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Lunes, 20 de Mayo de 2013
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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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México (País)VII. Lengua y Literatura.
Categoria:
Literatura
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
     1. La lengua. Pocos años después de la conquista de M_ por Hernán Cortés llegaron los misioneros con el propósito de evangelizar a la población indígena. Con ese objeto los frailes aprendieron las lenguas nativas; también les tocó a ellos enseñar el español al pueblo conquistado. El primero en hacer lo fue fray Pedro de Gante (1480-1572), llegado a M. en 1523. En Texcoco fundó la primera escuela para indios, y, en 1527, en la ciudad de M., la de San Francisco, que dirigió durante medio siglo. Como el número de misioneros era limitado, muchos niños no recibían instrucción, sobre todo en las regiones donde se hablaban otras lenguas y no el náhuatl. Los frailes intentaron enseñar esa lengua a todos los niños, en vez del castellano, y así lo solicitaron a Felipe II en 1562. El rey, sin embargo, ordenó que en todos los pueblos se pusieran maestros de escuela para enseñar el español; mas era imposible que un puñado de frailes enseñara a las multitudes. Los indígenas seguían usando sus lenguas nativas. El proceso de aculturación fue lento durante la época española y el s. xix. No es hasta después de 1920 cuando verdaderamente se hace un esfuerzo por enseñar el español a todos los indígenas. Y, a pesar de ello, todavía hoy existen tres millones que no lo hablan y otros dos que son bilingües.

      Las principales lenguas nativas que todavía se hablan son: náhuatl o azteca (v. AZTECAS III), maya (v. MAYAS II), zapoteco, mazateco, totonaco, tzotzil, otomí, huasteco y tarasco. A pesar de la importancia de las lenguas nativas, su influencia sobre el español que se habla en M. ha sido mínima, con excepción del léxico. El número de palabras que se usan para designar la flora, la fauna y los alimentos es considerable; también son comunes los indigenismos en la toponimia. Los fenómenos fonéticos, morfológicos o sintácticos que se atribuyen a influencia indígena, según Lope Blanch, son insignificantes: existencia de los fonemas /s/ y III, en voces indígenas como xixi y Atzompa, que funcionan como variantes alofónicas de /s/; la articulación explosiva, licuante, de t seguida por l en palabras como ixtle; y en el español de Yucatán, por influencia maya, la articulación con oclusión final de la glotis de las consonantes p', t', k', ch' y tz'. Las peculiaridades que no se deben al sustrato son las que se encuentran en otros países hispanoamericanos: el yeísmo y el seseo, la pronunciación de la s como predorsal convexa, latendencia a pronunciar las vocales con timbre medio y la pronunciación fuerte de las consonantes finales. Estas pequeñas variantes fonéticas, sin embargo, no afectan al sistema fonológico del español común. Las variantes de la morfología y la sintaxis son también semejantes a las que se operan en otros países de Hispanoamérica; p. ej., se evita la desinencia     se del imperfecto de subjuntivo; en los pronombres personales predomina el loísmo (uso de lo para acusativo de persona), y los posesivos son más usados que en España, ya que es común emplearlos en vez del simple artículo; si bien el uso de tú es común, el vos no se utiliza y el vosotros es sustituido por ustedes; también es común la construcción del verbo entrar con a en vez de en. Es característico del español de M. el uso del diminutivo ahorita para expresar la inminencia de un acto, y del adjetivo mero,con el sentido de mismo («a mí mero me lo dijo»), principal («malta lo mero bueno»), casi («ya mero termino»), etc. A pesar de esas y otras pequeñas variantes, puede decirse que el español en M. ha mantenido su unidad fundamental.

