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1. Concepto y época prehispánica. Geográfica, histórica y políticamente, A. C. está formada por las actuales repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Asiéntase en el istmo que se extiende de NO a SE en 8° y 18° de latitud N, entre los océanos Atlántico y Pacífico, uniendo las masas continentales de A. del Norte y del Sur, .y compartiendo límites con México y Panamá. Su mayor anchura se alcanza en lo que va del golfo de Fonseca al cabo de Gracias a Dios, con 752 Km. Al tiempo de su descubrimiento por los españoles, poblaban A. C. naciones de variado grupo de cultura, desde las que permanecían en estado selvático hasta las que habían alcanzado una cierta vida política y que practicaban la agricultura, la industria, el comercio y las artes (v. I). Estas últimas habitaban generalmente la vertiente del Pacífico. La total procedencia de estos pueblos aún no se ha determinado claramente, aunque se cree que aquí tuvieron encuentro repetidas corrientes migratorias del N y del S. Hubo gente que provenía del área cultural chibcha (v. CHIBCHAS), pero más notablemente figuraron los mayas (v.) y los originarios del Anahuac. Los nahuatles, que al parecer corrieron todo el territorio bajando más al sur del lago de Nicaragua, extendieron su cultura mexicana, y su lengua, más o menos corrupta, fue la más corriente a lo largo del istmo. Pero fue característica de la población de A. C. la diversidad cultural. Hablábanse múltiples y diferentes lenguas, formando a veces un intrincado mosaico de grupos étnicos, casi siempre rivales y en frecuente hostilidad. Aun en los más evolucionados, las comunidades se formaban por viviendas dispersas, siempre de paja y madera.
2. Descubrimiento y pacificación. La prioridad en el descubrimiento de A. C. todavía no ha sido esclarecida. Permanece envuelta en la disputa de los derechos colombinos con la corona, y a consecuencia de que la crónica fundamental participa de ello. Gonzalo Fernández de Oviedo (Hist., libro 21, cap. 3) afirmaba que estas costas habían sido vistas y recorridas antes del 1500 por los pilotos Vicente Yáñez Pinzón (v. PINZóN, HERMANOS), Juan Díaz de Solís (v.) y Pedro de Ledesma conjuntamente, en sendas carabelas. Bartolomé de las Casas (Hist., libro 2, cap. 39) desmintió categóricamente esto y aseguraba haber sido el primero Cristóbal Colón (v.), en su cuarto y postrero viaje, en 1502. Con todo, parece que hay un hecho cierto: que antes o después que el Almirante las recorriera, a Vicente Yáñez y compañeros corresponde el descubrimiento del golfo de las Higüeras, desde el cabo de Honduras al O, hacia las partes de Yucatán. Descubierta la mar del Sur en 1513 por Vasco Núñez de Balboa (v.), quedó abierto el camino para navegar las costas centroamericanas del Pacífico. Bajo la capitanía general de Pedrarias Dávila (v.), su teniente el lic. Gaspar de Espinosa hizo llegar sus naves a la entrada del golfo de Nicoya. Poco después, el capitán Gil González Dávila y el piloto Andrés Niño, siguiendo el rumbo de Espinosa, descubrieron Nicaragua hasta alcanzar Tehuantepec. Como en general sucedió en la conquista española de A. (v. AMÉRICA Iv, 2), en la de A. C. pueden observarse dos momentos: uno de impacto y otro de progresiva penetración. Al primero puede atribuírsele la característica de una conquista de fuerza y, al segundo, el de atracción pacífica, con predominante designio espiritual. Ambos momentos podrían fijarse en lo que antecede y sucede al a. 1542, con las llamadas Leyes Nuevas.
