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1. Concepto y origen. Como género literario específico, el c. alcanza vida plena en la literatura española del s. XIX, pero sus antecedentes tradicionales podrían buscarse en ciertos autores del s. XVII (Santos, Zabaleta, etc.) y del s. XVIII (Torres Villarroel, Clavijo, Cadalso, Mercadal) o en aquellos autores dramáticos de este tiempo que, como Ramón de la Cruz (v.) o 1. González del Castillo (17631800), reflejan en sus obras el color típico de ciudades o regiones determinadas. El c. propio procede, directamente, del movimiento romántico (v. ROMANTICISMO), en lo que éste tuvo de exaltación de lo típico. Es, además, un género moderno, tanto por el interés de autores y público como por los vehículos de expresión utilizados, pues la mayor parte de los costumbristas se manifestaron por medio de los periódicos y se dirigieron a todo el público. Las grandes remociones sociales reclaman la atención del costumbrista que puede llegar, observándolas, a consideraciones más hondas que la mera descripción y en ese caso su arte puede lindar con el ensayo de tipo inglés moderno o bien puede quedarse en un género más. La estructura del «cuadro de costumbres» es, como dice Correa Calderón, «de una extraordinaria elasticidad y variedad», debido a su profusión y no puede cómodamente circunscribirse. Muchos de estos cuadros y escenas podrían hoy considerarse reportajes e incluso encuestas de tipo folklorístico, pero en todas ellas hay intencionalidad, afán de sorprender, de captar algo que se tiene conciencia de que es cambiable y efímero, todo ello dentro del vasto panorama del siglo pasado.
No obstante su adscripción a esta época, la revisión cada vez más concienzuda de la literatura decimonónica ha puesto de relieve la importancia del género, destacando en él dos aportaciones fundamentales. La primera documental e histórica: los costumbristas presentan fragmentos de vida urbana o rural española del s. XIX, sobre todo en su contextura social, tan cambiante en esta centuria. La segunda, artística y de enorme valor. Porque, desde dentro del c. se asiste al nacimiento de otro género de más amplitud, la novela moderna, cuyo vestíbulo, como ha señalado la crítica, es el realismo (v.) que los costumbristas aportan.
2. Costumbristas mayores. Algunos autores consideran el más antiguo costumbrista del s. XIX a Sebastián Miñano y Bedoya (17791845) por sus Lamentos de un pobrecito holgazán (1820), Cartas del madrileño y Don justo Balanza, pero, según Lomba, no es propiamente costumbrista, sino escritor político. En los periódicos de las primeras décadas del s. XIX, tan importantes para descubrir las primicias literarias de la época, se encuentran los primeros artículos de costumbres. Así en La Minerva (1817), El Correo Literario y Mercantil (182333) o en El Censor (182023), ingenios oscuros intentaron el bosquejo de la sociedad contemporánea, utilizando apropiados seudónimos (El Observador, El Mirón) o anónimos. En estos primeros autores destacan «un espíritu de curiosidad acogedor y benévolo, que busca cieria trascendencia entre recreativa y científica» (Lomba). Lo extranjero prevalece sobre lo nacional y despunta el interés por Madrid.
Los considerados universalmente como costumbristas mayores son Serafín Estébanez Calderón (17991867), Ramón de Mesonero Romanos (v.) y Mariano José de Larra (v.). El primero, vuelto hacia lo pasado, a la España genuina y pintoresca, preférentemente regional. Cronista el segundo de su Madrid natal, su atención no se dirige a una clase social, sino que abarca todas, aunque principalmente la suya, la clase media. El tercero se escapa del trío, porque, como con acierto destaca Lomba, es «costumbrista sólo en la forma; en el fondo, político y psicólogo».
En dos periódicos de José María Carnerero, el citado Correo Literario y Mercantil (1820) y después en Cartas Españolas (1831), vieron luz los trabajos de Estébanez. En 1832 aparece La rifa andaluza y siete años más tarde, en la más importante colección de material costumbrista, el Semanario Pintoresco Español, La Feria de Mairena. Estos y otros artículos forman, en 1846, las Escenas andaluzas. Estébanez es, por muchos motivos, un escritor extravagante. La vida de sociedad (alta y baja) de su Málaga natal y sus estancias en Sevilla fueron su mejor escuela de costumbrista.
