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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Romanticismo IV. Literatura Hispanoamericana.
Categoria:
Literatura
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    1. Aparición y características del movimiento romántico en las letras hispanoamericanas. 2. Contactos con el costumbrismo. 3. El americanismo de la novela romántica y otros prosistas. 4. La lírica romántica hispanoamericana.

      1. Aparición y características del movimiento romántico en las letras hispanoamericanas. Como otras tendencias de origen europeo, el R. tuvo en Hispanoamérica un desarrollo peculiar y algo tardío. Hacia 1840 imperan todavía los autores neoclásicos y no pocas de las ideas ilustradas en que basaron su actuación intelectuales y políticos de la primera generación independiente. Hay personalidades, sin embargo, como Andrés Bello (v.; 17811865), que aunaron en su obra ambas tendencias y lograron una síntesis superior; en la Alocución a la poesía, por ej., el humanista venezolano muestra un acusado sentido americano presagiador del R., así como en la Oda a la vacuna aparece en una actitud dieciochesca de absoluta fe en la propagación de las luces y las ciencias. Igual en su adaptación de La oración por todos de Víctor Hugo, donde vierte ideales románticos en ordenadas estructuras clásicas. Similar es el caso del cubano José María Heredia (v.; 1803-39), educado en el clasicismo a la vez que autor de varias obras tocadas de nostalgia y colorido local: En el Teocalli de Cholula, El Niágara, Himno del desterrado y Placeres de la melancolía; y el del chileno Salvador Sanfuentes (1817-60), polémico defensor de la tendencia vieja a la vez que creador de leyendas románticas, como El campanario.

      El R. presenta ribetes menos innovadores que en Europa. Prescinde de una vuelta a temas medievales, inexistentes en el mundo americano -hay excepciones, no obstante, como los dramas del mexicano Fernando Calderón (180945), Herman o la vuelta del cruzado, y del argentino Mármol, El cruzado-, del amor exagerado a las ruinas y a la noche, de la defensa exacerbada de valores cristianos, que a nadie se le ocurría atacar. Se vincula, en cambio, temáticamente a la política continental y a la descripción de lo propio. El R., se ha dicho con razón, trae consigo la postulación del americanismo literario como un programa consciente, al cual se suman poetas, dramaturgos, novelistas, periodistas y hombres de gobierno.

      Se acentuó también la relación entre política y literatura heredada de la Ilustración (v.). No es casual que connotados escritores de la época hayan llegado a ser presidentes de la República: Bartolomé Mitre (v.; 1821-1906) y Domingo Faustino Sarmiento (v.; 1811-88), entre otros. Las letras fueron una herramienta para acentuar el sentido patrio, no menos que para luchar por los ideales del liberalismo vinculados por muchos al progreso y la redención social. Como nunca, la literatura pasó a ser expresión de la sociedad y vehículo de los nuevos valores, herramienta eficaz en el combate por la libertad. No ha de extrañar, por lo mismo, que se desarrollara especialmente la literatura de ideas: ensayo, artículo periodístico, discurso, etc. Sociedades literarias y academias agrupaban tanto a escritores como a luchadores políticos y sociales, a menudo más soñadores que con mucho sentido de la realidad (v. J y 111, l).

      En la primera promoción de autores románticos argentinos es fácil ver esta doble actitud nacional y cívica. Esteban Echeverría (v.; 1805-51), formado artísticamente en París, procura en el poema Elvira, o la novia del Plata, en el cuento en verso La cautiva y en el espléndido relato costumbrista El Matadero una imagen fidedigna de la vida y Naturaleza de su país. Su actitud le llevó incluso a postular la formación de un idioma argentino, desgajado del viejo tronco hispano. José Mármol (v.; 1817-71) se inspiró en el odio al gobierno de Rosas (v.), y tanto sus versos como su novela Amalia fueron célebres en la época, por las invectivas contra el dictador. Éstos y otros escritores agrupados en la Asociación de Mayo difundieron en los países limítrofes la actitud crítica y libertaria. En Chile las acogió un grupo de díscolos discípulos de Bello, entre los que sobresalen José Victorino Lastarria (1817-88), pobre como cuentista, pero hábil autor de ensayos y discursos, y Francisco Bilbao (1822-65), de pluma vibrante y descontrolada.

