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1. Lengua. Cuando los españoles llegaron al territorio que hoy ocupa la República A. se encontraron con una marcada variedad de poblaciones indígenas, que hoy se mencionan en clasificaciones en las que se mezcla o no se diferencia bien lo etnológico y lo lingüístico. Sin identificar el dominio territorial ni el racial con el lingüístico se indicarán cuatro zonas de familias o tribus aborígenes:
Zona de predominio tupí-guaraní. Desde el estuario del Río de la Plata, remontando el Paraná hacia el norte, hasta el Paraguay, habitaron los charrúas, querandíes, chamas, tapes, mocoretás, carios, timbúes, mocobíes, abipones, tobas, pilagas, chorotes, matacos, agaces, chiriguanos y posiblemente algunas tribus más, hoy desaparecidas. Las lenguas de estos aborígenes, muy poco desarrollados, no influyeron en el español. Pero la misma área geográfica, desde la desembocadura de los ríos Paraná y Uruguay hasta el Paraguay y una vasta región de Brasil, estaba poblada por el grupo tupí-guaraní (v.), con características de pueblo o nación, organizado sobre la base de la agricultura, caza y pesca. Los guaraníes fueron incorporados al mundo colonizador, sobre todo por acción de misiones (v. MISIONES I, 2) de los jesuitas, que dieron nombre a la provincia (v. MISIONES, ARGENTINA). La lengua guaraní se habla hoy extensamente en toda la Mesopotamia argentina, donde se da el bilingüismo. Parte del vocabulario del habla común, y hasta formas sintácticas, además de la entonación, pasaron a formar parte del español de esa región, así como muchos hispanismos se incorporaron al guaraní, según un documentado estudio de Marcos A. Morínigo. Aún hoy es común la intercalación de palabras y frases guaraníes en canciones populares. Palabras de origen tupí-guaraní son: ananás, jaguar, mandioca, maraca, ombú, tapir, tucán, tapioca, petunia, etc. Zona gauchesca. Otro grupo de tribus indígenas entraron en contacto con el español (sobre todo con el vaquero, después llamado gauderio y gaucho) en la Pampa (v.). Venían del O, acaso de la Araucania chilena, y se llamaron ranqueles, puelches, pehuelches 0, simplemente, indios pampas (v. INDIOS, AMÉRICA). En busca de ganado vacuno y caballar, arrasaban las poblaciones blancas en malones que han inmortalizado los poetas románticos y gauchescos. Gran cantidad de topónimos y nombres de objetos, animales y plantas, pasaron al vocabulario corriente del español pampeano. Incluso se han confeccionado gramáticas y vocabularios pampas para organizar ese repertorio lingüístico, que ha permanecido vivo, especialmente en el habla rural, junto con vulgarismos y arcaísmos dialectales españoles. Así se ha constituido, en el s. XIX, un habla que, fijada en poemas de jerarquía literaria, hoy se conoce con el nombre de gauchesca y cuyas características más generales son: a) usa palabras indígenas, sean o no de las lenguas pampeanas, como calamoco, chiripá, cancha, bagual, malón, mate, cte.; b) como en gran parte de Hispanoamérica y alguna de España, iguala la pronunciación de c y z con s: caza y casa, cocina (con s); lo mismo hace con la 11, que pronuncia como y: cobayo, en vez de caballo; c) a veces reemplaza la f por j: ¡unción, en vez de función; d) omite las consonantes b, c, g, p, ante otra consonante: otener (por obtener), dotor (por doctor), indino (por indigno), ecetuar (por exceptuar); e) el grupo ns pierde la n cuando va seguido de consonante: istinto (por instinto); f) usa formas del español antiguo y del s. XVI, con cambios de vocales no acentuadas: sepoltura (en vez de sepultura), trufe (en vez de traje), siguro (en vez de seguro), mesmo (en vez de mismo), recuerdo (en vez de recuerdo); g) como en Andalucía, desaparece la d intervocálica en sílabas finales como finao (finado), cansao (cansado); h) cuando hay dos vocales fuertes, el gaucho forma diptongo y pone el acento en la más abierta: cáir (caer), máistro (maestro), y así destruye el hiato: óido (oído); i) por último, una de las características más comunes del español argentino es el uso del vos en lugar de tú, con la desinencia verbal del s. xvl: vos tenés, quiero que sepás, no seás sonso (zonzo), ponete el sombrero (por ponte el sombrero). En cuanto al vocabulario arcaizante y formas sintácticas y morfológicas del español pre-clásico y clásico, Eleuterio Tiscornia da ejemplos probatorios en su libro La lengua de Martín Fierro (Buenos Aires 1930).
