Poeta español, n. probablemente en Alcalá de Henares ca. 1283 y m. a mediados del s.XIV, no mucho después de 1350. Es la figura clave de toda la literatura medieval española y el poeta más moderno de la Europa de su tiempo. Su biografía es su única obra, síntesis armoniosa de los dos mesteres, juglaría y clerecía, que dieron lugar a un libro contradictorio, mezcla de bondad y malicia, y reflejo fiel de una sociedad plurirracial asentada en la cuenca del Tajo.
Vida. Nada sabemos con certeza del A. de H. No son muy de fiar las afirmaciones contenidas en su libro: «Yo Johan Ruyz, el sobredicho Arzipreste de Hita», «Fija, mucho vos saluda uno que es de Alcalá» y «Este es el libro del Argipreste de Hita, el qual conpuso seyendo preso por mandado del Cardenal don Gil, Arzobispo de Toledo»; más parecen interpolaciones de copistas seguidores de una tradición popular que precisiones biográficas. Las características textuales y la situación sospechosa de los dos primeros versos citados y el colofón final de uno de los manuscritos, nos sumen en gran perplejidad. Mientras no poseamos una documentación histórica, todos los datos biográficos, incluyendo su nombre y posición, quedan en el terreno de la hipótesis. Dos ciudades, Alcalá y Guadalajara, se disputan su cuna; la mayoría de los críticos se inclinan por la primera de ellas sin por eso desdeñar la posibilidad de la segunda. Su estancia en Hita es indudable y las referencias constantes a la villa, a sus paisajes, caminos y costumbres, avalan una muy larga convivencia con la población. Pero, ¿qué hacía, de qué vivía el poeta en Hita? Según confesión de su obra era arcipreste. Por desgracia no conservamos ni una sola referencia histórica y la única verdad incuestionable es que por aquellas fechas no hubo en Hita ningún Arcipreste de nombre Juan Ruiz. Desde luego la cultura reflejada en el Libro de buen amor es más propia de un clérigo ajuglarado que de un seglar, y con certeza podemos asegurar su condición de eclesiástico. Clérigo sí, aunque no arcipreste. Para obviar esta aparente contradicción, algunos críticos han sentado la hipótesis, un poco atrevida, de que Juan Ruiz no fue su verdadero nombre, sino que tras él se ocultaba el de alguien plenamente identificado con el vivir de su pueblo y que se escudó tras el anónimo de un nombre vulgar (M. Criado, La Castilla de Juan Ruiz, en Teoría de Castilla la Nueva, Madrid 1960, 157250).
Hay otros puntos que también quedan oscuros y no se ha encontrado para justificarlos ninguna razón de peso. El A. de H. dice haber escrito su obra en la cárcel y en verdad que el pesimismo reflejado en algunas composiciones concuerda con un estado de ánimo contrariado por las adversidades y que trasciende a los primeros poemas del libro. Pero la cárcel de que se nos habla, ¿tiene un valor verdaderamente real?, ¿no podía apuntar a lo significativo alegórico de la palabra? Hay críticos que afirman el carácter simbólico de cárcel referido al alma dominada por las pasiones y el pecado, en cuyo caso la obra tiene un valor autobiográfico fundamental y es documento de primera mano para conocer al auténtico Arcipreste, su vida y la desenfadada alegría de su actividad ante los problemas morales. Otros creen en el carácter real de la palabra y afirman que el A. de H. pasó algunos años en Toledo purgando irregularidades de su estado y que su ingreso en prisión fue motivado por denuncias de compañeros y por el espíritu vengativo de algunos que se sintieron aludidos en las sátiras anticlericales del autor.
Conociendo el carácter entero y las ansias de reforma del estado eclesiástico del entonces arzobispo de Toledo, nada tiene de extraño que semejante castigo fuera verdadero y que, como él mismo dice' la estructura de su obra fuese pensada «yaciendo en escura prisión». También ha planteado problemas el título del libro. En principio fue llamado de los Cantares, otras veces se le denomina simplemente el Libro del Arcipreste, pero dejándonos llevar de sus mismas palabras e interpretando el sentido real y alegórico, terminó por imponerse el de Libro de buen amor, tomado en su contraste con el amor mundano, de loco amor.