      2. La literatura. Época virreinal. La literatura mexicana c?u;:;nt, el virrei presenta un desarrollo paralelo al de la literatura peninsular; en el s. XVI, predomina la influencia renacentista; en el XVII, la del barroco; y en el XVIII, la del neoclasicismo. Las primeras manifestaciones literarias son las cartas, diarios, crónicas y relaciones escritos por los mismos conquistadores. Entre las cartas, las de Hernán Cortés (v.; 1485-1547) a Carlos V son famosas; entre las crónicas, la del soldado Bernal Díaz del Castillo (v.; 1495-1584), la leída Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1568; publicada en 1632); entre las relaciones, los Naufragios y relación (Zamora 1642) de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (v.; 1490-?-1559?), que se leen como novela. Un poco más tarde Francisco Cervantes de Salazar (1514?-75), el autor de los Diálogos (1554) en latín para el uso de los estudiantes de la Universidad, y del Túmulo imperial (1554), también escribió una Crónica de la Nueva España (1559; no publicada hasta 1914). La contribución de los misioneros, sobre todo al estudio de las lenguas y las culturas indígenas, es de inapreciable valor. Fray Bernardino de Sahagún (v.; ca. 1500-90) en la Historia de las cosas de la Nueva España (1569) recogió todo lo relativo a la cultura de los aztecas. A él se debe que se hayan conservado ejemplos de la poesía náhuatl como los Veinte himnos sacros, que encontró en Tepepulco entre 1558 y 1560, y los Cantares mexicanos, manuscrito de 85 hojas existente en la Bibl. Nac. de M. Fray Francisco Ximénez (s. XVIII) descubrió y tradujo al castellano el importante libro Popol Vuh, considerado como uno de los más antiguos documentos americanos v de gran valor para el estudio de la cultura maya-quiché.

      Los primeros autores que escribieron poesía erudita en M. fueron los ingenios españoles (entre otros Guiierre de Cetina) que visitaron la Nueva España; fueron ellos quienes introdujeron el estilo renacentista, que había de imitar el primer poeta ya nacido en M., Francisco de Terrazas (1525?-1600?), elogiado por Cervantes en el Canto a Calíope, y autor de sonetos, décimas y un poema épico incompleto, Nuevo Mundo y conquista. También cultivó la épica Antonio Saavedra Guzmán (n. ca. 1570) en El peregrino indiano (Madrid 1599), poema en 2.037 octavas reales en 20 cantos, sobre el tema de la conquista. La poesía dramática la representan Fernán González de Eslava (1535-1601?), autor de los Coloquios espirituales y sacramentales (1610), y Juan Pérez Ramírez (n. 1542?), considerado como el primer dramaturgo nacido en M., quien en 1574 presentó la comedia alegórica Desposorio espiritual entre el Pastor Pedro y la Iglesia mexicana. La Nueva España contribuyó al desarrollo de la comedia del Siglo de Oro con las obras de Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (v.; 1580-1639), mexicano que escribió para el teatro español. La poesía barroca la representan Bernardo de Balbuena (1568-1627) y sor Juana Inés de la Cruz (v.; 1648-95). Entre 1592 y 1602 Balbuena escribió El Bernardo o victoria de Roncesvalles (Madrid 1624) y entre 1602 y 1603 su obra más leída, la Grandeza mexicana (México 1604), en la que hace una hiperbólica descripción, en tercetos, de la ciudad de M.; es también autor de un Siglo de oro en las selvas de Erífile (1608). Poeta y prosista fue Carlos de Sigüenza y Góngora (16451700), recordado por un conato de novela, los Infortunios de Alonso Ramírez (México 1690), y por los libros de poesía Primavera indiana (1668), Glorias de Querétaro (1680) y Triunfo parténico (1683), lo mismo que por el Mercurio Volante, papel periódico (1693).

      La poesía rococó y neoclásica la cultivaron Juan José de Arriola (1698-1768); Francisco Javier Alegre (1729-88), humanista; Diego José Abad (1727-79), autor de Heroica de Deo Carmina (1769), poema religioso en hexámetros latinos; y fray Manuel de Navarrete (1768-1809), mayoral de la «Arcadia Mexicana» y autor de los Entretenimientos poéticos (1823). La prosa en el s. XVIII la representa el historiador Francisco Javier Clavijero (1731-87), quien en Italia escribió la importante Historia antigua de México (1780). Entre los dramaturgos, Eusebio Vela (16881737) fue el que más contribuyó al desarrollo del teatro. Durante esta época nace también el periodismo con la Gaceta de México (1722) de Juan Ignacio María de Castorena y Ursúa (1668-1733); la Gaceta de México (172738) de Francisco Sahagún de Arévalo (m. 1761); el Mercurio Volante (1772), primera revista médica editada en América, de José Ignacio Bartolache (1739-90); la Gaceta de México (1784-1809) de Manuel Antonio Valdés (1742-1814); las Gacetas de literatura de México (1788-95) de José Antonio Alzate (1737-99); y el Diario de México (1805-17), primer diario.

