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Viernes, 10 de Septiembre de 2010
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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Latina, Lengua y Literatura I. Latin Clásico 1.
Categoria:
Literatura
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    l. Definición y alcance. Lengua y literatura l. clásica son la lengua y la literatura de la Roma antigua y del Imperio romano en su mitad occidental. Esta definición contiene un elemento cronológico, a saber, el adjetivo `antigua' y la noción `Imperio romano', cuya delimitación es problemática, como lo es toda periodización histórica. En efecto, en la historia de la lengua y de la literatura l. no se ha producido jamás un corte o colapso que autorizaran a establecer barreras temporales. Del s. VII a. C. es el más antiguo texto latino que conocemos directamente, no literario; del s. In a.C. las primeras obras literarias en lengua l. Desde esas fechas hasta nuestros días trascurre de un modo unitario e ininterrumpido la historia de la lengua y literatura l., con múltiples vicisitudes, como es natural, a lo largo de 26 y 22 siglos, respectivamente, y de las cuatro edades de la historia, pero sin ruptura alguna que pudiera compararse con las de la historia política o biográfica. La más considerable de esas vicisitudes ha afectado sólo a la lengua, y ha sido su pérdida como lengua hablada, que se inicia aproximadamente en el s. VII con la paulatina formación de las lenguas románicas (v.), sin que se pueda tampoco establecer una fecha precisa en que ya no se hablase corrientemente latín, y sí español, francés o italiano, por la extrema dificultad de trazar fronteras en una evolución gradual y de dictaminar qué estado de esa evolución era «todavía» latín y cuál «ya romance» (v. in). Incluso cuando el latín deja de ser lengua «corrientemente» hablada, subsiste cierto uso hablado en medios doctos, eclesiásticos y oficiales, difícilmente calibrable también en todas las épocas.
      En cambio, -el empleo del latín como lengua escrita, ni ha sufrido jamás interrupción, ni en ninguna época deja de ofrecernos los suficientes documentos para justipreciarlo con exactitud. La lengua y la literatura L. alcanzan un primer cenit de esplendor y perfección en las postrimerías de la República y comienzos del Imperio, época estrictamente clásica o modélica para todo cultivo o producción posterior. La producción literaria de los siglos siguientes no se interrumpe con las invasiones bárbaras ni con el colapso del Imperio de Occidente y subsiguiente formación de las nuevas nacionalidades, viviendo a lo largo de la Edad Media en un tono menor, pero en modo alguno despreciable (v. II), y conociendo varias pequeñas decadencias y pequeños renacimientos que vienen a desembocar en el Renacimiento (v.) por antonomasia, a partir del cual la lengua y literatura l. alcanzan un florecimiento, riqueza y difusión inigualados, espléndidos y colosales, con una vastísima producción científica en lengua l., en todas las ramas del saber, a lo largo de los s. XVI, XVII y XVIII muy superior en número y en calidad a la producción en lenguas nacionales, y una cantidad menor, pero en modo alguno exigua o despreciable, de obras poéticas y literarias en sentido estricto, escritas igualmente en latín.
      Sólo a partir del s. XIX el empleo (no el estudio) de la lengua L. decrece aceleradamente, hasta alcanzar en nuestros días un nivel numéricamente exiguo las obras originales que se escriben en latín en comparación con el número de las que se escriben en las otras lenguas de cultura; aun así, es todavía apreciable en calidad la producción que en diversas disciplinas científicas y humanísticas, como en diversas ramas de la literatura en sentido estricto, se siguen escribiendo en latín en nuestros días. Entre esas disciplinas se encuentra la que estudia la literatura l., es decir, la filología L. (v. FILOLOGÍA II), cuyas obras han sido y son escritas en buena parte en latín; y como, por otra parte, no existe tampoco una frontera visible o definible entre lo moderno y lo anterior a lo moderno, y toda ciencia abarca a su vez su propia historia, sólo el punto de vista integralista que incluye en el concepto de literatura l. absolutamente todo lo que se ha escrito en latín en todas las épocas y países podría proporcionar un conocimiento completo de esa literatura. En realidad, y pese al magnífico auge y evolución de la ciencia moderna a partir del Renacimiento, no hay ningún motivo serio para separar la producción científica de la literaria en la literatura l. moderna, si se unen en la antigua como hacen todos los tratadistas; lo cierto es que con gran frecuencia hallamos biólogos, matemáticos, filósofos, historiadores, médicos, físicos, astrónomos y geógrafos de dichos s. XVI al XVIII que no sólo dominaban el latín clásico lo suficiente para escribirlo correctamente e incluso con gran elegancia, sino que ellos mismos eran con frecuencia filólogos y, más aún, tolerables poetas y oradores en lengua l., es decir, literatos también en alguna medida, y en latín sabían expresarse con admirable soltura y originalidad, y exponer del modo más adecuado y clásico los más variados y auténticos matices, emociones y razonamientos.
