Antiguo reino de Italia, se extendía por el Sur de la Península y comprendió también en los últimos tiempos Sicilia (v.). Sede en la Antigüedad de florecientes colonias griegas, el territorio del futuro reino de N. pasó luego al dominio romano (v. CAMPANIA II) y, a la caída del Imperio, al de los hérulos y, más tarde, al de los ostrogodos (v.). Durante la época de las invasiones lombardas, se formaron los ducados lombardos de Capua, Benevento y Salerno, en tanto que N. conservó su independencia. El territorio napolitano fue conquistado por los normandos en el s. XI, y Roger II obtuvo del Papa la investidura de rey de N. y Sicilia. Tras el matrimonio de la última heredera de los reyes normandos, Constanza de Altavilla, con el heredero de los Emperadores de la corona de Suabia, Enrique VI de Alemania (v.), el reino de N. quedó bajo control imperial. El emperador Federico II de Alemania (v.) eligió como centro político de su dominio Sicilia, dando origen con ello a una rivalidad entre Palermo (v.) y N. que duraría siglos.
Dominio angevino. A la muerte de Federico II de Alemania (1250), el Papado trató de recobrar el control del Mediodía, pero se le opuso Manfredo, hijo natural de Federico II, el cual reorganizó en torno a su persona el partido gibelino (v. GÜELFOS Y GIBELINOS). Inocencio IV (v.) ofreció entonces la corona del reino del Sur a Carlos I de Anjou, mientras Manfredo se aliaba con Jaime I de Aragón (v.). Llegado a Italia Carlos I de Anjou (v.) se enfrentó a Manfredo, que fue derrotado en Benevento (1266); dos años después, también Conradino, último heredero de los Suabos, era asesinado en N. De esta manera, toda la Italia meridional caía en manos de Carlos de Anjou. La revuelta antifrancesa de las Vísperas Sicilianas (v.; 1282) con el paso de Sicilia a Pedro III de Aragón (v.) determinó la separación de la isla del reino de N. El duelo angevino-aragonés derivado de estos acontecimientos se concluyó con la paz de Caltabellotta (1302), según la cual Sicilia sería desgajada del reino de N. hasta la muerte de Federico II de Sicilia para luego reintegrarse, cosa que no sucedió.
Con Roberto de Anjou (1309-43), el reino de N. ejerció una auténtica hegemonía sobre el resto de Italia, interviniendo, con el apoyo del Papa y de los banqueros florentinos, en el Norte y centro de Italia, contra los Visconti (v.) y los gibelinos (v. ITALIA IV, 5-6). N. conoció bajo Roberto de Anjou momentos de esplendor, y fue sede de ilustres artistas como Simone Martini, Giotto, Petrarca y Boccaccio. Pero a su muerte, el reino de N. cayó en una profunda crisis, cuyas causas fueron, además del endémico espíritu de independencia de los barones locales, el establecimiento, llevado a cabo por los angevinos, de una rapaz aristocracia feudal francesa, cuyos sistemas político-económicos esterilizaron la economía de los campos y poblaciones menores, y permitieron a los banqueros florentinos la explotación de sus rentas. A estose agregó la competencia de la flota aragonesa y la sustitución de amalfitanos y apulienses en los mercados de Levante por venecianos y genoveses, que colocaron al reino de N. en una situación de inferioridad respecto a la parte central y septentrional de la Península.
