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Generalidades. En términos generales, sería posible decir que la característica predominante en la literatura hispanoamericana de todos los tiempos es la del r., que en su sentido lato es la representación de la realidad inmediata en la obra de arte. El r. literario, como fenómeno opuesto al romanticismo (v.), y a través del cual se da expresión, desde un punto de vista objetivo, a temas que no son irreales o fantásticos, se desarrolla en Hispanoamérica, como en España y otros países de Europa, sobre todo durante las dos últimas décadas del s. XIX; como los europeos (v. III), los hispanoamericanos dan preferencia a las formas narrativas.
Después de la independencia, han de pasar en los países hispanoamericanos varias décadas para que las nuevas instituciones sociales echen raíces y puedan establecerse Gobiernos que descansen sobre bases firmes. Este periodo de organización, que corresponde a la segunda mitad del s. XIX, se caracteriza por el espíritu nacionalista y el interés en el orden y el progreso. En la educación y el pensamiento predominan ideas del positivismo (v.) francés e inglés. En la literatura ocurre la transición del romanticismo al r. El cambio, sin embargo, no es tajante; ya antes de 1850 encontramos obras que reflejan una tendencia hacia el r.; y lo mismo ocurre después de ese año en cuanto a los románticos. La novela cumbre del romanticismo, la María del colombiano Jorge Isaacs (1837-95), no aparece hasta 1867; en la poesía ocurre lo mismo. El Tabaré del uruguayo Juan Zorrilla de San Martín (v.; 1855-1931) fue elaborado entre 1879 y 1886 y publicado en 1888. El romanticismo (v.), con su paisajismo, reconstrucción del pasado y descripción de las costumbres regionales, se había convertido en tradición, y la tarea de desalojarlo no iba a ser fácil.
Del romanticismo al realismo costumbrista. La transición del romanticismo al r., tanto en la poesía como en la narrativa, es en general difícil de trazar, y en Hispanoamérica también; los autores de ambas escuelas coinciden en el tiempo. A veces, la distinción entre una novela romántica y otra realista es cuestión de énfasis; la trama puede ser romántica, pero la caracterización de los personajes realista; o el tema, las motivaciones y los índices realistas, pero las escenas de tinte romántico, etc.
Hablar de una poesía realista parece menos propio. Sin embargo, en la poesía hispanoamericana de la segunda mitad del s. XIX, y sobre todo en poemas narrativos como el Martín Fierro (1872) del argentino José Hernández (v.; 1834-86) se intercalan escenas de gran r. Otros poetas continúan dando énfasis a la nota nacionalista, también producto del romanticismo. Olegario Víctor Andrade (Argentina, 1839-82; v.) escribe una solemne oda, Nido de cóndores (1877), para celebrar la repatriación de los restos del general San Martín, el héroe nacional; en, otras poesías canta el progreso, el porvenir de la «caza latina» en América, o hace reminiscencias de su vuelta al hogar. En México, Guillermo Prieto (1818-97) trata de reconstruir la historia patria en un Romancero nacional (1885), o canta la vida criolla, tanto en el campo como en la ciudad. En la Musa callejera (1883) pinta a la clase humilde, como el charro, la china o el lépero.
En Argentina, Rafael Obligado (v.; 1851-1920) da expresión a lo nacional recreando las leyendas locales, como lo hace en el conocido poema Santos Vega. Otros, como Juan de Dios Peza (México, 1852-1910), cantan situaciones domésticas en términos sentimentales. El mejor ejemplo de la ambivalencia creada por la introducción de ideas positivas en convivencia con las románticas es la composición Ante un cadáver, del mexicano Manuel Acuña (v.; 1849-72), donde el choque de ideas refleja el estado de inquietud intelectual del poeta. Acuña era más romántico; no así Manuel González Prada (Perú, 1871-1952; v.), prosista y poeta de temple positivista. El mexicano justo Sierra (1848-1912), en cambio, comienza siendo romántico para después convertirse al positivismo, si bien abandona la poesía para dedicarse por completo a la Historia, a la cual contribuye con excelentes obras, como la Evolución política del pueblo mexicano (1900-02). Lo mismo ocurre con Eugenio María de Hostos (Puerto Rico, 1839-1903; v.), quien deja la narrativa romántica para dedicarse al ensayo. Su Moral social (1888) tuvo gran influencia en el desarrollo del pensamiento hispanoamericano.