      A la vista de cuanto antecede, puede advertirse que toda limitación cronológica en el estudio de la lengua y literatura L. sólo puede tener un carácter práctico y convencional, y que la limitación concreta de la lengua y literatura L. clásica a las de la Roma antigua, tal y como al principio la hemos definido, se funda, dentro de esas exigencias prácticas, en el carácter ejemplar o paradigmático que, para toda la producción posterior, especialmente para la brillantísima cantera de la Edad Moderna, han tenido la época estrictamente clásica, que situamos en los finales de la República y comienzos del Imperio en primer lugar, y también, en no menor medida en su conjunto, la que le precede desde sus orígenes y la que le sigue aproximadamente hasta el final de la Edad Antigua. La exacta delimitación de la época clásica en sentido estricto y la de la Edad Antigua son problemáticas. En efecto, para la primera no se puede admitir sin más su equiparación con la llamada Edad de Oro (desde los comienzos de la producción de Cicerón hasta la muerte de Augusto), y sería conveniente excluir de ella a Séneca y a Tácito, que suelen incluirse en la Edad de Plata (que abarca desde la muerte de Augusto hasta la de Trajano, 14-117 d. C.; la aplicación a la literatura L. de las edades míticas es tan arbitraria como tradicional, y no hay tampoco unanimidad en los límites); en realidad, debería abarcar a entrambas, es decir, aproximadamente, desde el a. 80 a. C. hasta el 120 d. C. Y en cuanto al final de la Edad Antigua, no hay tampoco unanimidad ninguna.
      Unos tratadistas la hacen llegar hasta S. Agustín (m. 430), es decir, hasta 35 años después de la división estatal del Imperio por Teodosio; otros, solamente hasta esa división; otros, hasta la época de Justiniano (que sube al trono en 527); hasta bien entrada la segunda mitad de ese s.VI la hace llegar el mejor manual existente, el de Schanz; hasta el a. 600 el Thesaurus linguae latinae de nuestro siglo; hasta mediados del s. VIII, con Beda el Venerable y Paulo Diácono, el utilísimo manual de Teuffel; la literatura latina medieval empieza, en el reputado manual de Manitius, con Boecio, que vive del 480 al 524. Como se ve, no puede haber en esta materia criterio alguno absoluto y, correspondiendo a lo que antes dijimos sobre la absoluta ausencia de solución de continuidad en la literatura l., cada tratadista escoge el que más le agrada. Ninguno de los que comienzan en el s. III a. C. llega más allá del
      VIII d. C.;ninguno de los tratadistas de la literatura L. medieval incluye la moderna; ningún tratado completo existe sobre literatura L. moderna. Y hay una inmortal obra de historia general, la de Gibbon, que, empezando en el s. II d. C., -llega hasta el XV. En el presente trabajo nuestros límites son aproximadamente los de Schanz, es decir, incluimos la literatura l. de la época de Justiniano, pero añadiendo algún autor excluido por Schanz, como Venancio Fortunato, que m. hacia el a. 600.
      2. Etimología. Los términos `latino', `latín' son adaptaciones españolas de los correspondientes latinos, a saber, el adjetivo Latinus -a -um y, derivado de él, el adverbio Latiné, que significan respectivamente `del Lacio' y `a la manera del Lacio', `en latín'; con este adjetivo y este adverbio se formaron designaciones (lingua Latina, sermo Latinus que significan ambas `lengua latina', `latín'; Latine loqui `hablar en latín'; Latinum `latín', neutro sustantivado de poco uso; Latinitas o latinddas `latinidad', `lengua latina', `pureza de la lengua latina', según los casos) que, refiriéndose a la comarca del Lacio, en la que se englobaba la ciudad de Roma, prevalecieron siempre sobre otras también existentes, pero siempre minoritarias, que se referían estrictamente a la ciudad: sermo Romanus, lingua Romana `lengua de Roma', Romane loqui `hablar en romano'. Como la lengua no ha experimentado alteración fundamental alguna en los últimos 21 siglos, las expresiones `lengua latina', `literatura latina', `latín', `latinidad', no son, a diferencia de `clásico', `clasicidad', etc., problemáticas en absoluto.
      En cuanto al término `clásico', es también adaptación española del adjetivo latino classicus -a -um, y tiene la significación de `de clase', `de primera clase', como cuando en español decimos `de clase', `de marca', `de categoría',para significar `de primera clase, marca o categoría'; concepto éste que, aplicado a escritores se encuentra por vez primera en Aulo Gelio (a mediados del s. II d. C.) emparejado con adsidui y con la significación del conjunto de los `escritores de primera clase y de valor permanente o eterno'. Pero si ese sentido es claro, no lo es, en cambio, el de a qué escritores concretos debe referirse, y de ahí el problematismo que hemos expuesto antes y cuya solución práctica es considerar clásicos en sentido estricto a los escritores latinos de fines de la República y comienzos del Imperio, y clásicos en sentido amplio a todos los escritores latinos de la Antigüedad, sin que quepa, como ya sabemos, precisar de un modo definitivo las fechas de comienzo y fin del primer periodo mencionado, ni la de fin del último.
      3. Caracteres de la lengua latina. Frente a la ubérrima opulencia del griego tanto en formas verbales (aoristo, optativo, voz media, dual, once participios frente a tres del latín), como en vocabulario y en la facilidad para la formación de compuestos, así como en sílabas breves, el latín, pobre en todo eso, presenta, en cambio, por ello mismo, una densidad de contenido que lo hace apto para una extraordinaria energía de la expresión, mientras que, por otra parte, la oscuridad resultante (a la que también contribuye mucho la carencia de artículo) ha sido corregida en buena parte por la extraordinaria labor moldeadora a que los grandes forjadores del latín artístico (Cicerón, Virgilio, Horacio y Ovidio en mayor medida que ningún otro) sometieron su tosco y rebelde idioma hasta convertirlo en un vehículo de pensamiento y emoción incomparablemente exacto y eficaz.