      Literatura nacional. La independencia política de M. no indica que la literatura se haya emancipado también. Durante la época de la lucha armada, la estética que predomina. es la del neoclasicismo (v.) finisecular. Pero ya aparece la preocupación por los asuntos mexicanos, por la descripción del paisaje nativo, por el pasado indígena y por los problemas políticos y sociales. La poesía, si bien neoclásica en la forma, tiene por tema la libertad, el patriotismo, la heroicidad. El cubano José María Heredia (v.; 1803-39), que vivía en M., escribe En el teocalli de Cholula (1820); el patriota Andrés Quintana Roo (1787-1851) dedica una oda, Dieciséis de Septiembre, al día de la independencia; Anastasio María de Ochoa y Acuña (1783-1833) publica las Poesías ele un mexicano (1826); Francisco Manuel Sánchez d;: Tagle (1772-1847), poeta y político, escribe La lealtcta cuneri cana (1802) y La entrada del Ejército Trigar,tntc cri ~k9é xico, la última dedicada a Iturbide. La corricnie neoclásica la continúan José Joaquín Pesado ( 1801-60), quien elabora el tema indigenista en Los ante( as, colección de glosas y traducciones de cantares prehispánicos (v. INDIGENISMO II, 4); Manuel Carpio (1791-1860), cantor del paisaje nacional en El Popocatépetl ) .México; e Ignacio Ramírez (1818-79), el Nigromante, polemista liberal que cultiva la poesía de acento clásico.

      La prosa de esta época se encuentra en las .iteras defray Servando Teresa de Mier (1765-1827), a quien se debe la Historia de la revolución en Nueva España (1813) y unas interesantísimas Memorias; José Joaquín Fernández de Lizardi (v.; 1776-1827), creador de la novela hispanoamericana (El Periquillo Sarniento, 1816), y José María Luis Mora (1794-1850), hombre de Estado y periodista, autor de México y sus revoluciones (1836) y Obras sueltas (1837), colección de ensayos sobre temas sociales y políticos. El teatro neoclásico ofrece las comedias de Manuel Eduardo de Gorostiza (1789-1851), el autor de Contigo pan y cebolla (1833) e Indulgencia para todos.

      Romanticismo. El romanticismo (v.), que ya se manifiesta en las obras de Pesado (última época), alcanza su más alto desarrollo, en la poesía, con Ignacio Rodríguez Galván (v.; 1816-42); Guillermo Prieto (1818-97), autor de poesías populares sobre temas mexicanos (Musa callejera, 1883; Romancero nacional, 1885); Manuel Acuña (v.; 1849-73); y Manuel M. Flores (1840-85), cuyas Pasionarias (1874) son un exaltado himno al amor triunfante; en el teatro, con Fernando Calderón (1809-45), autor de El torneo (1839), Hernán o la vuelta del cruzarla (1842), Ana Bolena (1842) y A ninguna de las tres (1439), la irás leída; Ignacio Rodríguez Galván también e>_crihió lcatro, lo mismo que el historiador Alfredo Chavero (1841-1906), introductor de temas indianistas (Xóchit1, 1877; Ouetzalcóatl, 1878), y José Peón Contreras (v.; 1843-1907); en la narrativa, con Justo Sierra O'Reilly (1814-61), autor de El filibustero (1841) y Un año FYi el Hospital d,, San Lázaro (1845-46); Florencio` M. dei Castillo (1828-43); Luis G. Inclán (1816-75), cuya cínica novela, .(1865), trata de la vida en Michoacán y reproduce el Tabla popular; Manuel Payno (181094), quien da preferencia a la novela de folletín en El fistol del diablo (1845-46) y Los bandidos de Río Frió (1889-91); Vicente Riva Palacio (1832-96), autor de novelas históricas de ambiente colonial y los Cuentos del General (1896).

