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Viernes, 3 de Septiembre de 2010
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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Haití (Haiti) III. Historia.
Categoria:
Historia
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Cristóbal Colón (v.) descubrió la isla el 6 die. 1492, dándole el nombre de La Española (v.) o Hispaniola. Desde el descubrimiento hasta la ocupación de la parte occidental por los franceses, la isla entera perteneció al Imperio hispánico y la historia de la región que hoy se llama H. no se distingue del resto de la isla. La parte oriental constituyó la sede de la primera colonización española y fue esta zona la que conoció un auge considerable durante el s. XVI. La fundación de la ciudad de Santo Domingo (v. SANTO DOMINGO II), el establecimiento de la primera autoridad ultramarina, la universidad y la importancia de Santo Domingo como punto de escala para los que se dirigían hacia el continente fueron factores que dieron un esplendor excepcional a la isla. No obstante, la parte occidental, por desierta y montañosa, nunca fue ocupada en la misma forma que la oriental. Desde muy pronto los españoles sufrieron los ataques de los extranjeros en Santo Domingo. Se tiene noticia de que ya en 1527 un inglés, John Rut, apareció en estas aguas. Este mismo forajido despojó a los habitantes de sus bienes y amenazó con volver a atacar la plaza. Entre 1527 y 1567 la amenaza de los corsarios extranjeros se cernía sobre todas las posesiones españolas, mostrándose los franceses particularmente activos. Empresas francesas organizaban agresiones contra los galeones y contra sus territorios con la precisión de una empresa comercial legítima. La guerra que estalló entre Francia y España en 1552 aceleró esta tendencia. Francois le Clerc, conocido por Pie de Palo, empezó aquel mismo año a hostigar en La Española.
      Desde 1512 comenzaron a llegar los primeros esclavos africanos (v. 1, 2), y el desarrollo económico de la isla favoreció el empleo de este tipo de mano de obra. Muchas de las rivalidades internacionales que caracterizan el siglo tienen su explicación, en parte, en los beneficios de la trata de negros, y las demás naciones europeas aprovecharon la oportunidad para ejercer este comercio en los territorios de América. Ya en el s. XVII Francia había logrado ocupar algunas de las islas menores en las Antillas, particularmente San Cristóbal y Guadalupe. Desde 1626 se van perfilando los contornos generales del futuro Imperio francés en las Antillas. En vista del número crecido de piratas, bucaneros, filibusteros y demás facinerosos que infestaban las aguas del Caribe, muchos de los islotes y la parte occidental de Santo Domingo se convirtieron en auténticas madrigueras de estos aventureros. Es difícil fijar con precisión la fecha en que los bucaneros ocuparon la isla de la Tortuga, ocupación que daría lugar a la fundación de la primera colonia de Saint Domingue en La Española. Se tiene noticia de que el gobernador, Juan Francisco Montemayor y Cuenca, los expulsó. Sin embargo, al año siguiente la guarnición española fue suprimida y ningún obstáculo existía ya para la ocupación progresiva por parte de los franceses. Los bucaneros y demás merodeadores formaban verdaderas cofradías piráticas en la Tortuga y en la costa de La Española. En 1659 atacaron la plaza interior de Santiago de los Caballeros.
      1. Colonización francesa.. A partir de 1661, bajo Luis XIV, se dio un impulso organizado a la obra colonialista de Francia. La Compagnie des Indes Occidentales fue organizada y tres años más tarde la corona autorizó a la compañía para que adquiriese territorios en nombre de Francia. La muerte de Mazarino y la influencia de Colbert modificaron fundamentalmente la orientación ultramarina de la corona francesa. Colbert se reveló partidario decidido del expansionismo, y uno de los resultados fue que la compañía mencionada obtuvo una concesión o monopolio sobre el comercio y navegación en el Caribe. Tuvo también el privilegio de nombrar los gobernadores de estos territorios. Bertrand d'Ogeron fue designado gobernador de la Tortuga, trasladándose a sus nuevos dominios en 1665. Curtido en los achaques del mar, el nuevo mandatario supo imponerse a sus gobernados, pues hasta entonces la abigarrada humanidad que pululaba por esos parajes reconocía difícilmente una autoridad superior. Este acontecimiento representa un momento absolutamente fundamental para la historia de la zona del Caribe y, especialmente, en lo que concierne a la presencia de Francia. Constituye una frontera entre una penetración desordenada, anárquica, individualista, en que cada cual actuaba por su cuenta, pues desde d'Ogeron Francia implantó un sistema, un régimen y pasó a ser una de las naciones colonizadoras de esta región del Nuevo Mundo. Fue su gobierno fecundo en conquistas, pues muchos de los filibusteros se acomodaron a la vida sedentaria y, lo que es más importante, a las faenas agrícolas. La antigua Tortuga no había sido en realidad más que un refugio, un lugar de reposo durante las incursiones y depredaciones de la época. Con la estabilización lograda bajo d'Ogeron, es lícito hablar de una colonización, es decir, de una ocupación oficial con la responsabilidad que incumbía lógicamente al gobierno metropolitano en cuanto a la administración.
