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10. Poesía lírica. Comienza con la elegía, con predominio ya de lo subjetivo y personal como en la lírica pura, pero con cierta majestad épica todavía, inseparable del hexámetro que constituye su mitad, por lo que es en cierto modo un género mixto o intermedio. Fue cultivada por primera vez por los poetae novi, y tienen carácter de elegías algunas de las composiciones del libro de Catulo. Pero donde la elegía llega a sus más excelsas cumbres, eclipsando con creces a la griega, es en los grandes elegiacos de la época augustea: Cornelio Galo, perdido, y los conservados Tibulo (que con Lígdamo y Sulpicia integra el conjunto conocido como Corpus Tibullianum), la alegre y desenfadada Copa de la Appendix Vergiliana, Propercio (v.) y el máximo genio de la elegía romana (y segundo de la epopeya), Ovidio. Después de Ovidio, la elegía se eclipsa y no reaparece hasta el s. IV, en autores como Claudiano y Ausonio, y después en Rutilio Namaciano (s. V, primera mitad), Maximiliano (s. VI, primera mitad), en la Antología Salmasiana, y en la poesía cristiana (Commonitorium de Orientio, Carmen elegiacum de Sedulio, y Satisfactio de Draconcio).
La lírica pura aparece por primera vez también en Catulo (puesto que apenas merecen el nombre de poesía los toscos himnos de los salios y de los arvales; no nos queda nada de un himno compuesto por Livio Andrónico; ni de unos carmina triumphalia y convivalia de que hay menciones; y conocemos muy poco de los Erotopaegnia de Levio, unos 30 años anterior a Catulo), con algunas composiciones en diversos metros, sinceras, pujantes, bien limadas, pero nunca trascendentes. El gran creador de la lírica latina es Horacio, quien, sobre el modelo formal de la lírica monódica de Alceo (v.) y Safo (v.; y algo menos sobre Arquíloco y Anacreonte, v.), pero con ímpetu, complejidad y grandeza en muchos casos no inferiores a la lírica coral de Píndaro (v.) o Simónides (v.), construye las Odas (precedidas de unos Epodos, según modelo de Arquíloco, lírica de menos aliento, con frecuente vena satírica), que no sólo no desmerecen de las de aquellos poetas griegos, sino que además, por la felicísima fusión de elementos romanos con los eólicos y pindáricos, por la rica variedad de tonos, el vuelo de la inspiración y la espléndida perfección formal, constituyeron para Occidente, que jamás cultivó la lírica coral, un modelo eterno de poesía lírica. Las Odas de Horacio, no corales, son, sin embargo, el modelo que sigue Séneca, aunque con notables libertades, en las odas corales de sus tragedias. De la misma época son Cesio Baso y otros líricos enteramente perdidos. Poco posterior es Estacio, quien en sus Silvae, junto a poesías líricas, incluye otras en hexámetros de contenido muy vario y no bien catalogables. Los s. II y III nos dejan muy poco de su producción lírica, de la que hay además escasas noticias. Es brillante, en cambio, la de los s. IV y V, y, en menor cantidad, la del VI: Ausonio y los cristianos Prudencio, S. Ambrosio (v.), Paulino de Nola, Sedulio, Auspicio de Toul, Sidonio Apolinar, Boecio (que en el De consolatione philosophiae presenta piezas en todos los tipos de versos utilizados por los poetas latinos) y, como broche final, los preciosos himnos de Venancio Fortunato. También en la Antología Salmasiana se encuentran admirables joyas líricas, horacianas y no horacianas; entre estas últimas, sobresale el anónimo Pervigilium Veneris, en tetrámetros trocaicos, de la primera mitad del s. IL.