      La novela indianista iniciada por José María Lafragua (1813-75) en 1832 con Netzula, la continúan Crescencio Carrillo y Ancona (1837-97) con la Historia de Welina (1862), y Eligio Ancona (1836-93) con Los mártires de Anáhuac (1870). Pero es Ignacio Manuel Altamirano (v.; 1834-93) quien ha de elevar la novela romántica a un nivel artístico superior con Clemencia (1869), La Navidad en las montañas (1871) y El Zarco (1901). Si bien justo Sierra (1848-1912), hijo del antes citado, comenzó escribiendo crónicas, narraciones (Cuentos románticos, 1868) y poesías de aliento romántico, más tarde se dedicó por completo a la política, la historia y el ensayo (México: su evolución social, 1900-02; Juárez, su obra y su tiempo, 1904). Las Obras completas de Sierra, en 15 t., fueron publicadas en 1948 por la Univ. Nac. de M.

      Realismo y naturalismo. Entre los principales narradores realistas destacan los nombres de Rafael Delgado (1853-1914), en cuyas novelas (La Calandria, 1891; Los parientes ricos, 1904) hay ambientes realistas y conflictos sentimentales; Ángel de Campo (Micrós, 1868-1908), el mejor cuentista de su generación (Cosas vistas, 1894; Cartones, 1897); José López Portillo y Rojas (1850-1923), recordado por la novela La parcela (1898), y Emilio Rabasa (1856-1930), quien describe la sociedad provinciana con ironía en novelas como La bola (1887). El mejor representante del naturalismo (v.) es Federico Gamboa (1864-1939), el autor de Suprema ley (1896), Metamorfosis (1896), Santa (1903), Reconquista (1907) y La llaga (1910). En Santa, Gamboa ataca el problema de la prostitución en la ciudad de M., y en La llaga, el de las prisiones. Con esas obras la novela da un gran paso.

      Modernismo. En oposición al realismo (v.) y al naturalismo se desarrolló en M., como en toda Hispanoamérica, el movimiento modernista, corriente esteticista que da énfasis a la forma sobre el contenido, a lo extranjero sobre lo nacional (v. MODERNISMO III). Los representantes mexicanos de esta primera manifestación original en las letras son Manuel Gutiérrez Nájera (v.; 1859-95); Salvador Díaz Mirón (1853-1928), cuyo libro Lascas (1901) tuvo singular influencia sobre Rubén Darío y el modernismo en general. La obsesión por la forma le llevó a componer poesías que a veces resultan frías; no ocurre lo mismo con las que incluyó en Lascas («A Gloria», «El fantasma», «Idilio», «Música fúnebre», «Peregrinos»), en donde el contenido es tan importante como la forma. Corresponden a este momento también Amado Nervo (v.; 1870-1919) y José Juan Tablada (1871-1945), poeta que tuvo gran influencia sobre las generaciones posteriores. Su obra poética, que ha recogido en un tomo la Univ. Nacional (Obras, 1, Poesía, 1971), se distingue por la imagen original, por el interés en las formas sintéticas como el jaikú y por la persistencia en la expresión de temas exóticos; fue, en fin, un espíritu inquieto cuya poesía, en constante renovación, forma el eslabón que une a los modernistas y a los posmodernistas.

      Posmodernismo. La Rev. Azul (1894-96) y la Rev. Moderna (de México) (1898-1911) fueron los voceros del modernismo; ya para 1906, sin embargo, nuevas preocupaciones entre los jóvenes les llevan a colaborar en Savia Moderna, revista fundada por Alfonso Cravioto (1883-1955). De ese núcleo de escritores nace el «Ateneo de la Juventud», asociación literaria formada por Antonio Caso (v.; 1883-1946), José Vasconcelos (v. 18811959), Alfonso Reyes (v.; 1889-1959) y Pedro Henríquez Ureña (v.; 1884-1946). En la poesía, el cambio del modernismo al posmodernismo se había operado en 1911 con la publicación del soneto Tuércele el cuello al cisne de Enrique González Martínez (v.; 1871-1952). Representante también de la lírica posmodernista es el poeta Ramón López Velarde (v.; 1888-1921). Otra tendencia es la colonialista, cuyos representantes, como Artemio de Valle-Arizpe (1888-1961), julio Jiménez Rueda (18961960) y Francisco Monterde (n. 1894), escriben cuentos, novelas, leyendas y dramas de ambiente colonial.