      El latín pertenece al grupo de las lenguas indoeuropeas (v. INDOEUROPEOS II), como el griego, las lenguas germánicas, eslavas y célticas. Aunque hermano de todas ellas, la mayor influencia recibida por él es la del griego (v. GRECIA XII), con el que no tenía especiales afinidades originarias y del que se diferencia en infinidad de rasgos, empezando por su carácter unitario. Frente al permanente fraccionamiento dialectal del griego antiguo, cuyos géneros literarios utilizaron siempre obligatoriamente un determinado dialecto, el latín, lengua de Roma, ha sido siempre una lengua única para todos los géneros; existieron, sí, varios dialectos latinos que primitivamente se hablaron en las otras aldeas o pequeñas ciudades del Lacio, pero que no han dejado más vestigios que algunas breves inscripciones que no aportan a la historia del latín, pese a la antigüedad e interés lingüístico de algunas de ellas, más que un número limitadísimo de datos, y que no son en modo alguno comparables, ni siquiera muy remotamente, con los dialectos griegos. En cambio, desde el punto de vista comparativo, es interesante que, frente al aislamiento del griego, el latín se agrupa naturalmente con otras dos lenguas indoeuropeas de la antigua Italia, el osco y el umbro, con las que muestra interesantes afinidades de origen, así como, fuera de Italia, con las lenguas célticas (v. CELTAS IV). Pero hay rasgos o caracteres interesantes de la lengua L. que le son absolutamente peculiares, hasta el punto de resultar, en fonética, los que mejor definen el latín por oposición a las otras lenguas indoeuropeas, al griego sobre todo, y entre ellos cabe destacar el cambio de timbre de las vocales breves en sílaba interior, la abreviación de las vocales largas en sílaba final cerrada no terminada en -s, la monoptongación de la mayoría de los diptongos y la fijación del acento en la sílaba penúltima si es larga y en la antepenúltima si la penúltima es breve.
      4. Trasplante y desarrollo de los géneros literarios griegos. El factor más importante para el enjuiciamiento del conjunto de los aspectos de la lengua y de la literatura l. es la presencia constante y previa de la lengua y literatura griegas (v. GRECIA XII), que, planteando desde el primer momento el problema de la síntesis de dependencia y originalidad, confiere al conjunto de los hechos latinos el rasgo más saliente de su esencia y fisonomía. La literatura l. conocida como tal se inicia en el a. 240 a. C., en que el griego Livio Andrónico (v.) presenta en escena, en latín, una tragedia y una comedia, que no eran sino adaptaciones, tanto en la métrica como en tema, título y personajes, de sendas obras griegas. Anterior a este autor no conocemos absolutamente nada que pueda llamarse literatura. Hay, sí, ciertas noticias y ciertos indicios que nos dejan entrever la mera posibilidad de que algo existiera; pero ni siquiera el verso saturnio, utilizado por el propio Livio Andrónico y del que todo parece indicar que ya existía antes de él como vehículo de una tradición autóctona, no consta en absoluto si tuvo verdadero carácter literario. Tampoco de los famosos discursos de Apio Claudio Ciego (que son, todos aquellos de que hay noticia, varias déoadas anteriores al a. 240) poseemos ni una sola palabra trasmitida en estilo directo, a pesar de que se le suele llamar, caprichosamente, «el primer prosista romano». Por el contrario, de Livio Andrónico, que continuó su tarea con varias otras piezas dramáticas en la misma línea de las dos primeras, y con una traducción latina en versos saturnios, de la Odisea de Homero, poseemos unos cuantos títulos y varias docenas de versos.
      Contemporáneamente, el poeta campano Nevio realiza adaptaciones dramáticas del mismo tipo, cultivando especialmente la comedia de imitación de la comedia nueva de Atenas, llamada en latín f abula palliata, y escribiendo también otras tragedias y comedias de asunto romano, en subgéneros llamados Tabula praetexta y Tabula togata, aparte de componer un poema épico, en saturnios como la Odisea de Livio, pero de asunto romano. En la generación siguiente, Ennio introduce el hexámetro de Homero en un poema épico de asunto romano y continúa la adaptación de tragedias y comedias griegas como los dos anteriores. Plauto, coetáneo de Ennio, y Terencio, en la generación siguiente, cultivan exclusivamente la comedia de asunto griego, al tiempo que Pacuvio, seguido después por Accio, escriben casi únicamente tragedias de asunto griego. La prosa comienza en Roma en las postrimerías del s. III y principios del II a. C., con obras de historia de Roma escritas en lengua griega, continuadas, hacia mediados del mismo s. II, por otras ya en prosa latina.
      Vemos así cómo la literatura l., aunque en fusión con algunos elementos romanos, arranca de un puro trasplante de las creaciones griegas, y es fundamentalmente imitativa, lo que gustosamente confiesan los escritores romanos, que de ello tuvieron siempre clara conciencia, en íntima correlación con el bilingüismo que señoreó la educación romana (a diferencia de la griega, obstinadamente monoglótica) desde los tiempos mismos de Livio Andrónico hasta fines del s. IV. La más paladina formulación de esa esencia imitativa, tras unos famosos tetrámetros trocaicos de Porcio Lícino (s. II a. C., segunda mitad) y las declaraciones de Cicerón en el prólogo de las Tusculanas, es el no menos célebre Graecia capta de Horacio (Epístola II,1,156): «La Grecia conquistada conquistó a su bárbaro vencedor e introdujo la cultura en el Lacio salvaje. Así fue desapareciendo aquel horroroso verso saturnio, y el buen gusto eliminó la grosera tosquedad. Pero por mucho tiempo subsistieron y aún hoy subsisten vestigios de rusticidad. Literatura, pues, predominantemente imitativa, literatura de traducción y adaptación en gran medida, y no sólo en sus comienzos, sino en toda su historia,es, sin embargo, la literatura l. el campo de acción de poderosas personalidades creadoras, que dan a luz grandiosas síntesis, pujantes producciones que con frecuencia igualan por lo menos a sus modelos, a quienes estudian concienzudamente con el decidido propósito de que la imitación resulte tan manifiesta como los elementos nuevos. La aspiración, así, a una perfecta combinación de imitación y originalidad, de tradición y renovación, de orden y de libertad, parece encontrarse ya en el arranque de la literatura l., y en todo caso se hace cada vez más deliberada y exigente hasta convertirse en una constante de todas las grandes figuras.
