Sinopsis:
El gran escritor israelí analiza los comienzos de varias novelas y relatos y descubre al lector por qué el comienzo de una novela es tan importante para el resto de la narración.
Un libro sobre libros que instruye y entretiene, escrito con habilidad.
Todo texto narrativo es una suma de presencias y de vacíos. El discurso novelístico está compuesto, sin embargo, tanto por lo que contiene explícitamente como por lo que le falta e implícitamente reclama al lector para que con su mente contribuya al éxito de la operación co-creadora que es la lectura. Pero, ¿cómo saber qué le falta a la novela o el relato en cuya lectura nos embarcamos? Precisamente en el transcurso del “acto de leer” y sobre todo en esos comienzos de la historia que Amos Oz disecciona, a partir de lo que es la pura presencia discursiva –las palabras– percibimos las lagunas o ausencias, esos vacíos, blancos o indeterminaciones que pertenecen al texto, pues son elementos constitutivos del mismo, y componen el espectro de aquel “lector implícito” junto con otras técnicas de narración o escritura que exigen una determinada forma de decodificación, como ocurre, por caso, en el comienzo de “El violín de Rothschild”, donde Chéjov impone a su lector un “contrato inicial” por el que “tiene que entender algo a través de su opuesto” (pág. 69).
Sin la más mínima contaminación de escuela, Amos Oz consigue en este libro, por él mismo definido como “un curso lectura lenta”, describir el funcionamiento de ese fascinante proceso por el que los lectores vamos construyendo, paso a paso, nuestras hipótesis interpretativas que el texto, página a página, ratificará o nos obligará a rectificar. En este sentido, es admirable el capítulo más extenso de La historia comienza, dedicado precisamente a La Storia de Elsa Morante, una novela sobrecogedora que trata de la “tragedia de los errores” que culmina en la violación de una judía italiana por un soldado alemán.
Crítica:
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