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1. Rasgos genéricos. El i. o indianismo constituye una modalidad muy importante dentro de la literatura americana, a la que confiere una de sus más acusadas notas distintivas. En su formulación literaria, esta orientación se despliega sobre una amplia gama que abarca desde la pincelada exótica hasta la reivindicación social, pasando por fórmulas expresivas de un sentimentalismo declamatorio, de un puntilloso celo antiespañol, de oscuros motivos políticos o raciales, o simplemente de un fácil recurso de ambientación vernácula. En términos generales, los autores simpatizan con el indio, al que describen embellecido o estilizado, haciéndose eco de sus anhelos y componiendo documentos novelados o poéticos sobre la situación de dolor y miseria de la raza nativa. Se trata, pues, de una exaltación del desvalido.
A decir verdad, poco se ha agregado a la interpretación del indio que aparece dentro de la literatura castellana en las páginas cargadas de pasión del P. Bartolomé de las Casas (v.) o en las octavas de La Araucana (1569) de Alonso de Ercilla (v.). Casi todos los factores que habían de conformar la literatura indigenista posterior se encuentran ya en germen en estas obras del s. XVI: idealización romántica del aborigen, queja social, presentación del indio como un vencido, etc. Las Casas lo describe como gente humilde, sufrida y paciente, atropellada por los conquistadores. La Araucana es una apología de la resistencia física y del valor guerrero de los aborígenes chilenos, y la admiración de Ercilla le lleva a sublimar a sus caudillos; Lautaro, Caupolicán y ColoColo encarnan sentimientos de estirpe europea, extraños por entero a un pueblo bárbaro. También apunta en La Araucana un tópico de queja social: la inculpación de codicioso vertida sobre P. de Valdivia (v.). La primera contribución hispanoamericana a esta poesía indigenista es el Arauco domado (1596) de Pedro de Oña (vJ.
2. Origen. El género que nos ocupa se puede decir que tiene su origen más ilustre en los Comentarios Reales (1609) del Inca Garcilaso (v.). En sus páginas, transidas de amor por la raza incaica, cuyas glorias evocan, el Inca expresa con dignidad y belleza la nostalgia que siente por la suerte adversa del pueblo indio, como a su vez lo hicieran en México Fernando de Alba Axtlilxóchitl (15681648) y en Nueva Granada Lucas Fernández de Piedrahita (1642-88). En el Cautiverio feliz (1673) de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, especie de novela autobiográfica, numerosos cuadros realistas describen las costumbres y el carácter de los araucanos (v.) con sincera simpatía.
La lucha de la emancipación hispanoamericana colocó en primer plano dos sentimientos a los que la literatura no pudo permanecer inmune: antiespañolismo y la exaltación del pasado indígena -su antinómico-, en especial del Imperio de los incas. El Congreso de Tucumán (1816) llegó al paroxismo de proponer la instauración de un régimen monárquico, a cuya cabeza se colocaría un descendiente de los incas. El triunfo de los patriotas trajo consigo un descenso en la valoración de la herencia hispánica. Al exteriorizar el sentimiento antiespañol se hizo hincapié en las sevicias de la conquista y en las arbitrariedades del sistema político depuesto. El español será «el vil invasor», «tigre sangriento», «fanático», y los himnos nacionales aluden monótonamente al despotismo, las cadenas y la tiranía del pasado. El mundo autóctono resurgía borrando de un trazo este ciclo histórico. Su exaltación era inevitable, y en el ambiente de euforia patriótica se interpretó la emancipación como la restauración de los derechos indígenas conculcados durante tres siglos. Hasta un poeta contenido y sabio como A. Bello (v.) no puede eximirse de incurrir en tal tópico (Alocución a la poesía). Como ha dicho 1. E. Rodó (v.) en El mirador de Próspero, los escritores «volvieron los ojos al manantial poético de la inocencia y los dolores de los pueblos indígenas, y este orden de motivos concordaba con la pasión de autonomía que era el carácter de aquel tiempo».
3. Evolución en el s. XIX. Durante el s. XIX este i. no fue siempre de tono predominante pintoresco o exótico, habida cuenta de que muchos autores escribieron literatura de este tipo porque pensaban sinceramente que al hacerlo contribuían a dar carácter peculiar a las letras americanas. El elemento indio se transforma de alegoría patriótica en programa político, y la utopía incaica sale a relucir, sin venir a cuento, en La victoria de Junín (1824) de 1. 1. de Olmedo (v.). Años más tarde todavía expresaría Rubén Darío (v.), en el Prólogo a Prosas profanas, su disgusto por la vida y el tiempo en que le había correspondido vivir, y que «... si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas, en Palenque y Utatlán, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro».