      Estudiaremos la literatura l. encuadrándola en géneros literarios, siguiendo aproximadamente el orden cronológico de su aparición en Grecia (que los creó casi todos) que es, también aproximadamente, el orden mismo de su trasplante a Roma; y siguiendo igualmente, dentro de cada género, un orden cronológico aproximado. Empezamos así por la poesía, que se divide ante todo en épica, lírica y dramática, por ese orden; pero entre la épica y la lírica situamos todos los -géneros que utilizan el hexámetro, y que, no teniendo temática y estilísticamente, gran cosa en común con la épica, ni con ningún otro género, tienen, sin embargo, con esta última ese importante punto de contacto.
      5. Poesía épica. Comienza en Roma con la traducción, ya aludida, de la Odisea por Livio Andrónico en saturnios, de una tosquedad, en los pocos versos que quedan, que justifica sobradamente el mencionado juicio de Horacio. La fecha de esta traducción es imprecisa, pudiendo únicamente indicarse que es, con toda probabilidad, de la segunda mitad del s. III a. C. De unos tres siglos después es una nueva traducción de Homero, anónima, pero de la Ilíada, que no es otra cosa que un mero epítome en l.070 hexámetros, titulado Ilias Latina, interesante por haber sido utilizado en el Occidente medieval, el cual, al mismo tiempo que ignoraba el griego, sintió enorme y perdurable interés por la mitología griega, especialmente por todo lo referente a Troya. Pero donde la poesía épica l. llega a sus más altas cimas es en la epopeya nacional con tema romano, ya sea éste tema casi exclusivo, ya se funda con los temas griegos. Comienza este tipo con el Bellum Poenicum (Guerra púnica) de Nevio (v.), en las postrimerías del s. III a. C., poema en saturnios sobre la primera guerra púnica del que se conservan unos cuantos versos, interesantes por cúmulo de problemas que suscitan, pero tan toscos y poéticamente insignificantes como los de Livio Andrónico. Sigue Ennio (v.), el introductor del hexámetro, con sus Annales, poema compuesto en la segunda y tercera décadas del s. II a. C. y cuyo contenido era la historia entera de Roma; quedan de él unos 550 hexámetros en los que se aprecia el esfuerzo de adaptación del hexámetro homérico, y que apenas dejan comprender el porqué de la veneración que a la obra se tributó en los dos siglos siguientes. Entre Ennio y Virgilio apenas hay noticia de más epopeyas nacionales que el Bellum Histricum de Hostio (s. II a. C., segunda mitad) sobre la victoriosa campaña del a. 129 contra los istros dirigida por el cónsul Gayo Sempronio Tuditano; el Bellum Sequanicum de Varrón del Átace (P. Terentius Varro Atacinus, que vivió del a. 82 al 35), acerca de la campaña de César contra los secuanos del a. 58 (primer año de operaciones de la Galia); y tres poemas de Cicerón (v.) titulados Marius, De consolatu suo y De temporibus suis, de los que nos quedan algunos pasajes y alguna que otra crítica desfavorable; de los de Hostio y Varrón del Atace apenas queda casi nada.
      Tales son los predecesores de Virgilio (v.), que para nosotros se alza casi súbitamente al cenit de la poesía latina con una epopeya nacional, la Aenéis (que se conoce por la Eneida), cuya pujante originalidad, grandiosa concepción y augusta gravedad lo convirtieron para siempre, y sin los altibajos que había de sufrir la estimación de Homero, en el modelo definitivo de la más noble poesía clásica. La originalidad de la Eneida consiste en un enfoque sincrónico de los l.150 años que van desde la caída de Troya hasta los días en que el poema surge (entre los a. 29 y 1,9 a. C.), en cuya virtud, siendo el tema de la narración épica las hazañas de Eneas, cuatro siglos anteriores a la fundación de Roma, ésta se halla, sin embargo, hasta tal punto presente en el poema, como meta y glorificación, que la unidad resultante constituye quizá el más alto espécimen de justificación genealógica de un héroe épico, en deslumbradora simbolización del genio de la raza romana, de la que Eneas es mítico auctor o fundador. La concepción grandiosa de la Eneida es también, junto a la mítica lejanía de los orígenes que narra, de cuño netamente nacional: el desquite de Troya contra Grecia, es decir, simbólicamente, el desquite de Roma, la nueva Troya, que será hecha posible gracias al heroísmo de Eneas y enaltecida por el de sus remotos descendientes, contra una Grecia tan culpable como espiritual y creadora. Finalmente, el tercero de los rasgos esenciales de la Eneida, su estilo de augusta gravedad, trascurre sin desmayo a lo largo de una variedad episódica que enriquece el clima en que actúa el protagonista mediante una adecuada deuteragonización, gradual y descendente, en figuras como las diosas Venus y Juno, la inmortal Dido, Anquises, Lavinia, Turno y Latino.