El impacto inicial fue bastante para asegurar la sumisión de estas partes. Se había de producir en el mismo sentido de las migraciones indígenas precedentes. Fue el resultado de dos fuerzas de expansión cuyos principales centros radicaron en México (v. MÉxieo III, 2) y Castilla del Oro o Panamá (v. PANAMÁ Iii), y como culminación del sometimiento de esas tierras por sus respectivos capitanes, Hernán Cortés (v.) y Pedrarias. La empresa independiente de Gil González, en realidad, se efectuó en dos etapas. La primera, la ya mencionada con punto de partida en Castilla del Oro, y la segunda, seguidamente y tras el fracaso de aquélla, desde La Española (v.) y con destino a las Higüeras. En su último empeño estimulaba a Gil González lo que tanto preocupaba a la sazón: la búsqueda de una comunicación entre ambos mares, la del llamado «estrecho dudoso». El descubrimiento del lago de Nicaragua, hecho en su primer viaje, le dio fundadas esperanzas para encontrarlo. Y afanado en recuperar su conquista de Nicaragua, fue ésta la justificación que halló para reemprender su viaje. Tras las salidas primeras de Espinosa y González Dávila, la definitiva expansión conquistadora en A. C., de una como de otra parte, se produjo simultáneamente al correr 1524. Por el N y por tierra, Pedro de Alvarado (v.). Por el S, y cubriendo los pasos de Gil González, el capitán Francisco Hernández, teniente de Pedrarias. Y por mar, la nueva armada de Gil González y la de Cristóbal de Olid, coincidiendo en las Higüeras y Honduras. Y seguidamente, las expediciónes vindicatorias de Francisco de las Casas, enviado de Cortés, por mar, y de éste en persona, por tierra, ante la deslealtad de Olid.
3. Poblamiento. El impulso de estas fuerzas se detuvo en lo que sería la demarcación entre Honduras y Nicaragua, y más alrededor del golfo de Fonseca, que fue como el punto de convergencia de las tres entradas, en donde se produjo el choque, incluso de armas. Los recelos sobre este confín hicieron que las gentes de Cortés y Alvarado se afirmaran levantando poblaciones en él. Ésta fue la razón de fundarse las villas de Cáceres, Jerez (Choluteca) y San Miguel, todas ellas llamadas significativamente de la Frontera. En esta fase conquistadora solamente fueron efectivas las empresas de Francisco Hernández en Nicaragua y de Pedro de Alvarado en Guatemala. En Honduras, Gil González y Olid fracasaron a causa de la discordia entre los españoles, y la conquista sólo pudo afianzarse, aunque precariamente, gracias a la fugaz presencia de Cortés y más tarde, con más firmeza, por Alvarado y Francisco de Montejo. Sobre la costa de la mar del Norte, en parte de la primitiva Veragua, en 1535 y 1542 respectivamente, también se frustraron las empresas de Felipe y Diego Gutiérrez, a causa de su inexperiencia. Otro tanto les ocurrió a Rodrigo de Contreras y Hernán Sánchez de Badajoz, sobre la misma costa, en 1540, más en razón del choque entre ambos y disputa sobre la legitimidad.
En la fase posterior y que siguió a las referidas leyes, figuraron la continuación del ensayo lascasiano de la Verapaz y la ejemplar conquista de Costa Rica iniciada en 1561. Pero aún quedaba mucha tierra por ganar y repetidos fueron los intentos de no pocos capitanes y en lo que no cesó la acción exclusiva de los religiosos misioneros. Entrado el s. xix aún permanecían extrañas y hasta hostiles a la penetración española dilatadas regiones como la llamada Mosquitia (costa de los Mosquitos), en donde por siglos se tropezó además con el obstáculo de la intromisión inglesa. Como de ordinario ocurría en Indias, a la acción conquistadora y pacificadora siguió en A. C. la del asiento de las poblaciones. En su entrada primera por la mar del Sur, Gil González no tuvo ocasión para ello. Cuando regresó por las Higüeras, pobló en la costa San Gil de Buenavista, probablemente la primera de A. C.; y Olid, en el cabo de Honduras, el Triunfo de la Vera Cruz. Cortés, en lugar de San Gil, que se despuebla, asentó la Natividad; y sus capitanes, Trujillo y Cáceres de la Frontera. Alvarado, Guatemala; y sus tenientes, San Salvador y San Miguel. En la población de Honduras continuaron Alvarado y Montejo.
Por la parte de Nicaragua, la empresa de Francisco Hernández fue efectivamente pobladora, aunque bastó la permanencia de León y Granada para quedarse asentada la tierra. La población de Costa Rica sólo se hizo real y perdurablemente con Cavallón y Vázquez de Coronado (v.). Por el efecto posesorio que el acto de población implicaba, casi no hubo capitán que en su viaje o entrada no lo intentara, y así fueron numerosas las fundaciones, pero algunas tan efímeras que apenas resistían el tiempo en que permanecía en pie la acción conquistadora. El hecho de poblar y despoblar, o de mudar de sitio tarde o temprano, fue constante, y muchas y diversas fueron las causas. Con el tiempo se produjo un nuevo tipo de población: el que provenía de la necesidad de hacer vida comunal los vecinos españoles esparcidos por valles y haciendas, y alguna, como Tegucigalpa, de origen minero. Mestizos, mulatos y negros libres, elemento díscolo por lo general, fueron mandados asentar al lado de las villas y ciudades de españoles, y muchos barrios actuales de las mismas tuvieron esta procedencia. Y aparte, los pueblos de indios. Pasada la turbulencia de la conquista, sus primitivas viviendas dispersas se fueron ordenando alrededor de la iglesia y al cónstituirse progresivamente sus municipios. La obra misionera, poco a poco, por medio de las llamadas reducciones, también fue arrancando pueblos a la montaña, aunque no siempre les acompañara el éxito de la perdurabilidad (v. In).
