I. MEDICINA. Por tratarse de una realidad experimentable en forma singularmente subjetiva el d., podría definirse fisiológicamente como «una sensación desagradable producida por la acción de estímulos de carácter perjudicial» (MacBryde). Tales estímulos, denominados nociceptivos, pueden gravitar sobre el ser humano desde el exterior (del medio ambiente agresivo) o ser causados por alteraciones de su propia estructura.
En el d. físico hay que considerar, por tanto, las causas que estimulan las terminaciones nerviosas, las vías que conducen los impulsos dolorígenos y los centros nerviosos que los reciben para transformarlos en percepción (sensación consciente). Surge después la reacción psíquica al d., peculiar de cada ser según el momento y la circunstancia (V. II).
Clases de dolor. Según donde asienten los estímulos, puede hacerse la siguiente división:1) Dolor somático: originado en las terminaciones de la vida de relación puede ser: a) superficial o cutáneo; b) profundo, músculo-tendinoso, articular y fascial. 2) Dolor visceral: originado en las terminaciones del sistema nervioso vegetativo o autónomo.
Receptores del dolor. En el espesor de la piel existen numerosos corpúsculos nerviosos que son estimulados por el tacto, el calor y el frío, dando lugar a las sensaciones adecuadas que informan de las condiciones del mundo exterior. Hasta principios de siglo se suponía que la sensación fundamental era la táctil, mientras que el calor y el frío y el propio d. eran subsidiarios y debidos a una estimulación más intensa. Se admitió después que existían corpúsculos específicos para cada clase de estímulos (en los últimos años se tiende de nuevo a negar tal especificidad). Por otra parte, numerosas y finas terminaciones nerviosas libres reciben y vehiculan el d. Los estímulos nociceptivos (creadores del d.) no son de una sola clase como los anteriores, sino que pueden ser de naturaleza mecánica (presión, fricción, torsión, tracción, edema, inflamación), eléctrica, química (álcalis, ácidos, etc.), biológica (toxinas bacterianas, enzimas, potasio y otros iones). Hay que decir también, que el calor y el frío pueden ser origen de sensaciones dolorosas cuando las temperaturas extremadas irritan o lesionan esas terminaciones libres. En los tejidos profundos existen también semejantes terminaciones libres.
El d. visceral es de carácter vegetativo. En las paredes de las vísceras, en los conductos tubulares (vasos sanguíneos y linfáticos, vías digestivas, biliares y urinarias), existen fibrillas simpáticas y parasimpáticas que son estimuladas tan sólo por la distensión, el espasmo y la falta de oxígeno, para dar lugar a la sensación dolorosa. Las vísceras son insensibles al corte, a las quemaduras, a la inflamación, etc. Por tal razón pueden existir amplias lesiones no dolorosas en los pulmones, riñones e hígado. Pero en cambio, sí hay d. visceral en un cólico (espasmo del músculo de fibra lisa del intestino, uréter, conductos biliares), en la distensión de una víscera hueca (estómago, intestino) o de la cápsula de una víscera maciza (hígado, bazo), en una angina de pecho (obstrucción de las arterias coronarias y déficit de oxígeno en el músculo cardiaco) o en una embolia y trombosis de las extremidades (obstrucción vascular por un coágulo sanguíneo).
A veces ocurre que la lesión visceral, no dolorosa por sí misma, afecta a la pleura y peritoneo parietal que poseen sensibilidad dolorosa somática.
Vías y centros del dolor. Todos los estímulos dolorosos son conducidos por los diferentes nervios en dirección ascendente hacia el sistema nervioso central (vía aferente o centrípeta). En primer lugar alcanzan los ganglios raquídeos (lo mismo las fibras somáticas que las vegetativas), donde acaban en la primera neurona sensitiva. Por el otro polo de estas neuronas arrancan las terminaciones centrales o cilindroejes, constituyendo las raíces posteriores de la médula (V. NERVIOSO, SISTEMA). Ya en este órgano, hacen conexión o sinapsis con una segunda neurona. Desde aquí las fibras de estas células cruzan hacia la otra mitad de la médula, agrupándose en los llamados haces espino-talámicos que son la vía conductora del d. Como su nombre indica, alcanzan el tálamo (gran centro de neuronas en la base del cerebro, junto a sus ventrículos) en el que establecen contacto con una tercera neurona. En este centro se realiza la integración del d. y cierta clase de percepción, con sensaciones poco precisas aunque muy desagradables y angustiosas y con una calidad urente o de quemazón. Desde el tálamo prosigue la conducción dolorosa hasta su área final, en las neuronas de la corteza cerebral en el lóbulo parietal, en la circunvolución postrolándica (detrás de la cisura de Rolando), donde las diferentes áreas del cuerpo tienen una distribución pareja a la del área de la motilidad (circunvolución frontal prerrolándica). Aquí la percepción ya es completa, con sensaciones exactas y muy discriminativas, apreciándose la intensidad, duración, localización y cualidad del d., junto con las reacciones psicológicas características, todo ello gracias a otras conexiones con diferentes zonas cerebrales peor conocidas (se sabe que la interrupción de las conexiones entre el lóbulo parietal y el frontal hace desaparecer el componente afectivo del d.).