Mesonero Romanos, El Curioso Parlante, «fue un costumbrista, que se puede decir de oficio, un profesional en el género y un maestro» (Lomba). Ya en 1820, combina un juego de 12 cuadros en Mis ratos perdidos o ligeros bosquejos de Madrid en 1820 y 1821, que descubierto anónimo por FoulchéDelbosc fue considerado modelo inconfesado del Panorama matritense. Su Guía de Madrid (1831) le fija a la villa. Las primeras Escenas aparecieron en Cartas españolas (El Retrato, 1832) y después, hasta 1833, en Rev. Española. En 1835, con estos y otros artículos se compuso el Panorama matritense, en 3 tomos. El Semanario Pintoresco acogió otra nueva serie de escenas, reunidas en Escenas matritenses (1842). Veinte años más tarde apareció la última colección con el título de Tipos y caracteres.
El primer artículo de Fígaro, El duende y el librero, hace su aparición en el periódico El Duende Satírico del Día (enero o febrero de 1828). El contraste de Larra con los otros dos es grande: aborrece la sociedad que a los otros enamora. Su ideal es la sociedad extranjera, hija de la Revolución, hasta la cual quiere llevar a la sociedad española.
El c., desde su nacimiento, tuvo presente la inspiración extranjera. Los autores ingleses del s. XVIII, Steele y Addison (v.) influyeron menos que sus imitadores franceses. J. Addison, ya explotado por Clavijo y del que Quintana (v.) había traducido pasajes selectos del Spectator en su rev. «Variedades de ciencia, literatura y artes» (180305), es citado con elogio por Mesonero, que poseía una versión francesa de su obra, de 1854. Son, sin embargo, los franceses, menos cargados de dogmatismo y teología, los más imitados, en especial Victor Joseph l;tienne (17641846), conocido por Jouy, ex militar, empleado y periodista, traducido e imitado en La Minerva (1817) y en El Censor (1821), sobre todo su L'Ermite de la Chaussée d'Antin. Además de Jouy, hay que añadir a S. Mercier (Tablean de Paris), Colnet de Ravel y Touchard Lafosse.
3. Costumbristas menores. Después del trío Mesonero, Estébanez y Larra, hemos de llamar costumbristas menores a todos los cultivadores del género, aunque algunos hayan destacado en otros aspectos de las letras españolas. Las vinculaciones a los periódicos y revistas continúan. Así, Antonio María Segovia (180874), El Estudiante, y Santos López Pelegrín (180146), Abenámar, primero en su rev. «Nosotros» y luego en otras misceláneas, siguieron las huellas del maestro Mesonero. Aquí es preciso situar al Semanario Pintoresco Español (fundado y dirigido por el costumbrista madrileño desde 1836 a 1842), que marca el comienzo en España de la revista ilustrada. Para la historia del género el Semanario tiene importancia capital. El nivel literario desciende. Los nombres del fecundo Antonio Neira de Mosquera (181853), El Doctor Malatesta (autor de Las ferias de Madrid, 1845), y Clemente Díaz, ruralista, con escenas muy próximas al cuento, alternan con Vicente de la Fuente (181789), con sus ambientes estudiantiles retrospectivos y librescos, o con José Giménez Serrano, que vuelve a la Andalucía romántica. Empieza ahora el desfile del c. rural, en el que hay que destacar los artículos dedicados por E. Gil y Carrasco (v.) al noroeste de España. Estas visiones regionales se completan con otras de Murcia, Valencia, etc., debidas a autores menores.
Como ha señalado M. Ucelay, la abundancia de ilustraciones y grabados de indumentarias regionales, muy difundidas, alimentan una matización del género, que pasa de las «escenas» a los «tipos». De nuevo concurre la influencia extranjera. Las Fisiologías, de enorme boga en Francia desde 1825 y en las que fue pródigo Balzac (v.), tuvieron éxito en España. A ellas hay que referir una obra colectiva de alto interés: Los españoles pintados por sí mismos, concebida por entregas que empezaron a aparecer en 1842.