Zona de predominio quechua. Otro grupo de tribus y lenguas aborígenes fue hallado en el centro y noroeste, desde Córdoba hasta Jujuy, en el límite con Bolivia: comechingones, alentiac, sanavirones, juríes, huarpes, vilelas, lules, calingastas, calchaquíes, diaguitas, atacamos, aymarás (v.), quechuas (v.). De las lenguas que hablaron, si bien hay gramáticas tule-tonocoté, aymarás y cacana (lengua de los diaguitas), la quechua fue la que más influyó en el español. Lengua oficial del Imperio de los Incas (v.), su dominio se extendió desde el Reino de Quito al de Chile y por todo el norte y el este argentino, hasta Santiago del Estero y acaso hasta el sur pampeano. Esta lengua todavía se habla desde el Perú hasta sectores del norte y nordeste argentino y es vehículo de una poesía muy sentimental, mezclada con formas musicales. Ha dejado una abundante toponimia andino-argentina y numeroso vocabulario. Tanto el quechua como posiblemente el aymarás y la lengua cacana han sido determinantes de las varias entonaciones características del habla de dicha región. Algunas palabras de origen quechua son: achira, apunarse, carancho, cancha, colla, cóndor, choclo, chúcaro, palta, pampa, etc.
Sector meridional. En el sur argentino habitaron los patagones (v. PATAGONIA), yaganes y onas, pero salvo algún ejemplo en la toponimia (y acaso en la onomástica) no han dejado huellas en el español.
Zona porteña. Mención especial merece la peculiaridad lingüística en la zona del Río de la Plata, y, más concretamente, la de Buenos Aires, que se ha ido formando con elementos muy diversos debido a la avalancha inmigratoria que penetró desde los comienzos de la segunda mitad del s. xix y que ha dado origen a un habla, mezcla de lo culto popular, argot y jerga, que hoy se denomina porteño. La característica más general de este lenguaje es una mezcla de la lengua general culta española con extranjerismos de toda índole, lunfardo (jerga de la delincuencia porteña), vesre, cocoliche (jerga his'panoitaliana de las clases sociales bajas), idioma del delito y del tango, además de una entonación típica, modismos y usos sintácticos propios del habla. Las peculiaridades más sobresalientes son: a) usos pronominales-verbales como: vos sos; no te hagás el vivo; portate bien, hacémele el favor; b) la c y la z se pronuncian como s; c) la 11 como y, y hasta como ty o tch; Amado Alonso y Alonso Zamora Vicente han estudiado un específico rehilamiento porteño (sh); la s final se pronuncia como j (maj tarde); d) el che (acaso del valenciano che o del guaraní che) es tan común como el voseo y el yeísmo, de suerte que un argentino es identificado fuera de su país con ese che: el che Guevara, p. ej.; e) preferencias de palabras o cambios de significado: garúa se prefiere a llovizna, agarrar a coger, que es mala palabra en Buenos Aires; súbdito, según Arturo Costa Alvarez y Jorge Luis Borges, es palabra denigrativa en Buenos Aires y no en España; el adjetivo ilustre es elogioso en España, mientras que en Buenos Aires suele ser de uso irónico; sobrar, sobrador indica en Buenos Aires un aire de suficiencia o superioridad que no tiene en España; cajeta se refiere al órgano femenino en Buenos Aires, mientras que en México es un dulce de leche; engrupir es preferido a engañar, cachar a burlar, piba o pebeta a muchacha, cte.; f) invención de palabras y significados específicos, procedentes del argot, cocoliche, español macarrónico, vesre, lunfardo, cte.: atorrante, se cree derivada de Torrent, debido a que la casa A. Torrent fabricaba caños para uso de desagües, cloacas, cte., que acumulaba en baldíos de Buenos Aires y los vagos que dormían en esos caños fueron denominados atorrantes; crudo equivale a inexperto por asociación con carne no cocida; amurar, abandonar, por referencia a los muros dé la cárcel del italiano murare, por extensión, abandonar, como en el tango que dice: «percanta que me amuraste / en lo mejor de mi vida»; garaba equivale a baraja, según el procedimiento del vesre (al revés), como en el caso de gotán (tango); canchero (hábil), por asociación del jugador de fútbol que domina la cancha. La palabra cabeza es designada, por analogía de significados, metafóricamente, con las siguientes: fosforera, por el contenido; pensadora, por la función; mate, por la forma; azotea, por la situación. Así aparece en locucíones como las siguientes: se te apagó la fosforera, hocé funcionar la pensadora; tenés pajaritos en la azotea, o, como dice un tango: «vos tenés el mate lleno / de infelices ilusiones».
El lenguaje de los porteños es rico en lo que Amado Alonso, siguiendo a W. von Humboldt (v.) y a Vossler (v.), ha llamado «la forma interior», que corresponde a lo que Husserl (v.) llamaba «la intencionalidad significativa». Esa intencionalidad se expresa por metáforas, como en los casos citados, por antífrasis o préstamos léxicos. En esto último, lo más abundante son las palabras de procedencias de otras lenguas: italianismos: fiaca, caldo, laburo, bachicha, batifondo, berretín, cana, etcétera; portuguesismos: casal, conchabarse, facón, galpón, gavión, matungo, etc.; galicismos: bulín, caché, macró, ragú; anglicismos:. orsai, coctail, okei, etc.