      D. F. Sarmiento, antes citado (v. 2), es el más famoso de los exiliados argentinos. Su obra, amplia y ágil, debe más al observador y al ideólogo que al pensador profundo. Viajes, Recuerdos de provincia y Campaña en el Ejército Grande son títulos característicos de un autor que va como de prisa por la vida y por los países, anotando y evocando lo más típico que le sale al paso. Su obra de más valor es una biografía novelada, la Vida de Juan Facundo Quiroga, de extraordinaria fuerza y emotividad, altiva, crítica, forjadora de un personaje inolvidable por la valentía y la crueldad; en ella se da con intensidad la oposición entre civilización y barbarie, característica entre los escritores de la época, y una visión de la realidad dependiente del medio geográfico en que viven los personajes protagonistas. Sarmiento escribió al respecto: «Si no es la proximidad del salvaje lo que inquieta al hombre del campo, es el temor de un tigre que lo acecha, de una víbora que puede pisar. Esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a mi parecer, en el carácter argentino cierta resignación estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los percances inseparables de la vida, una manera de morir como cualquiera otra; y puede quizá explicar en parte la indiferencia con que dan y reciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundas y duraderas».

      2. Contactos con el costumbrismo. El sentido local, tan del gusto romántico, se desarrolló en diversos escritores costumbristas (v. COSTUMBRISMO II), como el colombiano Eugenio Díaz (1804-65), cuya novela Manuela se cuenta entre las mejores del siglo; el peruano Manuel Ascensio Segura (v.; 1805-71), muy dado al uso de voces dialectales en su obra dramática, lírica y narrativa; el chileno José Joaquín Vallejo, conocido como Jotabeche (1809-58), de acusado sentido del humor, y el argentino Juan Bautista Alberdi (1810-84), que publicó sus artículos de costumbres con el pseudónimo Figarillo, de evidente influencia del español Mariano José de Larra. En esta línea de interés por lo autóctono hay que considerar, además, la literatura gauchesca (v. CRIOLLOS II), iniciada por el uruguayo Bartolomé Hidalgo (1788-1822), y desarrollada en Argentina por Hilario Ascasubi (v.; 1807-75), célebre por su popular Santos Vega; Estanislao del Campo (1834-80), autor de Fausto, obra inspirada directamente en una representación bonaerense de la ópera de Gounod; y, sobre todo, José Hernández (v.; 1834-86), que lleva la literatura de los gauchos a una cima con las dos partes de su Martín Fierro.

      La poesía gauchesca se desarrolla en versos de arte menor (ordinariamente octosílabos agrupados en décimas o cuartetas) con rima consonante. El lenguaje procede del habla popular; igualmente populares son muchas imágenes, relatos y descripciones. El protagonista es hombre de La Pampa, acostumbrado a una vida dura y sana, que suele chocar con la autoridad burocrática y venal de las ciudades. Encierra propósitos políticos no menos que didácticos y, en el caso de Martín Fierro a lo menos, refleja sentimientos universales de justicia y solidaridad. Los autores de este tipo de poesía son hombres cultos, capaces de aprehender valores y formas de vida del pueblo. Hernández, sobre todo, vierte con genio en versos fluidos de verdadero vuelo épico el sentir de anónimos payadores que comunicaban y enaltecían formas de cultura tradicional. Rafael Obligado (v.; 1851-1920), autor de un solo libro (Poesías), insistió en la temática nacional y en los moldes criollos de expresión, cuando ya fuertes corrientes extranjerizantes daban a la literatura del sur del Continente una fisonomía internacional.