      Vanguardismo. La literatura mexicana de entre guerras es, como la europea y la hispanoamericana en general, una literatura de vanguardia. Los representantes de esa tendencia en M., sin embargo, se dividen en dos grupos, los estridentistas con Manuel Maples Arce (v.; n. 1898), y los jóvenes que se reúnen en torno a la rev. Contemporáneos (1928-31), entre quienes encontramos un brillante grupo de poetas: Xavier Villaurrutia (1903-50), Salvador Novo (n. 1904), José Gorostiza (n. 1901), Jaime Torres Bodet (n. 1902), Jorge Cuesta (1903-42) y Elías Nandino (n. 1903). A esta generación perteneció también Carlos Pellicer (v.). Muerte sin fin (1939) de Gorostiza, poema dividido en diez secciones estructuradas bajo un rígido esquema intelectual en torno al tema filosófico de lo perecedero de la existencia, según se refleja en las inestables estructuras que a la materia da la forma, es una de las grandes composiciones poéticas del siglo, cuyo único antecedente es el Primero Sueño de sor Juana. Villaurrutia es uno de los más originales escritores del grupo. Su obra consta de poesías, novelas, dramas y ensayos. Como poeta se le recuerda por Nostalgia de la muerte (1938) y Décima muerte (1941). Torres Bodet, en sus numerosos libros de prosa y poesía (Fervor, 1918; Cripta, 1937; Sin tregua, 1957, etc.) da expresión a uno de los temas que más ha preocupado al hombre moderno: la búsqueda de la esencia de la realidad.

      La novela de la Revolución. En 1894 Heriberto Frías (1870-1925) publicó en los periódicos de la ciudad de M. la novela Tomóchic, que es considerada como precursora de la novela de la Revolución, por tratar de la destrucción de un pueblo de indios por los ejércitos de Porfirio Díaz. Mas el término «novela de la Revolución» se aplica a la que trata del conflicto que se inicia en 1910; por tanto, es Mariano Azuela (v.; 1873-1952) el primero en cultivarla: en 1910 publica Andrés Pérez, maderista, y en 1915, su obra maestra, Los de abajo. Han de pasar 13 años antes de que otro novelista ensaye el tema. En 1928, Martín Luis Guzmán (n. 1887) publicó en Madrid El águila y la serpiente y, al año siguiente, La sombra del caudillo; en ambas logra captar la esencia del conflicto a través de la dramatización de episodios en los que con gran acierto y voluntad de estilo se describen los momentos culminantes del drama revolucionario. Guzmán había participado en la Revolución en los ejércitos de Villa, a quien dedicó una biografía novelada, las Memorias de Pancho Villa (1938-40).

      Otros escritores de novelas y cuentos de la Revolución fueron: José Rubén Romero (v.; 1890-1952); Gregorio López y Fuentes (1897-1967), autor de Campamento (1931), Tierra (1932), ¡Mi general! (1934) y El indio (1935); Mauricio Magdaleno (v.; n. 1905); Rafael F. Muñoz (n. 1899), autor de novelas (¡Vámonos con Pancho Villa!, 1931; Se llevaron el catión para Bachimba, 1941) y cuentos (El feroz cabecilla, 1928; El hombre malo, 1930; Si me han de matar mañana, 1934); Francisco Rojas González (1904-51), también cuentista (... y otros cuentos, 1931; El diosero, 1952) y novelista (La negra Angustias, 1944; Lola Casanova, 1947); Ramón Rubín (n. 1912), quien da preferencia a los temas indigenistas y los conflictos raciales (El callado dolor de los tzotziles, 1940), y el misterioso B. Traven, quien ensayó casi exclusivamente la novela de conflicto social: La rebelión de los colgados (1938), La carreta (1949).