1l. Poesía dramática. Es el primer género (con posible simultaneidad con la épica, puesto que no consta la cronología de la Odisea de Livio Andrónico) que se cultiva en latín. Ya hemos esbozado en el § 4 la historia de la tragedia y la comedia en los s. III y II a. C. Con posterioridad, la tragedia es cultivada por Vario Rufo y Ovidio en la época augustea y por Curiacio Materno y Séneca a lo largo del s. I d. C., pero apenas queda nada de los tres primeros. Es insignificante, para poder enjuiciar o gustar las obras, el gran número de versos sueltos que nos quedan de las tragedias de los s. III y II a. C. Por ello, la tragedia latina está casi íntegramente constituida para nosotros por las diez piezas de Séneca, - una de las cuales es praetexta o tragedia de asunto romano, mientras que las otras nueve son de tema puramente griego. La fidelidad de estas nueve tragedias a la áurea tradición ateniense de los tres grandes dramaturgos clásicos por excelencia es tan grande como espléndida la originalidad del autor en la caracterización de personajes, combinación de versiones míticas, concentración ideológica, dominio del verso y energía de la expresión, por todo lo cual constituyen un logro poético inmortal, que en modo alguno desmerece de sus modelos áticos. Sería quizá excesivo colocar las tragedias de Séneca en la misma línea de la Eneida y de las Metamorfosis en la épica, de las Odas en la lírica, de las Geórgicas en la poesía didáctica, pero ello no se debe a inferioridad de las piezas, sino al carácter evidentemente artificial de unas obras dramáticas que no parecen destinadas a representación alguna y que no pueden poseer en grado pleno el requisito, esencial a la poesía dramática, del movimiento escénico, y a las que les falta también, el incentivo de la emulación en los concursos atenienses. Mientras la Eneida, las Metamorfosis, las Geórgicas y las Odas combinan con la tradición griega, y en felicísima fusión, elementos fundamentales absolutamente nuevos (glorificación de Roma en la Eneida, vivificación y actualización eternamente humanas del mito en las Metamorfosis, exaltación de la naturaleza en contacto con el hombre en las Geórgicas, multitud de situaciones e ideas contemporáneas en las Odas), en las tragedias de Séneca predomina la tradición sobre la novedad, la imitación sobre la originalidad; su -primordial fidelidad al modelo ático impone un desequilibrio en el que los elementos nuevos, con ser poderosos, quedan como oprimidos por lo imponente del paradigma, pero el conjunto es, sin embargo, tan eficaz, tan vívido, lúcido y ardiente, que algunas de las piezas, señaladamente el Agamenón, el Hércules furioso, la Fedra y la Medea, hacen vacilar el trono de sus inmortales modelos de Esquilo (v.) y Eurípides (v.). En cuanto a la praetexta, titulada Octavia, cuya autenticidad es generalmente rechazada, pero con argumentos de muy poca consistencia (parece, sin embargo, formulada, post eventum, la profecía de la muerte de Nerón en 618-631), su brillantez es similar a la de las nueve tragedias de tema griego y constituye el más genial precedente del Enrique VIII de Shakespeare; la opresión y asesinato de la egregia víctima, dulce, inocente y noble, y la barbarie desenfrenada del déspota Nerón son puestas en evidencia por la obra con magnífico y arrebatador verismo. La Octavia es la última praetexta de la que tenemos noticia (tampoco las tenemos de tragedias de asunto griego posteriores a las de Séneca).
A diferencia de la tragedia, que culmina sólo tres siglos después de empezada, la comedia latina, y precisamente la palliata o de asunto griego, alcanza en seguida, en los últimos años del s. III a. C. y primeros del II, su máximo esplendor en las 20 piezas de Plauto (v.) que conservamos casi íntegras. En los temas y personajes de los comediógrafos atenienses de la comedia nueva (Menandro, v., Dífilo, Filemón, Demófilo) reaparecen en lengua latina con una gracia tan chispeante y una vitalidad tan arrolladora, que eclipsan enteramente lo poco que conocemos de Menandro, el único del que se conservan algo más que fragmentos. Griego es, en estas comedias de Plauto, todo lo externo, todo lo material, como traducciones que pretenden ser; pero la libertad en la traducción