      Curioso es el caso de Alberto Blest Gana (v.; 1830-1920), que pasó la principal parte de su vida en Francia e imitó conscientemente a Balzac, mas produjo una obra estrechamente vinculada a la historia y las costumbres de Chile, su patria. Ya en Martín Rivas, su primera novela de importancia, contrastan el idealismo algo ingenuo del joven provinciano, pobre y austero, y la vanidad de la familia adinerada y de importancia política que reside en la capital. En las novelas que siguen (El ideal de un calavera, Durante la Reconquista y El loco Estero), Blest Gana combina con acierto, dentro de los cánones del realismo francés, episodios históricos y sucesos imaginados. A través de su vasta creación, el autor supo retratar con objetividad la situación de Chile en el s. xlx: la dureza de las guerras de la Independencia, el paulatino afianzamiento de las instituciones públicas, las rivalidades ideológicas entre liberales y pelucones, las tensiones de diversos grupos sociales. Incluso tuvo la capacidad de burlarse de toda una familia sudamericana avecindada en Francia, que se deslumbra ante el oropel de títulos nobiliarios y relaciones sociales; es el caso de Los trasplantados. El gracejo y el fino sentido del humor contrapesan hábilmente la pesadez de la descripción pormenorizada o del afán documental. El caso de Blest Gana sirve mejor que otros (dada su larga permanencia en Europa) para ilustrar hasta qué punto el americanismo (v. 3) era fuerte en los escritores románticos del Nuevo Mundo.

      El R. en los países de Centroamérica, si bien se desarrolló por cauces propios, de hecho fue coincidente en gran medida con los de las regiones sureñas. Gertrudis Gómez de Avellaneda (v.; 1814-73), p. ej., aparece estrechamente vinculada a los neoclásicos y a los primeros románticos españoles; es una muestra típica de la mezcla afortunada de tendencias dispares señalada anteriormente. En la novela Sab cultiva el tema de la esclavitud, que iba a ser tratado con acentuados propósitos sociales por su compatriota Anselmo Suárez y Romero (1818-78), en Francisco.

      El más sobresaliente novelista antillano de la época fue Cirilo Villaverde (v.; 1812-94), también nacido en Cuba; la obra que le ha dado mayor fama es la novela Cecilia Valdés, en que simultáneamente concurren la crítica sociopolítica, el costumbrismo y la fidelidad realista a la presentación de acontecimientos históricos. La trama novelesca descansa en el relato de los amores de dos hermanos ignorantes de su parentesco. «Los personajes y sus peculiaridades caracterológicas resultan ser la expresión de las circunstancias político-sociales. Aparecen diversamente condicionados por leyes políticas y civiles, imbuidos de cierto orden de creencias y rodeados de influencias reales y positivas», dice C. Goic, comentando la principal novela de Cirilo Villaverde.

      3. El americanismo de la novela romántica. Este rasgo está a la vista en otros escritores de importancia, entre los que sobresalen el dominicano Manuel de Jesús Galván (v.; 1834-1910), quien en Enriquillo une con acierto el documento histórico y la fantasía sentimental; el mexicano Ignacio Manuel Altamirano (v.; 1834-93), poeta y novelista, autor de Clemencia y El Zarco, narraciones vinculadas también a procesos históricos y a personajes tomados de la realidad; el ecuatoriano Juan León Mera (v.; 183294), cuya novela Cumandá, celebrada durante un tiempo como una creación magna, está un tanto disminuida en la crítica de hoy.

      Jorge Isaacs (1837-95), colombiano, escribió la novela de mayor fama del R. continental: María. De ella ha dicho Alberto Zum Felde: «es la flor más pura e inmarcesible del Romanticismo hispanoamericano, sin nada más que el simple patetismo del sentimiento y la pintura simple de la Naturaleza y del ambiente humano». El idilio de Efraín y María, fino y lloroso, tiene por telón de fondo el valle del Cauca, descrito con mirada idealizadora y de ensueño; también hay incursiones descriptivas por la selva tropical inclemente y avasalladora. La novela debe no poco a Chateaubriand, cuya Atala es leída por Efraín a su amada, en una actitud análoga a la de Amalia, de Mármol, lectora asidua de las Meditaciones de Lamartine. Mas cualquier influencia forastera fue asimilada por Jorge Isaacs de tal modo que dejó una obra de acentuado color local, con escenas costumbristas de cacerías, bodas, siembras y entierros relatadas siempre en forma superior. A pesar de la morosidad narrativa y de la ingenuidad sentimental de no pocas situaciones, María sigue interesando a los lectores de hoy, capaces de apreciar la delicadeza del amor de adolescentes apasionados.