La sensibilidad es cruzada (al igual que la motilidad), es decir, que un d. producido en la parte derecha del cuerpo es percibido como tal por el lóbulo parietal izquierdo y viceversa; por otra parte, si se estimula un área parietal se siente el d. en las estructuras del lado opuesto del organismo.
Significación del dolor. El d. tiene una representación muy antigua en la escala biológica. Es posible que tengan significación dolorosa las reacciones de huida o de rechazo de los elementos unicelulares ante un estímulo adverso. En los seres superiores, y por supuesto en el hombre, esas respuestas de huida, y también de agresión, tienen un sentido teleológico; se considera al d. como un síntoma de evidente carácter protectivo. Es un aviso de muchas enfermedades, como una señal de peligro. Las afecciones que no se acompañan de d. son diagnosticadas más tardíamente, con los riesgos inherentes a ello. Un hecho biológico de gran importancia prueba esta afirmación; como dice W. Loeffler, «el peculiar experimento de la naturaleza de la analgesia congénita frente a los estímulos dolorosos, estando conservadas la sensación táctil y la térmica, ayuda a comprender la importancia del dolor. Los individuos analgésicos padecen continuamente fracturas y luxaciones, así como lesiones de la piel y de las mucosas».
Reacción al dolor. La percepción dolorosa suele acompañarse de una serie de manifestaciones reactivas. Puede haber aumento de la presión sanguínea, de la frecuencia del pulso, dilatación pupilar, etc., lo que indica una excitación del simpático. Otras veces, sobre todo en d. viscerales, existe hipotensión, bradicardia (menos latidos cardiacos), sudoración, palidez, náuseas y vómitos, expresando una participación del parasimpático o nervio vago. En los d. intensos, la expresión facial señala el grado de sufrimiento, con rasgos afilados, mirada angustiosa, piel húmeda y viscosa, etc.
Es importante el factor psicológico del d., que va desde un estado de aceptación, estoicismo o resignación, hasta situaciones de angustia, ansiedad y temor, que pueden conducir al suicidio. Ante un estímulo de iguales características e intensidad, el d. puede ser totalmente diferente de unas personas a otras según muchos factores, como el grado de cultura, escala social, experiencias anteriores, conocimiento y comprensión de las causas, distracción, fatiga, estado de conciencia y otros.
Manifestaciones del dolor. Dolor superficial. Suele percibirse muy localizado y preciso, con carácter punzante, como cuando se pincha con un alfiler, o más lento y sordo. Es consecuencia de alteraciones locales, como en heridas, inflamación (forúnculos), acción de cáusticos, picaduras de insectos, contacto con ortigas y otras plantas, etc. Otras veces dependerá de lesiones de los propios nervios sensitivos o de las raíces posteriores (neuritis y radiculitis). El d. se extiende entonces a las zonas cutáneas por donde se ramifican dichas fibras nerviosas.
En las lesiones de los nervios puede existir una hipersensibilidad especial o hiperestesia e hiperalgesia, con sensaciones desagradables ante estímulos pequeños o no dolorígenos, como el simple tacto. Así. p. ej., en las meningitis y en el d. visceral referido.
Dolor profundo somático. Se origina en los músculos (relajación, inflamación), en las fascias y tendones, en las articulaciones (artritis, etc.). Es más sordo y lento, poco preciso y amplio.
