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La rápida conquista de I. por los ejércitos árabes a mediados del s. VII y la conversión al Islam de sus habitantes de modo masivo, tuvo como consecuencia la infiltración en la lengua pahlavi (el persa hablado en el periodo inmediato anterior; v. lx) de una gran cantidad de vocablos árabes que, inicialmente, fueron términos de tipo religioso. Su aprendizaje resultó, en cierto modo, sencillo (los devotos musulmanes acostumbran a aprender El Corán de memoria en la infancia) y luego, conforme el nivel cultural y científico del califato fue alcanzando cotas más elevadas, se añadieron a esas voces otras típicas de la vida de una sociedad muy desarrollada. Es más, la mayoría de los grandes escritores persas de la Edad Media conoció la lengua árabe y alguno de ellos llegó a escribir en ambas lenguas obras de valía. Y un número considerable de escritores persas olvidaron su lengua materna (Abú Nuwás, Sibawayhi, Jalawayhi, etc.) y fueron figuras descollantes en el campo de la literatura árabe, en donde ocupan un puesto de honor; p. ej., al-Birñni (m. 1048) hizo constar bien a las claras que prefería escribir en árabe por la mayor difusión cultural de esta lengua. En realidad, el persa que ellos manejaron (igual ocurre hoy en día) conservaba su gramática indoeuropea, pero tenía un léxico (entre el 50 y el 80%, según los autores) de origen árabe, lo cual facilitaba el bilingüismo. Por otra parte el árabe, lengua bastante complicada a diferencia del persa, según Carlos Marx, lo aprendían en la infancia y en la escuela, y el persa lo adquirían como lengua materna y familiar. Así, pues, el bilingüismo era connatural para los persas, cosa que no ocurría con los árabes.
Por consiguiente, delimitar las conexiones literarias entre los dos pueblos es sumamente difícil, pues ya desde antes del Islam mantenían entre sí íntimas relaciones comerciales, culturales y políticas. En el último aspecto hay que recordar que los persas ocuparon la Arabia del Sur durante muchos años y que en la zona del actual Iraq tenían como príncipes vasallos a los árabes de la familia lajmi. Pero es más: los textos históricos nos informan que incluso en La Meca se narraban, cuando Mahoma era aún niño, las epopeyas de los principales paladines de las gestas sasánidas, como la de Rustam. Por tanto, más que hablar de la literatura árabe en I. hay que hacerlo de las interacciones de ambas literaturas.
Las formas. El árabe cedió, desde muy pronto, su estrofa característica, la gasida monorrima, a los persas, que la emplearon como género laudatorio, después de haber sido introducida por Rudaki (vivió ca. 940) y retocada por `Unsuri (m. 1059). Minriéihri (m. 1040) empleó la gaszda musammata. Por otra parte, el persa dejó, vamos a decir clandestinamente, al árabe sus formas populares, destinadas a tener una vitalidad extraordinaria, tanto que muchas se conservan en la poesía árabe contemporánea y están en la base de las innovaciones que algunos poetas, sobre todo iraquíes, introducen con éxito mayor o menor en nuestros días. Esas formas pueden inventariarse: 1°) premoaxajas (concretamente la de Abú Nuwás, v., hijo de árabe y de mujer persa), que plantean el problema del origen de este género que hasta hace pocos años se consideraba como genuinamente español. 2°) dú-bayt (dos versos) que, en último término, dan origen a las rubá'iyyát (cuartetas), muy conocidas por el público occidental gracias a las traducciones de `Umar Jayyám a partir de la primera «literaria» realizada por Fitzgerald (1859). 3°) band, con su multiplicidad de esquemas y sobre el cual ha teorizado la innovadora de la métrica árabe moderna Názik Malá'ika (n. 1923).
Aparte hay que considerar el problema de la épica, tal y como se nos presenta, ya en un estadio avanzado, en el ~áh Namá de Firdusi (v.). Se emplea para estos menesteres la forma matnawz (dísticos rimados) que tiene concomitancias con la aryitza árabe. La diferencia sustancial radica en que mientras en persa estas composiciones alcanzan, si es necesario, decenas de miles de versos, en las aryuzas quedan reducidas como máximo a pocas centenas. La épica persa no influyó en la literatura árabe y traducciones del Sáh Namá, como la del Bundari (m. 1226), no pasaron de ser más que ejercicios de salón.
La temática. La literatura persa parece recibir de la árabe la novela picaresca a través del cuadro magáma; la munázara o querella literaria (entre ciudades, flores, etcétera); la habsiyya (poesías carceleras), en la que sobresalieron Mas'ud b. Sa'd (m. 1131) y Jágáni (m. 1199) y, sobre todo, los cuadros de la poesía mística. En este aspecto la lírica persa, igual que la turca o la urdu, toma como cuadro favorito a la pareja de amantes árabes Maynún-Laylá para verter sus ansias de amor divino. En un estadio más adelantado, a partir del s. XIII, las obras del sñfi murciano Ibn `Arabi (Amir Jusraw Dihlawi, Yámi) serán una nueva fuente de inspiración en este campo. Igualmente autores como Firdusi, Yámi, poetizaron la historia de José (Yúsuf-u) basándose en El Corán.
Escritores. Por las razones expuestas es difícil escribir una «historia de la literatura árabe de los persas», del mismo modo que es difícil incluir a los bilingües dentro de una u otra literatura, a menos que sean personalidades descollantes, pues, en este caso, ambas lenguas se los apropian. De todos modos hay unas cuantas figuras que conviene recordar. En primer lugar a Ibn al-Mugaffa` (m. 757), traductor del Karla wa-Dimna al árabe y además del Jwatái Númak (El libro del rey), compuesto posiblemente en los últimos tiempos sasánidas y que fue el primer eslabón de la cadena de libros de reyes, que debía culminar con Firdusi. Avicena (m. 1037), cuyo puesto se encuentra en la literatura árabe, escribió en persa su Dánis-ncina-i `Alá í (Libro de la sabiduría), que contiene la quintaesencia de su filosofía, desarrollada ampliamente en la lengua vehicular, el árabe (al-Sifá, etc.); los trilingües como Mas'úd Sa'd-i Salmón (persa-árabehindi); `Umar Jayyám (m. 1123), parte de cuya producción científica se realizó en árabe; Yalál al-Din Rñmi (1207-73), místico por excelencia que estudió en Damasco con Ibn `Arabi de Murcia y que escribió algunos pequeños opúsculos en árabe y turco; Fajr al-Din `Irági (m. 1289), que estudió el Fusus al-hikam, del mismo Ibn `Arabi, y fue escritor bilingüe; pero, sobre todo, el gran Sa'di (1203-92), autor de una elegía en árabe (92 versos rima rá') en que llora la Bagdad destruida por los mongoles.
A partir de este momento la decadencia del imperio árabe desliga progresivamente a los persas de su lengua religiosa y sólo esporádicamente se encuentran escritores bilingües de interés literarió.
V. t.: IX. |