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1. La Alemania luterana. 2. La rebelión de los caballeros y la guerra de los campesinos. 3. Expansión y consolidación de la Reforma. 4. Contrarreforma y luchas confesionales. 5. Alemania en la guerra de los Treinta Años. 6. Alemania después de la paz de Westfalia. 7. Alemania y la Francia de Luis XIV. 8. Orígenes del dualismo Prusia-Austria. 9. El Imperio en la segunda mitad del s. XVIII. 10. Alemania y la Revolución francesa.
11. Las guerras napoleónicas y el nacimiento de la conciencia nacional en Alemania. 12. La guerra de liberación. 13. Alemania en la época de la Restauración. 14. Alemania entre revolución y reacción. 15. Hacia el nuevo Imperio. 16. El nuevo Imperio bajo Bismarck. 17. Alemania bajo Guillermo II. 18. La República de Weimar. 19. La Alemania de Hitler. 20. Alemania después de 1945. 21. La caída del Muro de Berlín y la reunificación alemana.
La muerte de Maximiliano I (1519) y el advenimiento de Carlos V señalan el comienzo de una época nueva, en un principio turbulenta, de la historia de A. La política fantástica y poco constante de Maximiliano (v.), «último caballero y primer humanista en el trono imperial», resultó afortunada y de alcance duradero sólo en su aspecto político dinástico En manos de su nieto Carlos se unieron los dominios de los Habsburgo y de Borgoña con los reinos de España y sus posesiones en Italia. El antagonismo entre la casa de Habsburgo y Francia, que se había iniciado con la unión de Maximiliano con María de Borgoña, adquirió formas europeas con la elección de Carlos V Emperador (contra la candidatura de Francisco I de Francia), constituyendo desde entonces un rasgo fundamental de la historia europea. En sus relaciones con los príncipes del Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana, los esfuerzos de Maximiliano de llevar adelante la pendiente reforma del Imperio no tuvieron ningún éxito apreciable. El proceso de desmoronamiento del Imperio era inevitable al paso que los príncipes lograban consolidar cada vez más su poder territorial. En lo sucesivo, el concepto unitario y universal de los emperadores de la casa de Habsburgo que gobernarán el Imperio hasta que deje de existir (1806), se vio continuamente contrarrestado por las tendencias particularistas de los príncipes. El reinado de Maximiliano, en el paso del d. XV al XVI, marcó también un cambio mental, eclesiástico y social cuyas causas radicaron menos en problemas eclesiásticos (ya que éstos existían también en otras naciones europeas) que en cuestiones sociológicas. El conflicto de un mundo hasta entonces organizado por una sociedad rural con otro nuevo de orientación burguesa desembocó en las tendencias de reforma religiosa, dando a ésta un inmediato signo político y social. Ante estas perspectivas inauguró Carlos V la Dieta de Worms (1521).
1. La Alemania luterana. El movimiento de reforma eclesiástica que Martín Lutero (v.) inició (sin la intención primitiva de separarse de Roma) con la publicación de 95 tesis contra el abuso de las bulas de indulgencia (1517), tuvo un inesperado eco en todos los estamentos de A. El latente malestar en amplios sectores de la población, la muerte de Maximiliano y la ausencia de Carlos V contribuyeron a que la causa de Lutero se convirtiera en un movimiento nacional de mayor escala. Con los tres escritos reformistas de 1520, Lutero se opuso claramente a la Iglesia. A consecuencia de la bula condenatoria de León X (1521), el poder temporal, el Emperador, tuvo que encargarse del «asunto Lutero». El edicto de Worms, que declaró su proscripción y la persecución de todo intento de propagar sus ideas, quedó sin efecto inmediato debido a que las guerras de las comunidades (v.) primero, y luego la guerra contra Francisco I obligaron al Emperador a descuidar durante casi 10 años los asuntos del Imperio. A. quedó abandonada a sí misma, y los Estados, por lo general, toleraron la difusión de las ideas y escritos de Lutero (V. REFORMA PROTESTANTE).