      Dentro del R. americano, tan proclive a la consideración ideológica y a la lucha política, tienen destacada figuración otros prosistas, ensayistas, historiadores, cronistas y aun periodistas que sólo en forma incidental cultivaron obras propiamente de creación. Es el caso del ecuatoriano Juan Montalvo (v.; 1832-89), glosador original del Quijote (Capítulos que se le olvidaron a Cervantes) y autor de numerosos ensayos y artículos (Siete tratados, El Espectador), todos brillantes y ágiles, de léxico abundante, dominados por el afán crítico no menos que por el goce estético. Se le considera uno de los mayores prosistas hispanoamericanos. En Perú, Ricardo Palma (v.; 1833-1919) escribe Tradiciones peruanas, de R. un tanto rezagado y gruñón. El autor, siempre curioso del pasado, va y viene con humor y extraordinaria amenidad desde la época incaica hasta la República, deteniéndose con especial fruición en el virreinato. Cuanto toca su pluma queda redivivo ante el lector, quien se siente incorporado al mundo de anécdotas, personajes, pequeñas y grandes intrigas que se entrelazan en la historia de Perú.

      Los bolivianos julio Lucas de Jaime (1845-1914) y Gabriel René Moreno (v.; 1836-1908), autores respectivamente del conjunto de tradiciones y cuadros La villa imperial de Potosí y de una valiosa obra histórica, Los últimos días coloniales en el Alto Perú, acentúan esta actitud de interés por el pasado local. Recuerdos del pasado, del chileno Vicente Pérez Rosales (v.; 1807-86), se lee aún con avidez, por la amenidad del relato y la multitud de noticias peregrinas acumuladas por el autor, que cifra su interés particularmente en sucesos coetáneos, ya ocurridos en Chile, ya protagonizados por chilenos en Europa o Estados Unidos. El argentino Juan María Gutiérrez (v.; 1809-78) incursionó con éxito por la crítica literaria y aun por la historia de las letras; su compatriota Juan Bautista Alberdi es un alto pensador político y un penetrante estudioso del Derecho y de las instituciones públicas de su país.

      4. La lírica romántica hispanoamericana. Aunque ya se ha hecho mención de numerosas figuras en lírica, cabe subrayar la labor de algunas que alcanzaron especial significación. El género osciló entre el afán historicista y narrativo enseñado por los últimos neoclásicos (Andrés Bello, José Joaquín de Olmedo; v. NEOCLASICISMO II, 3) y el intimista, de tono recogido, presagiador de la poesía becqueriana. Es algo similar a la lírica de exaltación y a la de lamentación de que se ha hablado a propósito de España. Leyendas y cuentos en verso, poesía descriptiva, poemas satíricos de intención política, discursos rimados, de una parte; de otra, obra directamente expresiva de sentimientos de amor. Prevaleció la primera actitud; hoy día, sin embargo, superadas muchas de las circunstancias externas en que surgió, despierta un interés relativo amagado por la morosidad descriptiva y la retórica altisonante. De ahí que sea mirada con mayor atención la lírica menor, más emotiva y sincera, de personas que en su tiempo fueron relativamente poco consideradas, como Guillermo Matta y Guillermo Blest Gana.

      Además de los argentinos antes mencionados (Echeverría, Mármol, Gutiérrez), hay que recordar a los colombianos Julio Arboleda (1817-61) y José Eusebio Caro (v:; 1817-51), este último gran admirador de lord Byron y de los románticos franceses. Proscrito de su patria por cuestiones políticas, Caro poseyó el genio de la comunicación personal, es decir, de una singular capacidad de expresión lírica que le permitía llegar al lector en forma directa. Incluso los temas políticos y de lucha cobran en su pluma un dejo sentimental grato de leer. Célebre es su poema El hacha del proscrito en que tal fuerza de asimilación personal está a la vista. « ¡Ay! tú me entretenías / en mi niñez: / ¡ven, sígueme en los días / de mi vejez! ». Las Obras poéticas de Caro fueron publicadas en 1873 por su hijo Miguel Á. Caro. Éste publicó también, 10 años más tarde, las poesías de Arboleda, entre las que cuenta como principal Gonzalo de Oyón, conservada fragmentariamente.