      La literatura contemporánea. La Revolución social en M. se cierra al terminar su periodo el general Lázaro Cárdenas (v.) en 1940. De ahí en adelante la cultura mexicana se orienta hacia nuevos rumbos, predominando la tendencia hacia la unidad nacional en la vida pública y hacia la expresión integral en la literatura. Los escritores ahora aprovechan tanto la estética de los vanguardistas como la de los autores de la Revolución para hacer una síntesis de ambas. El equilibrio y la actitud ecuánime ante los problemas nacionales es la norma. Por influencia del filósofo Samuel Ramos (1897-1959), por primera vez se analiza francamente el carácter nacional siguiendo el ejemplo de su libro El perfil del hombre y la cultura en México (1937). El pensamiento de Ramos (v. vi, 5) se refleja en Octavio Paz (v.; n. 1914), autor de El laberinto de la soledad (1950); en los dramas de Rodolfo Usigli (v.; n. 1905), autor de El gesticulador (1947); y en la obra dramática El color de nuestra piel (1952) de Celestino Gorostiza (1904-67), en la que por primera vez en el teatro se presenta el problema del prejuicio racial en M. El interés en la expresión de lo mexicano a través de lo universal es lo que caracteriza a este grupo de escritores.

      La poesía. Entre los poetas de la posguerra; además de Octavio Paz, encontramos a Alí Chumacero (n. 1918), quien se dio a conocer en la rev. Tierra Nueva; también colaboró en El Hijo Pródigo (1943-46) y en Letras de México (1937-47). Su poesía fue recogida en los libros Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956). Al mismo grupo pertenecen los poetas Efraín Huerta (n. 1914) y Neftalí Beltrán (n. 1916). Otra corriente, la poesía religiosa, la representan Concha Urquiza (1910-45), cuyas poesías fueron recogidas en Obras (1946); y Gloria Riestra (n. 1929), a quien debemos La soledad sonora (1950). Una nueva generación de poetas la componen Jesús Arellano (n. 1923), autor de varias colecciones, entre las cuales destacan La señal de la luz (1950), Desatadura (1958) y Diálogo (1960); Jaime Sabines (n. 1925), cuyo libro Tarumba (1956) presenta una actitud antiheroica; Rubén Bonifaz Nuño (n. 1923), cuya poesía ha evolucionado de lo subjetivo (Poética, 1951) a lo objetivo y social (Los demonios y los días, 1956); Marco Antonio Montes de Oca (n. 1932), una de las voces más claras en la nueva poesía mexicana (Delante de la luz cantan los pájaros, 1959; Cantos al sol que no se alcanza, 1961). José Emilio Pacheco (n. 1939), también cuentista (El viento distante, 1963) y novelista (Morirás lejos, 1967), es uno de los más originales poetas (Los elementos de la noche, 1963; El reposo del fuego, 1966; No me preguntes cómo pasa el tiempo, 1969); Homero Aridjis (n. 1940), cuya mejor obra, Mirándola dormir, apareció en 1964, es autor también de un libro de tersas prosas, El poeta niño (1971).

      La novela y el cuento. Estos géneros reflejan la influencia de la novela norteamericana y europea, pero no pierden el sello mexicano, ya que no rompen la tradición establecida por los narradores de la Revolución.

      El cambio lo inicia José Revueltas (n. .1914) en 1943 con la novela El luto humano, en la cual encontramos temas mexicanos y técnicas nuevas, sobre todo las de William Faulkner. Revueltas es autor también de dos colecciones de cuentos, Dios en la tierra (1944) y Dormir en tierra (1960). Rubén Salazar Mallén (n 1905) también ensaya una nueva novela en 1944 con Soledad. Pero es Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez (v.; n. 1904), la novela que inicia un verdadero renacimiento de la narrativa mexicana. Casi al mismo tiempo, Juan José Arreola (n. 1918) renueva la técnica del cuento con Varia invención (1949), que le revela como gran prosista. Esas prosas, poéticas algunas, nos introducen en su mundo, en el cual predomina el espíritu satírico. Las mismas características poseen los cuentos de su mejor libro, Confabulario (1952), escritos en estilo rico en imágenes poéticas. Destacan los cuentos El guardagujas, Pueblerina, En verdad os digo; pero todos los relatos son excelentes, por lo complejo de los personajes, lo original de los temas y las formas, el cuidado estilo y la actitud satírica. Después de Confabulario total (1962), Arreola ha publicado una novela satírica de la vida pueblerina, La feria (1963), y otra colección de prosas y una farsa (Palíndroma, 1971).

