a Dios llevo puesto el pijama de papá, aunque
corresponda al gusto de un hombre al que le faltan
tres años para alcanzar los ochenta.
—Bonito pijama.
—Gracias.
Me bajo los pantalones lo justo para que se vea la
cicatriz. Tengo que bajarlos bastante, está en la parte inferior
del vientre.
Se echa a reír. Literalmente, todo en ella me parece
nuevo, una sorpresa constante.
—¿No usabas aparato dental en el colegio?
—Sí, de los trece a los catorce.
Se quita las gafas y las deja en la mesilla de noche.
Con ello indica que no tiene intención de leer en la cama.
Yo sigo con el libro en la mano y el dedo en el capítulo de
las mutaciones genéticas de las plantas.
Lo que más me llama la atención es ver a mi amiga
por primera vez sin las gafas de miopía, verle los ojos
sin el grueso cristal. Es como si nunca hubieran estado al
aire libre, como si estuviera estrenando los ojos en aquel
momento, no podría estar más desnuda que sin las gafas.
—¿Son gafas de miopía? —pregunto para centrarme
exclusivamente en ellas y así olvidar lo embarazoso
de la situación, que intento apartar de mi mente como
sea: casi desnudo en la cama con una antigua compañera
de clase. Aún creo que las gafas pueden salvarme y llevarnos
a una nueva fase de la conversación, más natural esta
vez.
—Sí, seis dioptrías en cada ojo.
—¿Nunca has pensado en hacerte la cirugía láser?
—Sí, lo estoy pensando.
Siento un escalofrío caliente que me baja por el
abdomen en la habitación helada, y empiezo a sudar. La
molestia del vientre ha cedido ante otra clase de sensación.
—¿No ibas a dedicarte a la jardinería? —me pregunta—.
¿No dijiste que ibas a no sé qué rosaleda?
—Así es.
Claro, que no voy a no sé qué rosaleda, sino a un
jardín con una historia de siglos y que se menciona en
todos los libros que tratan de las rosaledas más bellas del
mundo. Había cosas un tanto oscuras y vagas en la carta
de respuesta de fray Tomás, aunque me daba la más cordial
bienvenida.
—¿Y antes estuviste trabajando en el mar?
—Sí.
—¿Qué ha sido del genio de la lengua latina?
—Se evaporó.
Cambia de tema.
—¿No tenías un niño? —pregunta.
—Sí, una niña de siete meses —contesto, pero renuncio
a sacar la foto para enseñársela.
—¿No vivís juntos tú y la madre de la niña?
—No, lo único que hicimos juntos fue la niña. No
estaba previsto. En realidad, era amiga de un amigo mío,
¿te acuerdas de Þorlákur? En esa época estaba coladísimo
por ella, fue entonces cuando la conocí, sobre todo porque
él no hacía más que hablar de ella, aunque su interés no
era correspondido.
—¿No es el que se fue a estudiar teología?
—Sí, eso me dijeron.
—¿De modo que no estás huyendo de nada? —habla
igual que papá.
—No, no.
Estamos los dos inmóviles un rato, cada uno en su
lado de la cama. Ella no dice nada. Ninguno de los dos
dice nada.
Era el primer invierno después de la muerte de
mamá, mi veintiún cumpleaños, y por algún motivo Anna
y yo nos habíamos separado del grupo. Era ya bastante
avanzada la noche, caía una fuerte nevada y caminamos
sobre la nieve crujiente, las primeras huellas del día, hasta
llegar al jardín. Nos dejamos caer sobre la nieve y forma
mos dos ángeles, luego quise enseñarle la tomatera, ella
estudiaba biofísica y esa noche en particular estaba muy
interesada por la genética de las plantas. Serían quizá las
cinco, ya no recuerdo cuándo entramos en el invernadero,
siempre había luz para las plantas, y se respiraba un fuerte
aroma a rosas. En el momento en que entramos en el invernadero
nos asaltó una espesa humedad caliente, como
si estuviéramos en alguna parte muy lejana del globo, en
plena espesura de una selva tropical de treinta metros cuadrados.