Dolor visceral. Se ha dicho que las vísceras río son sensibles a muchos estímulos, sino tan sólo a la distensión, espasmo y falta de oxígeno. Hay autores que estiman que esto no es del todo correcto y que las vísceras con inflamación, congestión y edema pueden responder con d. a ciertos estímulos que normalmente no lo producirían. Las sensaciones dolorosas viscerales suelen ser poco precisas y de intensidad muy variable. Hay que mencionar los d. terribles de un cólico de riñón o de vías biliares, y los también muy intensos de la angina de pecho o de una embolia arterial. El cólico, que a veces el vulgo considera como un trastorno digestivo no doloroso acompañado de vómitos, y diarrea, es, como decimos, un d. intenso de espasmo del músculo liso, con aumentos intermitentes de intensidad, como con latidos, que llega a hacerse intolerable y cede durante unos segundos, para volver a repetirse una y otra vez; es un d. de «apretar y aflojar»; la persona que lo sufre está agitada, inquieta, se mueve en la cama y le favorece el calor. En contraste con estas características, el d. peritoneal es más constante y amplio, peor definido, con una calidad agónica y de muerte próxima; los enfermos están inmóviles, con temor de que cualquier movimiento o el simple roce de las ropas les exacerbe el d. Se presenta en las peritonitis de cualquier tipo y su mecanismo es múltiple: d. visceral, d. referido y d. de irritación del peritoneo parietal.
El d. visceral puede proyectarse sobre los tegumentos en una superficie que no corresponde a la víscera subyacente. Es lo que se denomina dolor referido (angina de pecho, apendicitis, pancreatitis, etc.). Se debe a que las fibras vegetativas que llevan los estímulos viscerales, al hacer escala en los ganglios raquídeos, estimulan allí las neuronas de la sensibilidad somática superficial y profunda, proyectando o «refiriendo» esos estímulos en forma de d. sobre los tegumentos que corresponden a tales neuronas (dermatomas y miotomas) y que a veces pueden estar alejados de la víscera afecta.
Dolores funcionales o timopáticos. En ocasiones aparecen molestias dolorosas en pacientes que, después de una concienzuda exploración, no muestran alteraciones o lesiones orgánicas. Se trata, por lo general, de cefaleas, opresiones y dolores precordiales que simulan una angina de pecho, d. abdominales y pélvicos, etc. Estos trastornos suelen acompañarse de múltiples manifestaciones que sirven para distinguirlos: nerviosismo, sensación de angustia, reacciones exageradas a diversos estímulos, sudoración, lipotimias, palpitaciones, dificultad en la deglución, aerofagia, cansancio, astenia (v.), depresión (v.). Se les llama también psicalgias o dolores psicógenos.
Tratamiento. Los medicamentos antidolorosos se denominan analgésicos. Deben utilizarse con cautela, ya que muchos de ellos, sobre todo los derivados del opio y del luminal, pueden crear hábito o toxicomanía. Por otra parte, la eliminación terapéutica de un d. (en una apendicitis, p. ej.), puede enmascarar el cuadro clínico con el riesgo que lleva implícito.
Opiáceos. Los derivados del opio tienen una acción depresora central sobre el cerebro y médula. Hacen desaparecer el d. y producen sensación de bienestar (morfina, dilaudid, pantopón, codeína, heroína). Cada vez se emplean menos. Deben usarse con gran precaución, sin prodigarlos a no ser que la enfermedad se considere desesperada y de una duración de pocas semanas. En los últimos años han surgido una serie de productos sintéticos, sustitutivos de la morfina, pero también tóxicos y causantes de hábito.
Salicilatos. Son muy eficaces, aunque inferiores al opio. Se considera que tienen también una acción central. Los más usados son la aspirina (ácido acetilsalicílico) y el salicilato sódico.
Analgésicos anilínicos. El tipo de ellos es la fenacetina. Si la dosis es alta pueden dar manifestaciones tóxicas.
En muchos preparados comerciales se utilizan combinaciones de diferentes fármacos, incluyendo los barbitúricos (luminal), que, aunque no son analgésicos, contribuyen con la sedación a disminuir el umbral doloroso.
Bloqueo analgésico. Es la inyección anestésica en los nervios y ganglios periféricos.
En este apartado podemos incluir las operaciones quirúrgicas de seccionar los nervios, las raíces posteriores y los cordones medulares.
V. t.: BARBITÚRICOS; DROGAS; ANESTESIA; NERVIOSO, SISTEMA; DIAGNÓSTICO Y PRONÓSTICO. |