Los narradores más románticos daban importancia a la representación de lo individual, lo regional, lo característico de cada país. Ya desde la época de la independencia, con la publicación de la primera novela hispanoamericana, el mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (v.; 1776-1827) en El Periquillo Sarniento, utilizando la forma picaresca, había pintado las costumbres de todas las clases de la sociedad mexicana con gran r. Esta tradición costumbrista, que se inspira en la experiencia inmediata del ambiente, que usa el lenguaje regional, que pinta la vida local objetivamente, que retrata los caracteres representativos de la sociedad contemporánea, es un verdadero anticipo del r. literario (v. COSTUMBRISMO II).
La tradición iniciada por Fernández de Lizardi la continúan en Hispanoamérica costumbristas como el colombiano José María Vergara y Vergara (1831-72); el chileno José Joaquín Vallejo (1809-58); el mexicano José Tomás de Cuéllar (1830-94), quien, con el pseudénimo «Facundo», publica una serie de novelas de costumbres bajo el título general La linterna mágica (1871-92), en las que pinta con ironía, y a veces con sarcasmo, las debilidades de la sociedad mexicana; otro novelista, Luis G. Inclán (México, 1816-75), en su obra Astucia (1865), se anticipa a los realistas pintando la vida rural (en el Estado de Michoacán), sin tratar de moralizar y recreando el habla popular. En Chile, Alberto Blest Gana (v.; 1830-1920) da gran impulso a la narrativa con sus novelas, sobre todo Martín Rivas (1862), verdadera contribución al desarrollo del realismo.
En Perú, donde la narrativa había sido dominada por Ricardo Palma (v.; 1833-1919), el autor de las Tradiciones peruanas, Clorinda Matto de Turner (1854-1909) se inscribe en la llamada novela indigenista con la obra Aves sin nido (1889), en la cual ya presenta al indio como figura central y en un contexto social, y critica las injusticias contra él cometidas (v. INDIGENISMO II); si bien el argumento es más que descabellado, encontramos un rasgo realista, el interés en el detallismo, ya que el ambiente y los personajes están descritos minuciosamente; en cambio, la actitud del narrador hacia los indios (a pesar de la simpatía con que los presenta) es todavía paternalista; sin embargo, la obra es una de las precursoras de la novela social hispanoamericana, tendencia que había de ser tan popular durante la primera mitad del s. XX. En Ecuador, donde Juan León Mera (v.; 1832-94) había cultivado la novela indigenista (Cumandá, 1879), ensayan la narrativa costumbrista varios autores, entre ellos Alfredo Baquerizo Moreno (1859-1930), introductor del tema del gamonalismo en Tierra adentro, la novela de un viaje (1889), tema que los narradores del s. xx habían de elaborar en todos sus aspectos. En Argentina, donde predominaba la novela gauchesca de ambiente rural (v. CRIOLLOS II), también se cultiva la de ambiente urbano; el mejor ejemplo de esta modalidad es La gran aldea (1884) de Lucio V. López (1848-94), donde se pintan las costumbres bonaerenses.
Apogeo del realismo. En la narrativa, del costumbrismo de la época anterior al r. descriptivo de las últimas décadas del s. XIX y primera del s. XX hay una corta distancia. Los realistas, en vez de interesarse en describir tipos y costumbres regionales, dan preferencia a los problemas sociales del hombre medio, en torno a los cuales gira la narrativa. La motivación deja de ser el amor, que se convierte en una pasión más, entre otras. La pasión por el dinero, por el bienestar personal, por el éxito en el mundo de los negocios, es lo que motiva a los personajes de los novelistas de esta tendencia. En la técnica y el estilo siguen muy de cerca a los realistas españoles (V. ALARCÓN; PEREDA; PÉREZ GALDÓS), pero sin olvidarse de los franceses (V. BALZAC; MAUPASSANT) ni de los costumbristas hispanoamericanos de la época anterior, de quienes se distinguen por varias razones: mayor objetividad; interés en la psicología del personaje y no sólo en su aspecto externo o sus hábitos culturales; atención hacia los problemas sociales del hombre, ya sea en el campo o en la ciudad; preocupación por el desarrollo orgánico del argumento y no tanto por la pintura de cuadros desligados de la narración y cuya única finalidad es la de reproducir la realidad; en una palabra, el punto central del interés cambia de la descripción del ambiente, y el hombre como parte de ese ambiente, al desarrollo de las actividades de los personajes en un contexto social; se intensifican, al mismo tiempo, los conflictos, ya sean sociales, raciales o psicológicos.