      Siguen a la Eneida algunas epopeyas nacionales de las que apenas hay más que alguna que otra, e insegura, mención, como las Res Romanae de Cornelio Severo (del que tenemos 25 hexámetros), el Carmen de bello Aegyptiaco sive Actiaco, de Gayo Rabirio, y el Germanicus de Albinovano Pedón, así como dos poemitas anónimos conservados, de carácter biográfico o panegírico: el Panegyricus Messallae, atribuido a Tibulo (v.) y datable en las postrimerías del s. I a. C., y la Laus Pisonis, de época neroniana o flavia, ambos de poco relieve. Otras dos epopeyas nacionales, en cambio, muy estimables para nosotros, son el De bello civili (Sobre la guerra civil) o Farsalia, de Lucano (v.) y los Punica (Campañas de la guerra púnica) de Silio Itálico. La primera, de los últimos años del reinado de Nerón, es obra vigorosa y original por la elección de héroes (César, Pompeyo, Catón) sin lejanía mítica y con extraordinario relieve histórico y biográfico, a los que se aplican, con fantasía exuberante y notable poder de representación, todos los recursos épicos a excepción de la tramoya de la intervención divina; y la segunda, unos 25 años posterior, es una narración extensa y uniforme, pero no exenta en encanto y de dignidad acerca de la segunda guerra púnica. A la misma época de Silio Itálico pertenece un problemático Domitianus de Estacio, tras del cual la epopeya nacional l. se eclipsa hasta fines del s. IV. Mientras el epos griego, homerizante y antihomerizante, tiene en los tiempos de Trajano y Adriano cultivadores como Ptolomeo Queno y Escopeliano, y en tiempo de Septimio Severo, un Néstor de Laranda con su famosa Ilíada con letras de menos (una Ilíada en cada uno de cuyos libros faltaba una letra del alfabeto), ninguna mención tenemos de epopeyas nacionales l. durante esos s. II y III, y sólo en las postrimerías del iv encontramos de nuevo el género en varios brillantes poemas del robusto Claudiano (v.), con los que enlazan otros de autores cristianos, como los panegíricos de Flavio Merobaudes (s. V, primera mitad)., Gayo Sidonio Apolinar (s. V, segunda mitad) y Flavio Cresconio Coripo (s. VI, segunda mitad).
      Un nuevo subgénero dentro del género épico es la epopeya mitológica, en la que encontramos también una nueva cima de perfección, las Metamorfosis de Ovidio (v.), precedidas de los Argonautae de Varrón del Átace, poema perdido, y de los epilios de los poetae novi y del propio Virgilio. El epilio o pequeño poema épico mitológico en torno a un único personaje mítico es una creación helenística, imitada por vez primera en Roma por los poetas llamados nuevos o modernistas (poetae novi), grupo o escuela de la primera mitad del s. I a. C.; de sus epilios conservamos uno exquisitamente elaborado, el poema 64 de Catulo (v.), en 408 hexámetros, y tenemos interesantes noticias de los restantes, a saber, la Smyrna de Helvio Cinna, la Io de Licinio Macro Calvo, el Glaucus de Quinto Cornificio y la Dyctinna de Valerio Catón. Epilios de esta clase escribió también Cicerón, no conservados. Y epilios igualmente, aunque el primero de ellos no estrictamente mitológico, son dos de los poemas de la Appendix Vergiliana (un grupo de nueve poemas atribuidos a Virgilio por Suetonio, Servio y varios manuscritos), el Culex y la Ciris, cuya posible paternidad virgiliana no está ni probada ni desmentida.
      Pero el gran epos mitológico de la literatura latina, comparable, dentro de este subgénero, a lo que es la Eneida en el suyo, tanto en fuerza poética como en influjo a lo largo de los siglos de Occidente, son las Metamorfosis de Ovidio, epopeya en la que, siguiendo un orden cronológico y una articulación genealógica, se narran todas las leyendas de la mitología griega y romana que terminan en cambios de forma, con inclusión de varias otras que no contienen metamorfosis alguna, hasta constituir un compendio universal de esa mitología y una yuxtaposición, soberanamente artística, de varias docenas de preciosos epilios. En cuanto a la extensión que concede al relato de cada mito, el poeta hace gran libertad, lo que le permite la más extraordinaria variedad episódica, demorándose en aquellos mitos que le ofrecen más ancho campo para su labor creadora, pasando brevemente por otros muchos y, en fin, no haciendo sino mencionar, a veces con único nombre, los restantes. Las cualidades fundamentales de Ovidio, y que llegan a su más completo desarrollo precisamente en esta obra, son el humor, siempre oportuno; gran sensibilidad para las pasiones humanas en general y sobre todo para el amor; actualidad permanente, por no ligarse a las preocupaciones religiosas y políticas de la época; vivificación y proyección eternamente humanas del mito; entronizamiento universal del amor; y disolución de las desdichas humanas en la inmensidad de la naturaleza. El atractivo, por ello, de este poema, quizá sea mayor que el de ninguna otra de las obras clásicas; la transición de uno a otro episodio tiene con frecuencia un encanto y virtualidad comparables a los de la Odisea; como en ésta, el interés de cada lance nos hace olvidarnos de la meta del viaje, y al pasar de uno a otro nos sentimos transportados a nuevos territorios de aventura, siempre humanos y próximos, con una unidad nunca interrumpida, lograda gracias a la permanencia no sólo del hilo conductor cronológico y metamórfico, sino también de las antes descritas constantes del poeta. El efecto sobre el lector es ¿as¡ una catarsis; la palabra del poeta tiene tal poder de evocación, de vivificación de escenas y de almas, que el resultado no es muy distinto de ese trasplante de nuestra carga de senti mientos a los personajes, de ese quedar limpios, ingrávidos y ligeros que constituye la aristotélica catarsis del espectador de todo buen espectáculo dramático.
