Sinopsis:
La estatuaria ha representado las imágenes del poder político, transmitiendo a través de su iconografía la propia concepción del mismo vigente en cada cultura. Es así fácil comprobar con la estatuaria egipcia ilustra una determinada concepción de la monarquía que se identifica con la divinidad.
Muy esclarecedor es, asimismo, el caso de las representaciones escultóricas del emperador romano Augusto; en efecto, en la estatua conocida como Augusto de Prima Porta está representado como "imperator", vestido con traje militar de gala y en actitud de dirigirse a las legiones romanas, arengándolas; es decir, que la iconografía intenta configurar una imagen determinada del poder, representando a este personaje como supremo jefe militar, como emperador o jefe de las legiones romanas.
Otro de los mejores retratos de Augusto es el llamado Augusto de Vía Labicana, en el que aparece togado y con la cabeza cubierta, es decir, en actitud de sacrificar como Sumo Sacerdote o Pontifex Maximus. En unos momentos en que se está configurando una determinada concepción del poder político en los comienzos del Imperio, las imágenes de Augusto no son tanto retratos personales cuanto símbolos del poder y de los contenidos del mismo, ya se trate de Augusto como «imperator» o como "Pontifex maximus", supremo jefe militar, en definitiva, y máxima autoridad religiosa, dos aspectos de la concentración de poderes en el emperador romano.
Las imágenes reflejan el estado de una sociedad y de su sistema de valores, así como sus crisis y momentos de euforia. Partiendo de esta premisa, Paul Zanker analiza el arte de los tiempos de Augusto, quien, empeñado en un esfuerzo sin precedentes por devolver una identidad a los romanos tras la crisis social y política de fines de la República, creó un nuevo lenguaje iconográfico.
Crítica:
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