se revela tan grande (a pesar de no poder nosotros calibrarla bien por no poseer ni uno solo de los originales), y es tan exuberante el ingenio y tan espontáneo el fluir de la palabra, que no hay obras más genuinamente latinas. La comicidad es ilimitada, sólo comparable a la de Aristófanes (v.), a pesar de no ser éste imitado en absoluto. El segundo y último autor de quien poseemos -comedias palliatae enteras es Terencio (v.), que presentó su obra unos 20 años después de la muerte de Plauto, en la cuarta década del s. II a. C. Sus seis comedias, externamente muy parecidas a las de Plauto en su absoluto grecismo, muestran una impronta muy característica: menos hilarantes, aunque todavía graciosísimas, son, sin embargo, más refinadas, más cultas y elegantes, con una elevación de sentimientos, una contención de modales, una humanidad cultivada, en fin, que cuadraban bien con el famoso círculo de Escipión Emiliano que el autor frecuentaba. De otros autores de palliata, el más interesante es Cecilio Estacio (entre Plauto y Terencio), autor de gran reputación, del que han llegado hasta nosotros unos 30 versos que tienen el extraordinario interés de ser casi los únicos, en toda la comedia latina, de los que poseemos el original (se trata del Olákion de Menandro, trasmitido fragmentariamente; últimamente ha aparecido, en un papiro egipcio, un trozo del Dis exapatón del mismo autor que corresponde a la imitación del Bacchides plautino). En la Tabula togata o de asunto romano brilló especialmente Afranio (mediados del s. n a. C.), a quien se le tachaba de excesivamente menandreo. Dos nuevos géneros dramáticos semejantes a la comedia, de carácter tan romano o más que la togata, fueron la atelana (fabula Atellana o de Atela, ciudad osca de Campania), y el mimo (v.). En este último destacó Publilio Siro, de quien queda una colección de máximas, en senarios yámbicos la mayoría, entresacadas de sus mimos, aparte de unos pocos fragmentos más (s. I a. C., primera mitad).
12. Fábula. La fábula esópica, redactada en Grecia en prosa de koiné, es trasplantada a Roma por Fedro (s. I d. C. mitad; v.) en senarios yámbicos que cumplen bien su misión sin alcanzar especial altura. Cuatro siglos más tarde escribe Aviano, en dísticos elegiacos, 42 fábulas esópicas tomadas de Babrio. Por entonces, o poco después, aparece un corpus de 98 fábulas esópicas en prosa latina, conocido por Fábulas de Rómulo (por ser éste el nombre del suspuesto autor, conforme aparece en una carta que encabeza la colección) y que, junto con Fedro y Aviano, ejercerá notable influencia en toda la Edad Media y Moderna.
13. Prosa historiográfica. La primera prosa latina se inicia con la historiografía analística sobre la historia de Roma. Después de cuatro autores romanos que escriben en griego la historia de Roma, el analismo empieza en latín con las Origines de Catón el Censor (s. II a. C., primera mitad; v.) y continúa con las obras, tituladas en su mayoría Annales, de una serie de autores que se escalonan a lo largo de aproximadamente un siglo, desde mediados del II hasta mediados del L. Así se funda, con abundantísimos modelos en la historiografía griega, una tradición de historia romana que alcanza su cumbre en la obra monumental de Tito Livio, v. (la cual, terminada hacia el a. 17 d. C., abarcaba la totalidad de la historia de Roma, conservándose de ella sólo una cuarta parte), y, en cierto modo (a saber, en la disposición analística, pero no del todo en el contenido, que no es ya una historia general de Roma, sino la de periodos importantes), en las de Tácito (v.), escritas en las dos primeras décadas del s. V d. C. La historia general de Roma no vuelve a ser tratada en latín con la extensión de Tito Livio, pero sí en griego, en la magnífica obra de Dión Casio (v.), de principios del s. III, de la que quedan extensos fragmentos de importancia capital. Epítomes más o menos extensos de Livio, algunos con adición de la historia posterior, son, por orden cronológico, las obras, conservadas, de Veleyo Paterculo (19 a. C.-31 d. C.), Floro (quizá de la época de Adriano), Granio Liciniano (época de Antonino Pío; sólo hay fragmentos), julio Obsecuente (s. cv), Eutropio y Rufio Festo (ambos del s. IV, segunda mitad).