4. Divisiones. La población de las primeras ciudades y villas trajo consigo el establecimiento de las gobernaciones. Primitivamente se erigieron las de Honduras, Nicaragua y Guatemala, que incluía a Chiapas. Entre estas gobernaciones no había concierto alguno, salvo la dependencia directa de la corona. En Indias, la superioridad, apenas extensiva a lo judicial, no siempre fue la misma para todas, osciló entre las audiencias de Santo Domingo y México, y luego también la de Panamá. La real unificación de las antiguas provincias de A. C. se produjo gracias a las mencionadas Leyes Nuevas de 1542. Por ellas se suprimían las gobernaciones y se mandó fundar una audiencia en los confines de Guatemala y Nicaragua. Su primer asiento fue la ciudad de Gracias a Dios, pero en 1549 se trasladó a Guatemala. Al suprimirse esta audiencia en 1563, nuevamente ocurrió la dispersión de las provincias. Nicaragua se adjudicó a Panamá y las restantes a México. Pero esto duró poco tiempo, ya que en el .a. 68 se restableció la de Guatemala, y esta vez para siempre. Tanto al tiempo de la supresión como al de su restablecimiento, ya su distrito estaba y estaría definitivamente determinado. Primitivamente, aunque por pocos años, le estuvieron sometidas Panamá y Yucatán. Así, pues, la audiencia comprendería lo que de antiguo había sido la gobernación de Guatemala y en la que a la sazón se incluían varios corregimientos y alcaldías mayores; las restauradas gobernaciones de Honduras y Nicaragua, las de Soconusco y Costa Rica y la alcaldía mayor de Chiapas. El número de provincias, sin embargo, variaría, aumentando o disminuyendo, en razón de agregaciones y segregaciones de las mismas; principalmente en lo tocante a corregimientos y alcaldías se operaron constantes modificaciones.
Durante el s. xvrr se produjo la mayor proliferación en este orden. Contrariamente, se dio con el advenimiento de las intendencias en 1786. Y aunque su establecimiento no fue total ni pasó de ser un tímido intento en lo que se proponían, el sistema actuó como aglutinante en buena parte del reino. Con las de Chiapas, Comayagua y León se fusionaron buen número de pequeñas provincias. Aparte de la de San Salvador, las tres intendencias mencionadas abarcaban los amplios límites de sus respectivos obispados, como cumplía a la ordenanza. En los breves periodos del s. xix que correspondieron a la vigencia de la Constitución de la monarquía española, en lo político A. C. se escindió con la creación de dos jefaturas políticas superiores, Guatemala y Nicaragua, con sendas diputaciones provinciales, permaneciendo unificado lo judicial y militar. Al tiempo de su fundación, en 1544, la audiencia de los Confines se inició como gobernadora, y su presidente no pasó a detentar individualmente el gobierno general del reino, sino hasta 1560.
Bastante más tarde, en 1609, se declaró en él la capitanía general, que se erigía. Como gobernador nombró, durante algún tiempo, en propiedad, los oficios de gobierno y justicia, y siempre, toda suerte de interinazgos; tuvo la provisión de encomiendas, de tierras y de ayudas a los vecinos y comunidades, y entre otros poderes, era vicepatrono de la Iglesia. Bajo su capitanía estaban todas las armas y castillos del reino. En suma, era una autoridad poderosa asentada en Guatemala, capital en la que coincidían muchos otros organismos y autoridades que incrementaban su fuerza centralizadora: tribunal mayor de cuentas, administración de la renta del tabaco, consulado, etc. Al lado de este creciente centralismo administrativo se fue haciendo el de los intereses privados de los vecinos de la capital, particularmente en el terreno del comercio, tan vinculado en aquel tiempo a la única fuente de riqueza: la producción agropecuaria; pues comerciante y hacendado se identificaban en unas mismas personas. A esto favorecía una circunstancia que afectó al resto de las provincias y que sólo de manera tímida y tardíamente se intentó superar. No se dieron más puertos ultramarinos que los de entrada directa a la capital. Cuantos habían existido hasta mediados del s. xvll, por causas muy diversas, permanecieron obstruidos. El comercio de Guatemala regía la economía del resto del reino, siendo además el mayor beneficiario del comercio ilícito y surtiéndose de géneros procedentes de naciones extranjeras.