Cuestión de la autonomía idiomática. Todas estas diferencias con el español de España han hecho pensar que la A. estaría en el trance de crear su propio idioma nacional. Así lo sostuvo el francés Lucien Abeille, en El idioma nacional de los argentinos, en 1900. Ese mismo año, Ernesto Quesada, en El problema del idioma nacional, trató de disipar la alarma, que perduró hasta 1941, debido al polémico libro de Américo Castro (v.), La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico (Buenos Aires 1941). En 1928 Jorge Luis Borges había publicado El idioma de los argentinos para indicar las variantes anotadas como parte de la función sociocultural de una lengua. Amado Alonso, en La Argentina y la nivelación del idioma (Buenos Aires 1943), siguiendo a Saussure, sostiene que si el habla actúa en el uso corriente del lenguaje, no modifica sustancialmente el sistema de la lengua. De ahí que un español que va a Buenos Aires se entiende perfectamente con un argentino. No se trata de una diferencia entre lengua culta y lengua vulgar, sino de cierta función social. Un argentino culto se recrea usando voces del sainete, del tango, del lunfardo, etc., pero ésa no es su lengua real, sino la otra: la que está en el sistema de la lengua general. Lo demás es gusto por la singularización, el tipismo, y, sobre todo, juegos de humorismo e ingenio imitativo del suburbio, barrio, la «barra» y camarillas de café. La lengua de Castilla se mantiene en su integridad. Lo que se ha agregado es lo argentino, tan fácil de reconocer como de evitar. V. t.: JERGALES, LENGUAS.
2. Literatura. De las crónicas al s. XIX. La literatura argentina carece de sustrato indígena y empieza con la conquista española. El fraile Luis de Miranda (ca. 1500), que acompañó a Pedro de Mendoza (v.) durante la fundación de Buenos Aires (1536), dejó una especie de Romance (150 octosílabos de pie quebrado) donde narra el asedio de los indios, el hambre y la destrucción de la ciudad y alegoriza la tierra descubierta en una traidora mujer que mata a sus esposos españoles, pero carece de valor literario. En 1540 llegó a las tierras del Plata, Álvar Núñez Cabeza de Vaca (v.) con su secretario Pedro Hernández (ca. 1513), autor éste de unos vívidos Comentarios (1554) que refieren las peripecias del viaje de Álvar Núñez al Paraguay, de 1540 a 1545. Primera fuente española sobre la conquista rioplatense, vale tanto como documento histórico como por sus descripciones y capacidad de observación costumbrista. Ruy Díaz de Guzmán (1558-1629), mestizo paraguayo, terminó en 1612 un manuscrito titulado La Argentina, que se ha conservado en varias copias y que se editó varias veces desde 1835 a 1914. Trata de ser una crónica completa de la conquista de esa región, pero mezcla la historia con la leyenda. Registra el episodio de Lucía Miranda, la cautiva esposa de un capitán español que pasó al teatro de Lavardén, la literatura romántica y se poetiza en el Tabaré de Zorrilla San Martín (v.). De más intención literaria es el poema épico Argentina (1602) de Martín del Barco Centenera (1535-1605), si bien queda rezagado en modelos medievales de intención didáctica, en vez de seguir el camino renacentista abierto por La Araucana de Ercilla (v.). Hay que mencionar también otras crónicas, en prosa sobre todo, del periodo virreinal: el Diario de Schmidel, la Descripción de Lizárraga (1545-1615), la Memoria de Azara (1742-1821), las Historias de Techo, de P. Lozano (1697-1752), de J. Guevara (1719-1806), y el muy pintoresco Lazarillo de ciegos caminantes (1773) de Coltcolorcorvo, aunque el autor que encubre dicho seudónimo nació en el Cuzco (Perú).
La literatura argentina siguió los modelos españoles hasta el romanticismo; pero no hay en ella ningún ejemplo notable de poesía renacentista. Ningún discípulo de Castillejo, Garcilaso, Cetina o fray Luis de León. Ni tampoco de los grandes prosistas peninsulares de su tiempo. Esta pobreza es notoria y lamentable al compararse con las letras de Perú y México. Hasta la época de la independencia sólo se recuerda un poeta barroco del s. XVII, descubierto y editado en el xx: Luis de Tejeda y Guzmán (1604-81), nacido en la Córdoba argentina, vividor a lo renacentista y arrepentido cristiano que terminó en un convento. Dejó un manuscrito titulado Libro de varios tratados y noticias, compuesto de un «romance de su vida» y un conjunto de composiciones religiosas tituladas Coronas líricas. Ricardo Rojas, su descubridor, editó el romance, en 1916, con el título de Peregrino en Babilonia, y la Univ. de Córdoba las Coronas líricas, en 1917. Influido por Góngora (v.) y los místicos (v. ESPIRITUALIDAD, LITERATURA DE II), sus temas y lenguaje literario pertenecen al s. xvil español. Tiene momentos de altura poética en algunos pasajes del Peregrino, en los romances al Niño Jesús y en un soneto a S. Rosa de Lima, que es lo mejor de él. Tejeda fue un hijo de la cultura jesuítica, que desarrolló una extraordinaria labor colonizadora, tanto en el campo doctrinal como en el científico. La Univ. de Córdoba fue centro irradiador de esa cultura, cuya tradición aún hoy se mantiene. Las justas poéticas y los debates teológicos quedaron registrados en voluminosos cartapacios, algunos existentes hoy en la Bibl, de El Escorial (España), donde esperan reveladoras ediciones. Los jesuitas, al ser expulsados por Carlos III, en 1767, diseminaron por Europa su saber, en obras en donde se clasifican las lenguas, plantas, animales, minerales, etc., del Nuevo Mundo.
