Hoy día el gnosticismo es reconocible en movimientos como la New Age, o en otros de carácter ocultista, neo-pagano, o de feminismo radical. Los primeros atisbos de gnosticismo podrían trazarse en algunos conceptos de la filosofía de Platón, en la teología iraní y en tradición judía, tanto de antes como de después de la aparición del cristianismo, por lo que no es de extrañar que hacia los siglos II, III y IV de nuestra era el gnosticismo penetrara también el cristianismo primitivo. Su intención era la de dar una explicación de Jesús alternativa a las cuatro biografías que tanto había costado componer a lo largo del siglo I por parte de quienes habían conocido al propio Jesús y tratado a los primeros apóstoles. Hoy día, la mayoría de los investigadores serios, cristianos, o no, católicos o protestantes, están de acuerdo en que los cuatro evangelios canónicos fueron escritos a lo largo de la segunda mitad del siglo I, es decir, en las décadas siguientes a la muerte de Jesús; por tanto, un siglo antes de la aparición de primer evangelio gnóstico, el de Tomás. Disputan cuál de los cuatro habría sido primero, o cómo uno habría influido o no en la redacción de los demás, etc., pero, de hecho, nadie señala a posibles rivales en reflejar la vida de Jesús.
Las primeras noticias que tenemos de los gnósticos son de los padres de la iglesia que los combatieron, pero sólo en épocas recientes se ha intentado sistematizar sus escritos esotéricos que han llegado hasta nosotros. La última reaparición de la literatura gnóstica, fue propiciada por el descubrimiento de numerosos textos gnósticos en 1945 en Nag Hammadi (Alto Egipto), escritos en el siglo IV, aunque algunos copian textos de uno o dos siglos antes. Bentley Layton los compiló en la llamada colección de escritos gnósticos (The Gnostic Scriptures) que reúne 46 obras, en las que se puede trazar diferentes escuelas gnósticas, la del norte de Mesopotamia, la de Basilides, la hermética, etc., siendo la más radical la de Valentino y sus seguidores. De estas obras sólo tres son clasificadas como evangelios, es decir, que hacen alguna referencia a la vida de Jesús, pero, como señala otro investigador, Craig Blomberg, si juntáramos todos los documentos con pretensiones de evangelios en los primeros 500 años de historia, llegaríamos a 24, siendo la mayoría de ellos sólo compilaciones de dichos esotéricos de Jesús sin referencias a su vida, es decir que en realidad no serían evangelios. El evangelio gnóstico que se considera más antiguo es el llamado “evangelio de Tomás” que habría sido escrito alrededor del año 150 d. C. (es decir, unos 100 años después del de Marcos), mientras que los demás evangelios, “Verdad”, “Felipe”, “Egipcios”, “María” y “Pedro”, son de finales del siglo II, o III y IV. Algunos se conocían, total o parcialmente, desde finales del siglo XIX, por lo que desde principios del siglo XX ya había traducciones y estudios.
Si bien este material representa una literatura a ratos interesante, sobre todo porque describe muy bien los grupos gnósticos, está muy lejos de equipararse a la solidez, calidad y mayor antigüedad de los cuatro evangelios canónicos. Recientemente la literatura gnóstica ha tenido un mayor eco motivado —como señala Philip Jenkins, profesor la Universidad de Pennsylvania. en su libro Hidden Gospels (Oxford University Press, 2001)— porque parecen responder más al deseo de contradecir la Iglesia Católica y presentar una versión modernizada de Jesús. Además se ha tergiversado la información por parte de los medios de comunicación, exagerando lo verdadero, dando aires de totalmente cierto a algo que lo es sólo parcialmente y, a veces, incluso presentando la falsedad como verdad.
Estos libros han encontrado un gran eco al servir de apoyo documental a la novela El código Da Vinci, que ofrece una nueva imagen de Cristo, coincidente con la que necesitaría el mundo moderno. Dan Brown divulga en su novela que tras la muerte de Jesús habrían empezado a desarrollarse diversas modalidades de cristianismo según lo que cada comunidad cristiana hubiera entendido de Jesús, y, por tanto, cada una tendría algún grado de legitimidad. Luego, en los concilios del siglo IV, la Iglesia con el patrocinio de Constantino, habría logrado imponer sus propios libros inspirados, señalando como heréticos los no aceptados por ella. Pero, esta conspiración del cristianismo oficial para ocultarlos sólo habría triunfado parcialmente, pues mientras unos habrían desaparecido para siempre, otros se habrían mantenido semiocultos, o, en el mejor de los casos, desprestigiados.
Según Dan Brown, el mundo moderno, al reencontrarse con el mundo gnóstico, recuperaría el mensaje real del evangelio, que precisamente, sería progresista, igualitario y feminista. Algunos pasajes de estos evangelios parecen sugerir esa posibilidad, pero otros, como el último párrafo del más respetado de dichos evangelios gnósticos, el de “Tomas”, no encaja nada con la visión del gnosticismo como soporte del feminismo: “Simón Pedro les dice: ‘Que María salga de entre nosotros, porque las mujeres no son dignas de la vida’. Jesús dice: ‘He aquí que le inspiraré a ella para que se convierta en varón, para que se haga ella misma una espíritu viviente semejante a vosotros varones, pues cada hembra que se convierta en varón, entrara en el Reino de los Cielos”. A su vez, la única referencia que hay acerca de que Jesús y Maria Magdalena serían una pareja se encuentra en el Evangelio de Felipe, que, como dice el experto Massimo Introvigne, se trata de una especie de catecismo escrito hacia finales del siglo II o principios del siglo III, por la escuela Valentiniana, una facción gnóstica, que en ese momento ya era una religión distinta y separada del cristianismo de la “Gran Iglesia”. No es de extrañar que quienes más ha criticado la provocación desmitificadora de Brown hayan sido la mayor parte de especialistas de exégesis, para quienes el novelista no sería más que un intruso depredando un campo de difícil investigación.