      Una de las consecuencias más inmediatas fue la fundación de otros centros de población. Los franceses se apresuraron a fundar en La Española nuevos núcleos de población. Así, Cap Francais se creó en 1670, Port-de-Paix en el norte y Léogane hacia el sur, destinada a futura capital. Se introdujo la siembra del cacao, y de Francia llegaron unas 150 mujeres para esposas de los «apacibles» colonos. Bertrand d'Ogeron echó las bases de una organización administrativa que, aunque todavía muy rudimentaria, fue el punto de partida de la obra más sistemática y sólida llevada a cabo por sus sucesores: Pouancy, De Cussy, Du Casse y Galiffet.
      Este empeño de Francia, en el momento histórico de extender su influencia y hasta su gobierno por tierras tradicionalmente españolas, y que dentro de una lógica rigurosa no correspondían en absoluto a la soberanía gálica se comprende del siguiente modo. En primer lugar, la explicación de la obra de Bertrand d'Ogeron estriba en el deseo de centralización y concentración de autoridad del monarca francés, y en el empeño por acabar con los desmanes y las irregularidades que caracterizaban las actividades de los piratas y filibusteros. Además, la Tortuga sola no ofrecía ninguna garantía, pues quedaba expuesta enteramente a la autoridad que dominara sobre La Española. España no se había ocupado de la parte occidental de la isla con el mismo interés que de laoriental. Santo Domingo y parte del interior vivían sometidos a su autoridad, pero el Oeste, montañoso, inaccesible, expuesto fácilmente a los ataques de ingleses, holandeses y franceses, no había sido ocupado de forma permanente. Añadamos a esto la visión imperial del tiempo. Francia ya había entrado de lleno en la gran lucha colonialista. El oeste de La Española ofrecía condiciones muy favorables, lo mismo económicas que estratégicas, como bastión del poderío francés en el Caribe, junto con las islas menores que había ocupado. Que la isla entera fuera española por descubrimiento y derecho apenas influía en un siglo en que las luchas internacionales respetaban poco estas cuestiones de Derecho internacional o de presencia previa. España perdió la zona occidental en parte por incuria, y en mayor parte por todo el conjunto de factores que hacía imposible explotar adecuadamente estas islas, al mismo tiempo que los inmensos dominios del continente sudamericano. En el tratado de Ryswick de 1697 España reconoció formalmente la soberanía francesa de la colonia de Sáint Domingue, más tarde H.
      2. Estructura social. Francia enriqueció en gran manera su colonia. Durante el tiempo que va desde la fundación en el s. XVII, hasta 1790 aprox., cuando el vendaval de la Revolución francesa la destruyó, esta posesión producía la mayor parte del azúcar y un porcentaje elevado del café que se consumía en Europa. La mayoría de la población estaba compuesta por esclavos, pues de los 525.000 a 550.000 hab. de la colonia en su apogeo, se ha calculado que, por lo menos, de 430.000 a 450.000 eran negros esclavos. En vísperas de la Revolución, los blancos, excepción hecha de los marineros y tropa, eran unos 30.000. A pesar de sus reducidas dimensiones, esta pequeña sociedad colonial revelaba todas las tensiones y las rivalidades internas de organismos sociales más pretenciosos. Los blancos estaban divididos entre los grandes propietarios, los hacendados, la gente rica, los que dominaban la economía y los que vulgarmente se llamaban petits blancs: comerciantes, artesanos y funcionarios. Entre los pobladores había igualmente una pugna entre los criollos, nacidos en la colonia, y los franceses, venidos de Francia.