En 1776 fue creado el Virreinato del Río de la Plata. El segundo virrey fue el mexicano Juan José de Vértiz y Salcedo (v. III), a quien se le aplicó, por su ideología y por su obra, el epíteto de «progresista». Siguiendo el modelo de las grandes cortes de la Nueva España, realizó una importante obra de construcciones materiales y cultural, especialmente literaria, que aseguró con la introducción de la imprenta. En 1783 apoyó la iniciativa de Francisco Velarde de crear la Casa de Comedias, que se llamó Teatro de la Ranchería. A pesar de la oposición del clero, el teatro representó obras de Calderón, Moreto, etc., y el Siripo de Lavardén, primera pieza teatral argentina. Un incendio lo destruyó en 1792.
Tendencias cultista y popular. En 1801, Antonio Cabello y Mesa fundó el «Telégrafo mercantil, rural, político, económico e historiográfico del Río de la Plata» (Buenos Aires), periódico que duró un año, pero que hizo conocer figuras capitales de la historia social, política, científica y literaria del Plata. Entre los literatos, publicaron el fabulista Domingo de Azcuénaga (1758-1821), el poeta José Prego de Oliver y José Manuel de Lavardén (1754-ca. 1810), figura sobresaliente de este periodo, con su Oda al Paraná, su drama Siripo y su celebrada Sátira. Lavardén es un hijo del neoclasicismo a la manera española, pero sin escolasticismo, con mucho de mitología clásica y de «ilustración» (v.) francesa. Esta retórica formal perdura en sus sucesores del periodo de las luchas por la independencia, con relámpagos de liberalismo prerromántico. La poesía del periodo de la independencia, de muy escaso valor, como no sea el del testimonio patriótico, ha sido reunida en dos antologías: la Lira argentina, que recoge la producción desde 1810 hasta 1823, y la Colección de poesías patrióticas, que agregó poemas hasta 1825. Juan Cruz Varela (1794-1839) es el poeta mayor de la época de Rivadavia (v. iii). A sus versos neoclásicos agrega dos tragedias: Dido y Argia, con temas de Virgilio (v.) y del italiano Alfieri (v.).
Más interés que esta literatura culta, académica, urbana, tiene el anuncio de otra, de carácter popular, que se inicia con Juan Baltazar Maziel (1727-88), autor de Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excelentísimo Señor Don Pedro Cevallos, y con el sainete anónimo El amor de la estarciera, compuesto entre 1780 y 1795. Una composición llamada «cielito», al parecer derivada de la copla popular de los payadores (aunque éstos a veces usaban la décima, culta en España, pero popular en América), se utilizó mucho con fines de propaganda patriótica durante las luchas de la independencia y, después, como sátira política en forma de diálogo unipersonal. Hacia 1820 Bartolomé Hidalgo (1788-1823) se hizo muy popular con sus «cielitos patrióticos», y hoy se le considera el iniciador de la poesía gauchesca, una de las aportaciones más importantes de la literatura argentina a la hispánica y universal, según han afirmado Menéndez Pelayo y Miguel de Unamuno; entre sus promotores cabe citar a H. Ascasubi (v.), y a quien se puede considerar iniciador del drama gauchesco: E. Gutiérrez (1853-90). Esa literatura (popular, folklórica, gauchesca, costumbrista) entra ya en el marco general del romanticismo y hay que estudiarla como parte de ese movimiento. Pero antes cabe mencionar como vinculados al proceso intelectual de la época a Mariano Moreno (1778-1811), traductor de 1.-J. Rousseau (v.), a José Antonio Miralla (1789-1825), traductor de Gray, y a Ventura de la Vega (1807-65), el mejor autor teatral argentino del momento, pero formado y radicado en España, caso parecido al de Gertrudis Gómez de Avellaneda (v.). Asimismo hay que destacar la más espléndida herencia que A. como toda Hispanoamérica ha recibido de España: un tesoro de coplas, canciones y refranes que en el s. xx se ha recogido en los cancioneros de Carrizo y otros, y en el romancero de Moya. De modo que si en la línea cultista la A. no dio, durante la dominación española, ningún escritor de la categoría de Sor Juana Inés de la Cruz o J. Ruiz de Alarcón, sí dio vida a una línea popular y tradicional, recogida de la tradición oral, y, por modificación del ámbito social, a la reacción anticultista de la poesía gauchesca. La línea popular quedó sepultada por la cultista durante todo el periodo hispánico y empieza a surgir con la independencia, si bien todavía en este periodo todos los escritores «oficiales» son fatalmente colonos del cultismo academizarte de la Península.