La crisis se agravó por el desacuerdo entre las varias ramas de la Casa de Anjou en problemas sucesorios. Habiendo muerto antes que su padre el único heredero al trono, Carlos, duque de Calabria, la corona pasó a la hija de éste, Juana I (1343-82), la cual, para acallar las pretensiones al reino de N. de Luis I de Hungría, fue entregada en matrimonio al hermano de éste, Andrés. La muerte violenta de Andrés, no sin la complicidad de Juana, provocó la invasión del reino de N. por Luis I, que durante cuatro años lo devastó con saqueos y muertes. En 1348, la peste y el favor del Pontífice permitieron a Juana retornar a N. Pero ella llenó la corte de escándalos, y se casó tres veces. Sin embargo, no tuvo hijos, y adoptó como sucesor, primero, a Carlos III de Durazzo, y luego a Luis de Anjou, hermano del rey de Francia. Esto desencadenó una violenta guerra entre los dos pretendientes, a cuyas espaldas estaban Hungría y el Papa por el de Durazzo, y Francia y el antipapa Clemente VII en favor del angevino. En 1381, entraba Carlos III en N. haciendo matar a Juana y apoderándose del reino. Tras ausentarse para recibir la corona de Hungría y caer allí asesinado, le sucedió su hijo Ladislao, a quien se opuso Luis II; el reino de N. se escindió en angevinos (N.) y partidarios de Durazzo (Gaeta), aunque al final logró salir victorioso Ladislao (1384-1414). A la muerte de éste le sucedió su hermana, Juana II (1414-35), frívola y desenvuelta, que repitió el sistema de la doble y encontrada adopción, primero de Alfonso de Aragón y después de Luis III de Anjou; ello originó una guerra entre los dos interesados, que terminó con la victoria del aragonés (1441).
Dominio aragonés y virreinato español. Bajo Alfonso el Magnánimo (1442-58), el reino de N. conoció un florecimiento de vida intelectual y artística, contemporáneo de la fase culminante del gran movimiento renacentista (V. ALFONSO V DE ARAGÓN). A pesar de todo, Alfonso, que se rodeó de altos funcionarios catalanes, no resultó grato a los napolitanos; a su muerte, muchos barones del reino apoyaron la intentona de Juan de Anjou para usurpar el trono de N. al sucesor Fernando I (llamado Ferrante). La intentona falló; pero se repitió con la llamada «conjura de los barones» (1484-86) contra el príncipe heredero Alfonso, apoyada por el papa Inocencio VIII y Venecia. Sin embargo, la triple coalición Milán-Florencia-N. bloqueó el conato insurgente y condujo a la paz de Roma de 1486, que reafirmaba la sumisión feudal del reino de N. al Papado, pero también la sumisión de los barones al rey.
A pesar de esto, el reino de N. continuaba siendo un factor constante de inestabilidad para el frágil equilibrio italiano; a la muerte de Ferrante (1494), se volvió a la lucha por la sucesión. El barón napolitano A. Sanseverino, que se había refugiado en Francia tras la conjura de los barones, incitó a Carlos VIII de Francia (v.) a entrar en Italia con el fin de reconquistar el reino de N. para los Anjou. Sin encontrar resistencia, Carlos VIII llegó a N., obligando a Fernando II a abandonar el trono (1495). Pero una coalición antifrancesa hizo fracasar los proyectos del galo, y Fernando II volvió al trono del reino de N., aunque bajo la tutela directa de las armas españolas guiadas por el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba (v.). En 1496, subió al trono de N. Fadrique 1 de Aragón, pero ya el reino no era más que un peón en la gran confrontación franco-española. Esta concluyó por los tratados de Lyon (1504) y Blois (1505), a partir de los cuales el reino de N. se convirtió en un virreinato de la corona de España (V. LUIS XII DE FRANCIA; FERNANDO II DE ARAGÓN).
El feudalismo napolitano sufre así una derrota en el terreno político frente al poder militar, fiscal y administrativo español, pero se rehace en el plano social en las provincias, donde las autoridades españolas intervienen sólo desde un punto de vista tributario. N. continuó desempeñando un papel económico parasitario; a faltade competencia local, las altas finanzas genovesas encerraron en sus redes el reino entero. Esto agravó más aún las condiciones económicas, acentuando la miseria del pueblo y el disgusto de la burguesía, que estallaron en la revuelta de Masaniello (1647); el movimiento nació como protesta contra una nueva gabela, pero se propagó a los campos tomando un sesgo de guerra social antifeudal. Fue proclamada la república y pedida la ayuda de Francia. Enrique de Guisa trató de arrastrar a la nobleza contra España, pero la supremacía adquirida por la insurrección campesina hizo perder a la burguesía el control de la revolución, sofocada por España brutalmente. Los virreyes españoles aprendieron la lección, y comenzaron a aligerar las gabelas, debilitando y aburguesando a la misma nobleza que les había apoyado, con lo que prepararon inconscientemente el resurgir napolitano del s. XVIII. Los más descontentos entre los nobles empezaron a acariciar la idea de un rey autónomo, pensando en Carlos de Austria.
