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El Opus Dei es representado de modo totalmente irreconocible por un “monje” con un pasado extraño, de ojos rojizos y albino. Se sigue así la moda en Hollywood de recurrir a albinos para el papel de gente malvada, tal como ocurriera en la película de Vincent Price en The Fall of the House of Usher (1960), o en los gemelos de The Matrix Reloaded (2003). El caso es que el padre de Silas era un fornido estibador que golpeaba a su hijo de pequeño, por lo que con el tiempo Silas acabó asesinando a otro estibador que le recordaba a su padre. Pasó un tiempo en la cárcel, y aunque se regeneró, luego continuó matando y matando. A Brown le gusta regodearse en el hecho de que, a su vez, Silas se de azotes sangrientos en la espalda y amarre en su muslo un cilicio hasta que le salga la sangre. Esta escena, que apela a un supuesto espíritu sadomasoquista de la audiencia, ha sido inevitablemente recogida en la película, como otro modo de retratar torcidamente al Opus Dei. (Curiosamente el unico Silas que el New York Times ha descubierto en el Opus Dei es Silas Agbim, el caballero de origen nigeriano que aparece a la izquierda de la fotografia, en compania de su mujer Ngozi. Esta casado y con tres hijos. Ni es albino, ni monje, y no se dedica a asesinar sino a la Bolsa neoyorquina. A su señora parece que le hace gracia).
Pero, ¿es esto una calumnia? ¿No utiliza la gente del Opus Dei cilicios y disciplinas? Eso es fácil de resolver consultando internet. No han pasado diez segundos navegando que encuentro la página web de un tal Willy Vasquez, numerario en el Perú, quien responde que sí, pero no todos, y no como Silas, y especifica: “Como todos los cristianos, los miembros del Opus Dei buscan ofrecer pequeñas mortificaciones para unirse al sacrificio de Cristo en la Cruz. A su vez, la Iglesia recuerda en la Cuaresma los 40 días que estuvo Jesús en el desierto antes de su vida pública, tiempo durante el cual la Iglesia invita a ofrecer mortificaciones y hacer penitencia, para preparase para la Semana Santa. Por lo general las mortificaciones de los fieles del Opus Dei se viven en lo ordinario, es decir, en las comidas o bebidas, en las relaciones con los demás, en el trabajo, en el dominio del carácter, etc. Los miembros célibes del Opus Dei utilizan también penitencias tradicionales en la Iglesia, como el cilicio y las disciplinas. El Opus Dei no ha inventado esas mortificaciones. Pertenecen a la tradición milenaria de la Iglesia. El Opus Dei no es la única institución que utiliza esas prácticas de mortificación. Por el contrario el cilicio y disciplinas usados en el Opus Dei, son más bien de pequeña envergadura, adecuados a su condición de gente corriente, y se usan por poco tiempo. Esa penitencia no hace mal a la salud. Sí lo hace el exceso de alcohol, o de colesterol, o la pereza, o las drogas, etc. Pienso—acaba diciendo—que la ocasión es propicia para recomendar la mortificación como medio de sólido progreso espiritual”. Si quiere leer más cosas del Opus Dei, pero que no vengan de un miembro, ni de un ex-miembro, entonces ese libro ya está a la venta, y, curiosamente lo ofrece la misma editorial que publica en EEUU el Codigo Da Vinci, el autor es John L. Allen, Jr., y éste es el título: Opus Dei. An Objective Look Behind the Myths and Reality of the Most Controversial Force in the Catholic Church (Doubleday, 2005).
