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Viernes, 3 de Septiembre de 2010
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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Prehistoria
Categoria:
Historia
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    1. Introducción. Esta palabra empezó a usarse en el s. XIX. En términos generales sirve para designar la época anterior a la historia escrita. Pero como esta historia escrita no comienza en todos los países al mismo tiempo, resulta que la palabra P. puede prestarse a confusiones y se debe concretar la época de la historia humana que se determina en este vocablo, según los distintos países. En España suele emplearse el término P. como la etapa anterior a la historia escrita y se suele usar, por influjo extranjero, la voz Protohistoria para la última parte del periodo prehistórico, época en la que ya hay algunos textos escritos referentes a España. Existe gran disparidad de términos para designar los tiempos prehistóricos en los distintos países, lo que produce cierta confusión, por lo cual se ha procurado buscar otros vocablos que tengan validez y aceptación general. Esto sólo lo han logrado con cierta fortuna los etnólogos. Éstos han partido de un punto de vista cultural y han prescindido de la palabra P. para designar el desarrollo histórico de las culturas sin historia escrita, es decir, que no han poseído ninguna especie de escritura, elemento siempre muy tardío en el desarrollo cultural de los pueblos. Así Taylor estableció tres edades: salvajismo, barbarie y civilización. Morgan quiso dividir en siete periodos o grados culturales la historia de la Humanidad. En estas dos divisiones y en otras semejantes, la historia escrita sólo representa una etapa final en el largo devenir de la vida humana, si aspiramos a dar una visión global de nuestro pasado.
      En realidad, ocurre con la P. como parte de la Historia Universal igual que con las discutidas Edades de la historia escrita. Las divisiones tradicionales de Edad Antigua, Media, Moderna y Contemporánea se seguirán usando como la voz P. hasta que universalmente se sustituyan por términos que reflejen conceptos más científicos y didácticos para exponer el largo pasado del hombre. Concretamente dentro de la P. se sigue utilizando la simple y clara división de Paleolítico (v.) o edad de la piedra tallada, Neolítico (v.) o de la piedra pulimentada, y Edad de los Metales (v.): cobre, bronce y hierro. Hoy se van sustituyendo estas tres divisiones de la larga etapa que la P. representa por los tres periodos culturales básicos siguientes: Paleolítico, con su economía basada en la caza y la recolección; Neolítico, caracterizado por la producción artificial de los alimentos por el hombre, a base de la agricultura y del pastoreo; y Edad de los Metales, cuando las sociedades más o menos organizadas nos ofrecen las divisiones de la colectividad humana en clases, una mayor especialización del trabajo en la comunidad social y el urbanismo como forma de vida. No debe extrañarnos esta inseguridad en los conceptos y divisiones de la P., pues no hace apenas un siglo que ésta existe como parte esencial de la Historia Universal. Sólo muy tarde y poco a poco, gracias a los prehistoriadores, se ha ido ahondando en el esclarecimiento de los tres problemas básicos de la P.: el del origen del hombre, el de la antigüedad de éste sobre la Tierra y principalmente el problema de la formación de la cultura humana, y el análisis de los periodos y factores del desarrollo de esta cultura hasta alcanzar sus etapas superiores.
      2. Historia. Hasta avanzada la segunda mitad del s. XIX sólo se pueden señalar ciertos eruditos y algunos pensadores a los que sugestionó el comienzo de la historia del hombre. Así Tucídides (v.), p. ej., llegó a observar algún hallazgo arqueológico y fenómenos de tipo étnico recogidos en los lugares por los que iba viajando, o que conoció por las tradiciones orales que a él llegaban. Lucrecio (v.), en su obra De rerum natura, dice que hubo un tiempo en que los hombres sólo tenían instrumentos de piedra y madera. Añade que a esta época siguieron la Edad de Bronce y la de Hierro. También otros escritores latinos, como Ennio (v.), Tito Livio (v.) y Ovidio (v.), hablan del uso de los instrumentos de piedra en las épocas más lejanas de la historia. Ciertamente, en todos ellos la idea de un evolucionismo cultural era conocida por las teorías de Anaximandro (v.) y Demócrito (v.).