      Otro renovador de la técnica narrativa es Juan Rulfo (v.; n. 1918), cuyos cuentos, El llano en llamas (1953), y única novela, Pedro Páramo (1955), son excelentes ejemplos de la literatura de realismo mágico. Después de Rulfo, los principales novelistas y cuentistas son Carlos Fuentes (v.; n. 1928); Rosario Castellanos (n. 1925), cuyas novelas (Balum Canán, 1957; Oficio de tinieblas, 1962) son representativas del nuevo indigenismo; Sergio Galindo (n. 1926), autor de El bordo (1960), Nudo (1970) y otras novelas en las que predomina lo psicológico; Luis Spota (n. 1925), quien se dio a conocer en 1956 con Casi el paraíso, y publicó su última novela, La plaza, en 1972, en torno al tema de lo ocurrido en Tlatelolco en 1968; Sergio Fernández (n. 1926), que ha escrito ensayos y novelas (Los signos perdidos, 1958; En tela de juicio, 1964; Los peces, 1968); Vicente Leñero (n. 1933), ahora dedicado al teatro, y que ha publicado tres novelas, Los albañiles (premio Seix Barral, 1963), Estudio Q (1965) y El garabato (1967); Salvador Elizondo (n. 1932), el introductor de la antinovela con Farabeuf (1965) y El hipogeo secreto (1968); Augusto Monterroso (n. 1921), guatemalteco residente en M., que ha ensayado el cuento (Obras completas y otros cuentos, 1959) y la fábula en prosa (La oveja negra y demás fábulas, 1969).

      Entre los jóvenes narradores encontramos a Fernando del Paso (n. 1935), quien en su única novela, José Trigo (1966), traza en términos míticos y en ingenioso diseño la historia de Santiago Tlatelolco y sus habitantes; a Gustavo Sainz (n. 1940), autor de dos novelas, Gazapo (1965), en torno a la vida de los adolescentes en la ciudad de M., y Obsesivos días circulares (1969), sobre el tema de la desintegración de la personalidad en la sociedad contemporánea; a José Agustín (n. 1944), quien trata en sus novelas de encontrar nuevas formas para expresar los nuevos temas que preocupan a los jóvenes (La tumba, 1964; De perfil, 1966; Inventando que sueño, 1968; Abolición de la propiedad, 1969); a Juan Tovar (n. 1941), cuentista (Los misterios del reino, 1966) y novelista (La muchacha en el balcón o la presencia del coronel retirado, 1970); a Juan García Ponce (n. 1932), dramaturgo, cuentista y novelista (Figura de paja, 1964; La casa en la playa, 1966; El libro, 1970), y a René Avilés Fabila (n. 1940), autor de cuentos universales en cuanto a los temas y ambientes (Hacia el fin del mundo, 1969; La lluvia no mata las flores, 1970) y novelas de intención política (Los juegos, 1967; El gran solitario de Palacio, 1971).