La captación de tipos en un intento de abarcar y analizar la sociedad en su conjunto, es el motor de esta novedad, iniciada, asimismo, en Inglaterra (Heads of the People... with original essays of distinguished writers Londres 184041), ilustrada y publicada por entregas desde 1838. De carácter colectivo, en ella colaboraron, como más notorios, Thackeray (v.) y Leigh Hunt (17841859). La obra inglesa . fue pronto seguida en Francia por otra de iguales características, pero de más empeño Les Franpais, Moeurs Contemporaines (1839), intitulada a partir de su reunión en volumen Les Francais peints par euxmémes. Encyclopédie Morale du dixneuviéme siécle, París 184042. Se recogían en ella tipos parisienses, provincianos y de las colonias, con colaboraciones de Balzac, Gautier, Nerval y Nodier, e ilustraciones de Monnier, Gavarni, Doumier, etc. Esta obra inspira la española, también colectiva y, por supuesto, ilustrada, Los españoles..., cuyas primeras entregas son de 1842, en libro en 1843. Constituyó una obra de actualidad y una antología de «tipos». Como en toda obra colectiva, hay en ella valores muy desiguales. Margarita Ucelay la ha estudiado detenidamente, atendiendo a la clasificación de los tipos presentados, los procedimientos artísticos con que se tratan y sus autores. En la obra participan todos los españoles de cierto renombre literario en aquellas fechas. Muchos de los autores que firman artículos son hoy totalmente desconocidos. Algún trabajo está escrito en verso. Muy importantes son los ilustradores de la primera edición (Alenza, Miranda, Lameyer, Urrabieta, Ortega). Se advierte la yuxtaposición de dos generaciones, siendo de más nervio la más vieja. Intervienen, de los costumbristas mayores, los dos que entonces sobreviven (Mesonero y Estébanez) y como personalidades ajenas al oficio, Zorrilla, Rivas, García Tassara o Navarro Villoslada, además de todos los costumbristas que cultivaban ordinariamente el género. Tanto Ucelay como J. Fernández Montesinos han puesto de relieve las inhibiciones colectivas ante ciertos tipos, la galomanía junto a la galofobia y sobre todo la escasez, en esas fechas, de lo «español» que hay que ir a buscarlo en lo pasado o en las periferias. No hay representaciones directas de la aristocracia, ni tampoco considerables de la vida económica, alto clero, ejército. Los tipos regionales, salvo los de Andalucía, suelen estar vistos desde Madrid y únicamente las clases populares están tratadas sin trabas ni preocupaciones. El interés de la obra como conjunto y en sus detalles (etnológicos, folklóricos, lingüísticos incluso) es muy grande. Los españoles... fue reeditado en 1871 y tuvo larga descendencia (Los valencianos pintados por sí mismos, Valencia 1859; Las españolas pintadas por los españoles, Madrid 187172), hasta una obra de vasto aliento editorial Las mujeres españolas, portuguesas y americanas... (Madrid, La Habana, Buenos Aires 187273 y 1876) para la que se buscaron colaboraciones degran renombre (La granadina, de P. A. de Alarcón, es una fisiología con parte novelesca; y en La cordobesa, de J. Valera, brilla el ingenio y el estilo del egabrense).
4. Desarrollo del género. La colaboración de Mesonero en Los españoles..., concebida como epílogo y titulada Contrastes. Tipos perdidos, 1825, Tipos hallados, 1845, ponía de manifiesto el cansancio del género, pero al mismo tiempo abría un camino indefinido, toda vez que los nuevos tiempos irían deparando otros tipos y podrían recogerse nuevas escenas que sus imitadores, de cerca o de lejos, se apresurarían a fijar. En efecto, las galerías continúan, siendo muy interesantes por sus aportaciones de color regional las de Barcelona: José M. de Freixas en su Enciclopedia de tipos vulgares y costumbres de Barcelona (1844) con grabados de Servat, que reúne escenas tan típicas como Los Encantes, El libro Verde de Barcelona (1848); de José (José de Majarrés) y Juan (Juan Cortada y Sala, 180568), en forma de diario.
Concebida como apéndice de Los españoles..., donde tuvo amplia colaboración, está la obra del poeta, periodista y folletinista de grandes éxitos librarios Antonio Flores (182165), Doce españoles de brocha gorda..., subtitulada «novela de costumbres populares» (1846, reed. 1848 y 1852), fresco donde se combinan situaciones costumbristas y novela. Para Benítez Claros, estudioso reciente de Flores, significa una transición hacia la novela folletinesca Fe, Esperanza y Caridad, del mismo autor, elogiada por la crítica de entonces, también muy reeditada (18501851 y 1871). Aparecida como folletín en La Nación, es imitación de E. Sue (180457), cuyo traductor había sido. La novelística de Flores es floja, pero su tendencia costumbrista produce un logro en el género; Ayer, hoy y mañana o la fe, el vapor y la electricidad (cuadros sociales de 1800, 1850 y 1899), 1853, donde se sigue la línea última de Mesonero, con la dualidad de pretérito y presente, más la visión futurista. Se suele valorar más la primera parte (Ayer), pero la otra también es estimable y en el Mañana parece que imitó análogas fantasías de Souvestre (180654). En el periódico que dirigió, El Laberinto, siguió publicando artículos de costumbres, reunidos y editados póstumos con otros del género en Tipos y costumbres españolas (1877). Un matiz especial tienen los artículos costumbristas, que pueden llamarse cosmopolitas, de Eugenio de Ochoa (181572), aparecidos en el Museo de las familias. París, Londres y Madrid (1860), con sus experiencias de emigrado.