      Después de los blancos de todas las categorías y condiciones, había una clase cuyo número crecía desmedidamente, los libertos o af f ranchis. Éstos eran en general los mulatos, los descendientes de la mezcla de razas. La mayor parte procedía de uniones ilícitas. Ocupaban una zona intermedia entre los blancos, con sus privilegios, y la masa negra. Los libertos, entre mulatos y antiguos esclavos que habían logrado su manumisión, eran unos 50.000 en 1775. Esta clase vivía en un limbo entre las dos razas y, aunque muchos recibiesen una formación intelectual y social en Francia misma, la colonia no ofrecía oportunidad alguna para el ejercicio de una profesión ni siquiera para una vida en el comercio o la agricultura.
      Desde 1724 la administración colonial se había ocupado del problema de la mezcla de razas, y un intendente, De Montholon, advirtió que, si no tenían cuidado, los franceses corrían el riesgo de convertirse en una raza mestiza. En diversos años, 1777 y 1778 en particular, decretos reales limitaron y hasta prohibieron los matrimonios entre las dos razas. El Código Negro, que sintetiza la legislación francesa sobre el problema, no se oponía a la emancipación del esclavo, en ciertas y determinadas condiciones. Lo que prevalecía hacia la época de la Revolución era el temor de que el número creciente de libertos podría producir trastornos sociales y políticos de graves consecuencias para la estabilidad de la colonia. Entre la masa negra, casi toda esclava, había una diferencia entre los criollos (v.) y los llamados bozales o dandas. Estas dos palabras se aplicaban a los recién llegados de África, todavía paganos y sin experiencia, en contraste con los esclavos nacidos en la colonia, que ya se habían adaptado en muchos aspectos a la nueva vida en que dominaban valores de la civilización francesa. El Código Negro preveía alguna instrucción religiosa para los esclavos y las formas de protección en sus justos derechos; disposiciones de la ley que muchas veces no eran aplicadas con todo rigor.
      3. Efectos de la Revolución francesa. La colonia se gobernaba directamente desde París y en un sentido estricto no existía una vida política colonial. Esta ausencia de toda actividad política hacía que los acontecimientos en Francia se reflejasen con rapidez en las lejanas Antillas. Cuando estalló la Revolución en París, Saint Domingue sintió las repercusiones de las grandes polémicas en la metrópoli. Cuando cayó la Bastilla en 1789, la estructura social fundamental de Saint Domingue ya se había forjado; las clases sociales estaban bien definidas y las rivalidades internas anunciaban ya su decisiva influencia en todo el curso de la historia de la colectividad humana, que en 1804 tomaría el nombre de H. La división primitiva entre libertos y esclavos, entre negros y mulatos, sentó las bases de la organización permanente del país. El H. independiente, aunque exento en un sentido lato de prejuicios de color, conoce, sin embargo, en su vida política, una intensísima competencia entre los dos elementos étnicos. Por consiguiente, el conocimiento de la nación haitiana de hoy, una de las entidades más originales en el hemisferio occidental, exige una comprensión de este periodo formativo que va desde mediados del s. XVrr hasta los primeros años del xix.
      La noticia de los acontecimientos de Francia en 1789 produjo un profundo efecto en el ánimo de la colonia. Durante 149 años la posesión francesa, que se había iniciado tan modestamente con un puñado de bucaneros precariamente establecido en la isla de la Tortuga, se había convertido en una de las colonias más prósperas del mundo. Desde el tratado de Ryswick hasta el de Aranjuez en 1777, cuando se fijaron con bastante precisión las fronteras entre la parte española y francesa, no se había conocido ningún trastorno de importancia en la vida de la colonia. Hubo, antes de 1789, algunos disturbios menores: levantamientos de esclavos, especialmente el de 1757 dirigido por Mackandal, cuyo carácter recuerda manifestaciones como la del Mau Mau en el África del s. XX. La masa esclava, compuesta de elementos traídos de todas partes del continente africano, había conservado durante el tiempo de su servidumbre numerosos elementos de su animismo religioso, conocido por el nombre de vudú. Las crónicas francesas hacen hincapié en la importancia de esta creencia tradicional y ancestral como elemento de unión entre los esclavos y que más de una vez contribuyó a los alzamientos más importantes.