El género adquiere, a lo largo del s. XIX, matices regionales o nacionales, pues a tono con el espíritu del romanticismo europeo, la pasión nacionalista halla su cauce en América en el tema indígena, y los pueblos recién emancipados buscan expresarse por las vías que le trazaba una nueva sensibilidad. Sólo en Argentina encontraremos un brote de literatura antiindigenista: en La cautiva (1837) de E. Echeverría (v.), en el Santos Vega de H. Ascasubi (v.) y en el Martín Fierro de José Hernández (v.) desfilan unos indios holgazanes, crueles y abyectos, vencedores del blanco. Por otra parte, el triunfo del romanticismo trajo el apogeo de la novela histórica, que al tiempo de colmar la sublimación de la lejanía típica de aquella generación, permitía emplearla precisamente en la exposición de un periodo tan dramático como el de la Conquista, cuando el contraste entre dos civilizaciones suplía en buena medida el esfuerzo de la descripción. Era, también, el momento más patético, en que los antiguos imperios se desplomaban ante el embate de gente impulsada por el vitalismo renacentista.
Después del romanticismo, que desdeñaba al indio vivo como materia poética, una nueva visión, más realista, al compás del humanitarismo naturalista y socialista, llega a primer plano y sitúa en él los problemas sociales, cuyo protagonista y víctima es el elemento autóctono. Se abre paso la literatura de reivindicación y es evidente un propósito no sólo de llegar a la restauración del alma indígena, sino de calar en sus emociones. La corriente se acentúa en aquellos países en que la población indígena es una realidad étnica de gran magnitud (México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia), en donde la masa autóctona constituye la mayoría del proletariado en el campo, las minas y las fábricas. Por consiguiente, los escritores consagrados a este género presentan al indio en función de su situación socio-económica, y sólo incidentalmente se hacen cargo de los aspectos pintorescos de su manera de vivir. Por otra parte, el movimiento indigenista, toma estado con la Revolución mexicana (1910), y, a medida que avanza el siglo, se infiltra en la poesía, para imprimirle un tono de rebeldía social (Fombona Pachano en Venezuela, Vallejo en Perú, Carrera Andrade en Ecuador).
Para terminar esta introducción es oportuno aclarar que a lo largo del siglo pasado se fue perfilando, también, un género que ha cobrado individualidad incuestionable: el costumbrismo criollo (v.), en el cual se conjugan ingredientes que ya no son rigurosamente autóctonos y que, por tanto, no pueden hallar cabida en este panorama.
4. Desarrollo de la literatura indigenista en los diferentes países. México. Abre el grupo de este país Ignacio Rodríguez Galván (1816-42) con el poema Profecía de Guatimoc, cuyo mérito lo llevó a ser incluido en la Antología de Menéndez Pelayo. En esta composición se inicia un giro en el retorno al tema indígena: la idealización de las grandes figuras nativas, pero no para subrayar la crueldad de la Conquista, sino para contrastar la América dominada por los conquistadores con el caos social y político de los primeros años de la época republicana. El patetismo de la derrota azteca se intenta expresar, con poco éxito, en la novela Netzula (1832), de José María Lafragua, en donde lo histórico es factor secundario ante las descripciones de la Naturaleza. José Joaquín Pesado (1801-61) se propuso en Los aztecas (1854) crear una poesía de espíritu azteca, sin lograr su propósito por falta de inspiración directa, ya que el sistema de verter libremente en versos españoles viejas tradiciones poéticas nativas es un procedimiento de erudito, que deriva en reflexiones horacianas y en consideraciones sobre la fugacidad de la vida. Con todo, fue el primer intento de resucitar la poesía autóctona vertida en poesía culta y el resultado fue, si no feliz, al menos decoroso y agradable. Más acusado matiz indígena ofrecen las Leyendas mexicanas (1862), de José María Roa Bárcena (1827-1908). El escritor más importante del grupo romántico mexicano fue Eligio Ancona (1836-93). En La cruz y la espada (1866) abordó la conquista de Yucatán; los cuatro años que mediaron entre esta novela y Los mártires del Anáhuac le permitieron depurar su gusto y técnica. La segunda es un relato con fuerte impronta indigenista y de un encendido antiespañolismo. El título es suficientemente expresivo, pues considera a los aztecas como nobles víctimas, cuya dignidad contrasta con la avaricia y la crueldad de los conquistadores. El relato está cimentado sobre obras históricas, pero como Ancona conocía directamente la cultura indígena, la refleja con un acusado tono de veracidad, y las reconstrucciones arqueológicas poseen rasgos muy auténticos. Muy inferior es Amor y suplicio (1873), de Ireneo Paz (1836-1924), en donde un desbordante sentimentalismo romántico lleva al autor a deformar el carácter del protagonista, Cuauthtémoc (v.). Juan Luis Tercero (1837-1905), acomete en Nezahualpilli o el catolicismo en México (1875) un planteamiento original: cantar las glorias de Cristo en el Anáhuac a través de una novela poemática. Eulogio Palma y Palma (n. 1851), en La hija de Tutul-Xiu (1884), sitúa la acción de su novela de reconstrucción histórica en la época prehispánica, relatando las guerras mayas.