      Pero en la Edad Media parece que se pierden estos conceptos de edades pretéritas. Sólo el español marqués de Villena (1384-1483) en su Arte Cisoria, al analizar los instrumentos de que el hombre se ha servido a través de la Historia para cortar, hace referencia a los tiempos en los que, por desconocimiento de los metales, los hombres fabricaron con piedra cuchillos y otros útiles. El marqués de Villena es el predecesor de otro erudito renacentista, Mercati (1593), el cual reconoció que las hachas pulimentadas eran fabricación humana, puesto que se parecían a las elaboradas por ciertos salvajes que entonces eran estudiados por primera vez en sus formas de vida primitiva. Dichas hachas eran llamadas por sus contemporáneos «piedras de rayo». Pero la obra de Mercati, Metallotheca Vaticana, no se publicó hasta 1717. Algo anterior a Mercati (1534) es Pedro Antonio Beuter. Éste nos cuenta cómo en un lugar de Aragón, en Sariñena, cavando bajo tierra, se han encontrado «gran multitud de huesos grandes y de armas hechas de pedernal... y muchas calaveras atravesadas de aquellas piedras como hierros de lanzas y saetas», lo cual es para Beuter muy significativo y prueba de que aquellos instrumentos habían sido usados por el hombre. Paralelamente a estos precursores, desde la época renacentista, al irse conociendo mejor los pueblos primitivos, algunos estudiosos reciben directas sugerencias de la cultura de aquellas gentes que les hace comprender mejor el remoto pasado del hombre. En esta dirección, además del citado Mercati, tenemos la obra de Antoine de Jussieu el cual, en 1723, escribe De I'origine et I'usage des pierres de foudre. En esta obra admite que existió una Edad de Piedra. La justifica sobre todo con los hallazgos de los exploradores de tierras lejanas habitadas por pueblos primitivos. Anterior a A. de Jussieu son: Boetius dé Boot, el cual ya en 1636 había dicho que las llamadas «piedras de rayo» debían de ser el antecedente de las armas que luego se construyeron de metal, y Helwing, quien, en 1717, también rechazó que las piedras de rayo o «ceraunias», como solían denominarse, fueran hechas por la Naturaleza.
      En España son precursores de la P., además de los ya citados, Joaquín Martín Mendoza (1776), historiador militar que, por haber leído las crónicas de los misioneros españoles o por conocer la obra de Jussieu, escribe que los antiguos hombres, antes de saber fundir el metal, debían servirse de otras armas, hachas de pedernal o hueso, ensartadas en mangos de madera, como entonces hacían los indios americanos. También López de Ayala (v.), en su Historia de Gibraltar publicada en 1782, habla de unas cuevas allí aparecidas, que tenían huesos humanos mezclados con piedras labradas. Ya a finales del s. XVIII, se empezó a relacionar estas primitivas industrias líticas humanas con los restos de animales desaparecidos que las acompañaban, y así se fueron organizando ciertos conocimientos sobre una posible gran antigüedad del hombre, aunque no se llegaría a fijar hasta mucho más tarde, y poco a poco, una cronología. Fue el inglés Conyers el primero que en 1700 asocia un hacha de sílex aparecida junto a restos de un elefante en unas graveras del Támesis y observa además que el curso del río había cambiado con el correr de los siglos. Se llegó a pensar, para interpretar aquella observación, que tal vez se tratara de restos de los elefantes traídos por César a la conquista de Britania, y el hacha de piedra sería de un bretón.
      Aún entonces faltaba experiencia suficiente para sacar de estos hallazgos todo el provecho posible. Pero de esta y otras observaciones hechas por eruditos y científicos del s. XVIII nace primero la Arqueología (v.) comparada, como consecuencia del análisis de las culturas de los pueblos primitivos actuales y sus semejanzas con los restos de las culturas prehistóricas que se hallaban entre nosotros, y por otra parte la observación de la estratigrafía de los hallazgos, que permitió a Thomsen, en 1836, a base de las observaciones reunidas en los países escandinavos y otros lugares de Europa, dividir la P. en Edad de la Piedra, Edad del Bronce y Edad del Hierro. Su segura aparición estratífica permitió ordenar los materiales arqueológicos con un sentido histórico y cronológico, mas no se podía defender aún la enorme antigüedad del hombre sobre la Tierra y el larguísimo periodo de tiempo representado por los vestigios que su actividad industriosa nos legó.