      La primera época de la Revolución francesa, desde julio de 1789 hasta septiembre de 1792, es un periodo durante el cual tanto los blancos como los hombres libres de color de la colonia de Saint Domingue participan en las diversas asambleas y discusiones que agitan la vida nacional francesa. La Asamblea Nacional Constituyente había decretado la igualdad de derechos civiles y políticos para todas las personas libres de la colonia. Los libertos pretenden en un momento dado hacer valer estos derechos contra la resistencia más o menos abierta de los elementos europeos de la colonia. Dos mulatos, Vincent Ogé y Jean Baptiste Chavanne, encabezaron un movimiento tendente a introducir esta novedad en la vida de Saint Domingue.
      Se lanzaron a la acción, que les arrastraría a la muerte en febrero de 1791. Los esclavos, aunque privados de toda expresión, se sentían enardecidos ante las ráfagas revolucionarias que llegaban de Francia.
      En agosto de 1791 estalló un levantamiento de proporciones impresionantes, inspirado por Boukman con la colaboración de otros negros, improvisados cabecillas. El resultado fue una ola de incendios, destrucción, matanza de blancos y crímenes inconfesables. Estos incidentes fueron seguidos por la llegada de una comisión metropolitana para velar por el cumplimiento de las resoluciones del Gobierno revolucionario. Desde 1792 hasta el verano de 1794 Saint Domingue vivió una de las épocas más azarosas. Se proclamó la liberación de los esclavos. Los antiguos propietarios hicieron lo posible para resistir y, en vista de la guerra existente entre Francia y España, las autoridades de la parte oriental de la isla facilitaban el contrabando de armas y equipo para los sublevados contra el régimen francés. Gran Bretaña, por su parte, sólidamente instalada en Jamaica, hostigaba a Francia en su colonia. Durante este periodo surgió la figura dominante de Toussaint Louverture (v.).
      4. Independencia de Haití. En el tratado de Basilea de 1795 España había cedido la parte oriental de la isla a Francia. A pesar de las luchas intestinas en Saint Domingue, Toussaint logró imponerse y ya para 1801 había ocupado la parte española de la isla. La Francia de Bonaparte estimaba indispensable la pacificación de la colonia y la restauración de la autoridad. Esta voluntad respondía al concepto napoleónico del Imperio francés en el Nuevo Mundo, que incluía territorios desde la Luisiana hasta las islas menores de las Antillas. La piedra angular de la estructura era precisamente Saint Domingue. A fines de 1801, partió para Saint Domingue una expedición bajo el mando del general Leclerc, cuñado de Bonaparte. A. Toussaint Louverture se le obligó regresar a la metrópoli y los franceses se prepararon para la pacificación del territorio. La muerte de Leclerc dejó al general Rochambeau en la dirección de tan difícil operación. Este militar, inflexible en su determinación, anunció que «lo que hace falta para sacar a la colonia de su marasmo es someter los negros de nuevo a la esclavitud». Esta declaración y las medidas enérgicas de Rochambeau acabaron por desatar la guerra de la independencia.
      En octubre de 1802 los negros y mulatos se levantaron en armas contra los franceses. Esta guerra cruel y dramática se realizó por la unión de los mulatos, personificados en Alexandre Pétion (v.) y los negros, en Jean Jacques Dessalines (v.). El primero era un hombre culto, elegante y delicado de maneras; el segundo, negro de raza pura, esclavo en un tiempo, analfabeto, incapaz de hablar la lengua francesa, pero dotado de una fuerte personalidad, una gran voluntad y un talento nada común para la estrategia militar. Más que por una serie de batallas campales, se caracterizó por una encarnizada guerra de guerrillas, y las fuerzas indígenas fueron poderosamente ayudadas por la fiebre amarilla que diezmó al ejército francés. El 1 en. 1804, en la ciudad de Gonaives, los jefes victoriosos proclamaron la independencia de la colonia bajo el nombre de H.
