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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Poesía Social II. Literatura Hispanoamericana.
Categoria:
Literatura
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Generalidades. En un amplio sentido, sería social La Araucana (V. ERCILLA Y ZÚÑIGA, ALONSO DE), que no tiene héroe protagónico, y describe y canta la lucha entre españoles y araucanos, y el heroísmo parejo que ambos exhiben. Pero, evidentemente, el sentido restringido de la expresión se limita a la categoría de poesía enderezada hacia la colectividad, que pretende llegar a ella como tal para despertar sentimientos o reacciones que exalten la conciencia de determinada situación. La p. s., así entendida, nace en Hispanoamérica junto con la idea de emancipación, y se confunde con los primeros balbuceos románticos, que en ella son, en parte no desdeñable, una expresión de romanticismo social (V. ROMANTICISMO IV). La convicción de que las antiguas colonias debían constituirse en naciones independientes, desencadenó en los poetas de la época el afán de propagar esa fe y exaltar las energías de toda la ciudadanía para obtener ese objetivo patriótico. Por ello, el tema abarca varias épocas, según la intención que anima a la aludida poesía y los objetivos que pretende lograr.

      Desarrollo a lo largo del tiempo. Poesía de la Independencia y de los albores románticos (1820-80). La gestación de las ideas de la independencia coincide cronológicamente, en buena parte, con la aparición del romanticismo, pues ambos emergen del despertar liberal y romántico de Europa y de su repercusión en Hispanoamérica. Dominan entonces los asuntos patrióticos, que luchan por hacer madurar y desprender una conciencia autónoma y el sentimiento de nacionalidad consiguiente.

      En Argentina, Bartolomé Mitre (v.), imbuido de los ideales autonomistas, canta en variados poemas los sentimientos nacionales y las realidades autóctonas americanas, como en su poesía Al cóndor de Chile; Vicente López y Planes (1787-1856) ensalza en un himno, El triunfo argentino, la victoria conseguida sobre los ingleses; Juan Cruz Varela (1794-1839) celebra El triunfo de Maipú, La libertad de Lima o La muerte de Belgrano. También sobresalen por entonces José Mármol (v.), que reanima los sentimientos patrióticos en verso y prosa; y Esteban Echeverría (v.), alta figura del romanticismo rioplatense. Todos desgajan el fervor patriótico, la conciencia de la nacionalidad independiente y la afirmación del predominio de estos valores sobre los que representaba la anterior dominación hispánica.

      En Colombia, los poetas del patriotismo, y en este sentido sociales, son principalmente José Joaquín Ortiz (1814-92) y José Eusebio Caro (v.), este último más adscrito a la poesía política. A su lado cabe citar a Rafael Pombo (v.), con su poesía civil, y a Miguel Antonio Caro (v.), autor de la oda A la estatua de la libertad. En Cuba, José María Heredia (v.) expresa en sus obras el amor a la patria y la penetrante nostalgia de la Cuba de que fuera tempranamente desterrado, al propio tiempo que exalta el paisaje y modela la conciencia de una emoción típicamente americana. José Martí (v.), poeta delicado y romántico, luchador infatigable por la libertad de su tierra, graba en versos musicales y finamente dibujados un sentimiento vernáculo y una conciencia autónoma.

      Chile, por entonces menos abundante en poetas («país de historiadores» lo llamó Menéndez Pelayo), cuenta con los versos mejor intencionados que felices de un Camilo Henríquez (1769-1825), afanado por agitar la conciencia de la emancipación. Eusebio Lillo (1826-1910), de estro más amplio y refinado, es autor del himno o canción nacional. A su lado cabe recordar a Guillermo Matta (1829-99) y a Domingo Arteaga Alemparte (1835-80), este último de una rara precisión y elegancia, en lo que influyen los maestros franceses de la época. No puede olvidarse, por cierto, a Andrés Bello (v.), quien dejó poemas de intención autonomista y social, como sus cantos A la victoria de Bailén, su Alocución a la poesía, y otros de vigoroso sentido americanista, como su oda A la agricultura de la zona tórrida, en que late un marcado sentimiento del paisaje y de la individualidad física y espiritual de América. Entre los venezolanos puede citarse también el nombre, más modesto, de Fermín Toro (1807-65) con su Canto a la conquista.