      Forman un contraste la lírica de Ignacio Rodríguez Galván (v.; 1816-42) y la de José Joaquín Pesado (1801-61), ambos de México; en aquél, de grandes pretensiones, verso desbordado y lloroso; éste culto y reflexivo, se anticipó a la literatura indigenista con su poema Los Aztecas, de 1854. El venezolano José Antonio Maitín (1814-74) compone un Canto fúnebre en homenaje a su esposa, en que se combinan con acierto la evocación de la Naturaleza y el sentimiento personal: «Escucho a gran distancia / entre su lecho sollozar el río; / y el ruido quejumbroso, / cual lánguida fatiga, / que forma al deslizarse su onda clara, / paréceme el adiós de un alma amiga / que de mí para siempre se separa». En fin, el uruguayo Juan Carlos Gómez (1820-84), influido por los enemigos de Rosas; y los bolivianos María Josefa Mujía (1813-88), Ricardo José Bustamante (1821-86), Néstor Galindo (1830-65) y Manuel José Tovar (1831-96) integran dignamente el cuadro de la lírica romántica hispanoamericana, de menor significación que la novela y el ensayo.

      Pero ya se decía que junto a esta lírica, que podría llamarse tradicional, hay otra que en su tiempo alcanzó menos renombre y que hoy tiende a ser estimada en todo su valor, a saber, la de los poetas de tono menor, íntimo y recogido. Es el caso de los chilenos Guillermo Matta (1829-99) y Guillermo Blest Gana (1829-1905). Como Bécquer, Matta dice a la mujer amada « ¡mira, la poesía eres tú...! », y algunas de sus estrofas podrían incluirse en las Rimas del sevillano: «Yo quisiera ser un astro / perdido en la inmensidad, / un árbol de ignotos valles, / una ola de ignoto mar. // Yo quisiera ser un ruido / que cae en la eternidad, / e ignora de dónde viene / y no sabe adónde va». Blest Gana, hermano del gran novelista, compuso en 1854 Noches, en que el parecido con la obra de Ferrán y de Bécquer, publicada años después, es impresionante. Incluso hay declaraciones teóricas acerca de su modo de entender la poesía, que implica una ruptura con el R. altisonante y algo externo de la primera época: «Con todo, no me den versos hechos a combo, pues los versos deben ser suaves, armoniosos y... con un poquito de poesía o sentimiento, que es lo mismo». Su rechazo de lo anterior está a la vista: «No soy de esos románticos señores / de amargas decepciones y almas secas, / que nos cuentan rabiando sus dolores / en frases retumbantes, pero huecas...». En fin, en el poema Poesía, fechado en 1853, se lee: «Hay una poesía dulce, tierna, / melancólica, vaga y misteriosa / que nadie ha escrito, y que tal vez ninguno / podrá jamás copiar en sus estrofas. // Son cantos sin palabras, armonías / del himno universal, que el mundo entona / cuando en ocaso las postreras luces / su puesto ceden a las pardas sombras». Sigue el poeta hablando de las luces que expiran, del canto indefinible y vago, que el alma entiende y que despierta en ella de la ignorada patria las memorias. Conjunto de expresiones de tono diverso, más personal e impresionista que las de la plenitud romántica. Quedó superada la lírica alusiva a personajes y situaciones históricos, a los acontecimientos de importancia. La temática se reduce, al igual que el tipo estrófico y el tono general de la obra. Es una muestra de nuevas posibilidades del R. hispanoamericano que, con el correr del tiempo, desembocaría en otros grandes líricos de la contención y la precisión formal, como Gabriela Mistral (v.).
H. MONTES BRUNET.
    BIBL.: E. ANDERSON IMBERT, Historia de la literatura hispanoamericana, 4 ed. México 1962; E. CARILLA, El Romanticismo en la América hispánica, 2 ed. Madrid 1967;, La literatura de la Independencia hispanoamericana, Buenos Aires 1964; C. Goic, Historia de la novela hispanoamericana, Valparaíso 1972; P. HENRIQUEZ UREÑA, Las corrientes literarias en la América hispánica, 3 ed. México 1964; A. TORRES-RIOSECO, Panorama de la literatura iberoamericana, Santiago de Chile 1964; VARIOS, Lira romántica suramericana, Buenos Aires 1942; A. Zum FELDE, La narrativa en Hispanoamérica, Madrid 1964.

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