      Esta revolucionaria visión del pasado del hombre fue la obra de Boucher de Perthes, que, a partir de 1837, fue observando cómo en las terrazas fluviales del río Somme, cerca de Abbeville, había restos de utillaje lítico humano junto a huesos fósiles de animales extinguidos como los elefantes, rinocerontes e hipopótamos, los cuales habitaban la región junto con el hombre en épocas muy remotas. Con sus observaciones y descubrimientos difundió la sorprendente novedad de sus ideas, frente a una incomprensión general. Pero Boucher de Perthes era un espíritu típico del hombre formado en los ideales de la Ilustración y luchó por sus ideas con ardor. En 1847 publicó su obra Antiquités celtiques et antédiluviennes, y poco a poco fue ganando adeptos para la enorme novedad que representaban sus puntos de vista, que venían a alargar grandemente la antigüedad del hombre sobre la Tierra. En 1859, un geólogo inglés, Falconer, que hallaba sílex tallados con fauna extinguida en una gruta inglesa, se decidió a aceptar los descubrimientos de Boucher de Perthes, renovando las observaciones dadas a conocer siglo y medio antes por Conyers. Tras éste, otros arqueólogos y geólogos franceses y sobre todo ingleses aceptaron la veracidad de las observaciones descritas por Boucher de Perthes, aunque la ciencia oficial francesa tardó en aceptarlas varios años.
      Pronto la novedad del tema hizo que los hallazgos se sucedieran por varios países, y la remota antigüedad del hombre fue quedando cada vez más patente. Fueron los científicos naturalistas quienes la aceptaron pronto y sin dificultades mayores, pero no lo hicieron así los historiadores decimonónicos.
      Los nombres de Charles Lyell, que consagró con su libro L'antiquité de 1'homme prouvée par la géologie, París 1859, la veracidad de los hallazgos de Boucher de Perthes; de A. John Evans (v.) y su obra Les Áges de la Pierre. Instruments, Armes et Ornaments de la Gran Bretagne, publicada en la revista de Londres «Archaelogia» de 1860 a 1862 primero en inglés y luego en francés en París en 1878; y sobre todo el libro de John Lubbock L'homme avant l'Histoire, París 1864, consagraron el camino abierto por la P. para la nueva visión del origen del hombre y de su cultura. Ciertamente, muchos prejuicios obstaculizaban la comprensión de los hechos ya evidentes, pues un amplio sector de la opinión pública dudaba de tan revolucionaria y nueva visión de la Historia ante la actitud de algunos pioneros de la P. que mezclaban sus hallazgos científicos con las disputas religiosas o políticas de su tiempo. Gabriel de Mortillet es un representante de estas disputas, así como Emile Cartailhac, ambos defensores de una posición mental típicamente antirreligiosa, que poco a poco se superará en los estudios prehistóricos.
      Hasta la Exposición Universal de París de 1867, organizada precisamente por G. de Mortillet, no se puede decir que haya nacido la P. y se haya reconocido la veracidad e importancia de los hallazgos prehistóricos y cuanto aportaban para la comprensión de la Historia universal. Hoy resulta ya evidente a todos que la P. es la primera parte de la Historia y sólo se diferencia de ésta en la diversidad de las fuentes que utiliza.
      Los nombres de E. Lartet, Quatrefages, Adrian de Mortillet, Zimmerman, Wirchow, H. Breuil y M. Hoernes entre los extranjeros, y a su lado los españoles J. Vilanova y Piera, M. de Sautuola, M. de Góngora tienen el honor de ser los iniciadores de esa hermosa tarea científica, representada por nuestros conocimientos bien logrados del más lejano y por ello más oscuro pasado del hombre y de su cultura.