      H. nació a la independencia en condiciones desastrosas. No contaba con el apoyo de ninguna potencia extranjera, al contrario, con la hostilidad más o menos velada de casi todas ellas. Su economía había dejado de existir durante los largos años de anarquía y de revolución. La masa de su población pasó directamente de la esclavitud a la ciudadanía sin ninguna experiencia cívica. Y sobre todo existía siempre la amenaza de que Francia intentara la reconquista de su antigua colonia. El 28 abr. 1804. Dessalines decretó la muerte de todos los blancos residentes en el país, con excepción de los sacerdotes y los médicos. Lo hizo para asegurar la perfecta homogeneidad de la población, evitar lo que llamaríamos hoy en día «una quinta columna» y desalentar todo intento de nueva colonización. La atroz medida fue aplicada y H. se convirtió, no en una sociedad pluralista o multirracial, sino en una comunidad totalmente de formación étnica africana. La primera Constitución incluía un artículo que prohibía a todo extranjero convertirse en propietario en la nueva nación independiente. De jefe vencedor, Dessalines pasó a Emperador y durante unos meses reinó sobre el Imperio de H. como Jacques I.
      H. comienza su historia autónoma bajo el signo de la tiranía y del caudillismo. El asesinato de Dessalines produjo la ruptura entre los dos elementos que habían colaborado en la guerra emancipadora: mulatos y negros. Alexandre Pétion se instaló en el sur, Puerto Príncipe, para gobernar sobre una república, mientras que en el norte, en la ciudad llamada Cap-Haitien, otro jefe, Henri Christophe, estableció un reino. Esta división había de durar hasta 1820. Pétion gobernó su república con indulgencia y hasta incuria. Los antiguos soldados se convirtieron en pequeños terratenientes y se empezó a formar la sociedad rural, a base de una economía de subsistencia que caracteriza a la nación hasta hoy. En el norte, Henri Christophe, convertido en rey, impuso un régimen severo, en el que prevalecían la disciplina, el trabajo y el orden. Christophe vivió obsesionado por la idea de que el negro tenía que dar al mundo un ejemplo de laboriosidad y capacidad creadora. Su mano férrea hizo que el norte prosperase como en los días de la colonia francesa.
      Jean Pierre Boyer sucedió a Pétion en 1818 y, con el suicidio de Henri Christophe, dos años más tarde, la unión del país se hizo efectiva. Boyer representa uno de los regímenes más largos en la historia de H., pues permaneció en el poder hasta 1843. Su periodo se distingue fundamentalmente por la ocupación de la parte dominicana de la isla y la creación, por primera vez desde los tiempos de Toussaint Louverture, de una sola nación insular (v. DOMINICANA, REPÚBLICA III). La caída de Boyer puso fin a la época más prolongada de paz que H. había conocido. Con la insurrección dominicana en 1844, H. se desmembró y desde esa fecha hasta 1915, su evolución histórica es la de revolución, golpes de Estado, anarquía y, finalmente, la ocupación militar por EE. UU.
      Se ha notado que, desde la revolución de 1843 que terminó con el régimen de Boyer, el color de la piel desempeñaba un papel de importancia creciente en la evolución política de H. Pétion y Boyer eran mulatos, y una profunda reacción de la masa negra contra la preponderancia de este elemento étnico se hizo sentir. Bajo el mando de presidentes como Hérard Riviére, Philippe Guerrier, lean Louis Pierrot y Jean Baptiste Riché, H. languideció. En marzo de 1847 un negro iletrado, Faustin Soulcuque, tomó la presidencia para convertirse pronto en segundo Emperador de H. Su derrocamiento en 1859 abrió el camino a una serie de presidencias efímeras que con raras excepciones, notablemente la de Fabre Geffrard (1859-67), contribuyeron en corta medida al progreso de la república. La nación sufrió igualmente de una sucesión interminable de insurrecciones y rebeliones que agotaron los escasos recursos e hicieron que la administración pública fuera todavía más precaria. El general Nord Alexis (1902-08) tuvo que hacer frente a una verdadera guerra civil. Entre 1908 y 1915, H. conoció siete presidentes y poco a poco el país caía en un estado de anarquía.