      Después de las Metamorfosis aprecen, en la época flavia, tres notables epopeyas mitoldgicas, las Argonáuticas, de Valerio Flaco, la gran Tebaide y la tan sólo esbozada Aquileida de Estacio (v.). Posteriormente aparecen los epilios De raptu Proserpinae y Gigantomachia (más otra en griego) de Claudiano, y los De raptu Helenae, Fabula Hylae, Medea y Orestis Tragoedia, de Bloso Emilio Draconcio (hacia fines del s. V), obras todas ellas que conservan bien los caracteres del género y subgénero a que pertenecen. Surgen también toda una serie de poemas cristianos que vienen a insertar los temas bíblicos, teológicos, hagiográficos y piadosos en la tradición del epos hexamétrico, pudiendo llamarse epilios, dentro de su fundamental novedad temática, la mayoría de ellos, si bien casi todos podrían también incluirse en la poesía didáctica (infra § 6), sobre todo por la extensión de muchos de ellos, muy superior a la ordinaria en el epilio. Son éstos, Evangeliorum libri IV, de Juvenco (v.; s. IV, primera mitad; español); Instructiones y Carmen Apologeticum, en hexámetros acentuales, de Comodiano (época incierta, probablemente, s. IV); Apotheosis, Hamartigenia, Psychomachia, Contra Symmachum y Dittochaeon, de Prudencio (v.; s. IV segunda mitad; español); Alethia de Mario Víctor, varios poemitas de Orientio; Paschale Carmen, de Sedulio, Laus Christi, de Merobaudes y Eucharisticos, de Paulino de Pela, todos de la primera mitad del s. V; De Vita Sancti Martini y otros de Paulino de Périgueux, Laudes Dei, de Dacroncio, y varios de Alcimo Ecdicio Avito, todos de la segunda mitad del mismo s. V; Carmen de Christi Jesu beneficiis y Tristicha historiarum testamenti veteris et novi, de Rusticio Helpidio, De actibus apostolorum, de Arator, De satisfactione poenitentiae, de Verecundo de nunca y el anónimo, De resurrectione mortuorum, todos de la primera mitad del s. VI; y De vita Sancti Martini, de Venancio Fortunato (v.) en la segunda mitad del mismo s. VL.
      6. Poesía didáctica. Fundada por Hesíodo (v.), en Roma comienza con los Hedyphagetica (Manjares exquisitos), de Ennio, poema del que no conocemos más que II versos en los que se enumeran unos cuantos pescados comestibles. El primer gran poema didáctico latino es el De rerum natura, de Lucrecio (v.), poderosa creación que, sobre el modelo de los poemas filosóficos, escritos en los s. VI y V a. C., de Jenófanes, Parménides y Empédocles (aunque con grandes diferencias, y muy señaladamente la de no ser exposición de doctrina original del autor, sino de una doctrina ajena), expone con la más estricta fidelidad y el más desbordante entusiasmo la filosofía de Epicuro (v.), el fundador de la escuela ateniense llamada el Jardín. Aproximadamente contemporáneos del poema de Lucrecio son otros dos poemas didácticos, de Cicerón el uno y de Varrón del Atace el otro, que inician en la poesía l. el tema astronómico, llamado a tener extraordinaria brillantez en las postrimerías del mismo s. I a. C., en Manilio, Germánico y Ovidio, y cuatro siglos después, en Avieno. A excepción de Manilio, los cinco restantes escriben sendas Arateas, es decir, traducciones hexamétricas del espléndido poema los fenómenos, de Aratos de Solos, poeta helenístico, del s. III a. C. De la Aratea de Varrón del Atace no sólo no se conserva nada, sino que es incluso problemático que existiera. De la de Cicerón se conservan más de 480 versos, muy estimables, con interesantes arcaísmos; es para nosotros la más extensa muestra de la producción poética de Cicerón, que, por lo menos en la juventud de éste, gozó al parecer de una acogida no sólo favorable, sino incluso entusiástica. Puede incluirse en la poesía didáctica una de las piezas de la Appendix Vergiliana, el Moretum, que describe la preparación de un desayuno rústico.
      Pero el segundo poema didáctico latino de altos vuelos son las Geórgicas, obra de inspiración primariamente hesiódica, pero también sin duda helenística (aun cuando conocemos poca cosa de las Geórgicas, poema de Nicandro, s. III o II a. C., que quizá tratara temas similares a Virgilio, y aun cuando tampoco son de gran importancia los influjos de Arato y Eratóstenes que en las Geórgicas podemos apreciar); pero obra, ante todo, romana, romanísima y personalísima, en la que se exalta el trabajo de los campos, que no es ya una maldición de la edad de Júpiter, sino el esforzado empeño de una humanidad tenaz, el medio en que últimamente convivió la justicia con los hombres, el drama de plantas y animales en contacto con el hombre. Obra amorosamente elaborada, con exquisita introducción, preciosos excursos y que lleva, a modo de colofón, la historia de Orfeo y Eurídice, quizá el más bello epilio de toda la poesía clásica, constituye la cumbre del género didáctico en la literatura l., tanto como la Eneida lo es del épico. La obra, en la que Virgilio empleó siete años, estaba terminada el a. 29 a. C.
