Por mucho tiempo, Europa creyó que, en tierras orientales, existía un reino cristiano, el del Preste Juan, fabulosamente rico. Pedro de Covilhao, enviado por Juan II de Portugal, pensó encontrarlo cuando llegó a E., a poco de reanudarse la lucha entre los Salomónidas y los musulmanes etíopes de Adal. (v. IV). Los intereses de Portugal, enfrentados a los turcos en el mar Rojo, coincidían con los de los abisinios que, a principios del s. XVI, solicitaron el apoyo de Manuel I (v.) para la lucha decisiva contra los musulmanes de la costa. Aunque, al llegar la escuadra portuguesa (1520), encontró al negus Lebna Dengel eufórico por la victoria recién lograda sobre los musulmanes, la misión portuguesa permaneció allí seis años, y su más distinguido miembro, el sacerdote Francisco Alvarez, escribió el primer relato occidental sobre Abisinia. En 1526, al retirarse los portugueses, la situación cambió bruscamente. Los danakil de la costa, convertidos en masa al Islam en los s. XIV y XV y ahora fanáticos musulmanes, lograron imponerse a los «sultanes holgazanes». Un aventurero, Ahmad ibn Ibráhím el Gházi, que gobernaba en nombre del sultán, proclamó la «guerra santa» (1529) y, en el mayor intento musulmán por conquistar E., dominó gran parte del país, forzo y ahogó en sangre toda oposición cristiana (v. vi, 2). El apoyo de Portugal no sirvió de nada, pues sus tropas fueron vencidas en el valle de Afla (1542) y, aunque los supervivientes, unidos a los abisinios, derrotaron a Ahmad (1543), los musulmanes triunfan de nuevo en 1559.
Invasión galla. Musulmanes y cristianos de E., agotados por tan larga lucha, fueron impotentes para 'enfrentarse a las hordas de los gallas, que durante siglos se mantuvieron en las mesetas meridionales y que, probablemente, presionados por los somalíes, que avanzaban hacia los grandes ríos, penetraron y ocuparon casi un tercio de las tierras etíopes. A partir de entonces, las hostilidades entre cristianos y musulmanes de E. se redujeron a algunas razzias y ambos vieron su enemigo en los gallas. Mientras tanto, los jesuitas, llegados en 1557, lograron abundantes éxitos a fines del s. XVI (v. VII, 4). Gracias a ellos, los europeos conocieron E.; pero en el aspecto estrictamente religioso su eficacia fue pasajera, pues cuando obtuvieron los resultados aparentemente más brillantes, como la conversión de los negus Za Dengel (1596-1607) y Susenios (1607-32), se inició la crisis. El partido xenófobo, que veía el catolicismo sólo como un instrumento de los intereses portugueses, destronó a Susenios, que quería hacer del catolicismo la religión oficial, y puso en el trono a su hijo Fasiladas. En el reinado de Fasiladas (1632-65), que restableció el monofisismo, expulsó a los jesuitas, devolvió al país a su medieval aislamiento, implantó su capital en Gondar e inició una etapa de paz y recuperación, la presión galla se acentuó; al morir Yasu I (1706), renació el desorden. Los gallas, parte de los cuales se había asimilado los modos de vida abisinios, manejaron a los negus, especialmente en la segunda mitad del s. XVIII; al mismo tiempo, creció la amenaza islámica, que culminó en 1838 cuando una incursión de Muhammad `Ali hizo peligrar la independencia etíope.
Unificación. Mediado el s. XIX, el país era un conglomerado de provincias en lucha unas con otras. El gobernante de la provincia hegemónica exigía tributo a las demás y se daba el título de negus. Con todo, el negus salomónida de Gondar seguía siendo, sólo nominalmente, el soberano de Abisinia. El caos fue superado por un personaje extraordinario: Lij Kassa. Hijo de un jefecillo local, creó un reducido ejército y, con feroz energía, se dispuso a reunificar el país (1841). Imponiéndose en el norte, se proclamó negus con el nombre de Teodoro II; trasladó la capital a Mágdala y ocupó Shoa (1855), llevándose como rehén a Menelik, hijo del último negus local. Decidido a exigir la unidad religiosa, sin concesiones a los musulmanes, se enfrentó a Egipto y se orientó hacia los europeos, especialmente ingleses; pero acabó chocando con éstos cuando, al no prestarle ayuda contra los musulmanes, detuvo a toda la colonia británica. Los ingleses, que estaban penetrando en el alto Nilo, enviaron una expedición de castigo; Teodoro, para no caer en sus manos, se suicidó (1868).
Después de tres años de guerra civil, con el apoyo de los ingleses, se coronó negus, con el nombre de Juan IV (1872-89), el rais de Tigré. Su reinado fue una permanente lucha. En el exterior, detuvo a los egipcios, que pretendían dominar el mar Rojo; pero a la amenaza egipcia sucedió el asentamiento de los franceses en Obock y Djibouti y de los italianos en Assab y Massaua. En el interior, se enfrentó al creciente poderío del rais de Shoa, Menelik, que, a cambio de manifestarse vasallo de Juan IV, fue coronado negus de Shoa y designado heredero del trono abisinio (1878); aun así, la impaciencia llevó a Menelik a emanciparse de Juan IV y a conquistar en su propio provecho extensos territorios del sur. Se añadieron además las amenazas de los seguidores del Mahdi, pero Juan IV les venció.