En Tomóchic (1894), de Heriberto Frías (1870-1925), descubrimos ya la nueva orientación: se deja a un lado el relato retrospectivo para encarar una rebelión de indios contra Porfirio Díaz. Esta orientación encuentra su expresión más lograda en Los de abajo (1916), de Mariano Azuela (v.), que se desenvuelve como una sucesión de cuadros breves y penetrantes, en torno al tema vertebral: la virtual servidumbre del indio desde todos los puntos de vista, especialmente en orden a su dependencia socioeconómica. Azuela presenta a los indígenas como víctimas de las guerras civiles: reclutados por los distintos bandos combatientes, no saben nunca por qué causa derraman su sangre y, aunque figuren entre los triunfadores, no lograrán jamás la soñada y prometida felicidad. Los de abajo es una novela con un declarado propósito de redención del elemento aborigen. Gregorio López y Fuentes (1897-), en El indio (1935), agrupa escenas sueltas sobre la vida de una tribu indígena en México, durante los años de la Revolución. Etnografía (supersticiones y costumbres), sociología (formas de convivencia, de trabajo, de la propiedad y de la lucha de clases) y sobre todo política (explotación del indio y el juego de intereses que disponen de él arbitrariamente), se entremezclan en este enérgico alegato contra la injusticia. Con posterioridad han cobrado nombradía Francisco Monterde, n. 1894 (Moctezuma, el de la silla de oro); Ermilo Abreu Gómez, n. 1894 (Naufragio de indios, dramático relato de la suerte de un pueblecito mexicano que protesta contra la invasión francesa; La conjura de Xinum); Andrés Henestrosa, n. 1906 (Los hombres que dispersó la danza), y Ricardo Pozas, n. 1910 (luan Pina folote).
Guatemala. El premio Nobel Miguel Ángel Asturias (v.) cuenta en su haber con Leyendas guatemaltecas y sobre todo Hombres de maíz (1949), relato en que se pone de relieve la lucha entre los indios, que siembran el maíz sólo para su consumo, y los criollos, que lo hacen con propósito lucrativo, empobreciendo las tierras. Destacan asimismo Carlos Samayoa Chinchilla, n. 1898 (Madre milga), y las recias novelas de Mario Monteforte Toledo (Entre la piedra y la cruz).
El Salvador. En Cuentos de barro, de Salvador Salazar Arrué (v. sAUARRUÉ), desfilan indios, labriegos sufridos, tristes, supersticiosos. Cada «cuenterete» (como los denomina el autor) agrupa a los indios en una situación propicia para que al hablar, sus palabras -dialectales, parcas- insinúen todo su problema interior.
Cuba. Aunque escritas en España, no pueden omitirse en este rápido recuento las novelas de Gertrudis Gómez de Avellaneda (v.): Guatimozín y El cacique de Turmequé.
Santo Domingo. Tiene este país el privilegio de contar con una de las obras más celebradas en el género: la novela Enriquillo (1879), de Manuel de Jesús Galván (v.). El relato versa sobre los acontecimientos de La Española durante el primer tercio del s. XVI, y es asombroso que el autor lograra una novela de tanta calidad literaria, a pesar de las dificultades de un tema histórico tan complejo y de su método académico, que lo llevaba a apoyar la narración con documentos y textos coetáneos. La actuación del P. Bartolomé de las Casas es el eje de la trama. El estilo de Galván tiene resonancias clásicas; la prosa es elegante y serena. En Enriquillo se acentúa además una reacción favorable a España: hay un evidente propósito del autor de realzar las hazañas de los españoles y de explicar que los desmanes de la Conquista fueron un hecho circunstancial. Galván, aunque siente simpatía por el nativo,'no se deja arrastrar por ella y advierte expresamente que está al lado de la civilización occidental.