El «Libro de buen amor». El complejo y variado mundo poético del Libro de buen amor ha sido desbrozado por M. Menéndez Pelayo, Historia de la poesía castellana en la Edad Media, vol. l. En él se dice que el A. de H. trazó su obra a modo de novela biográfica, recognoscible en diferentes momentos, en la que se intercalaron distintos episodios y elementos demostrativos de la amplia concepción del mundo que tenía el A. de H. Una parte importante del libro está constituida por una serie de fábulas y apólogos de muy distinta índole. Aunque en su origen remonten muchos de ellos a una fuente oriental, el A. de H. no tuvo por qué recurrir a colecciones árabes cuando tantos ejemplos encontraba en su propia literatura, en la francesa o en la latina. Los picarescos y encantadores fabliaux, el Disciplina Clericalis de P. Alonso, el Calila e Dimna y el Fénix de R. Lulio nos bastan para explicar parte de sus apólogos. Hay otros en los que se observa el sello personal del autor o una tal habilidad e intención que pueden muy bien considerarse de su propia cosecha. Por medio de estos apólogos el A.deH. ejemplificaba la vida de una manera instructiva y agradable. Su mano maestra se observa en el humor socarrón y en la soltura con que trata posibles tradiciones folklóricas locales. Es nuestro primer fabulista de la Edad Media y tal vez el más personal de todos. Uno de los momentos más logrados del libro lo constituyen las alusiones ovidianas, los temas amorosos tan puestos de moda por los poetas del roman courtois. Un profundo sentido realista expresado en estos dos versos «E yo como soy home como otro pecador / hobe de las mujeres a las veces grand amor», muestra la fuerza vitalista de dicha poesía, expresada con gran crudeza. Hay estrofas maestras, como la respuesta del Amor al A., llenas de una fuerza tan viril como no encontramos en otros poetas del momento, ni siquiera en los refinados troveros franceses. No tienen parangón los distintos retratos de mujer, desde el tópico femenino hasta la descripción fina y estilizada de doña Endrina, pasando por la visión monstruosa de la serrana de Cornejo y por el sutil amor de la monja Garoza. Como episodios cerrados, tenemos la imitación del Pamphilus, perfectamente realizada en las aventuras de don Melón y doña Endrina, y la revalorización del debate de don Carnal y doña Cuaresma. En estos momentos aparece el poeta culto, el hombre conocedor de una tradición literaria europea y que sabe adaptarla a la contextura vital de su época. Completan este mundo una serie de poemas burlescos y alegóricos llenos de gracia e intención, en los que se observa la sana alegría del A. de H., la viva descripción de un ambiente relajado. En ellos predomina la variedad y en manera tal que el A. de H. no tiene empacho en hablar de las propiedades del dinero, de las mujeres chicas, del amor y de los hombres obsesionados' por él. Es una abigarrada galería de descripciones satíricas, desenfadadas y picantes al estilo de la temática goliarda.
Las posibilidades del libro no se agotan con los temas bultos. Había una cantera digna de explotación, la de la poesía juglaresca, y el A. de H. acude a ella para muy distintas intenciones. Pl mismo nos dice en cierta ocasión que era muy versado en música y es posible que la parte juglaresca tuviera mucho que ver con la lírica ritmada o salmodiada de que gustaban los juglares ambulantes. Pero por otro lado era la demostración palpable de que dominaba a la perfección la técnica de la poesía popular y era «lección e muestra de metrificar e rimar, e de trovar». La temática y métrica son variadísimas. Encontraremos cantigas hirientes, como la dedicada a los clérigos de Talavera; cantares de ciego; cantigas de serrana, llenas de un brutal realismo, pero también, de una encantadora ingenuidad; trovas cazurras salpicadas de vital ironía; sentidas composiciones marianas que son de lo más delicado del autor; dictados a la Pasión y cantigas a la fortuna. Por último, y para responder a su condición de clérigo, para que su obra fuera también ejemplario de buenas virtudes, encontraremos composiciones ascéticas y morales en las que se habla de los pecados capitales, siempre dentro del concepto medieval de un ascetismo trascendente. La presencia de la muerte se puede rastrear en innúmeras composiciones; una muerte a la que se tiene horror, porque nos sume en el más desesperanzador de los estados. Presidiendo todo este alucinante mundo, la figura señera del A. de H. se yergue a cada momento; Una y otra vez aparece el hombre de carne y hueso, cuerpo y alma, llenando de vida páginas inolvidables junto a él, sus criaturas, la vieja tercerona inmortalizada en la Trotaconventos, la pasión hecha mujer en doña Endrina, el hombre atraído por los encantos femeninos en don Melón, el mundo relajado de los conventos en doña Garoza, y, por encima de todos, la simpática humanidad del A. de H., severo y juguetón, juez y acusado en el drama eterno de la vida.