El Romanticismo. Con el romanticismo, la A. empieza a separarse ideológica y literariamente de España. Esteban Echeverría (v.), que había vivido en Francia desde 1825 a 1830, vuelve al Plata con las ideas políticas, sociales, filosóficas y literarias aprendidas en París, sean francesas, alemanas o inglesas. Una dictadura bárbara dominaba el país (v. iii). Algunos argentinos, como D. F. Sarmiento (v.) y J. B. Alberdi (v. ii), la atribuían, con exagerada injusticia, al atraso en que España había mantenido esta parte de sus dominios. Echeverría se propuso cambiar esa situación, adaptando su bagaje adquirido fuera de España a la circunstancia nacional. Su programa fue a la vez teórico y práctico. Después de publicar Elvira o La novia del Plata (1832), cuya importancia sólo consiste en ser la primera obra romántica impresa en A. y en todo el mundo hispánico (Don Álvaro, del Duque de Rivas, es de 1833), y después de Los consuelos (1834), espécimen del más desmayado romanticismo, da a luz sus Rimas (1837), que incluyen el poema de La cautiva, donde realiza prácticamente su ideal de aspiración «a emanciparse, a gozar de la independencia, no sólo política, sino literaria», como dice en el prólogo. Advirtió que los argentinos eran libres políticamente, pero coloniales en cultura. En polémica con Alcalá Galiano (v.), sostuvo: «Nos parece absurdo ser español en literatura y americano en política». Porque la literatura argentina debe «captar la fisonomía del desierto con locuciones nuevas y nombrando las cosas por sus nombres»; debe ser producto de «una inspiración que armonice con la virgen y grandiosa naturaleza americana». Y eso es lo que vertió en La cautiva: desierto, indios, malones, barbarie, quemazón, plantas y animales salvajes, y en medio de tanta adversidad, una pareja de cristianos perseguidos. En 1837, en el «Salón» de Marcos Sastre, expone su programa, que reitera y completa, en 1838, en la «Asociación de Mayo», fundada por 61 para trabajar «por la organización futura del país» [...1 «y el gran pensamiento de la Revolución». Ese pensamiento fue expuesto en El dogma socialista, código ideológico que dio unidad a la llamada generación de 1837 en un cuerpo doctrinario contra Rosas y los federales, y que se asumió como plan de lucha por los unitarios, tempranamente proscritos, y como base de la futura organización política-económicasocial del país. La mazorca, terrible entidad policiaco-criminal de Rosas, le obligó a huir a Montevideo: En El matadero dejó un cuadro vigoroso, irónico y fatalista de la ignominia del dictador.
Consecuencias y valor del romanticismo. El plan de Echeverría fue cumplido varias décadas más tarde por Alberdi (1810-84), Juan María Gutiérrez (v.), Vicente Fidel López (1815-1903) y los presidentes Mitre (v.), Sarmiento (v.), Avellaneda y Roca. El romanticismo de Echeverría se hizo positivo y pragmático por virtud de una verdad intrínseca que respondía a las necesidades de un tiempo y lugar. Fue el gran auscultador de una época en crisis, de profundos cambios en la estructura de un pueblo. Por eso, mientras en otros países sudamericanos (Chile, p. ej.) se tendía a una estabilidad conservadora, en la región del Plata, su signo fue la rebeldía y el cambio totales. El romanticismo argentino, dada la necesidad y veracidad de su razón de ser, dio el más alto tono de la insurrección hispanoamericana del s. xix, afirmó un sentido del americanismo cultural y propugnó una fe, con ambición de propósitos y originalidad de realización, que no logró en otras partes de las colonias emancipadas. Sus figuras representativas son también de las más firmes del pensamiento y las letras de su tiempo en Hispanoamérica: Echeverría, Alberdi, Mitre, Sarmiento, Juan María Gutiérrez, José Mármol (v.), O. V. Andrade (v.), José Hernández (v.), en un gigantesco enfrentamiento de lo culto europeizante con lo popular-nativonacional: Facundo (v. SARMIENTO) frente a Martín Fierro (V. HERNÁNDEZ, TosÉ). En ambas direcciones, el romanticismo argentino dejó de ser mero traslado del europeo, y, en gran parte, resulta ser de significados y fines opuestos. Así, p. ej., en Europa el romanticismo se opuso a una organización estratificada en normas e instituciones coercitivas; en A. fue una búsqueda de esas instituciones y normas; allá se rechazaba la cultura por ser considerada como corruptora de, la naturaleza; aquí se deseaba mejorar la naturaleza por medio de la cultura; allá lo primitivo era una vuelta al paraíso y la salvación; aquí, un encuentro con la barbarie destructora; allá el orden se sustituía por el caos, la razón por el instinto, la ley social por el individualismo anárquico; aquí se buscaba ordenar el caos, someter el instinto a la razón, el individualismo y la anarquía a la ley social. Esa fue la lección del Dogma socialista, las Bases de Alberdi, el Facundo y De la educación popular de Sarmiento, las denuncias y críticas de Amalia (v. MÁRMOL, losÉ) y El matadero (V. ECHEVERRÍA, ESTEBAN), la fundamentación histórica de Mitre y V. F. López, la erudición compiladora y selectiva de Juan María Gutiérrez, las creaciones de símbolos ejemplares de O. V. Andrade y E. del Campo (1834-80), la lucha entre el diablo y la espiritualidad de Rafael Obligado (v.). El mismo José Hernández, que en la primera parte del Martín Fierro presenta un gaucho rebelde, en protesta contra la cultura que lo desplaza, en la segunda, le hace dar la vuelta, al matrero que probó los rigores del desierto y la barbarie indígena, para que le dejen trabajar y poder incorporarse al nuevo orden establecido.