Venezuela. José Ramón Yepes (1822-81) pinta, en su novela Anaida (1860), las costumbres y los mitos de las tribus ribereñas del lago Maracaibo. No hay conflicto de razas ni propósito trascendente, pero destaca la lírica exaltación del paisaje. Pedro César Domínici (1872-1954) nos dejó en El cóndor (1925) una novela a medias indianista y a medias histórica. Hay simpatía por la causa indígena, pero la trama es totalmente artificiosa.
Colombia. La obra más notable es la de José Eusebio Caro (v.) En boca del último Inca, en que el último soberano incaico habla en estrofas sáficas.
Ecuador. El cutivador más importante del género durante el siglo pasado fue Juan León Mera (v.), y su predilección por el tema se puso ya de manifiesto en la primera colección de sus versos, Melodías indígenas (1858). En el Prólogo confiesa: «He intentado hacerme también indio», pero en el fondo no sentía el espíritu nativo, antes bien puede decirse que se disfrazó de indio, porque era europeo en su formación mental. La fama de Mera como autor en este género la cimentó Cumandá. Un drama entre salvajes (1871), cuyos valores poéticos no se han marchitado. El relato consiste en cuadros de costumbres y tradiciones de los salvajes jíbaros y záparos en la selva oriental. Juan Valera la reputaba como la mejor narración en prosa que había producido América hasta entonces. Por otra parte, Cumandá no es un novela exclusivamente poemática, puesto que, dentro de su época, es la que probablemente más cerca se halla del estilo de la temática de nuestros días, pues al exponer la violenta protesta de los selváticos por la injusticia y el abuso de que son víctimas por parte del terrateniente, queda planteado un tópico social y económico que en el s. XX se convertiría en clásico dentro del género. Jorge Icaza (v.) alcanzó la fama con la novela Huasipungo (1934). Más que obra literaria, es un documento sociológico o alegato político. El título alude a la parcela de terreno que los grandes propietarios ceden a los indios a cambio de trabajarles el resto del latifundio, Avaricia y despotismo de los amos; brutalidad de la fuerza pública en la represión de un motín indígena y primitivismo de las costumbres, son notas que distinguen el ambiente que refleja la obra más celebrada de Icaza, quien ha escrito también Barro de la sierra y Cholos. Demetrio Aguilera Malta (n. 1905), Enrique Gil Gilbert (n. 1912) y Alfredo Pareja Díez-Canseco (n. 1908) son autores de prestigio en este género.
Perú. En el s. XVIII se produce la novedad de la incorporación del tema indígena al teatro, con Ollantay, del clérigo Antonio Valdés, que, fundado en una antigua leyenda oral, compuso un drama de corte español en el desarrollo de la trama y en la composición de las escenas. Mariano Melgar (1791-1815) fue el primero que intentó de un modo sistemático dar salida en versos cortos españoles a sentimientos indios. Escribió yaravíes (canciones poéticas amorosas), embebidos en el suave lirismo de las coplas indígenas, y fábulas sazonadas de un cazurro humor autóctono. Juzgados por su mérito poético, los yaravíes de M. valen poco, pero la melodía indígena de esos metros cortos era algo desconocido hasta entonces. Cediendo al ambiente del romanticismo, Ricardo Palma (v.) compuso algunas tradiciones sobre temas prehispánicos (Palla Huarcuna, La achirana del Inca, etc.).
El gran innovador es Manuel González Prada (v.): arrinconó el tema indígena visto como un espectáculo y adoptó una postura beligerante, de emoción social, a fin de convertir la reivindicación de la raza autóctona en un programa de proyección política. La moderna literatura de protesta contra la opresión del indio, no en su aspecto histórico o retrospectivo, sino en la viva actualidad, tiene su arranque en este autor, teñido a la postre de una ideología radical y anarquista. Tanto en acerados artículos (Nuestros indios, 1904) como en las Baladas peruanas (1935) -entre las que sobresale El mitayoel tema del indio aparece bajo una nueva luz; ya no es el indio idealizado por los románticos, con propósito decorativo, sino un sujeto de carne y hueso, padeciendo seculares penurias y comprendido dentro de la historia y el paisaje peruanos. La prédica de González Prada formó escuela: Clorinda Matto de Turner (1854-1909) en Aves sin nido (1889) llevó a la novela las fórmulas de redención del indio que desembocaron en un planteamiento revolucionario y extremista del problema indígena.