      En Ecuador vibra la elocuencia de José Joaquín de Olmedo (v.), amigo entusiasta de Bolívar, a quien inmortaliza en diversos poemas, que acaso hoy resulten demasiado verbales y de una sonoridad en que se hace difícil no percibir la ampulosidad oratoria y el arrebato circunstancial. En México merecen recordarse Fernando Calderón (1809-45) y el academizante Ignacio Rodríguez Galván (v.). En Uruguay, Bartolomé Hidalgo (1788-1822) escribe unos Diálogos que anticipan la poesía de contenido social y popular, y donde comienza a formarse una conciencia gauchesca, dimensiones que harán posible una ruta posterior hacia la autóctonáa nacional y romántica (V. CRIOLLOS II). Los hermanos Francisco (m. 1863) y Manuel Araucho, F. Acuña de Figueroa (1790-1864), que entremezcla patriotismo y sentido irónico y burlesco, Juan Carlos Gómez (1820-84), y A. Magariños Cervantes (182591), conforman el cuadro de una p. s. y libertaria.

      Poesía del simbolismo y del modernismo (1880-1910). El simbolismo (v.), del cual el modernismo (v.) dariano es como una réplica hispanoamericana, se engolfa en una poesía más hermética y de predominante afán de evasión de la aspereza de las realidades concretas. Se comprende, por ello, que la p. s. no ocupe sitio eminente entre sus temas. Con todo, en los poetas modernistas iberoamericanos hay manifestaciones notorias de preocupación e inquietud social.

      El mismo Rubén Darío (v.) incluye en sus poemas muchos de índole social, proyectados especialmente sobre el ámbito americano. Para el prodigioso lírico hay una realidad cultural iberoamericana, amenazada por la importancia que cobran los modos de pensar y de ser de Estados Unidos y sus brotes imperialistas, que extienden su ambición a este hemisferio. El idioma, la peculiaridad espiritual de esta porción hispanohablante y el alma de la raza, corren peligro de verse ahogados. Darío percibe con genial anticipación la amenaza de la dependencia cultural y del colonialismo material y mental. Su Salutación al Optimista, o su poema A Roosevelt, en Cantos de Vida y Esperanza, ponen una nota reivindicatoria y de apasionada preocupación social, en medio de sus versos ensoñadores y de sus evocaciones orientales. En Perú, Manuel González Prada (v.) centra su poesía en la expresión de un racionalismo y de un amor a la libertad, que lo señalan como poeta orientado hacia la preocupación colectiva, con una sinceridad y coraje que le reconocieron sus propios adversarios. José Santos Chocano (v.), imaginativo y torrencial, evoca la raíz hispánica como módulo cultural, y señala también la inminencia de una colonización espiritual de Estados Unidos.

      En Chile, Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) es paralelamente el poeta de reminiscencias verlainianas y el cantor de la «raza chilena», cuya alma ve encarnada en el pueblo, en el campesino y en un cierto fatalismo colectivo. Las pinceladas con que describe la miseria social tienen un rasgo sordamente dramático. Víctor Domingo Silva (n. 1882), oratorio y declamador, evoca la dura condición del obrero del norte y del salitre, a la vez que canta a la patria en versos de arenga, como en su poema A la bandera. En Argentina aflora toda una épica del gaucho, con el Martín Fierro de José Hernández (v.), que traspuso las fronteras y subrayó un orgulloso sentido nacionalista y popular, el Santos Vega de Rafael Obligado (v.), y los poemas de Estanislao del Campo (1834-80). También Leopoldo Lugones (v.) escribirá un Romancero, henchido de vena patriótica y de sentimiento argentinista y social. En Cuba hay que recoger los nombres de José Manuel Poveda (1888-1926), de Agustín Acosta (n. 1886), cantor de la zafra azucarera, con notas de evidente inquietud por la condición del pueblo y la dureza de su labor, y de Felipe Pichardo Moya (1892-1957), que además incursionó en el tema del negro (v. NEGRISMO). En Uruguay, Fernán Silva Valdés (n. 1887) creó una poesía típicamente criollista, que él bautizó como «nativismo». En Bolivia se anota el nombre de Jaimes Freyre (v.), cuyos refinamientos modernistas no excluyeron su percepción del sentimiento de las masas y una ojeada intuitiva de la revolución rusa.