Justo al lado de la puerta se guardaban las herramientas
de jardinería, también había un catre viejo, lo
llevé allí yo mismo cuando estaba de exámenes para poder
estudiar cerca de las plantas. Después se quedó allí. Mamá
tenía también en el invernadero un viejo tocadiscos, la
colección de discos era una mezcolanza de música de diversas
partes del mundo. La regadera y los guantes rosas
de flores de mamá también estaban allí, como si acabara de
salir un momento antes. Pero en ese momento no era en
mamá en lo que estaba pensando. Nos quitamos los anoraks
y yo descubrí un disco que tenía en la funda la foto
de una especie de planta trepadora, que parecía una planta
ornamental de algún palacio hindú, y bailamos entre el
follaje, yo tenía experiencia porque solía bailar con Jósef.
Realmente estuvimos charlando un poco de fitobiología
y antes de darme ni cuenta habíamos empezado a desnudarnos,
estábamos bastante cerca de los tomates verdes.
Casi todo lo demás lo recuerdo de un modo confuso. Pero
me pareció ver por un instante un rayo de luz que iluminaba
la noche, extrañamente cercano, como si lo reflejara
la nieve amontonada en el exterior. En ese instante, el
invernadero se iluminó como si fuera de día, la luz se filtró
entre las plantas y dibujó las formas de las hojas sobre el
cuerpo de mi amiga. Acaricié los pétalos de rosa de su
estómago y en ese mismo instante sentimos los dos claramente
como una corriente, como un ventilador que alguien
acabara de encender. No fue sino mucho más tarde
cuando recordé lo de la corriente y me puse a pensar en la
luz surgida de la oscuridad, como si se tratara de algo no
del todo normal. Justo después oímos una grave voz masculina
delante del invernadero, enfrente del montón de
nieve: era el vecino con una linterna en la mano, llamando
al perro. Por la mañana, los dos ángeles seguían esculpidos
en la nieve, enlazados por las manos, como parte de
una guirnalda de papel recortado. Si mamá hubiera estado
viva, me habría mirado con gesto extraño mientras desayunaba,
como si fuera depositaria de alguna sabiduría
misteriosa. Y como yo no tenía ganas de desayunar, me
habría dicho, sin falta, que estaba adelgazando.
«¿O es que aún estás creciendo?», me pregunta, y
mira sonriente hacia su franja de cielo. Siempre estaba
preocupada por que los tres hombres de su vida estuvieran
adelgazando, sobre todo se empeñaba en que yo no comía
suficiente. Desde aquella noche no volví a saber nada de
la futura madre de mi hija hasta dos meses después; justo
a primeros de año, me llamó y me preguntó que si podíamos
vernos en un café.
Catorce
Ciertamente no puedo decir que me encuentre en
un estado físico adecuado para acostarme con nadie, vista
la situación. Para ser sincero, preferiría el libro de jardinería
en vez de la chica. Puedo decir «no, lo siento», pero eso
la podría herir y hacer que a partir de ese momento todo
resultara de lo más incómodo.
—¿Traes plantas? —me pregunta, señalando los
esquejes que están en la ventana metidos en los vasos de
hospital.
—Sí, son esquejes de rosal que me traje del invernadero
de casa —le respondo—. Pienso llevármelos al jardín.
—¿Se llama algo especial esa rosa?
—Sí, rosa de ocho pétalos.
—¿A qué se debe este interés tuyo por las plantas?
—me pregunta.
—Prácticamente he crecido en un invernadero. Me
siento comodísimo entre plantas.
Imagino que tiene un interés limitado por la jardinería,
y como no se me ocurre nada de qué hablar, me
podría ver obligado a llevar nuestra relación a otro nivel,
el manual. Me hallo ante dos posibilidades, hacer o no
hacer. La cuestión es ¿cuándo exactamente se agota el tiempo
de las posibles elecciones: al cabo de cinco minutos, al
cabo de diez minutos o quizá ya se ha agotado? Me quito el
reloj y paso el brazo por encima de ella para dejarlo en la
mesilla de noche. Mi co-confirmanda está despierta y me
mira con grandes ojos, no hay forma de saber lo que estará
pensando. Y tampoco importa mucho, también dentro de
mi cabeza está todo confuso y nebuloso.