      Una de las conquistas más fundamentales del s. XIXfue el concordato con la Santa Sede en 1860, que terminó el largo periodo durante el cual el país vivía desvinculado de la Iglesia católica (v. iv). Por más de medio siglo, el catolicismo había tenido una existencia lánguida y sin vitalidad. Las nuevas relaciones contribuyeron a que las comunidades religiosas francesas se estableciesen en H. y se fundase un número importante de centros de enseñanza.
      5. Ocupación norteamericana. La ocupación nortearicana en julio de 1915 cambió fundamentalmente el sesgo de la vida nacional haitiana. En aquel verano, el presidente Guillaume Sam había provocado la ira popular por la matanza de un número elevado de prisioneros políticos. Su muerte a manos de las turbas produjo un estado de crisis en la vida del país. El crucero Washington, bajo el mando del almirante Caperton, penetró en la bahía de Puerto Príncipe y desembarcó las primeras tropas. Éste fue el comienzo de una ocupación que había de durar hasta 1933. El problema no se limita a H., ya que este episodio pertenece al capítulo mucho más amplio de la acción militar y política de EE. UU. en el mundo hispanoamericano, es decir, el intervencionismo y el arreglo de litigios internacionales por medio de presiones de tipo militar. Lo que ocurrió en H. repercutió a través de todo el hemisferio. H. se convirtió en el caso típico del pequeño país indefenso ocupado manu militari por la poderosa potencia vecina. Los motivos de la acción son múltiples: la preocupación de una intervención alemana a causa de la guerra mundial; la amenaza a los intereses norteamericanos como resultado del estado de desorden crónico que prevalecía en H.; el sentimiento de que la región del Caribe constituía una zona indispensable para la defensa de EE. UU.
      La intervención se convirtió en ocupación poco tiempo después del desembarco de tropas. Poco a poco el alto mando militar de EE. UU. dirigía la administración pública, aunque se mantuviese la forma de un gobierno haitiano, cuyas funciones estaban en realidad limitadas. Las ventajas de la ocupación fueron el restablecimiento del orden; el mejoramiento de las comunicaciones, el combate contra las enfermedades y la reorganización de las fuerzas armadas. Las desventajas resultaron ser la humillación de un pueblo que había conservado su independencia por más de un siglo; la intervención en materias tan delicadas como la educación nacional, la jurisprudencia y la tradición constitucional. Inevitablemente se produjo el choque de razas, tratándose en el caso de H. de un pueblo casi enteramente de origen africano. Los haitianos, y especialmente los elementos de la intelectualidad y la clase profesional, organizaron la oposición a la ocupación militar. Durante todo el periodo que va hasta 1933, el caso de H. repercutió en todos los ámbitos del continente y fue causa de numerosas dificultades en las asambleas internacionales.
      En 1928, al comienzo de la nueva administración de Herbert Hoover en EE. UU., el presidente haitiano, Louis Borno, suspendió las elecciones parlamentarias, dejando el nombramiento de presidente en manos del Consejo de Estado, cuyos miembros habían sido designados por el presidente mismo. Hoover decidió mandar una misión especial a H. donde las huelgas de estudiantes amenazaban el orden público. Se resolvió provisionalmente el problema de la sucesión presidencial en la persona de Eugéne Roy. No obstante, la cuestión había llegado a un punto culminante y en 1933, con la administración de Franklin Roosevelt, se comenzó la liquidación del gobierno militar. El nuevo mandatario norteamericano enunció la política de buena vecindad y no intervencionismo. Para dar un ejemplo concreto de esta intención, se acordó la retirada de las tropas y H. fue entregado totalmente a los haitianos.