      De algunos años después (que pueden ser hasta 43, siendo lo más probable que la obra se gestase a finales del reinado de Augusto y principios de Tiberio) son los Astronomica de Manilio, el único de los poemas astronómicos latinos que no es traducción de Arato; obra de gran aliento y elevada inspiración, de carácter predominantemente astrológico, y que ha atraído la atención y los cuidados de algunos de los más eximios filólogos, como Escalígero en el s. XVI y Housman en el XX. Los tres poemas astronómicos restantes son la Aratea de Germánico y la de Ovidio, más o menos contemporáneas ambas del poema de Manilio, y la de Avieno en el s. IV. La de Germánico, de la que tenemos más de 925 vv., es sin duda la mejor de todas las Arateas; muy fiel al original, aprovecha ampliamente los logros de Virgilio. De la de Ovidio sólo quedan cinco versos; la de Avieno, más extensa y parafrástica (l.878 versos frente a l.154 del original), no desmerece tampoco. Todas ellas aparecieron juntas, con un magnífico comentario, en el Syntagma Arateorum de Hugo Grocio (Lugduni Batavorum, 1600).
      Otros poemas didácticos latinos son la Epistula ad Pisones de Horacio (v.), famosa preceptiva poética; el breve De medicamine faciei femineae, de Ovidio; sendas Cinegéticas de Gratio Falisco (contemporáneo de Ovidio) y Nemesiano (s. ni, segunda mitad); el Halieuticon librr (Libro de cosas de pescadores), de Ovidio; el Aetna, poema anónimo, incluido en la Appendix Vergiliana y dedicado a las erupciones del Etna; y la Descriptio orbis terrae y la Ora maritima de Avieno, ambos de carácter geográfico. Ninguno de éstos alcanza calidades comparables, no ya a las Geórgicas, al De rerum natura o a la obra de Manilio, sino ni siquiera a las Arateas, ni aun los propios de Avieno; permaneciendo todas a un nivel no despreciable, éste no pasa tampoco de discreto.
      7. Poesía bucólica o idilio. Inventada, o, cuando menos, llevada a un nivel primorosamente artístico por Teócrito (v.) en los comienzos del s. III a. C., es trasplantada a la literatura L. por Virgilio, que es el primero, como él mismo lo declara en el comienzo de la Égloga VI, que ha cultivado en latín el «verso de Siracusa». Y precisamente en lo que es también la primera obra indubitada del autor, las Bucólicas o Églogas que, en número de diez, tratan temas pastoriles o idílicos, aun cuando el término `idilio' (latín, idyllium, diminutivo del griego eidos, en la significación de `cuadrito', `pequeña escena dramática'), queda reservado para las piezas de Teócrito y no se ha aplicado nunca a las de Virgilio. Obras éstas menos descriptivas, menos realistas y directas como escenas de pastores que las de Teócrito, son, en cambio, más emotivas y personales, con mayor elevación de ideas, que en algunas, como la Égloga VI y sobre todo en la famosa IV, llegan a perder casi por entero el carácter pastoril, como ya ocurre en algunos de los idilios. El metro es siempre el hexámetro, a diferencia de Teócrito que solamente lo emplea con preferencia a otros; frente al dialectalismo de Teócrito (dórico en la mayoría de los idilios, épico y eólico en algunos), en Virgilio no hay, naturalmente, dialectalismo alguno. Poesía siempre entrañable, siempre personal, siempre en cordial comunión con sus temas, carecen las Églogas del encanto inmediato, de la prístina frescura de los Idilios, pero alcanzan en cambio, por su seriedad, por su hondura, por su exquisita emoción, el rango, también como la Eneida y las Geórgicas en sus respectivos géneros, de la más alta representación del género bucólico en latín. Pero aquí la diferencia es todavía mayor. Todo lo que ha seguido en poesía bucólica está decididamente mucho más lejos de Virgilio que lo están las demás obras de las de Manilio o de las Arateas en poesía didáctica, o de De bello civil¡, las Argonáuticas, la Tebaida o la Aquileida en poesía épica. Así los Carmina Einsiedelnsia (dos poemas anónimos, con un total de 87 versos, de la época de Nerón; el nombre se debe a haber sido descubiertos, en 1869, en un códice de Einsiedeln); así las églogas de Calpurnio Século (época de Nerón) y Nemesiano (s. In), y las -ya cristianas de Paulino de Nola (s. IV, segunda mitad) y Severo Santo Endelequio (fines del s. IV). La obra de este último no está desarrollada en hexámetros, sino en estrofas asclepiadeas. Poemas que tampoco están en hexámetros y que en un sentido lato pueden considerarse bucólicos son algunas piezas de Optaciano Porfirio (del s. IV, autor de complicados poemas con toda clase de artificios e ingeniosidades, que eclipsan a los famosos poemas figurados griegos de Teócrito, Dosíadas y Simias), y algunos de los breves fragmentos que han llegado hasta nosotros de los Opuscula Ruralia de Septimio Sereno (época de Adriano).