      Poesía posmodernista hasta el vanguardismo (de 1920 en adelante). La poesía de vanguardia, que aparece en la posguerra del primer conflicto europeo, pareció alejarse de todo tema trascendente y, por tanto, del social. Aquella «álgebra superior de las metáforas», como la llamó Ortega y Gasset, hizo pensar en la deshumanización de una proeza estetizante. Con todo, muchos de los poetas más ultraístas son también figuras representativas de la poesía volcada hacia lo social (v. VANGUARDISMO; ULTRAÍSMO II).

      En México, Ramón López Velarde (v.) entronca indirectamente con la p. s. al evocar la vida provincial con sus valores vernáculos y sus prestigios cívicos, como en su poema La suave patria. Octavio Paz (v.), no obstante su exclusivismo estético, denota su sentimiento de lo colectivo en el poema Piedra de Sol, y acusa reminiscencias de su paso por el marxismo; Efraín Huerta (n. 1914) se asocia a las masas populares y llama a la revolución proletaria; Rubén Bonifaz Nuño (n. 1924) espera la redención del hombre a través de una reforma de la sociedad, y Marco Antonio Montes de Oca (n. 1932) busca la comunicación con el pueblo. En Cuba ocupa una notable jerarquía Nicolás Guillén (v.), que exalta su amor patrio, su devoción hacia el negro y su rechazo del dominio yanqui, y apela a la musicalidad afrocubana, con reminiscencias ancestrales, para comunicar a sus poemas una poderosa expresividad. Ballagas (1908-54) y Alejo Carpentier (v.), este último sobre todo novelista y ensayista, seubican en la misma huella. En Nicaragua merece destacarse la poesía de Ernesto Cardenal (n. 1925), de poderosa penetración y de inquietud religiosa, social y humana por la redención material y espiritual del hombre, y su valorización poética de los ancestros indígenas. En Puerto Rico, Palés Matos (v.) se encuadra dentro de la línea de la poesía negra de Guillén.

      En Perú, Juan Parra del Riego (1894-1925), autor de los recordados «polirritmos», canta las nuevas formas de vida, la integración del hombre en una colectividad agitada por la velocidad, la máquina y el dinamismo que arrebata; César Vallejo (v.) se convierte, tras sus experiencias surrealistas, en luchador político y social, adscrito al comunismo, y exalta la lucha popular, al propio tiempo que participa de una especie de misticismo indígena (V. INDIGENISMO II). En Argentina, Leónidas Barletta (n. 1902), César Tiempo, pseudónimo de Israel Zeitlin (n. 1906), Raúl González Tuñón (n. 1905) y otros, cultivan la p. s. con una orientación proveniente de sus experiencias rusas y comunistas, en tanto que otros, como Oliverio Girondo (n. 1891), Leopoldo Marechal (v.), González Lanuza (n. 1900) y Francisco Luis Bernández (v.), se mantienen en una posición argentinista, fuera de afiliaciones y compromisos políticos. En Chile ocupan lugar destacado Pablo de Rokha, pseudónimo de Carlos Díaz Loyola (n. 1894), que cultiva un gigantismo cósmico, canta al pueblo y a la revolución, ensalza la cocina y los guisos populares, y salpica una inspiración indiscutiblemente épica con groserías y estridencias ultraprosaicas; Vicente Huidobro (v.), cuyo creacionismo (v.) deriva en algunos momentos hacia la p. s. e incluso política, como en sus poemas Ronda de la vida riendo o su Canto a Lenin; y especialmente Pablo Neruda (v.), que en su Canto General y, sobre todo, en las Alturas de Machu Picchu, alcanza un tono colectivo, personificador de la multitud oprimida y del aplastamiento del hombre por la fuerza o el poder anónimo, tono de soberbia grandeza, lo que no impide que en otros versos de circunstancia e interés político subalterno caiga en el prosaísmo y la vulgaridad.
F. DURÁN VILLARREAL.
    BIBL.: E. ANDERSON IMBERT, Historia de la literatura hispanoamericana, México 1966; R. SILVA CASTRO, Panorama de la literatura chilena, Santiago de Chile 1961; F, ALEGRÍA, La poesía chilena, México 1954; C. GONZÁLEZ PEÑA, Historia de la literatura mexicana, México 1966.

     

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.
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