El romanticismo argentino fue un triunfo teórico-práctico, debido al heroísmo de sus gestores, a su adaptación a la circunstancia histórico-geográfica y por la inserción positivista a su esencia ideal y función educadora. En cambio, fue poco menos que un fracaso como creación literaria, salvo en el costumbrismo crítico y sociológico de El matadero y el Martín Fierro. Queda además el Facundo, como ejemplo máximo del conflicto doctrinario en el enfoque civilizador; Amalia, como iniciación de la novela política que tanta resonancia tendrá en el s. xx, con sus registros de denuncias y anatemas, acusación, condena, compromiso y acción liberadora. Nada trasciende del teatro y muy poco de auténtica poesía lírica, salvo algún poema anunciador de «formas puras» de Guido Spano (1827-1918), el Fausto de E. del Campo, o el evocativo y simbólico Santos Vega de Rafael Obligado.
Del naturalismo al modernismo. La novela tratará de abrirse camino con el realismo-naturalismo, pero Cambacérés (1843-88), el autor más representativo, es más afrancesado que convincente, y Ocantos (v.), tan elogiado en España, yace en el olvido. Sólo se salva en su totalidad el vigoroso y matizado relato autobiográfico Una excursión a los indios ranqueles (1879) de Lucio V. Mansilla (1831-1913), acaso parte de La gran aldea (1884) de Lucio V. López (1848-94), la Juvenilia (1884) de Miguel Cané (1851-1905) y La bolsa (1891) de Julián Martel, seudónimo de José Miró (1867-96). Hacia 1880 florece toda una promoción de prosistas afrancesados que persiguen la «escritura artística» y practican el ensayo impresionista que se va a consolidar con el modernismo. Miguel Cané, con Prosa ligera, Charlas literarias y Notas e impresiones da el tono de esta prosa que cuenta entre sus cultivadores a Santiago Estrada (1841-91), Martín García Mérou (1862-1905) y Paul Groussac (1848-1929), entre otros. Superior a ellos es Eduardo Wilde (1844-1913), cuyas Obras completas se han publicado en 19 vol. Su cuento Tini, por sólo dar un ejemplo, es uno de los mejores relatos hispanoamericanos anteriores a Darío. Además, Wilde introduce la ironía y el humorismo con fines estéticos en la prosa artística.
Frente a estos afrancesados se atrincheran tradicionalistas, hispanizantes, americanistas, argentinistas y regionalistas. Se reunían en casa de Rafael Obligado o en «El Ateneo» de Buenos Aires. Calixto Oyuela (1857-1935), llegado de España; Joaquín V. González (1863-1923), autor de Mis montañas (1893); las novelas de Enrique de Vedia; los Cuentos de Fray Mocho, cuyo autor es José S. Alvarez (1858-1903), los Recuerdos de la tierra, Alma nativa, Cepa criolla y Montaraz, obras de Martiniano Leguizamón (1858-1935), cuentan en la reserva contra los afrancesados. Guillermo Enrique Hudson (1841-1922) escribe en inglés páginas admirables sobre la pampa, el gaucho, animales y plantas. Almafuerte, seudónimo de Pedro B. Palacios, se erige en baluarte contra los decadentes. Hacia 1880 los periódicos de Buenos Aires empiezan a ser inundados con parnasianos, impresionistas, simbolistas, decadentistas y lo más reciente de la prosa francesa del momento. Leopoldo Díaz (1862-1947) es uno de los más asiduos traductores del Parnaso. De modo que al llegar Rubén Darío (v.), en 1893, el ambiente estaba bien preparado para la publicación de sus Prosas prolanas (1896), y el modernismo se consagrará en Buenos Aires como la actitud poética de los jóvenes («raros» o no) y como la expresión más acabada del «arte nuevo». El modernismo no nació en A., pero triunfó en Buenos Aires, ciudad-cosmópolis, como la llamó Darío. Rubén dio el espaldarazo a Leopoldo Lugones (v.) y editó una revista con Jaimes Freyre (1870-1933) (V. BOLIVIA V). La A., sin embargo, no dio una pléyade brillante -de poetas modernistas. Sólo Lugones, del que destacan tres de sus libros: La guerra gaucha, por el preciosismo de su prosa excesiva, Los crepúsculos del jardín, al estilo de Albert Samain, y Lunario sentimental, que abre rumbós a la vanguardia de 1920, cuando ya hacía diez años que Lugones prefería ser argentino y nacional. Enrique Larreta (v.) es la otra figura cumbre de la prosa modernista argentina: Artemis y La gloria de don Ramiro son dos novelas de prosa repujada con técnica parnasiana. El modernismo se disuelve hacia 1910 y da origen a diversas tendencias, todas representadas por poetas menores, como Carriego (1884-1913), Banchs (1888), Fernández Moreno (18861950), R. A. Arrieta (1889), A. Capdevila (1889), A. Storni (v.), que pueden ser considerados buenos poetas dentro de un parnaso nacional.