El «Libro de buen amor», retrato de una sociedad. El Libro de buen amor es una síntesis de dos grandes corrientes, ideológica y práctica, que se entrecruzan en el hombre medieval. Creado en una época de crisis de conciencia, refleja el estado de ánimo de una sociedad herida de muerte y el nacimiento de otra sociedad burguesa, más alegre y, si vale la expresión, más humana. El Libro es vitalista; la alegría de vivir se remansa en los episodios alegóricos, en la picaresca de las fábulas, en el desenfado de las serranas y en las cantigas llenas de jovialidad. Al margen de las fuentes literarias, lo que de verdad nos interesa es el espíritu que anima al A. de H. Para esta sociedad multirracial, dinámica y joven, escribe un mundo poético lleno de vida, con ciertos resabios juglarescos, mucho humor y siempre variado. Que responda a la mentalidad o no de un clérigo goliardo, es lo de menos. El interés se centra en los tipos, sus costumbres y su manera de actuar. En un segundo plano debe quedar la forma, culta o popular, la lengua y las fuentes. Todo esto es la parte muerta del libro y con ello no queremos negar la calidad poética de la obra, los aciertos en fundir la métrica de la clerecía con la variedad de la de los juglares, el reflejo de incontables lecturas y la adecuación de elementos populares.
El Libro de buen amor sigue vivo y lo está por ser reflejo fiel de una época de contraste y forjadora de una nueva mentalidad vivencias. A esa sociedad que nace se opone la generación anterior, lo románico a lo gótico, y el A. de H. la ha evocado con poderosa intuición en muy diversos momentos. Allí está no sólo la alegría de vivir, el loco amor, sino el sentido trascendente de la vida, el otro yo religioso y ascético que fue fundamental para las generaciones pasadas y que desgraciadamente iba siendo olvidado por la invasión de nuevas formas. Las abundantes digresiones morales, las fábulas pedagógicas, las sencillas canciones a la Virgen, las disquisiciones filosóficas, miran más al s. XIII que al XIV; Recuerdan la sencillez encantadora de Berceo, la literatura ascética de la época de Fernando 111 y tal vez la condición de clérigo que en algunas ocasiones debía reflejarse abiertamente. Es un gran acierto la perfecta dosificación del ascetismo y del vitalismo. El A.deH. sabe entreverar los temas para romper con la monotonía de la literatura versificada anterior; a veces nos sorprende la brusca transición, pero debemos considerarla como un rasgo de maestría y acierto técnico, como un ahondar en los contrastes que debían dejar perplejos y maravillados a los auditores de antaño como a los lectores de ahora. La variedad no para sólo en los temas, sino que alcanza a la misma forma del libro. El A. de H. rompe con los moldes de la cuaderna vía: para ella reserva los temas nobles, las grandes construcciones cerradas; sin embargo, para su mundo juglaresco recurre a la métrica castellana popular, lírica y narrativa, mucho más dúctil y apta, más sencilla y vivaz. Emplea desde versos tetrasílabos hasta octosílabos combinados de mil maneras distintas, formando tal cantidad de estrofas que escapan a cualquier intento de nominación. Aunque nacido para una sociedad muy caracterizada e inmerso en ella, la grandeza de alma de su autor le dio un poderoso aliento vital; conocedor de las miserias humanas, en él está el hombre en su eterna dimensión de cuerpo y alma, y por eso, nada más que por eso, el libro salva las barreras de su tiempo para hacerse intemporal. De ayer y de siempre, será documento fehaciente de un portentoso poeta y de un agudo psicólogo.
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