5. Independencia. En 1821 se proclamó la independencia. A ella se llegó por varios cauces, por lo general comunes al movimiento independientista de los pueblos americanos: corrientes ideológicas del tiempo, ineptitud del poder real, contagio emancipador y aun la apetencia del sector que dominaba la economía y que tuvo a su favor el fervor ideológico de los ilustrados intelectuales y economistas de la hora. En contra de lo que se ha preconizado como un movimiento popular de liberación, incluso del elemento indígena, la independencia no fue, en esencia, sino la inevitable manifestación de la clase burguesa, en cuya inspiración no se apartaba de lo que ocurría en la propia España. No ha sido lo suficientemente estudiado lo que se ha calificado de movimientos precursores o preliminares de la independencia (v. HISPANOAMÉRICA II), en relación con las conmociones ocurridas diez años antes y reprimidas por la fuerza de las armas; pues de ello no ha traslucido más que un ideal de afirmación criolla, de los llamados españoles americanos en contra de la prepotencia de los peninsulares, o, a lo más, un brote de la ideología liberal. Fue la independencia de A. C. un hecho que se produjo inesperadamente, de manera incruenta y en virtud de una junta de notables reunidos en la capital, convocada por la propia autoridad y a la que concurrieron el mismo capitán general del reino, arzobispo, jefes militares, prelados, religiosos, magistrados, juristas e intelectuales. Ha sido discutida la autenticidad de la exaltación popular que precedió a la reunión y corroboró en torno suyo.
Proclamada la independencia, no hubo alteración en el mando del nuevo Estado. El mismo capitán general Gabino Gaínza quedó a la cabeza de él. En otros órdenes, caracterizó a la proclamación su afirmación de fe cristiana, su ponderación ante el cambio y futuro del régimen, el mantenimiento de la unidad y, significativamente, su afianzamiento al principio tradicional de la fuente popular del poder, extraña a la del naciente individualismo. Se acordó que la independencia fuese aprobada por los pueblos, como efectivamente se hizo. Fue sometida a los ayuntamientos más conspicuos, adonde se acabó aprobando, en unos con entusiasmo y en otros no sin reservas o reticencias, lo que hizo inminente la guerra civil en A. C. El nuevo acontecimiento provocó la anexión a México, hecho que quizá no se hubiera producido en otras circunstancias. Prohijaba la anexión el general mexicano, luego Emperador, Agustín de Iturbide (v.) con su célebre Plan de Iguala. Ésta fue aceptada en Guatemala, pero en el resto de A. C. se produjo la consiguiente división entre partidarios y adversarios de la anexión, llegándose incluso a la resistencia armada, como en San Salvador, finalmente sometida. Pero llegó el desquiciamiento del trono de Iturbide y A. C. reasumió su autonomía. Quedaba entonces la vuelta a la reorganización sobre la base del acta de 1821.
6. Unitarismo y federalismo. Las que hasta aquí se venían llamando Provincias Unidas de Centroamérica hallábanse escindidas por la pugna partidaria. Unitarismo y federalismo, que personificaban liberales y conservadores, se enfrentaron irreconciliablemente. En la Asamblea Constituyente salió triunfante el federalismo, firmándose el 22 nov. 1824 la Constitución de la República Federal de Centroamérica. Le había favorecido el recelo de las provincias frente a la capital, aunque incubaba el germen del caciquismo local. Ya durante las deliberaciones de la Constituyente se había separado Chiapas, uniéndose a México, y Nicaragua entraba en la anarquía. La Federación se estableció, pero la debilidad de la fórmula no resistió el primer encuentro, que se produjo en la misma capital entre la autoridad federal y la del Estado de Guatemala; y ésta, El Salvador y Honduras se destrozaron en larga y sangrienta guerra. En 1830 sobrevino un nuevo intento de restauración acaudillado por Francisco Morazán (v.), pero tampoco esta nueva etapa se vio libre de los consabidos trastornos y en 1838 nadie pudo detener la final desintegración de A. C. Juzgábase el separatismo como la solución para allegar la paz. Pero en el seno de los Estados debatíanse las facciones; y entre ellos, separatistas, unos, y unionistas, otros, ocurrían alianzas y recíprocas intervenciones que los mantenían en constante beligerancia. Hubo sólo un episodio de feliz concordia. En 1856, ante el peligro común de la presencia del filibustero William Walker en Nicaragua, todos acudieron a la defensa del desventurado hermano. Mas esto sólo fue una tregua.