El teatro hasta la actualidad. Mientras tanto, el teatro y la narrativa desbrozan terrenos realistas, costumbristas, socialistas. El teatro había surgido de un circo, en 1884, en un pueblo de provincia, derivado de una novela entre gauchesca y folletinesca: Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez (1851-89). Lo típico en el personaje, el habla, las costumbres, la psicología, los problemas sociales, tanto de la campaña como de la ciudad, se mantendrá durante muchas décadas en el teatro argentino. Se registran infinidad de nombres entre los que cabe seleccionar: Nemesio Trejo, Ezequiel Soria, Martín Coronado (1850-1919), Nicolás Granada (1840-1915), Enrique García Velloso (1881-1928), David Peña, Roberto J. Payró (1867-1928), Carlos M. Pacheco, Gregorio de Laferrére (1867-1913), Julio Sánchez Gardel (1879-1937), Vicente Martínez Cuitiño (1887), César Iglesias Paz (1882-1922), Defilippis Novoa (1891-1930), Alberto Vacarezza (1886) y al dramaturgo y novelista R. Arlt (v.). La figura máxima del uruguayo Florencio Sánchez (v.) abre ibsenianamente el s. xx con M'hijo el dotor (1903), donde el viejo conflicto del gaucho con la sociedad se plantea ahora en términos más generales y fundamentales: la ciudad y su cultura aparecen devorando el espíritu nacional del hijo de la campaña laborada por el inmigrante. El teatro de Sánchez se vuelve existencial, antes del existencialismo, por supuesto. Nadie vio como 61 algunos de los problemas básicos del hombre y la sociedad de un sector (el dominante) de la A. Y habrá que llegar al teatro actual, con C. Gorostiza (1920), Dragún (1929), etc., para encontrar un teatro de tal novedad, penetración y calidad dramática. En cuanto a Alberto Vacarezza, es el pintor del conventillo, el cabaret y los suburbios porteños. Sus «sainetes» tienen un sabor psíquico-social y lingüístico como el de la mejor astracanada de Madrid. Mención especial merecen Samuel Eichelbaum (1894-1967), creador de un teatro del ser argentino, siguiendo rumbos pirandelianos y Conrado Nalé Roxlo (v.), vivificador de un teatro poético y simbólico. Buenos Aires ha sido y es todavía la ciudad de mayor actividad teatral de Hispanoamérica. El mejor teatro europeo, a veces en sus idiomas propios, se mantiene con éxito en escena. Hay una magnífica floración de teatro experimental, actores y actrices de primer rango y directores altamente entrenados en París o Yugoslavia. Figuras como E. Duse (v.), S. Bernhardt (v.), Zacconi, J. L. Barrault, M. Xirgú (v.) y Lola Membrives (v.) han logrado éxitos rotundos y han formado escuela. Pero la A. no ha dado un Shakespeare, un Moliére, un Lope o un Calderón.
La narrativa del s. XX. La novela del s. xx fue realista, costumbrista, social o psicológica hasta aproximadamente 1940. Manuel Gálvez (v.), Roberto J. Payró (18671928), Benito Lynch (1880-1951) y Ricardo Güiraldes (v.) serían los cuatro narradores más profundamente arraigados en el alma nacional, tanto de la campaña como de la ciudad. Pero a Don Segundo Sombra (v. GÜIRALDEs, RicARDo) hay que asignarle, además, una categoría estéticosimbólica que no tienen los otros tres. Después de Don Segundo Sombra no parece que haya posibilidades de que en la novela argentina vuelva a predominar el gaucho, el paisano, el resero, etc., y que la pampa pueda ser realidad «en sí» de motivación artística. La ciudad ha pasado a primer plano, y el hombre y sus conflictos más universales son elementos fundamentales para una novela moderna argentina. Influencias de Joyce (v.), Kafka (v.), Proust (v.), Faulkner (v.), además de Dostoievski (v.) y del nouveau roman (v.) francés se dejan ver desde Mallea (v.) a Cortázar (v.) y desde Sábato (v.) a Manuel Puig. Hay listas inacabables de nombres, tendencias y clasificaciones, como da la exposición detallada de Angela Dellepiane en el n9 66 de la «Rev. Iberoamericana». Lo que importa recalcar es que la novela argentina está a la altura de la mejor del mundo hispánico y que autores como Mallea, Sábato y Cortázar, entre otros, han sido traducidos y elogiados en muchos países. Y lo mismo se puede decir del cuento, con Jorge Luis Borges (v.) a la cabeza, el más universal y nacional de los escritores argentinos. Luis Emilio Soto ha escrito la mejor historia del cuento argentino en Historia de la literatura argentina (Buenos Aires 1959), dirigida por Arrieta. Jorge Luis Borges (v.) es la primera figura del escenario cultural argentino: poeta, cuentista, ensayista, el nombre que más resuena en Europa, Estados Unidos y los países escandinavos, aunque es menos apreciado en Rusia y los países comunistas, por su actitud política conservadora. Compartió con Samuel Beckett (v.) el Prix international des Éditeurs y es, desde hace varios años, candidato al Premio Nobel de literatura. A Borges está ligada la vanguardia argentina, desde Molinari (1898) y Marechal (v.) a Cortázar y Néstor Sánchez; Adolfo Bioy Casares (n. 1914) escribe en colaboración con él. Educado en Suiza, donde vivió el estrépito del dadaísmo (v. BRETON, ANDRÉ), Borges pasó por España durante el desvarío imaginativo del ultraísmo (v.), y aportó esas novedades a Buenos Aires. Se convirtió en maestro de lo nuevo. Los jóvenes vanguardistas se reunieron en torno a revistas efímeras, de las cuales la más duradera y que realmente sirvió de centro a una generación, fue «Martín Fierro». La revista y el grupo «Martín Fierro» se propusieron crear una nueva estética (prefigurada, según Borges, en el Lunario sentimental), sobre la base de la metáfora y las nuevas técnicas en el uso de la imagen libre, propias del ultraísmo y del creacionismo (v.), pero con temática, motivos, lenguaje e intención totalmente argentinos: expresar lo propio (hombre y mundo) en la forma más universal posible. Macedonio Fernández (1875-1952) y Ricardo Güiraldes fueron antecesores muy respetados, pero poco seguidos.