El libro de poemas Alma América, de José Santos Chocano (v.), marca cl retorno a los temas nativos en sus retóricas composiciones, en las que de mano maestra aflora el fatalismo de la raza, pulsado sobre. una cuerda elegiaca. Ventura García Calderón, 1887-1960 (La venganza del cóndor), supo reflejar el alma vernácula. Enrique López Albújar (1872-1966) inició con Cuentos andinos (1920) -apuntes de la vida serrana con espíritu de protesta y verismo auténtico- la nueva corriente indigenista dentro de la narrativa peruana y puso en contacto al lector con las honduras psicológicas del hombre nativo, tema asimismo de Nuevos cuentos andinos (1937). Autores destacados son también Augusto Aguirre Morales (1890-1957); Luis E. Valcárcel; Abraham Valdelomar (1888-1919) y Alejandro Peralta (n. 1899), renovador del tono y el carácter de la poesía indigenista. Pero, sin duda, los nombres señeros son los de César Vallejo (v.), Ciro Alegría (v.) y José María Arguedas (v.) «Esencialmente indio» definen al primero los críticos; su obra literaria expresa su solidaridad con los oprimidos de cualquier lugar. La novela Tungsteno (1931) presenta la explotación dé los indios en truculentas escenas de miseria y realismo. Alegría, en Los perros hambrientos (1939) y El mundo es anchó y ajeno (1941), describe con prosa simple y clara las condiciones inhumanas en que se desenvuelve la existencia de las masas indígenas, ya que en sus novelas el protagonista es más el pueblo que los personajes individuales. Arguedas refleja con profundidad y notable valor descriptivo costumbres y vida de los aborígenes. Sus principales obras son: Agua (1935), Los ríos profundos (1958) y Todas las sangres (1966), que presenta los conflictos determinados por los cambios que origina en las poblaciones andinas el progreso contemporáneo.
Bolivia. Alcides Arguedas (v.) en Raza de bronce (1919) desarrolla el tema de la degeneración de una raza al contacto con otra superior. El anhelo de reinvindicación indígena se expresa sin sentimentalismo. Armando, Chirveches (1883-1926), Alfredo Guillén Prieto y Luis Toro Ramallo (1898-1946) son prestigiosos novelistas bolivianos.
Paraguay. Dos nombres descuellan en este país: Natalicio González, n. 1897 (Baladas guaraníes; Motivos de tierra escarlata y La raíz errante), y Augusto Roa Bastos (v.), autor de Hijo de hombre.
Chile. Guillermo Blest Gana (1828-1904) compuso el poema La muerte de Lautaro (1848); Salvador Sanfuentes (1817-60) fue también un persistente cultivador de temas indios, y Alberto del Solar (1860-1921) intercala en la novela Huincahual (1888) curiosas noticias sobre la mitología y las costumbres araucanas.
Argentina. Expuesta anteriormente la idea poco favorable hacia el indio en la poesía gauchesca (v. CRIOLLOS II), contrasta con esta interpretación un libro singular: Una excursión a los indios ranqueles (1870), de Lucio V. Mansilla (1831-1913), en la cual, escrita en forma de cartas, va describiendo con abierta simpatía las costumbres, carácter y creencias de esos nativos radicados en la provincia de Córdoba. El Pueblo del sol es una novela de Arturo Capdevila (n. 1889) escrita (sic) en colaboración con los espíritus de Atahualpa y Manco Cápac.
Uruguay. Juan Zorrilla de San Martín (v.) en su vasto poema Tabaré (1879-86) no da a su descripción de los aborígenes uruguayos una orientación etnográfica, sino que llega hasta una interpretación metafísica del destino de la raza charrúa, y el contraste frente a ésta, que es naturaleza pura, de la raza española, que simboliza los valores espirituales. Tabaré constituye a la vez el último poema importante de gran extensión escrito en la América hispánica y la última expresión del i. como elemento poético, sin proyección social o de reivindicación. |