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Pintor renacentista flamenco fundador de la Escuela de Amberes. N. en Lovaina en 1466. Se inicia en el arte de la pintura bajo la influencia de Bouts (v.), aunque sus viajes, especialmente el de Italia en los primeros años del s. XVI, influirían de manera decisiva en su obra. La muerte le sorprende en Amberes en 1530; heredan su dedicación al arte, aunque con personalidad propia, dos de sus hijos: Cornelis y Jan. La figura de M. se dibuja al filo de la leyenda; confusos rumores le presentan como«el herrero convertido en genial pintor». Más real, y desde otra perspectiva, es la de su perfil como típico humanista del renacimiento nórdico. De ello hablan sus amistades; efectivamente, conoció y retrató a personalidades tan ilustres como Tomás Moro (v.) y Erasmo de Rotterdam (v.). Se puede afirmar que las ideas de este último influyeron considerablemente en la obra de M.: el mismo interés por la Antigüedad clásica, tamizado por esa «piedad ardiente» propia de los hombres del norte, el mismo afán depurador de la oriflama tardogótica, la misma vinculación a esa religión intimista y apasionada que protagonizaron los Hermanos de la vida en común.
Precisamente esa doble tensión entre la extroversión pagana que florece con el Renacimiento y el talante introvertido y ascético del hombre del Norte vertebra y explica el sentido de su obra. De los italianos asimila la idea del ritmo y el modelado de los contornos a la manera del sfumato leonardesco. Formalmente es, pues, uno de los principales divulgadores septentrionales de los planteamientos pictóricos del Renacimiento. El interés por obtener un sentido más allá de la mera epidermis, enriquece su penetración psicológica, que se destaca en la realización de un tipo de retratos caracterizados por la acentuada expresividad de una vida interior y cuyo ejemplo más oportuno es precisamente ese díptico, que realizó en 1517, con las figuras de Erasmo y Moro. Su actitud crítica y reformadora le convierte en uno de los auténticos creadores del cuadro de género con tema satírico o didáctico, en el que se exageran los rasgos hasta la caricatura para mayor efecto expresivo, tal y como podemos comprobar, p. ej., en El amor desigual (col. particuiar, París) y La vieja mesándose los cabellos (Prado). Por rara parte, M. conserva ese gusto por la minuciosidad en el detalle que generalizaron los primitivos flamencos y, como también es propio de esa tradición, prefiere el tema -de la vida cotidiana sobre cualquier otro, como aparece en la obra El banquero y su mujer (Louvre).
En España alcanzó gran aceptación la pintura del maestro flamenco, lo cual no sólo se manifiesta por la presencia en territorio español de algunas de sus más importantes obras -La Virgen orante, El Salvador bendiciendo, Cristo presentado al pueblo, Las tentaciones de San Antonio (firmado por Patinir) todos en el Prado, La Virgen y el Niño con Santa Isabel y San Juan (col. particular, Madrid)- sino por la influencia que ejerce sobre algún pintor peninsular como Juan de Roelas (v.). Fray José de Sigüenza, que tanta perspicacia demostró en apreciar la pintura, proporciona una opinión española sobre la ascendencia que gozaba el artista flamenco, ya por aquel entonces: «En el zaguán de la misma sacristía está un cuadro de San jerónimo, excelente; parece milagroso, porque yo le oí decir a Jacobo de Trezo, que lo presentó a su Majestad, lo había pintado un herrero de Flandes, y fue lo primero que sacó a la luz pudiéramos decir lo del otro poeta: Ut sic repente poeta prodirem». (F. J. de Sigüenza, La fundación del Monasterio de El Escorial, Madrid 1963, 386). |
BIBL.: M. FRIEDLÁNDER, Die altniederlandische Malerei, V, Leiden 1934-37; H. BRISING, Quentin Metsys. Essai sur 1'origine de l'italianisme dans l'art des Pays-Bas, Uppsala 1909; G. MARLIER, Erasme et la peinture /lamande de son temps, Damme 1954; F. 1. SÁNCHEZ CANTÓN, Notas sobre Quintin Metsys en la Península, «Archivo Español de Arte», 65, Madrid 1944
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