La poesía actual. Tanto Borges como Leopoldo Marechal (v.), F. L. Bernárdez (v.), R. Molinari, Alfonsina Storni (v.), Oliverio Girondo (1891-1967), Norah Lange (1906) y algún otro relacionado con el grupo martinfierrista, siguieron caminos propios y son entidades poéticas de voz diferenciada, individual e instransferible; pero todos denuncian el origen común y el mismo propósito renovador y fundador de una poesía argentina digna de figurar en el más riguroso parnaso hispánico y ser respetada en un plano artístico extra-nacional. Después del grupo «Martín Fierro» vinieron muchas tendencias y poetas, pero ninguna ha superado la etapa martinfierrista. Uno de los intentos más esforzados se debe a la promoción de 1940, pero los dos mejores poetas de ese grupo, Enrique Molina (1910) y Olga Orozco (1920), así como otros dos de los más logrados, Rodolfo Wilcock (1919) y Roberto Paine (1916), fueron apadrinados por el Premio Martín Fierro (v. PREMIOS LITERARIOS III), pagado por Oliverio Girondo, y son, cuando pueden desligarse del surrealismo (v.), buenos realizadores de algún aspecto menos obvio de los martinfierristas. Algo parecido ha estado ocurriendo con los jóvenes de «Poesía Buenos Aires», si bien más ligados a Apollinaire (v.) y la imagen pura de P. Réverdy (v. CREACIONISMO). Se puede concluir, pues, que la A. no tiene hoy un poeta de la talla de Neruda u Octavio Paz, como no tuvo en el pasado un César Vallejo, un T. S. Eliot o un Dylan Thomas. Borges sigue siendo el gran poeta, el gran cuentista y el gran cosmopolita, argentinista y hasta porteñista: encarna la argentinidad en el mundo literario más exigente.
Los ensayos y estudios. En el ensayo, se han dado algunas contribuciones respetables, tanto en lo filosófico universal, como en la interpretación de la realidad nacional. Ejemplos de lo primero son Alejandro Korn (1860-1936), Francisco Romero (1891-1962) y Vicente Fatoner; y de lo segundo, Ezequiel Martínez Estrada (18951964), Carlos Alberto Erro (1903) y Bernardo Canal Feijoo (1897). La crítica literaria se ha movido desde el dogmatismo académico de un Calixto Oyuela, a la investigación erudita de un Juan María Gutiérrez (en pleno romanticismo), un Arturo Marasso (1890) o una María Rosa Lida, (1910-62), o al impresionismo de revistas y periódicos, en artículos y notas, después recogidos en libros. Desde Pedro Goyena (1843-92) y García Mérou o Pablo Groussac (1848-1929), a Roberto Giusti (1887) y los colaboradores de su rev. «Nosotros», o desde el suplemento literario de «La Prensa» o el de «La Nación» a la rev. «Sur», con Victoria Ocampo (1891) y José Bianco (1911) como orientadores. Pero la A. dio también un tipo de crítica más rigurosa y basada en la estilística. La introdujo en Buenos Aires el maestro Amado Alonso (1896-1952) y estableció allí su campo de experimentación y dominio en el Instituto de Filología de la Universidad. Amado Alonso dio la pauta de lo que podía hacerse con un libro sobre el modernismo de Larreta, otro sobre las sonatas de Valle-Inclán y otro, el mejor de todos, sobre Pablo Neruda. Colaboraron con él un humanista de la talla de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), María Rosa Lida, el sabio y finísimo Raimundo Lida (1908), hoy en Harvard, y el amplio y seguro Enrique Anderson Imbert, entre otros. Del mismo Instituto y de otros de la Univ. de Buenos Aires surgieron A. J. Battistessa, D. G. Devoto, R. H. Castagnino, A. M. Barrenechea, E. Carilla, etc. Actualmente se acusa una dispersión tras la diáspora de los miembros del Instituto de Filología. V. t.: CRIOLLOS II.
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