Entre los principales representantes hispanoamericanos de la narrativa realista encontramos a Eduardo Acevedo Díaz (Uruguay, 1851-1921; v.); Tomás Carrasquilla (Colombia, 1858-1941; v.); Carlos María Ocantos (Argentina, 1860-1949; v.) y Luis A. Martínez (Ecuador, 1868-1909; v.). Otro realista es el mexicano Rafael Delgado (18531914), autor de cuatro novelas y una colección de Cuentos y notas (1902). En La Calandria (1890), su novela más conocida, pinta con verismo el ambiente y las costumbres de su provincia natal, el Estado de Veracruz, si bien el tema carece de originalidad, ya que trata de la muchacha pobre deshonrada por el señorito depravado. Más originalidad demuestra en Los parientes ricos (19011902), donde contrasta la vida de dos familias, una pobre, de provincia, y otra rica, de la ciudad de México; menos logradas son Angelina (1893) e Historia vulgar (1904); en cambio, algunos de sus cuentos son verdaderas piezas de antología. Delgado es reconocido como el mejor estilista que tuvo la novela mexicana durante el s. XIX.
Otros mexicanos realistas son: Ángel de Campo («Micrós», 1868-1908), que cultivó el -cuento casi exclusivamente (Ocios y apuntes, 1890; Cosas vistas, 1894; Cartones, 1897); su única novela completa, La rumba, no se publicó hasta 1951; de otra, La sombra de Medrano (1906), sólo se conoce un fragmento; en los cuentos, que le han dado fama, enfoca a través de un r. sentimental la vida de la gente pobre de la ciudad de México. Emilio Rabasa (1856-1930), novelista, jurista e historiador, publicó entre 1887 y 1888 una serie de cuatro novelas (La bola, La gran ciencia, El cuarto poder y Moneda falsa), en las que pinta con ironía la vida social y política de provincia y de la capital. Rabasa puede considerarse como el primer verdadero autor de novelas realistas en México, ya que abandona por completo la actitud sentimental que caracteriza a sus precursores para tratar de presentar objetivamente la vida mexicana. José López Portillo y Rojas (1850-1923), discípulo de José María de Pereda, es el mejor representante de la novela realista de ambiente rural; La parcela (1898), su novela más conocida (otras son Novelas cortas, 2 tomos, 1900, 1903;' Los precursores,1909; Fuertes y débiles, 1919), gira en torno al conflicto entre dos ricos terratenientes que luchan por la posesión de una parcela sin valor. Si bien Mariano Azuela criticaba esta novela por poca profundidad psicológica en la creación de los personajes, lo mismo que por los diálogos, que no reflejan bien el modo de hablar de los campesinos de Jalisco, donde se desarrolla la acción, también dice que «se admira la armonía de la construcción, el espíritu mesurado y alerta del novelista y sobre todo su propósito de hacer literatura bella».
En Argentina cultivaron la novela realista, además de Ocantos, Martín García Merou (1862-1905), cuya obra Ley social (1885), de ambiente madrileño, trata del trillado tema del joven libertino que muere a manos del marido ultrajado; Manuel T. Podestá (1853-1918), autor de Irresponsables (1889), más naturalista que realista; Julián Martel (pseudónimo de José María Miró, 1867-96), quien en su única novela, La bolsa (1891), describe el mundo de los negocios en Buenos Aires; Segundo 1. Villafañe (1859-1937), autor de Horas de fiebre (1891), en torno al rápido ascenso y trágico fin de un joven en el mundo mercantil de Buenos Aires; Francisco A. Sicardi (18561927), cuyo Libro extraño (5 partes, 1895-1902) es más un documento social que una novela, ya que en él se traza la evolución de la sociedad bonaerense durante un periodo de seis años; y José Serafín Alvarez (conocido como «Fray Mocho», 1858-1903), más costumbrista que realista, autor de innumerables cuentos y de la novela Un viaje al país de los matreros (1897), de ambiente rural.