A lo largo del siglo prosiguen nuevas obras colectivas que siguen la pauta de Los españoles... incorporando, naturalmente, los tipos nuevos: Los españoles de hogaño (1872), relativo al ambiente madrileño, o El álbum de Galicia. Tipos, costumbres y leyendas (1897). Colecciones cuyo interés está, más que nada, en los autores conocidos que en ellas participan, que unas veces se limitan a dibujar escenas o tipos y otras urden tramas novelescas. Como representantes de un c. urbano, centrado en el Madrid del último cuarto de siglo, pueden citarse Carlos Frontaura (Las tiendas, 1886; Tipos madrileños, 1888), fino e ingenioso; y Ramón de Navarrete, Asmodeo, que introdujo en España la crónica de sociedad (Sueños y realidades, 1878), y pinta escenas de las clases elevadas del Madrid de la Restauración, entre satírico y mundano. Añadiríamos a Enrique Sepúlveda, Narcís Oller (v.) sobre Barcelona, y Sabino de Goicoechea, Argos, sobre el País Vasco.
Establecida la importancia que en el nacimiento de la novela realista del s. xix tiene el c., examinemos ahora los «momentos costumbristas» de los grandes escritores, maestros en la novela y el cuento. Fernán Caballero (v.) incluye, en la parte de prosa de Cuentos y poesías populares andaluzas (aparecidos en revistas y editados en 1859), Una paz hecha sin preliminares..., que es «un cuadro de costumbre a la antigua manera» (Montesinos), muy localizado (Chiclana). P. A. de Alarcón (v.), en Cosas que fueron, colecciona 16 artículos de costumbres anteriores, fruto de sus colaboraciones periodísticas. Las ferias de Madrid, Diario de un madrileño, Visitas a la Marquesa, El Carnaval en Madrid, Lo que se ve por un anteojo y Un maestro de antaño, son páginas muy divulgadas y conocidas, todas dentro de la consabida amenidad y gracejo del accitano.
Quizá la más perfecta fusión de las escenas costumbristas y la verdadera novela la ofrece J. M. de Pereda (v.), inscribiéndola en el marco regional montañés. Escenas montañesas (1864), donde alternan los cuadros urbanos con los rurales y marineros, seguidas de Tipos y paisajes, Esbozos y rasguños, Tipos transhumantes y Bocetos al temple, muestran temas muy variados, llenos de riqueza descriptiva, viveza e interés. Antonio de Trueba (181989), autor de Madrid por fuera, De flor en flor, describe cuadros y tipos de Madrid. Gustavo Adolfo Bécquer (v.) (Páginas desconocidas) incorpora leves pinceladas de su exquisita prosa referidas a sus ambientes favoritos: Madrid, Sevilla, Toledo. El ingenioso y satírico Manuel del Palacio (18311906) escribe Madrid por dentro y por fuera, así como J. M. Gabriel y Galán (v.), apuntes del campo salmantino (Alma charra, El Vaquerillo). A. Palacio Valdés (v.) también recoge alguna escena en sus Aguafuertes (1884), terminándose la serie de costumbristas del siglo con las aportaciones en prosa y verso al género de A. Ganivet (v.) en el Libro de Granada (1899), donde alternan con los cuadros de los costumbristas granadinos (Méndez Vellido, Afán de Ribera) sus cofrades y amigos de la «Cofradía del Avellano».
Todos estos autores contribuyen a la vigencia del género. Para muchos de ellos ha servido de iniciación literaria, de exaltación o de recuerdo de la patria chica, de visión del Madrid político, social, centralizador, testigo siempre del material y de los artistas que, en el romanticismo, iniciaron el género. Y casi todos llenan los módulos costumbristas de su personalidad.