El Imperio. Aunque Menelik era heredero del trono, tuvo que conquistarlo en una nueva guerra civil. Inmediatamente, negoció con los italianos el tratado de Ucciali (1889), por el que, a cambio de ayuda financiera y militar, reconocía la colonia italiana de Eritrea; una cláusula, redactada de distinta manera en los textos italiano y amhárico; según la cual E. realizaría una política exterior acorde con el Gobierno italiano, se prestó a doble interpretación y fue germen de futuros conflictos. Después, con una hábil política unificadora, Menelik se impuso a los jefes locales, cuyos impulsos belicistas encauzó, lanzándoles a la guerra contra los gallas y sidamas; y una serie de campañas dio a Menelik el dominio de todo el altiplano etiópico meridional, con lo que el Estado, hasta entonces un reino abisinio, reducido al altiplano septentrional y central, se convirtió en un Imperio etíope, donde los abisinios se impusieron a las poblaciones alógenas gallas, sidamas y somalíes. Mientras tanto, se preparaba la crisis exterior; Menelik denunció el tratado de Ucciali (1893) y los italianos pretendieron imponérselo. La consecuencia fue una guerra en la que, afrentosamente derrotadas las tropas italianas en Adua (1896), hubieron de aceptar el tratado de Addis Abeba, que reconocía la plena independencia de Abisinia. A continuación, Menelik pudo terminar su obra conquistadora, incorporando Kaffa, Ogadén, la Somalia interior y Boran, codificó las leyes e introdujo el ferrocarril. En 1906, al iniciarse la decadencia física de Menelik, temiendo que el país volviera a sumirse en el caos, Francia, Inglaterra e Italia se comprometieron a mantener su integridad, aunque delimitando las zonas de influencia en caso de conflicto.
Al morir Menelik en 1913, le sucedió su nieto Lij Yasu; pero quien gobernó fue el padre de éste, el rais Mikael, jefe galla convertido al cristianismo. Por su proclividad hacia los gallas y lo islámico, provocó el descontento de los abisinios, que se agruparon en torno al rais Tafari; y, al proclamarse vasallo religioso de Turquía, se enemistó con los aliados en la I Guerra mundial. Excomulgado por el abuna, Yasu fue depuesto (1916) y sustituido por Zauditu, hija de Menelik, con el rais Tafari como regente y heredero del trono. Pero el arreglo no dio resultado. Las fricciones fueron continuas entre Zauditu (apoyada por el abuna, el jefe del ejército y algunos feudales) y el regente, que pretendió modernizar el país y buscó la garantía de la Soc. de Naciones, en la que Abisinia ingresó en 1923.
La muerte de los principales sostenedores de Zauditu permitió a Tafari dar un golpe de Estado (1928), tras el cual, aunque Zauditu conservaba el título de Emperatriz, él era nombrado «vicario plenipotenciario del Estado» y asumía el poder ejecutivo. Al morir Zauditu (1930), Tafari fue proclamado negus con el nombre de Haile Selassie I (v.). La Constitución de 1931 ligaba su monarquía a las mejores tradiciones (v. II). Dicha Constitución era, además, expresión de un celo reformista que tropezaba con la enemistad de muchos sectores, la carencia de hombres capacitados y la falta de recursos financieros. De ahí que, en 1936, en Abisinia sólo existiera la fachada de un Estado moderno. El negus había confiado demasiado en la seguridad que pudiera ofrecerle la Soc. de Naciones y se despreocupó de la creciente actividad de Italia en Eritrea y Somalia, que provocó fricciones que acarrearían la guerra (octubre 1935). En un paseo militar, las tropas italianas de Badoglio entraron en Addis Abeba (5 mayo 1936) y las de Graziani ocuparon Harar. Mientras Haile Selassie se embarcaba para Inglaterra, Víctor Manuel III de Italia (v.) era proclamado Emperador de E. (9 mayo 1936). Por el tratado de París (10 feb. 1947), Italia renunció a sus posibles derechos en Abisinia.
Al recuperar el trono, Haile Selassie dio a su Estado el nombre de Imperio de E. e incorporó Eritrea. Pese a los intentos de independencia de ésta particularmente en 1970, con Eritrea, los etíopes adquirieron un acceso al mar que no habían tenido desde los tiempos de Axum. Sin embargo, los problemas más graves estaban en el interior. La primera revisión de la Constitución realizada en 1955 democratizó más la política etíope, que había superado las dificultades de la posguerra gracias a la permanencia de muchos italianos y de tropas y técnicos británicos. Aun así, la carencia de recursos financieros y de hombres adecuados imposibilitaba una transformación seria, lo que originó el descontento de una minoría que encabezó dos golpes de Estado (1960 y 1966) que no triunfaron. Pero el 14 sept. 1974 un golpe militar acabó con el reinado de H. Selassie, y por primera vez en su historia E. se convierte, en 1975, en República. La URSS tiene en el Consejo Militar que dirige la política etíope (v. II) un aliado para sus intereses internacionales. |