Para unos Estados, ya constituidos en repúblicas, hubo una relativa paz; en otros entronizábanse autócratas federalistas dispuestos a imponer la unión por la fuerza. Pero a este unionismo beligerante había de seguir el del entendimiento pacífico, que se inicia en 1889, aunque no siempre con total participación. Y así se entró en una etapa de pactos y convenios más o menos parciales y poco duraderos, en los que no faltó el epílogo sangriento. Sucediéronse el pacto de Unión de los Estados de Centroamérica, el pacto de Amapala con la República Mayor de Centroamérica, los Estados Unidos de Centroamérica. Se intentaba asegurar el principio de la no intervención y el arbitraje, mas los conflictos y contrariedades, a los que se añadía el no menos espinoso de los pleitos de límites, no tenían fin. En este estado de tirantez y desconfianza había surgido en Guatemala, en 1899, un movimiento estudiantil, que fue el origen de lo que durante algún tiempo se llamó Partido Unionista, organización que por carecer de representación política no pasó de lo puramente idealista. En 1907 se dio un paso más efectivo. Mediando los buenos oficios de México y los Estados Unidos, las cinco repúblicas de A. C. accedieron a celebrar una conferencia en la capital norteamericana, dando por resultado los pactos de Washington. La no intervención y el compromiso de no reconocer los gobiernos de facto, como la creación de una Corte de justicia Centroamericana, fueron sus puntos sobresalientes. En 1914 Estados Unidos y Nicaragua celebraron un tratado de comunicación interoceánica, y habiéndose querellado Costa Rica, El Salvador y Honduras ante dicha Corte, Nicaragua desobedeció el fallo y así cesó aquel tribunal y se puso fin a lo pactado. Con motivo del centenario de la independencia, en 1921, hubo otro intento de unión de efímero resultado.
7. Centroamericanismo. Es indudable que el centroamericanismo es común y simpático a todos los pueblos de A. C., razón por la cual son constantes los esfuerzos de acercamiento. Tras un largo periodo de frío aislamiento, en 1951 aparecieron nuevas fórmulas de entendimiento e integración. En octubre de este año se suscribió por los cinco Estados lo que se llamó la Carta de San Salvador, quedando constituida la Organización de Estados Centroamericanos (v.) (ODECA), que dio origen al establecimiento de un mercado común y a numerosas instituciones que al presente operan no sólo en el campo económico; sino también en el técnico y cultural. Los sangrientos sucesos de julio de 1969 entre El Salvador y Honduras, y el descontento manifestado por Nicaragua, de ser víctima de trato desigual contra el cumplimiento de las normas, hacen pasar la integración por un momento de crisis.
8. Aspectos económicos, sociales y políticos. La economía de A. C. se fundamenta en la producción agropecuaria y en algunas industrias para el consumo propio. Sus géneros de exportación son principalmente café, azúcar y algodón, con lo que casi viene a ser un país de monocultivo expuesto a las oscilaciones del mercado internacional. Maderas, plátanos y oro son explotados por compañías norteamericanas, que pagan a los trabajadores del país lo que José Figueres (v.) ha denominado «salarios centroamericanos». Los productos manufacturados que más se consumen, y no sin exceso por parte de algunas clases, proceden del extranjero. A. C. atraviesa por las mismas circunstancias que el resto de los países iberoamericanos, con un gran sector de población en estado de subdesarrollo y la riqueza acumulada en pequeños grupos. Le afecta igualmente el éxodo campesino hacia las capitales, en donde se hacinan en las condiciones más desfavorables.
La distribución de la tierra, sin embargo, varía de una república a otra, pues en algunas aún se da la pequeña huerta. La problemática de la incorporación de enormes masas indígenas subsiste en parte de A. C. Ha venido siendo, por consiguiente, terreno propicio a la agitación social y subversión constante del presente, y un codiciado objetivo de las maquinaciones políticas internacionales. A pesar de algunos avances y de ciertos intentos de mejora social a través de la legislación, poco han variado las condiciones de vida y no ha habido evolución política. Al cuartelazo y la revolución endémicos, causas de la anarquía de otrora, para evitarla se han opuesto las inveteradas formas de dictaduras y oligarquías.
V. t.: Por países; PANAMERICANISMO; AMÉRICA IV; HONDURAS BRITÁNICA.
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