Las memorias o crónicas autobiográficas están brillantemente representadas en latín por los Commentarii de julio César (v.), acompañados de importantes suplementos de dudosa paternidad; son estos relatos de una precisión, lucidez, sobriedad y elegancia difícilmente igualadas jamás. En la historiografía monográfica o referida a sucesos singulares o breves periodos tenemos, tras las obras perdidas de Celio Antípater (s. II a. C., segunda mitad) y de Cornelio Sisena (que abarca el periodo 78-67 y está escrita poco después), las muy destacadas de Salustio (v.), imitador de Tucídides, v. (se conserva un brevísimo epítome salustiano que es obra de un tal julio Exuperancio, del s. V), así como la Historia de Alejandro Magno, de Quinto Curcio Rufo (época de Claudio), conservada en parte. En la biografía, en la que podría incluirse también la obra de Curcio, tenemos obras de Cornelio Nepote, v. (99-24; fragmentariamente conservado), Tácito, Suetonio (v.), los llamados Scriptores Historiae Augustae (fines del s. III y principios del IV) y Aurelio Víctor (s. IV, segunda mitad), más breves fragmentos de otros autores. El gran maestro de la biografía latina, no inferior a Plutarco (v.) en la griega, es Suetonio (69-140), cuyas Vidas de los doce Césares (desde Julio César hasta Domiciano) tienen una animación, veracidad, penetración y fuerza de pincelada tan notables, que constituyen no sólo una fuente histórica de primer orden, sino también una lectura sumamente atractiva. En el género biográfico imperial puede incluirse también la obra de Amiano Marcelino (s. IV, segunda mitad), antioqueno, que escribe en un latín aprendido, tan vigoroso como pintoresco. De la obra, que era una continuación de las Historias de Tácito a partir de Nerva, se conserva sólo el periodo 353-378. La historia universal fue cultivada por Pompeyo Trogo (época de Augusto), cuya obra se ha perdido, conservándose en cambio un importante epítome, obra de Justino (s. III; v.), más los prólogos de todos los libros de Trogo; poseemos otro compendio de historia universal, obra de Orosio (v.), de principios del s. V. Muy atractiva es una colección de ejemplos, anécdotas, frases y curiosidades elaborada por Valerio Máximo (época de Tiberio) y titulada Hechos y dichos memorables (con dos epítomes, uno de julio Paris, del s. IV, y otro de Januario Nepociano, quizá algo posterior), escrita en el estilo llamado «retórico», siempre encantador y con frecuencia elevado, y en la que se contienen algunas de las frases y ejemplos que más han influido a lo largo de la tradición clásica. Por último, hay que mencionar la cronografía, de valor mucho más histórico que literario, a la que pertenecen obras perdidas de Cornelio Nepote y Varrón (v.), y las conservadas de S. Jerónimo, v. (traducción de Eusebio de Cesarea), del español Hidacio (s. V, primera mitad), de Próspero de Aquitania (de la misma época), y de Marcelino Conde y otros varios autores del s. VI, entre los cuales sobresale Dionisio el Exiguo, cuyas obras cronológicas han tenido inmensa trascendencia, por cuanto fueron las que introdujeron el cómputo por la era cristiana, que se ha mantenido desde entonces.
14. Epistolografía. A diferencia de la epistolografía griega, que es generalmente ficticia, ya sea falsificación, ya sobre todo exquisito vehículo literario de interesantes caracterizaciones, escenas y relatos, la epistolografía latina es completamente real, con diferencias entre los autores que corresponden sobre todo a la diversidad de destinatarios, épocas y situaciones, pero animada siempre por un caudal de auténticos sentimientos, ideas y contrastes que brotan del momento, así como por una vivacidad de estilo, cualidades todas ellas que convierte las cartas en documentos históricos y literarios de primer orden. Esto se percibe, ante todo, en las cartas de Cicerón, que son la obra maestra del género, pero con no menor brillantez en las de Plinio el joven, v. (época de Trajano), Aurelio Frontón (época de Antonino Pío, Marco Aurelio, Símaco y Ausonio en el s. IV, y asimismo en las de autores cristianos, como S. Cipriano (s. III; v.), S. Ambrosio, S. Jerónimo y S. Paulino de Nola (los tres, del s. IV), Sidonio Apolinar en el s. V, y Ennodio y Casiodoro (v.) en el VL.