      6. Nueva época de independencia. El primer presidente de H. durante la nueva época de independencia nacional fue Sténio Vincent, un hombre de gran cultura y de merecido renombre como intelectual de primera fila, que había actuado en forma destacada durante el periodo de ocupación militar en nombre de la soberanía perdida. Vincent gobernó en forma sumamente personalista, utilizando el instrumento de referéndum para obtener lo que la Constitución prohibía al Ejecutivo. La nueva Constitución concentraba todo el poder en manos del presidente, haciendo de las cámaras legislativas un simple instrumento de su voluntad. Sténio Vincent aprovechó su idea de la democracia directa, en que el pueblo intervenía cada vez que le consultaba, para prolongar su mandato de 1935 a 1940. Esta administración no careció de conquistas sociales y económicas. El dirigismo económico de EE. UU. en tiempos de Roosevelt, la voluntad decidida de ayudar a los países americanos subdesarrollados, llevaron a EE. UU. a favorecer algunos proyectos para el progreso de H. En 1938, una empresa norteamericana, J. G. White Engineering Corporation, entró en relaciones con el Gobierno de H. para una serie de obras públicas. Al mismo tiempo, H. se empeñaba en una reorientación de su economía en cuanto al comercio exterior. Tradicionalmente el país había exportado a Francia, sobre todo el café, y había importado de EE. UU. La larga ocupación militar había contribuido poderosamente a modificar esta tendencia. La nueva política de ayuda económica favoreció todavía más la orientación de H. hacia EE. UU.
      El presidente Vincent alentó el progreso de la educación, especialmente de la masa rural, y la técnica agraria. Al mismo tiempo, tuvo que hacer frente al problema de las relaciones con la República Dominicana, donde el general Rafael Leónidas Trujillo y Molina (v.) estaba en el poder. El progreso material dominicano se había manifestado con la firme voluntad de ocupar efectivamente la zona fronteriza e impedir que la presión demográfica de H. condujera a una creciente migración clandestina de elementos haitianos a territorio dominicano. A pesar de varios acuerdos firmados entre los dos países, en el incidente de otoño de 1937 un número considerable de haitianos perdió la vida. En enero de 1938 se llegó a un arreglo por el que el Gobierno dominicano aceptó pagar la cantidad de 750.000 dólares, más tarde reducidos a 550.000, a las familias de las víctimas.
      El 15 abr. 1941 fue elegido llie Lescot como presidente de H. La retirada de Vincent del poder se atribuía a la frialdad con que el Gobierno de Washington había visto su intención de prolongar su mandato. Coincide el periodo de Lescot con la II Guerra mundial. Este antiguo embajador en Washington siguió la política de estrecha colaboración con EE. UU. Una sociedad llamada Soc. Haitiano-américaine de Développement Agricole fue creada con propósitos grandiosos: desarrollo integral de la agricultura haitiana, introducción de nuevos cultivos, combate a la erosión y demás males que afligían al país y mecanización de muchas de las formas de producción. El desarrollo de un programa de esta índole tropezaba fatalmente con el carácter del régimen agrícola imperante en H.: el del pequeño terrateniente. A Lescot se le acusaba de trasformar no solamente la agricultura nacional, sino el sistema social.
      La administración de Lescot coincide igualmente con la caída de Francia y la ruptura entre los partidarios de De Gaulle y de Vichy. En un país de expresión francesa, esta crisis no podía dejar de repercutir dolorosamente. Uno de los aspectos más negativos de esta administración fue la lucha estéril con la Iglesia, considerada como baluarte del tradicionalismo francés. A fines de 1945 se produjeron los primeros movimientos contra Lescot por parte de los estudiantes y funcionarios públicos. En enero de 1946 se vio constreñido a renunciar y tomar el camino del exilio. Durante un breve periodo, H. fue gobernado por una junta militar hasta la elección de Dumarsais Estimé para la presidencia. Se repitió el proceso de siempre. El presidente quiso perpetuarse en el poder, el país reaccionó, los militares tomaron el poder y prepararon el advenimiento de Paul Magloire. Su elección fue el resultado de una intervención bastante auténtica de la población y llevó a cabo una campaña política de estilo muy moderno. Su programa fue bastante positivo. En 1951 anunció un plan quinquenal para el desarrollo del país que incluía la construcción de una presa, el aumento de la fuerza eléctrica y el mejoramiento de las condiciones de explotación agrícola. Es preciso insistir en que el problema de tierras en H. reviste un carácter totalmente distinto del de los demás países americanos. En H. es indispensable mejorar la técnica del cultivo, proporcionar los medios para que el pequeño campesino (la mayoría abrumadora de la población) logre sacar mayor provecho de sus tierras reducidas. El presidente Magloire parecía haber logrado igualmente apaciguar los sentimientos exaltados de lucha entre negros y mulatos y devolver el país al camino de la lucha fecunda por su propio progreso. Su sistema fue autoritario y perdió popularidad. Los militares intervinieron nuevamente y Magloire abandonó el poder. Pasados algunos meses resultó elegido Francois Duvalier (v.).