¿Por qué metió Dan Brown al Opus Dei en su novela, y, en particular por qué lo metió de esa manera tan irreal? A mediados de marzo de 2006 Dan Brown compareció ante un tribunal de Londres como testigo en el proceso de demanda que los autores del libro Holy Blood, Holy Grail llevaron contra la editorial Random House, por considerar que el Codigo Da Vinci en lo sustancial plagiaba una de sus obras. Allí Brown dio a conocer un escrito en el que revelaba las claves de su obra. "Cuando un día me desperté una mañana, decidí escribir un thriller que hurgara en la Agencia Nacional de Seguridad… y que su héroe fuera un hombre corriente al que le acecharan fuerzas malvadas que él no comprendiera". Pronto conoció un cierto éxito en sus novelas que él atribuyo a tres elementos esenciales: “una especie de ‘fuerza oculta’, como una sociedad secreta o una agencia del gobierno; una ‘gran idea’ que contenga un fondo moral gris; y un ‘tesoro’”. Entre las ‘fuerzas ocultas’ habría que situar a unos conspiradores malos, como la Agencia Nacional de Seguridad, la Iglesia o el Opus Dei, que contrastarían con los conspiradores buenos, como el grupo masónico de los Illuminatti o el Priorato de Sión. El periodista Bryan Curtis señalaba en Slate (22 marzo 2006), que esas ‘grandes ideas’ serían preguntas del tipo: ¿Es el Vaticano bueno, o malo? ¿Está con nosotros la Agencia de Seguridad Nacional, o contra nosotros?". Por último, los ‘tesoros’ en sus novelas han sido un meteorito, la antimateria, un anillo de oro y el Santo Grial. Sin duda, mezclando estos elementos Brown ha sabido crear un cóctel explosivo. Intentemos comprender mejor esto.
Podemos empezar recurriendo al método de los “escenarios ficticios”. Olson y Miesel dicen en su libro La trampa Da Vinci: “Imagínense una novela basada en la premisa de que el Holocausto nunca ocurrió, sino quefue invención de un grupo poderoso de líderes judíos, que aprovecharon el ‘mito’ para aumentar poder y fortuna. O considere una teórica novela señalando que Mahoma no fue un profeta en absoluto, sino un drogadicto homosexual que se casó con varias esposas para ocultar su comportamiento y que mató a miles de musulmanes en un arranque de rabia contra homosexuales”. Massimo Introvigne, un estudioso de la religiones propone otro escenario imaginario: “Se edita una novela en la que se afirma que Buda, después de la iluminación, no condujo la vida de castidad que se le atribuye, sino que tuvo mujer e hijos. Que, tras su muerte, la comunidad budista conculcó los derechos de la mujer, que debería haber sido su heredera. Que, para ocultar esta verdad, los budistas han asesinado a millares, e incluso millones de personas, a lo largo de la historia. Que un santón budista fallecido hace pocos años –por ejemplo, un tal Daisetz Teitaro Suzuki (1870-1966)— era en realidad el jefe de una banda de delincuentes. Y, que a fin de perpetuar las mentiras sobre Buda, el Dalai Lama y otras personalidades del budismo internacional emplean cualquier medio, incluso el asesinato”. Los tres autores concluyen que este tipo de novelas sería unánimemente condenado por los críticos por ser políticamente incorrectas, y censuradas en las librerías ante el aplauso general. Ni pensar que pudieran llegar a la pantalla cinematográfica.
Si seguimos preguntándonos por qué en un caso es posible y en otro no, la respuesta tal vez la encontráramos finalmente en la actual decadencia de Occidente. Y esto es así ya que unas décadas antes obras como El Codigo Da Vinci no sólo no hubieran encontrado público, sino que habrían causado un gran escándalo si se hubieran publicado. Además la defensa a ultranza en Occidente de los otros credos, budistas o musulmanes, pocas veces se hace por el supuesto respeto que merecen, sino porque es una ‘pose’, y a veces un modo inconsciente de acelerar una autodestrucción. Con otras palabras Umberto Eco completaba este cuadro en su columna de L’ Espresso (30 de julio de 2005). Al comentar, en primer lugar, el afanado trabajo de los críticos de la novela señalando los errores históricos de ésta, decía, siempre están en lo cierto; así, cosas como “la relación de Jesús con la Magdalena, el viaje a Francia, la fundación de los merovingios, el priorato de Sión, etc., son una pacotilla que circula desde hace decenios en librillos de ciencias ocultas, en los que Brown ha entrado a saco”. Lo que preocupaba a Eco, en segundo lugar, era que tanta crítica lo que estaba consiguiendo era divulgar más el material que intentaba desmentir, con lo que el complot conseguía así su objetivo. Y Eco, a pesar de su ateísmo, respondía nuestra pregunta inicial con gran precisión: “Creo que lo que preocupa a la Iglesia es que la ‘creencia en el Codigo’ (y en otro Jesús) es un síntoma de descristianización, … [por eso] cuando la gente ya no cree en Dios—como decía Chesterton—no es que ya no crea en nada, sino al contrario, la gente pasa a creer cualquier cosa". |