De la independencia a la unión a Italia. En 1707, penetraba en N. un ejército austriaco y, en virtud del tratado de Utrecht (v.), el reino pasaba a la Casa de Habsburgo.- Sin embargo, en 1738, la paz de Viena asignaba a Carlos de Borbón (1738-59) el reino, que recobraba así, después de dos siglos, su independencia (v. CARLOS III DE ESPAÑA I). El rey Carlos emprendió una política reformadora, y en N. se desarrolló un amplio movimiento ilustrado (Genovesi, Palmieri, Galiani, Broggia, Filangeri). Pero las reformas se limitaron a las relaciones entre Iglesia y Estado, en tanto que fueron muy restringidas en el terreno del feudalismo laico. La aristocracia de la tierra se mantuvo aún como elemento dominador, y en el reino continuaron prevaleciendo la miseria y el atraso. A Carlos VII (III de España) le sucedió su hijo Fernando IV de N. La actividad reformadora se reanudó después de 1792 con un proyecto de distribución de los bienes comunales, pero el plan se malogró, y el proceso de quebranto del sistema feudal se llevó a cabo desordenadamente y sin resultado positivo alguno.
La situación cambió a raíz de las campañas italianas de Napoleón. En 1798, los patriotas jacobinos proclamaban la República napolitana, pero su falta de entendimiento con las masas campesinas desencadenó una contrarrevolución popular, organizada por el borbónico card. Rufo, que puso fin sanguinariamente a la República jacobina. En 1806, Napoleón volvió a expulsar a los Borbones de N., sentando en el trono a su hermano José (v. JOSÉ I DE ESPAÑA), que en 1807 fue sustituido por Joaquín Murat. El derrocamiento del feudalismo por Napoleón favoreció el desarrollo de una burguesía emprendedora, mientras el nuevo ejército napolitano iba formando los primeros cuadros del inminente movimiento político del Risorgimento (v.). Al hundirse el Imperio napoleónico, Fernando IV (1759-99, 1799-1806, 1815-25) regresó a N., restauró el antiguo régimen, y unió Sicilia al reino de N., intitulándose «rey de las Dos Sicilias», con el nombre de Fernando I.
En julio de 1820, estalló una insurrección liberal, obra mancomunada del carbonarismo (v.) y de los oficiales muratianos, pero los titubeos y contradicciones de los insurgentes provocaron la intervención de Austria y la restauración de Fernando. El clima revolucionario que se formó en 1848 y la sublevación de Palermo obligaron a Fernando II de las Dos Sicilias (1830-59) a conceder la Constitución proclamada por los sicilianos (V. REVOLUCIÓN DE 1848). Pero el fracaso general de los movimientos del 48 le indujeron a una violenta reacción contra todos los cabecillas democráticos y liberales. Francisco II (1859-60) no consiguió superar la crisis interna del reino, antes bien motivó la desviación hacia una actitud antiborbónica de las mismas masas campesinas otrora fieles. Se aprovechó de ello Garibaldi (v.), que tras desembarcar en Sicilia conquistó, gracias al apoyo de la burguesía media y de los campesinos, todo el Mediodía continental. Parecía que el Sur iba a lograr imponer al Risorgimento la solución democrática de la asamblea constituyente, pero la intervención del Piamonte (v.), apoyado por la alta burguesía meridional, impidió la revolución democrática. Las votaciones plebiscitarias de 21 oct. 1860 sancionaron la anexión del reino de N. al Piamonte y, luego, al nuevo reino de Italia (V. ITALIA V). El descontento de los campesinos se patentizó en el fenómeno del bandolerismo, que el Gobierno central sólo en 1865 pudo contener. De esta manera, el reino de N. entraba en la historia de la Italia unida llevando consigo el grave asunto de la llamada «cuestión meridional», que hasta nuestros días sigue siendo uno de los más arduos problemas político-económico-sociales de Italia. |