      El teatro. El teatro en M. sufre una completa transformación en 1928 con el establecimiento del teatro experimental Ulises por el poeta y dramaturgo ya citado Xavier Villaurrutia, autor de Parece mentira (1933), Sea usted breve (1934), La hiedra (1941), Autos profanos (1943) y El yerro candente (1944); y Salvador Novo, autor de El tercer Fausto (1934), La culta dama (1951), A ocho columnas (1956), Yoca,0a, o casi (1961), lo mismo que algunas obras de tema mexicano como Cuauhtémoc (1962). La historia del teatro contemporáneo se ve ligada, a partir de 1946, al Inst. de Bellas Artes, que lo ha estimulado a través del Departamento de Teatro. Después de Villaurrutia, Novo, Celestino Gorostiza (1904-67) y Rodolfo Usigli, han cultivado el teatro Luis G. Basurto (n. 1920): Cada quien su vida, 1955; Miércoles de ceniza, 1956; La Gobernadora, 1963; Wilberto Cantón (n. 1923): Malditos, 1958; Nosotros somos Dios, 1962; Luisa Josefina Hernández (n. 1928): Los duendes, 1958; Los huéspedes reales, 1958, quien también ha publicado novelas: Nostalgia de Troya (1970); Sergio Magaña (n. 1924): El caso de Jorge Livido, 1958; Elena Garro (n. 1920): Un hogar sólido, 1957; La señora en el balcón, 1963; La dama boba, 1964; Héctor Azar (n. 1930): Olimpia, 1962; y Emilio Carballido (n. 1925), uno de los más activos dramaturgos contemporáneos, autor de varias obras que han tenido gran éxito (Rosalba y los Llaveros, 1950; La zona intermedia, 1950; Medusa, 1960, etc.). La última es una original recreación del mito de Perseo.

      El ensayo y la crítica. El ensáyo en M. tomó gran impulso con los ateneístas, quienes daban preferencia a ese género (Reyes, Vasconcelos, Caso, Henríquez Ureña, julio Torri, 1889-1969) y trasmitieron el entusiasmo a la generación posterior, entre otros al filósofo ya citado Samuel Ramos y a los críticos Carlos González Peña (1885-1955), julio Jiménez Rueda (1896-1960), Ermilo Abreu Gómez (1894-1971) y Andrés Henestrosa (n. 1906). Entre. los discípulos de Ramos destacan los nombres de Leopoldo Zea (n. 1912), quien ha estudiado el positivismo en M., y Emilio Uranga (n. 1922), autor de un Análisis del ser del mexicano (1952) y de Astucias literarias (1971). Entre los críticos de esa generación encontramos a José Luis Martínez (n. 1918), Salvador Reyes Nevares (n. 1922), Antonio Alatorre (n. 1922), María del Carmen Millán (n. 1914) y a Ernesto Mejía Sánchez (n. 1923), poeta y crítico nicaragüense residente en M. Una nueva promoción de ensayistas y críticos la componen Emmanuel Carballo (n. 1925), Ramón Xirau (n. 1924), Jaime García Terrés (n. 1924), Elena Poniatowska (n. 1932) y Gabriel Zaid (n. 1934), reconocido éste como poeta (Seguimiento, 1964; Campo nudista, 1969) y ensayista (La máquina de cantar, 1967).
L. LEAL MARTÍNEZ
    BIBL.: A. M. OCAMPO y E. PRADO, Diccionario de escritores mexicanos, México 1967; C. GONZÁLEZ PEÑA, Historia de la literatura mexicana, México 1966; J. M. GARIBAY K., Historia de la literatura náhuatl, México 1953-54; A. REYES, Letras de la Nueva España, México 1948; J. L. MARTÍNEZ, Literatura mexicana siglo XX, México 1949-50 (t. 1, 1910-49; t. II, Guías bibliográficas); L. LEAL, Panorama de la literatura mexicana actual, Washington 1968; F. DAUSTER, Breve historia de la poesía mexicana, México 1956; Poesía en movimiento: México, I915-66, sel. y notas 0. PAZ y OTROS, México 1970; J. S. BRUSHWOOD y J. R. GARCIDUEÑAs, Breve historia de la novela mexicana, México 1959; Narrativa mexicana de hoy, sel. y notas E. CARBALLO, Madrid 1969; A. MAGAÑA EsQuIVEL y R. LAMB, Breve historia del teatromexicano, México 1958; L. LEAL, Breve historia del cuento mexicano, México 1957; El ensayo mexicano moderno, sel. 1. L. MARTÍNEZ, 2 vol., México 1958; F. J. SANTAMARÍA, Diccionario de mejicanismos, México 1959; 1. M. LoPE BLANCH, El léxico indígena en el español de México, México 1969; fD, Observaciones sobre la sintaxis del español hablado en México, México 1953; D. N. CÁRDENAS, El español en jalisco, Madrid 1967; «Anuario de Letras» VIII, México 1970; W. JIMÉNEZ MORENO, La transculturación lingüística hispano-indígena, Santander 1965

     

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