Quince
Y también está la posibilidad de que uno no recuerde
todo lo que ha pasado, y al despertar y ver solamente la
cabeza rubia de una persona de cabello rizado al otro lado
de la cama, tenga que empezar por averiguar de quién se
trata. No hay que extraer de esto la conclusión de que me
he encontrado muchas veces en la situación de no recordar
exactamente quién está conmigo en la cama. En lo que se
refiere a mi amiga de infancia, la tarde y la noche de ayer
no están nada claras en mi memoria. Sigue durmiendo, pero
yo consigo saltar por encima de ella y ponerme los pantalones.
Luego voy a la panadería a comprar algo para el desayuno
de Þórgunnur. Pienso que también debo darle las
gracias, así que compro una flor, una planta rosa en una
maceta. Luego tendré que marcharme a toda prisa. Cuando
vuelvo ya está levantada y asoma la cabeza por la puerta de
la cocina, se ha puesto un vestido de flores que le llega a la
rodilla, por encima de unos pantalones vaqueros, y lleva el
abrigo, como si estuviera a punto de salir por la puerta. Ya
se ha puesto las gafas, de modo que estoy seguro otra vez.
Tengo que reconocer que me alarmó que hubiera pensado
irse sin decir adiós. Le doy la bolsa de la panadería y la maceta.
Es una dalia.
—Compré esto para el desayuno —le digo.
—Gracias —responde, y se pone a oler la flor.
En realidad carece de aroma, quizá habría tenido
que comprar alguna especie aromática.
—Podrá sobrevivir ella sola unos días mientras tú
andas por ahí excavando cementerios —le digo.
—¿Cómo va tu cicatriz? —me pregunta.
—Mucho mejor; en realidad, estupendamente —respondo.
Y es cierto, aunque aún he de tener mucho cuidado
al subir la cremallera de los pantalones.
Mi compañera de colegio dice que tiene que darse
prisa. Eso no quita para que eche un vistazo en la bolsa
de la panadería y coja una especie de rosquilla glaseada,
aunque dice que en realidad no tiene tiempo de desayunar.
—Tengo que llegar a tiempo —dice, aún con la
maceta en la mano—. Te deseo buen viaje y que te vaya bien
en tu paraíso prometido con tus flores de ocho pétalos.
—Muchas gracias por tu hospitalidad —respondo.
Cojo la planta y la pongo sobre la mesa de la cocina. Luego
la abrazo y le paso la mano una o dos veces por la espalda.
Finalmente le recoloco la bufanda, le envuelvo mejor el
cuello—. Gracias, otra vez —repito.
—No quiero retrasarte —dice mientras recoge sus
cosas a toda prisa, mete los libros en la cartera y va al baño
a buscar algo. Luego me da un beso rápido y se dirige
lentamente, junto a la pared, hacia la puerta. Se detiene
allí un momento y se mira en el espejo para colocarse bien
el prendedor que se ha puesto en su espeso cabello rizado.
Eso significa que se está marchando pero que aún tiene
algo que decir. Espera un momento al lado de la puerta,
en una mano lleva la rosquilla glaseada que piensa comerse
camino de la biblioteca—. ¿Quizá no te van demasiado
las mujeres?
La pregunta cae sobre mí como un puñetazo. ¿Qué
puedo responder? ¿Debo decir que sí, pero que no todas
las mujeres del mundo, lo que sin duda heriría a mi amiga?
¿O debo decir, y es cierto, que la experiencia acumulada
hasta esta mañana no me ha proporcionado material
suficiente para hallar la respuesta definitiva? ¿O debo justificarme
físicamente enseñándole otra vez los pelos negros
que me salen del vientre? Podría decir:
—Claro que sí, pero no con los puntos.
—No te lo tomes a mal —dice mi co-confirmanda
con un pie en el umbral. La arqueóloga lleva botas de
cuero altas, con tacones.
Tengo el despertador bien a la vista sobre la mesilla
de noche, así puedo saber la hora mientras recojo mis
cosas y pongo orden en la habitación, lo que me lleva
aproximadamente cuatro minutos.
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