La tradición realista iniciada en Chile por Blest Gana que continuada por Vicente Grez (1847-1909) con Emilia Reynals (1883), La dote de una joven (1884), Marianita (1885) y El ideal de una esposa (1887); Alberto del Solar (1860-1921), con la novela Contra la marea (1894), donde desarrolla el tema de las trágicas consecuencias que acarrea la desmedida ambición; tema que también desarrolla Alejandro Silva de la Fuente (1865-1956) en Penas que matan (1887). Más importante que los anteriores fue Luis Orrego Luco (1866-1948), discípulo de Pérez Galdós, autor de una serie de novelas sociales publicadas bajo el título Páginas americanas (1892), y de una serie de Episodios nacionales... (1905). Sus más logradas novelas son Un idilio nuevo (1900) y Casa grande (1908), ambas publicadas bajo el título Escenas de la vida en Chile.
Los principales realistas cubanos fueron Nicolás Heredia (n. en Santo Domingo; 1852-1901), quien en Un hombre de negocios (1882) y Leonela (1893), sin abandonar por completo el costumbrismo, pinta la vida cubana con veracidad; lo mismo hace Ramón Meza (1861-1911), autor de varias novelas de ambiente cubano, entre las que destacan Carmela (1886), Mi tío el empleado (1887), Don Aniceto el tendero (1889) y últimas páginas (1891). En Perú, además de Matto de Turner, encontramos entre los realistas a Mercedes Cabello de Carbonera (18451909), introductora de la novela de problema social urbano en obras como Blanca Sol (1888), Las consecuencias (1889) y El conspirador (1892; esta última, subtitulada «novela político-social», la vida de un caudillo, quien en primera persona nos revela tanto la decadencia de la autoridad política como su propia decadencia moral.
Representan la novela realista venezolana Manual Vicente Romero García (1865-1917), recordado por la obra Peonía (1890), «novela de costumbres venezolanas»; Gonzalo Picón Febres (1860-1918), quien pinta las costumbres rurales en El sargento Felipe (1889) y las urbanas en Nieve y lodo (1895); y Miguel Eduardo Pardo (1868-1905), autor de Todo un pueblo (París 1899), en torno a los defectos de la sociedad caraqueña, pero vistos con perspectiva europea; la crudeza del cuadro ofendió a los venezolanos. También cultivaron la novela realista Santiago Vaca Guzmán (Bolivia, 1847-96), Manuel Fernández Juncos (Puerto Rico, 1846-1928) y Ramón A. Salazar (Guatemala, 1852-1914). Omitimos de esta lista, por considerarlos como pertenecientes al naturalismo (v.), a Federico Gamboa (México, 1864-1939), Manuel González Zeledón (Costa Rica, 1864-1936), Manuel Zeno Gandía (Puerto Rico, 1855-1930), Baldomero Lillo (Chile, 1867-1923), Javier de Viana (Uruguay, 1868-1926), Eugenio Cambaceres (Argentina, 1843-88), Juan Antonio Argerich (Argentina, 1862-1924), Carlos Loveira (Cuba, 18821928) y Roberto J. Payró (Argentina, 1862-1928).
Cultivaron el teatro de tendencia realista, entre otros, Martiniano Leguizamón (Argentina, 1858-1935), recordado por la obra Calandria (1896); Martín Coronado (Argentina, 1850-1919), autor de La piedra de escándalo (1902); Nicolás Granada (Argentina, 1840-1915), cuya obra Al campo (1902) gira en torno al conflicto entre la ciudad y la pampa. En México encontramos a José Peón Contreras (v.; 1843-1907) y Alfredo Chavero (1841-1906); en Chile, a Daniel Caldera (1852-96); y en Uruguay a Orosmán Moratoro (1852-96), Abdón Aróstegui (18531926) y Elías Regules (1860-1929). Entre los cultivadores del ensayo positivista, además de Sierra, Hostos y González Prada, cabe mencionar a los cubanos Manuel Sanguily (1848-1925) y José Enrique Varona (1849-1933), director éste de la importante Rev. Cubana (1885-95) y autor de los Estudios literarios y filosóficos (1883) y los Artículos y discursos (1891); al argentino Alejandro Korn (1860-1936); al peruano Alejandro Deústua (1849-1945); al colombiano Carlos Arturo Torres (1867-1911), y al venezolano José Gil Fortoul (1852-1943).
V. t.: III. |