      8. Poesía epigramática. El epigrama (composición breve, con un promedio de seis versos y que en pocas ocasiones rebasa los 20) se utiliza esporádicamente antes de Catulo, pero es éste (junto con varios otros de los novi, de julio César y de otros) el primero que lo cultiva in extenso, con extraordinaria energía más que con gracia, constituyendo los epigramas la sección más extensa de su libro de poesías. Los metros más empleados son el dístico elegiaco ante todo y después el falecio y el trímetro yámbico. Siguen a los de Catulo los epigramas del Catalepton de la Appendix Vergiliana, en dísticos oscuros y conceptuosos, y los de la colección (en su mayor parte anónima, pero con algunas atribuciones a Virgilio, Ovidio y Tibulo), titulada Priapea, en dísticos también, pero muy diferentes, de carácter obsceno, inspirados todos ellos en las estatuas de Príapo que solían ponerse en los huertos y jardines; siendo de destacar también varios epigramas de Ovidio, Asinio Galo (m. 33 d. C.), Domicio Marco, Cornelio Léntulo Getúlico (estos dos, contemporáneos del anterior, modelos de Marcial), Petronio (v.) y Séneca (v.).
      Pero el máximo genio del género, no ya sólo en la literatura L., sino en la mundial, es el español Marco Valerio Marcial (v.), de la época de Domiciano. El epigrama griego, dentro de los tipos votivo, funerario (o epitafio), erótico y narrativo, es decir, el epigrama serio o no jocoso, alcanzó una perfección, variedad, refinamiento y concentración absolutamente insuperables, y la riquísima colección formada por las Antología Palatina (XV libros del Codex Palatinus) y Antología Planudea (que, junto a muchos de la otra, contiene cierto número de epigramas que no se encuentran en ella y con los que se ha formado un libro XVI para completar la llamada Anthologia Graeca) contiene innumerables epigramas de primerísimo valor, de autores estrictamente clásicos algunos, de autores helenísticos muchos, y de autores del periodo romano y anónimos muchos otros. Con ellos no podría competir Marcial, ni siquiera con un cierto número, minoritario, de epigramas serios que se encuentran en su obra y que tienen siempre cierta altura y dignidad. Pero, en cambio, en el epigrama satírico, jocoso o invectivo, comúnmente terminado en un efecto cómico que se reserva para el último verso, incluso con frecuencia para su última palabra, y que por una hábil gradación mantiene el interés del lector pendiente de esa última explosión de hilaridad, la maestría de Marcial no ha tenido precedentes ni émulos. Ni la violencia de Arquíloco (v.) o de Hiponacte, ni los numerosos epigramas griegos que poseemos de Lucilio (que florece unos 30 años antes que Marcial y en su más próximo modelo), y Nicarco (émulo del anterior y contemporáneo de Marcial), ni los más depurados trozos de la sátira romana de Juvenal (v.), han alcanzado nunca un poder de concentración cómica semejante; hay que acudir a Aristófanes o a Plauto, para encontrar algo parecido en eficacia hilarante, pero siempre en un terreno y situación completamente distintos, como son los del género dramático, y sin la típica densidad conceptual del epigrama. Tampoco se llega jamás a tanta gracia en los seguidores latinos de Marcial: el emperador Adriano (v.) en el s. II, Ausonio (v.) y Claudiano, en el IV, ni en una serie de epigramas (anónimos unos y otros de diversos autores, como Luxorio, Félix, Florentino, Catón, Sinfosio, Octaviano, etc., de los s. V y VI) conservados en la Antología llamada Salmasiana. Ni tampoco en los medievales ni en los modernos como Owen (Audoenus); ni, por supuesto, en ninguno de los poetas que han cultivado el género en las lenguas nacionales modernas. No debe ocultarse que esta gracia de Marcial utiliza como vehículo en muchos casos, según ya Catulo había hecho con largueza una obscenidad fácil, pero que no resta nada a la perfección del epigrama.
      9. Sátira. El último de los géneros que utiliza el hexámetro es la sátira, de la que es problemático encontrar modelos en griego. Por eso los romanos se preciaban de la sátira como género enteramente autóctono, con contenido misceláneo e indeterminado, pero predominando la crítica de costumbres e individuos, reales o ficticios. La sátira no solía llegar a la violencia de la invectiva, contenía algún ensalzamiento más o menos concreto de las virtudes opuestas a los vicios que se ridiculizan, y solía predicar cierta moralización general o exhortación a una vida sensata y digna. Tras lo poco que queda de Ennio y de Lucilio (de éste bastante más, pero todo fragmentario, oscuro y enigmático), para nosotros la sátira está representada por Horacio, Persio y Juvenal, por ese orden cronológico, que es también una gradación de menos a más calidades. En efecto, en las Sátiras o Charlas (Sermones es el título) de Horacio los valores poéticos son generalmente reducidos y la falta de elevación predominante; algo menos ocurre en Persio, con unos 650 hexámetros más sus 14 coriambos, oscuros y rebuscados todos ellos; en Juvenal, la gravedad del tono, la reciedumbre de las ideas y su expresión condensada, firme y terminante (de él es, p. ej., el eterno mens sana in corpore sano) lo elevan con frecuencia a una inspiración digna de la mejor épica, constituyendo sus sátiras el logro más acabado de este género «totalmente romano» y haciendo, en suma, de su autor quizá el máximo ejemplar de moralista literario de toda la literatura europea.
      Dentro de la sátira se pueden incluir algunas obras más o menos misceláneas a paródicas, como las Saturae Menippeae, de Varrón de Reate, la Apocolocyntosis de Séneca y, ya en la literatura cristiana, el Epigramma de un S. Paulino no identificado (quizá S. Paulino de Nola, del s. V, primera mitad).
A. RUIZ DE ELVIRA PRIETO.
    BIBL.: Ver LATINA, LENGUA Y LITERATURA I. LATIN CLÁSICO 2.
     

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