15. Elocuencia y retórica. Tenemos menciones de discursos a partir, como dijimos en nº 4, de los de Apio Claudio Ciego (últimas décadas del s. IV y primeras del III a. C.), y fragmentos directos a partir de los del primer Escipión el Africano (últimas décadas del s. III y primeras del II a. C.), constituyendo la elocuencia una gloriosa tradición romana en la que, entre otros muchos, sobresalen, hasta el final de la República, los nombres de Catón el Censor, los dos Escipiones (v.) Africanos, abuelo y nieto, Galba (v.), Lelio, los tres Gracos (v.; padre y dos hijos), Lutacio Cátulo, Marco Antonio (abuelo del triunviro), Craso, Hortensio, Pompeyo (v.), César Catón de Útica, Bruto y Asinio Polión. Pero es claro que para nosotros la elocuencia romana se cifra en los discursos de Cicerón, de los que se conservan 58 (con noticias de otros 48 perdidos) y que, distribuidos a lo largo de unos 35 años de la vida del orador, son el más acabado espécimen del género en latín, no inferiores a los de Demóstenes (v.) o Isócrates (v.) y tan definitivos para la elocuencia como la Eneida para la épica. Con el advenimiento del régimen imperial hay cierto retroceso, no tan grande como suele decirse, pero retroceso al fin, en el cultivo de la elocuencia, de la que sigue habiendo fragmentos, pero ni un solo discurso completo hasta comienzos del s. u d. C., en que el Panegírico de Trajano, de Plinio el joven, inicia la serie de los Panegíricos, que se conservan en número de 12 (aparte del de Plinio, de otros autores llamados Latino Pacato Drepanio, Claudio Mamertino, Nazario y Eumenio, más algunos anónimos, y todos del s. IV). Muestras brillantes de diversos tipos de oratoria tenemos en los discursos de Apuleyo (v.) y Frontón en el s. II y Mario Victorino y Símaco en el iv, así como, de oratoria cristiana, en los de Tertuliano (v.)
y S. Cipriano (s. II y III), Lactancio (s. III y IV; v.), S. Ambrosio (s. IV), S. Agustín (s. IV y V; v.), y Ennodio (s. V y VI). En cierta correlación con los discursos está la producción retórica o reflexión y enseñanza normativas acerca del arte oratorio, y en ella sobresalen también varias obras de Cicerón, junto a una anónima y coetánea Retórica a Herennio y, con posterioridad, las Controversias y Suasorias (ejemplos de argumentaciones sobre temas dados, sobre el antiguo modelo ático de Gorgias, Antístenes el Cínica, Isócrates) de Séneca el padre, el Diálogo sobre los oradores de Tácito, y, sobre todo, las obras insignes del español Quintiliano (s. I d. C., segunda mitad v.).
16. Filosofía. En Roma no hubo creación filosófica alguna, pero, en cambio, como exposición de la filosofía griega (aunque restringida a temas de ética, política y cosmología, excluidas en general la metafísica ontológica y la lógica), la prosa filosófica l. raya a gran altura. A Cicerón corresponde la gloria de haber iniciado esa producción que es lo más valioso de toda su obra. En ella se forja un latín filosófico ágil y preciso, fundamento de todo desarrollo ulterior de la filosofía en latín, y se trasmite a Occidente algunos de los temas más trascendentes de la ética y política de las escuelas griegas en una serie de obras de su madurez y senectud. Siguen las obras de Séneca, de temas éticos en su inmensa mayoría, que desarrollan pensamientos asistemáticos fuertemente teñidos de estoicismo, pero muy personales y penetrantes. Muy inferiores, aunque siempre dignas, son las obras filosóficas de Apuleyo en el s. II, Fírmico Materno y Mario Victorino en el IV, y Claudiano Mamerto en el v. Más adelante, sólo en S. Agustín volvemos a encontrar un gran escritor y un gran filósofo, más teólogo aún si se quiere, que influye decisivamente sobre la filosofía de la Edad Media y Moderna. Pero es Boecio (v.), ya en el umbral de la Edad Media, el autor que realiza una segunda labor de forja, comparable a la que cinco siglos antes realizara Cicerón, y ello, sobre todo, en sus magníficas traducciones y comentarios de Aristóteles y de Porfirio, y en varias obras originales. Al español Calcidio (s. IV, primera mitad) se deben una traducción y un comentario del Timeo platónico conservados en parte.