      3. Ciencias auxiliares y metodología. El prehistoriador, para reconstruir el largo pasado que el hombre vivió antes de la escritura, ha de servirse de los datos que le ofrecen las ciencias físico-naturales, la Filología y las fuentes arqueológicas, y sólo debe complementarlos, en algunos casos, con textos escritos antiguos, cuando éstos existen en ciertas etapas de transición a la Historia escrita. El método geológico o estratigráfico, p. ej., es el que básicamente utiliza el prehistoriador, en primer lugar para fijar el valor histórico y la situación cronológica de los objetos. Este método surge de aplicar la evidencia indiscutible de que las manifestaciones culturales que aparecen enterradas en un estrato o capa inferior de la Tierra son más antiguas que las que nos ofrecen las capas superiores. Con él la P. ha podido datar siempre con más seguridad los fenómenos culturales prehistóricos que aquellos estudiados por la Etnología en los pueblos primitivos actuales. Sin embargo, los métodos y resultados de esta ciencia son también de utilidad al prehistoriador, aunque sean menos infalibles. Otro método usado por la P. es el arqueológico o tipológico, derivado del análisis de la evolución de las formas de los objetos y aun diríamos de los fenómenos culturales que éstos nos denuncian. Finalmente, la Geografía y otras diversas ciencias físico-naturales, sobre todo la Estadística, prestan sus métodos de trabajo a la P., la cual reconstruye el pasado más remoto del hombre en contacto con todas las ciencias de las que recibe cada vez más valiosas aportaciones, no sólo para autentificar y clasificar cuanto enseñan los objetos y vestigios del hombre llegados hasta nosotros, sino también para deducir su cronología, en parte obtenida de la aplicación apropiada de los métodos citados y en parte de los descubrimientos de la Física a través de los análisis del Carbono 14, del flúor, del potasio-argón, etc.
      Así enriquecida más y más en sus fuentes y con más seguros métodos, la P., a pesar de haber nacido sólo hace un siglo, puede ofrecernos hoy, en todas las áreas geográficas donde los prehistoriadores desarrollan una labor adecuada, un cuadro del pasado histórico del hombre, aunque no poseamos documentos escritos ni referencias orales sobre las mismas. Las grandes líneas del desarrollo de la Historia Universal sólo han podido conocerse tras los avances de la P., pues ciertamente han resultado de tan larga duración y de tanta novedad que únicamente en nuestros días estamos en posesión de una visión auténtica del largo pasado de la Humanidad. Hoy se ha ensanchado el campo de actividad del historiador, tanto en el espacio, al ampliarse la historia con las aportaciones de la Etnología, que ofrece su extensa labor sobre los pueblos y culturas que viven sin historia escrita por todo el orbe, como en el tiempo, gracias a los datos que nos ofrece la P. sobre el conocimiento de aquellos largos ciclos históricos en los que el hombre se fue forjando su presente y creando su actual cultura y su misma existencia física y moral.
      Es importante señalar cómo los estudios dedicados a la P. hicieron pronto ver que los pueblos de las actuales nacionalidades en otros tiempos habían vivido en comunidades más amplias. Su historia completa en el tiempo probaba, al abarcar sus etapas prehistóricas, que la nación es una fórmula moderna, que los pueblos habían tenido otras patrias en fecha anterior y se habían formado fuera de sus actuales fronteras, hermanadas con otros pueblos de los que luego los sentimientos nacionales les habían hecho irreductibles enemigos. Los francos creadores de la historia más moderna de Francia son germanos que se ven unidos más allá del Rin a los demás germanos alemanes antes del s. V. Los germanos en general convivieron con los celtas, que ocuparon hasta época cercana a la Historia todo el Oeste y Sur de la actual Alemania, además de Francia y parte de Inglaterra, así como gran parte del vallo del Po y del Danubio, incluida Bohemia. Así la P. de Francia no se puede separar de la de Alemania, del mismo modo que, por otro lado, el suelo de Francia queda unido a la P. de la península Ibérica. Ante los avances de la P. se vieron muy diferentes la formación étnica de los pueblos históricos, sus relaciones culturales y sobre todo se ensanchó el panorama histórico, empequeñeciendo el valor científico de las historias nacionales de tipo renacentista.
      Otra consecuencia evidente de la P. fue hacer patente, frente al orgullo de los pueblos de Europa, aun de aquellos de aquí o de allá que se creían de raza superior, la verdad histórica evidente de que a no muy lejana distancia histórica estaban sometidos a instituciones que se habían marcado por los historiadores y etnólogos evolucionistas decimonónicos como propias de pueblos primitivos y salvajes. La antropofagia, el matriarcado y otras pruebas de estadios culturales inferiores se hicieron patentes en nuestra historia. Esto dio al hombre europeo, por una parte, humildad sobre su origen y, en segundo lugar, comprensión y tolerancia para con los pueblos que encontraba en otras áreas del globo, probándole su reciente y corta superioridad. Al mismo tiempo, se produjo un desprecio hacia lo europeo en aquellos pueblos indígenas sometidos al poderío de españoles, ingleses, franceses y otras naciones europeas, pues muchos de ellos podían ofrecer una muy larga historia, a veces superior a la de algunos pueblos europeos, como los egipcios, indios, chinos, peruanos y mexicanos. Así, p. ej., la P. mexicana ha llegado a montar un movimiento histórico-político que execra a Hernán Cortés y a los españoles, para enaltecer a los aztecas, que aún realizaban sacrificios humanos en el s. XVI, cuando nuestros conquistadores y misioneros llevaron los cimientos de su actual cultura a este gran país.
