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Viernes, 10 de Septiembre de 2010
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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Latina, Lengua y Literatura II. Latin Medieval.
Categoria:
Literatura
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Concepto. Aunque por latín medieval puede entenderse cualquier modalidad del latín, hablado o escrito, empleada a lo largo de toda la Edad Media, actualmente suele reservarse esta designación para la lengua de la cultura unitaria europea centro-occidental, sobre todo de los s. VI al XIII. Es decir, desde la incorporación a esta cultura de los invasores paulatinamente romanizados y de otros pueblos germánicos, célticos o incluso eslavos (habitantes de regiones jamás sometidas a Roma) sucesivamente evangelizados, hasta la eclosión como lenguas de cultura (ya no sólo literaria, sino incluso histórica y científica) de las distintas lenguas nacionales de dicho centro y oeste de Europa; momento seguido a poca distancia por el Renacimiento (v.), cuyo afán de retorno al latín clásico le llevó a la ruptura con este latín medieval.
      En este sentido estricto, el latín medieval se distingue del hablado por incultos en la alta Edad Media (latín tardío, v. III) antes de constituirse y diferenciarse las lenguas románicas (v.), y es más amplio que el bajo latín, o lengua en que trataban de expresarse los cultos y semicultos de las regiones en que aquéllas iban surgiendo, en cuanto no sólo comprende estas modalidades, sino también las escritas en países donde las lenguas habladas usuales eran ajenas a la latinidad. De Escandinavia a Sicilia, de Irlanda a Polonia, la cultura pudo ser tan unitaria en latín medieval, como un día lo fue plásticamente con el arte románico.
      Estos límites patentizan por sí mismos el gran papel que en la consolidación y expansión de esta cultura y de su vehículo lingüístico corresponde a la Iglesia romana: la latinidad cultural de Polonia y Bohemia, católicos, frente a otros pueblos eslavos, ganados al cisma dentro del Imperio bizantino, lo demuestra. Es lógico, por tanto, que el latín cristiano sea uno de los principales ingredientes del latín medieval, y que, a través de aquél, reciba éste una cantidad notable de rasgos vulgares, especialmente patentes en una primera época del latín medieval (S. Gregorio de Tours, v., y latín merovingio en general) y en determinados empleos no literarios (latín notarial de cartularios y diplomas): parte de ellos persistieron incluso pese a los esfuerzos por la corrección desarrollados en las escuelas de Sevilla y Toledo en España, el llamado «renacimiento carolingio» en Francia (protagonizado por Alcuino de York, v., que incorporaba al Continente la relativamente intensa clasicidad de la cultura gramatical y literaria de las islas), el impacto de papas de esmerada formación, como S. Gregorio Magno (v.) o el ciceroniano Silvestre II, o de abades como Loup de Ferriéres y otros en los grandes centros guardianes de los clásicos, como Fulda, Bobbio, Saint-Gall, etc.; o, en fin, por parte de los flamantes Estudios generales y Universidades, más atentas al perfeccionamiento de la lengua como instrumento dialéctico que como objeto de un cultivo estilístico en sí.
      No se rompió jamás, sin embargo, de una manera total la vinculación con la cultura clásica (v. I, 1): si se ha podido hablar de unos periodos, virgiliano (s. VIII-IX), horaciano (s. X-XI) y ovidiano (s. XII-XIII) en la literatura latinomedieval, según fuera predominante la influencia de cada uno de los grandes poetas, no menos se ha podido señalar que en el s. XII se conocía la mayoría de los grandes autores clásicos de que hoy disponemos (excepciones principales: Catulo y Tácito). Sólo que, al lado de aquellos poetas y otros, como Persio y Juvenal, V. (de especial influencia por su contenido moralizante), Lucano (v.) e incluso Terencio, v. (imitado por la monja Rosvita), y prosistas, como Cicerón (v.) y Séneca (v.), o Salustio (v.) y Livio (v.), gozaban casi de igual favor no sólo Prudencio (v.) y Venancio Fortunato (v.), sino los mediocres Juvenco (v.) y Sedulio, y el historiador Suetonio (v.). Unos y otros podían ejercer una influencia modélica sobre la lengua gracias a que (gran diferencia con el Renacimiento) ninguno la ejercía de modo exclusivo sobre el estilo.
      Características y trascendencia. Caracteriza, en efecto. al latín medieval una gran variedad estilística, desde composiciones de sencillez casi primitiva hasta textos de dificultad casi homérica, con violentas transposiciones y distorsiones, empleo de teologismos estridentes, préstamos a veces del griego o del hebreo, adaptaciones de germanismos o romanismos propios de la respectiva lengua usual de cada autor, o bien derivados y compuestos, acuñados a medida que escribe quien se siente dueño de aquella lengua en que se expresa.
      Esta vitalidad se acusa sobre todo en las dos aportaciones más destacadas del Medievo a la historia literaria latina y universal: la culminación de la nueva lírica que había comenzado los himnos de S. Ambrosio (v.), Prudencio y S. Hilario (v.), pero más bien con los elementos genialmente atisbados por S. Agustín (v.) en su Salmo abecedario contra los donatistas (estrofa, acento, silabismo y rima), y la créación de una prosa filosófica de alcance universal (latín escolástico). La vinculación auténtica de aquella lírica a una música maravillosamente adaptable también a la prosa (V. GREGORIANA, MÚSICA) determinó interferencias de las que derivaron tipos mixtos en su origen (secuencias, tropos), que, según iban aumentando en rimas y estructura membradá, dieron lugar a una insospechada multiplicidad estrófica, que vino a añadirse a las derivadas de las combinaciones clásicas y de la primitiva poesía cristiana, como se refleja no sólo en la copiosa producción religiosa (cfr. los 55 vol. de los Analecta hymica Medii Aevi de Dreves-Blume, sino en la profana (Carmina Burana, Cantabrigiensia, Etc., V. GOLIARDESCA, LITERATURA), así como en la rica variedad estrófica de las primitivas líricas romances a que dio origen. Entre tanta abundancia, es lógico que sea desigual su valor: desde meros juegos de ingenio, hasta auténticas joyas (Fortunato, Teodulfo, Jacopone) de la literatura l. en general.
      V. t.: BIBLIA VI, 3; CURSUS; HIMNOS LITÚRGICOS.
S. MARINER BIGORRA.
    BIBL.: G. CREMASCHI, Guida allo studio del latino medievale, Padua 1959. Cfr., además, D. NORBERG, Manuel pratique de latin médiéval, Padua 1968; C. DU CANGE, Glossarium mediae et inlimae latinitatis, 1938; M. MANITIUS, Geschichte der lateinischen Literatur des Mittelalters, PIII, Munich 1911-31; l. BASTARDAS, Particularidades sintácticas del latín medieval, Barcelona 1953; íD, El latín medieval, en Enciclopedia lingüística hispánica, I, Madrid 1960; M. BONIOLI, La pronuncia del latino nelle scuole dall' Antichitá al Rinascimento, I, Turín 1962.
     

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
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