17. Literatura científica, técnica y ensayfstica. Comprende una producción vastísima, conservada en buena parte, y a ella pertenecen los tratados de agricultura de Catón el Censor, Varrón de Reate, Columela (v.) y Paladio, los de agrimensura de los llamados gromáticos (Higino, Ageno y Frontino), los de veterinaria de Pelagonio y Gargilio Marcial, los de táctica militar, fortificación e ingeniería de Frontino y Vegecio, la Arquitectura de Vitrubio (v.), las obras geográficas de Pomponio Mela (v.), Vibio, Secuestro y otros, las jurídicas de Antistio Labeón (v.), Gayo (v.), Casio Longino, Pomponio (v.), Papiniano (v.) y Ulpiano (v.), las de medicina de Celso, Escribonio Largo y Celio Aureliano, el Liber memorialis de Ampelio, las obras gramaticales, métricas y lexicográficas de Varrón, Terencio Escauro, Terenciano Mauro, Cesio Baso, Mario Victorino, Carisio, Diomedes, Sacerdote, Dositeo, Servio, Donato, Prisciano y Sexto Pompeyo Festo (la de este último es un epítome de otra de Verrio Flaco y está acompañada a su vez de un epítome de ella misma que es obra de Paulo Diácono en el s. VIII); los escollos o comentarios a varios poetas, anónimos unos, debidos otros a Probo, Servio, Acrón, Porfirión, Filargirio y Donato, más los de Asconio a Cicerón; las obras mitográficas de Higino, Fulgencio, Dictis, Dares y los tres Mythographi Vaticani; las obras, ensayísticas y misceláneas, utilísimas por su inmenso acopio de datos, de Aulo Gelio, Nonio Marcelo, Macrobio y Marciano Capela, y, utilísimas también por lo mismo, las apologéticas de los cristianos Tertuliano, Minucio Félix (v.), S. Cipriano, Arnobio de Sicca (v.), Lactancio, Fírmico Materno, S. Hilario de Poitiers (v), S. Ambrosio, S. jerónimo, S. Agustín y Rufino (v.); el tratado cronológico de Censorino; las obras de astronomía, astrología, matemáticas, música y otras disciplinas de Higino, Fírmico Materno, Apuleyo, Boecio y Casiodoro (v.); y, sobre todo, la gran compilación de Plinio el Viejo, almacén de preciosos datos de toda índole, al que hay que adscribir, como un epítome, el Polyhistor o Enciclopedia de Solino.
18. Novela. Género prosaico tardíamente iniciado en Grecia, en Roma tiene dos representantes principales: el Satiricón, de Petronio, y las Metamorfosis, de Apuleyo, completamente distintas ambas en las novelas griegas conservadas; fuertemente realistas y con inserción de elementos de novella (novela corta o cuento), son, sin embargo, muy diferentes entre sí; representa la primera una sociedad de grosera estofa moral, aunque a veces opulenta, donde pocas veces puede descubrirse alguna belleza y algún gracejo, ocultos y sofocados entre soez golfería y tabernaria estrechez de miras. En cambio, la de Apuleyo (adaptación de un original griego del que el Lucio o el asno de Luciano, v., es una especie de epítome), autobiografía jocosa de la conversión en asno del protagonista y de sus ulteriores andanzas hasta recobrar la forma humana, muestra, dentro de su realismo fundamental, un vuelo a la fantasía que la hace más poética, más fina y elevada, siendo a la novela griega un correlato de lo que es Marcial a la poesía epigramática griega; casi una quinta parte de la obra está ocupada por el cuento de Cupido y Psique, de tono más elevado, aunque paródico aun con frecuencia, el cual es una de las joyas más preciadas de la literatura narrativa de todos los tiempos. Existe también una traducción de una novela griega, la Historia de Apolonio, rey de Tiro; y, por último, tienen cierto carácter novelesco dos de las obras mitográficas antes mencionadas, los compendios sobre la guerra de Troya de Dictis y Dares (adaptación, por lo menos el primero, de un original griego), en los que se pretende narrar una historia, más verídica que la de Homero, sobre el modelo de Dión de Prusa, Filóstrato y Ptolomeo Queno.
V. t.: ANTIGUA, EDAD V; CLASICISMO I; FILOLOGÍA II. |