      A través de la larga historia humana, con la incorporación de la P. se ha transformado incluso el concepto de pueblo y de raza, pues al construirse un cuadro amplio y real sobre el origen de las razas humanas actuales, vistas a través de los restos antropológicos que han aportado los estudios prehistóricos, claramente se ha visto cuán poco permanente es el concepto físico de raza, pues el tipo humano cambia por el medio físico dentro del ambiente económico-social en el que se desarrolla. Así ha surgido la Antropología biodinámica, que ha mermado toda autoridad a los valores raciales permanentes.
      Resulta hoy evidente el hecho de que los estudios prehistóricos y etnológicos han influido y transformado grandemente la concepción de la Historia al abarcar todos los espacios y todos los tiempos en que aparece el hombre. Han obligado a dar a la historia nacional una mesura verdadera; han señalado las constantes históricas que sigue la historia de los pueblos; han establecido la patente unidad del hombre; la permanente influencia de la Geografía, del ambiente físico y social, la importancia de las constantes económicas en la Historia, etc. Ha podido construirse y se está haciendo una reconstrucción más clara del pasado que aquella que nos ofrecían las edades clásicas en que se dividía el corto pasado conocido del hombre hasta no hace muchos años, el cual era expuesto sólo en torno a individualidades heroicas, a batallas, a dinastías reinantes, etc.
      Los avances de la P. han influido también grandemente en los métodos y valoración modernos de la Historia, precisamente cuando la visión del pasado ha venido a cobrar un gran valor y se ha convertido en un factor de primer orden en la sustentación espiritual de muchos hombres. Basta observar cómo hoy una gran parte de la Humanidad se sustenta espiritualmente en el materialismo histórico, simple concepción de la historia.
      4. Centros de enseñanza e investigación de la Prehistoria. Por todo lo dicho se comprenderá que hoy todos los países hayan organizado el estudio de los documentos que se refieren al pasado prehistórico de la Humanidad. Cátedras de P. se han creado en todas las universidades, unas en la Facultad de Ciencias como parte de los estudios geológicos y paleontológicos y, en otros casos, con mejor criterio en nuestra opinión, en las Facultades de Filosofía y Letras, dado el carácter histórico de estos saberes. España concretamente tiene cátedras de P. en todas las Facultades donde se estudia la Sección de Historia y consagran a su vez sus actividades al estudio de las ciencias prehistóricas el Inst. Español de P. del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con centro en Madrid, que dirige el prof. Martín Almagro, catedrático de la Univ. Complutense, y un departamento en Barcelona que dirige el prof. Luis Pericot García; el Inst. de Arqueología y P. de la Diputación Provincial de Barcelona; el Servicio de Investigaciones Prehistóricas de la Diputación de Valencia y el Museo Prehistórico y Seminario «Marcelino de Sautuola» de la Diputación de Santander. Merecen ser citados: Hugo Obermaier, el primer catedrático de P. de la universidad española; E. Hernández Pacheco, P. Bosch Gimpera; etc.
M. ALMAGRO BASCH.
    BIBL.: M. ALMAGRO, Prehistoria, en Historia Universal de Espasa-Calpe, I, 2 ed. Madrid 1969; íD, Introducción al estudio de la Prehistoria y Arqueología de campo, 3 ed. Madrid 1967; H. MÜLLER-KARPE, Handbuch der Vorgeschichte, Munich 1966; 1. G. D. CLARK, World Prehistory. An outline, Cambridge 1961; A. LEROIGOURHAN y OTROS, La Préhistoire, París 1966; H. ALIMEN, Atlas de Préhistoire, París 1965; 1. HAWKES, Prehistoria, en Historia de la Humanidad, I, Buenos Aires 1963; D. DE SONNEVILLE-BORDES, La Préhistoire moderne, París 1968.
     

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