      Desde 1957 H. ha conocido la dictadura de Duvalier (v. ii). En 1964 se hizo elegir presidente perpetuo y a la vez se aprobó una Constitución que le autorizaba a disolver las cámaras y gobernar por decreto en cualquier momento que estimase necesario. El partido de Unidad Nacional es el único partido político reconocido en H. La situación económica ha empeorado considerablemente desde 1960. Se ha calculado en unos 35 a 50.000 el número de haitianos exiliados en la República Dominicana. Grupos de oposición han existido en Cuba, EE. UU. y la República Dominicana. El 29 jun. 1964 una pequeña fuerza de 150 hombres desembarcó en H., refugiándose en la sierra de La Selle. La situación de H. se complica por la proximidad de Cuba y los trastornos que caracterizaron a la República Dominicana desde la muerte del general Trujillo en mayo de 1961.
      A pesar de estos azares de su historia y la turbulencia indiscutible que ha caracterizado su evolución como nación independiente, H. ha logrado una expresión cultural de importancia. Desde los albores de la independencia, en pleno fervor patriótico, los primeros escritos atestiguan un fuerte sentimiento del terruño y una sensibilidad que se inspira en una Naturaleza exuberante y una historia que reúne condiciones singularmente dramáticas. Esta literatura se inicia con la prosa política, la exaltación de la victoria y la férrea voluntad de supervivencia (v. V). Con el reconocimiento de H. durante el reinado de Carlos X en Francia, se reanudan los contactos intelectuales.
      Una de las influencias más notables en la orientación intelectual haitiana ha sido la debida al Dr. Jean Price Mars. Este distinguido médico y sociólogo, que ha desempeñado un papel de gran importancia en la vida política y diplomática del país y cuyas publicaciones son fundamentales para la interpretación de la realidad haitiana, dio a la publicidad una obra titulada Ainsi parla 1'Oncle, que dio lugar al renacimiento de un concepto africanista de la cultura haitiana. H. ha conocido, al igual que los países de expresión española, el forcejeo entre la tradición francesa y la autóctona. Con Price Mars y los que le han acompañado, H. redescubrió sus propios orígenes africanos; estableció un contacto perdido desde hace generaciones y luchó por definir con mayor precisión el carácter de este pueblo de las Antillas que era de raza negra, de cultura francesa y americano por la geografía. Evidentemente, algunos han exagerado la doctrina de Price Mars y han pretendido que H. debía rechazar lo francés como algo impuesto a su genio. Su obra contribuyó, y de esto no hay duda, a que H. cómprendiera que sus orígenes espirituales son dobles y que África figura entre lo más vital de su herencia.
      Desde las guerras de la independencia hasta el s. XX, la historia de H. ha cautivado a sus propios intelectuales. Beaubrun Ardouin publicó sus volúmenes de historia de H. a mediados del siglo pasado, seguido por uno de los más clásicos de los historiadores, Thomas Madiou, ministro en España en una época de su vida y autor de una historia de H. Hannibal Price publicó en 1899 un estudio sobre la raza negra y H., obra que produjo una impresión en aquel tiempo algo comparable al trabajo posterior de Price Mars. Dos de los modernos que merecen citarse por su contribución a la historiografía en el sentido más lato son Pauléus Sannon y Dantés Bellegarde, este último diplomático brillante, escritor fecundo y educador dedicado al progreso de H.
      H. se halla en la actualidad frente al problema máximo de encontrar una solución a una población que crece desmedidamente en una superficie limitada y con recursos escasos. Su destino es de país agrícola. Falta todavía la estabilidad indispensable, la continuidad política y las instituciones básicas.
      V. t.: ESPAÑOLA, LA; DOMINICANA, REPÚBLICA III.
RICHARD PATTEE.
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