5. Costumbristas del siglo XX. En el s. XX el c. no desaparece. En primer lugar, porque lo siguen cultivando muchos autores rezagados, provincianos, anclados a regiones de tradición costumbrista, como Andalucía, o en el plano madrileño, casticista. En segundo lugar, porque otras zonas que se incorporan a la literatura, como Castilla, descubierta por la generación del 98, reclaman nueva atención. Por último, la masa, los perfiles sociales de las ciudades o los campos pueden venir a reflejarse en pergeños costumbristas, aparentemente casi idénticos a los del siglo anterior; en el fondo, muy distintos. La rev. «España» (1915), de gran significación como manifestación colectiva de la nueva literatura, vuelve a repetir los afortunados Españoles pintados por sí mismos. Hay tipos nuevos («El golfo», «El señorito chulo», «El albañil»), pero ahora son exponentes de una visión distinta de la sociedad, despiadada. Otros tipos son caricatura de sus antecesores de 100 años: «El erudito», «El poeta de juegos florales».
Un elemento nuevo hace pensar en el espíritu de Larra, al que deliberadamente se intenta volver, dándose por agotado el de Mesonero, que fue directriz en el pasado. Hay un c. regional más grave, menos pintoresco, más poético: Rusiñol (v.), de un modo original, en catalán, sobresu región y sobre Mallorca; los vascos, Salaverría (18731940), Ricardo Baroja (18711953), Dionisio de Azkue (Dunixi), Pío Baroja (v.), Iribarren y algunos rezagados, como en la rev. «Alma Española» las aportaciones de Valencia (Blasco Ibáñez, v.) o Murcia (Vicente Medina, 18661936). El c. madrileño. hermano de la poesía (Casero, López Silva, 18601925) o del teatro (Arniches, v.), se recrea en los tópicos, cuando no divaga por la historia y la tradición, tratando de plasmar una «literatura de Madrid», como la hay de otras grandes ciudades europeas. No obstante, Eusebio Blasco (18441903), autor de Madrid pintoresco, 1903; Escenas y tipos de Madrid, 1905; Pedro de Répide (18821947), que escribe Costumbres y devociones madrileñas, 1914; Emiliano Ramírez Ángel (18831928), en su BombillaSolVentas. Peligros y seducciones de esta coronada villa, 1915; Luis Bello (18721935) con Ensayos e imaginaciones sobre Madrid, 1919, o más recientemente F. C. Sainz de Robles (n. 1899), autor de Cuerpo y alma de Madrid, 1945, ofrecen visiones optimistas de la ciudad y sus gentes, en contraste con otros cuadros más negros, como los del pintor José Gutiérrez Solana (v.), gemelos de sus lienzos (Madrid, escenas y costumbres, la serie 1913, 2a serie 1918; La España negra, 1920; Madrid callejero, 1923), que muestran esa ciudad de arrabales misérrimos, de desmontes, de parameras y de gentes de aluvión que la pululan.
En el sector andaluz, volvemos a encontrar nuevos costumbristas: José Nogales (1860?1908), Salvador Rueda (18571933), Arturo Reyes (18641913), J. Mas y Laglera (n. 1885), Á. Cruz Rueda (18881961), Alcalá Venceslada, que nos proponen a veces los mismos cromos o insisten en los matices sombríos. También los grandes nombres de la literatura de este tiempo cultivan este género: Unamuno (v.) con De mi país (1903), con algún cuento de El espejo de la muerte (como Solitaña), Pío Baroja con Vitrina pintoresca (1935) o retazos de las grandes novelas vascas; Azorín (v.) (Los pueblos, Alma española, Madrid. Guía sentimental, Superrealismo) y otros pasajes de obras posteriores; Ramón Gómez de la Serna (v.) (Elucidario de Madrid, El Rastro) o Camilo José Cela (v.) en sus novelas de ciudad o de campos, pueden dar una antología de escenas y tipos. Pero no es el suyo verdadero c., porque la intención que animaba a los corifeos y epígonos del s. XIX ha desaparecido y las metas son otras, como otros son los procedimientos artísticos. Puede decirse que todos ellos han superado la angostura del c. romántico. Sus personalidades, su estilo, ha hecho que salten los viejos moldes. Y por otra parte, se han desarrollado hasta adquirir carta de naturaleza otras técnicas que ahora captan muchos aspectos que preocupaban al costumbrista de antaño.
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