2. La rebelión de los caballeros y la guerra de los campesinos. Al conocerse el edicto de Worms, estalla en algunas partes de A. una violenta persecución de clérigos acompañada del pillaje de instituciones eclesiásticas. En Wittemberg, y en ausencia de Lutero, unos espíritus exaltados, iluminados iconoclastas, ponen en peligro la Reforma. Gracias a su imponente personalidad, Lutero logra restablecer el orden en la ciudad, pero no puede impedir que las ideas radicales que sobrepasan con mucho su concepto de la Reforma se difundan en otras partes de A. Bajo el influjo principalmente de Ulrich von Hutten, el ambiente anticlerical adopta pronto tendencias antirromanas. De estas circunstancias se aprovecha la clase de los caballeros, sobre todo en el sur y el sudoeste de A., para recobrar su prestigio político y social a costa de los territorios eclesiásticos. La rebelión de Franz von Sickingen, caudillo de esta nobleza menor, fracasa frente a la comunidad de intereses de los príncipes. La malograda guerra particular de Sickingen contra el arzobispo elector de Tréveris y su muerte (1523) señalan el fin político y social de esta clase, casi al mismo tiempo que los príncipes proceden a la completa sujeción de los campesinos. Las exigencias económicas, sociales y políticas de éstos, formuladas ya anteriormente, cobran nuevo aliento con la Reforma. En un principio las pretensiones de los campesinos son moderadas, de suerte que parte de la pequeña burguesía y algunos nobles se suman a ellos. La mayoría de los príncipes, sin embargo, deniegan todo trato con los campesinos, a pesar de los consejos conciliadores de Lutero que al principio simpatiza con el movimiento. La respuesta violenta de la población rural, particularmente en el sur de A., aunque también en Turingia y Sajonia, en parte bajo el mando de nobles (Götz von Berlichingen, Florian Geyer) desencadena la guerra de los campesinos. La pretendida erección de un «Reino de Dios» de signo comunista por Tomás Munzer en Turingia es lo que decide, en último lugar, que Lutero apruebe las acciones militares de los príncipes contra «los campesinos ladrones y asesinos». En pocos meses los ejércitos de los príncipes sujetan en varias batallas a las mal organizadas hordas campesinas. Una vez sofocada esta revolución de carácter político, la población rural quedará, en lo sucesivo, eliminada de la vida política de la nación. Desengañados de la postura de Lutero, grandes partes de la población vuelven a la fe antigua o se unen a los grupos sectarios y radicales.
3. Expansión y consolidación de la Reforma. El poder imperial, que no supo aprovecharse de la rebelión de los caballeros ni encauzar la revolución de las masas rurales, fallaba también frente al movimiento religioso. Los verdaderos beneficiados de los disturbios fueron los príncipes. Apoyándose en el dictamen de la Dieta de Spira (1526) que permitía hasta un futuro concilio que cada Estado «procediera como creyera conveniente y esperara poder responder ante Dios y el Emperador», procedieron a instituir las Iglesias territoriales. En caso de seguir la nueva doctrina, cada uno de ellos se convertía en jefe de la Iglesia de su dominio. Después de 1525 la Reforma se propagó sin el menor estorbo, sobre todo en A. central y septentrional (Electorado de Sajonia, Hesse), donde el landgrave Felipe fundó la primera universidad evangélica, Schleswig-Holstein, Estado de la Orden Teutónica, y en las principales ciudades: Magdeburgo, Nuremberg, Hamburgo, Estrasburgo, Ulm y otras. Sólo después de la paz de las Damas (Cambrai 1529) que suspendió la lucha de Carlos V contra Francisco I, el Emperador pudo concentrar de nuevo su atención en los asuntos de A. En la segunda Dieta de Spira (1529) el partido ortodoxo insistió en la ejecución del edicto de Worms, contra lo cual protestaron los estamentos evangélicos (de ahí: protestantes), y cuando el Emperador, en la Dieta de Augsburgo, rechazó la Confessio Augustana de los evangélicos (1530), mostrándose además seriamente decidido a restablecer el status ante quo, la mayoría de los protestantes se solidarizaron en la Unión de Esmalcalda. Sin embargo, el inminente peligro de los turcos y de Francia obligaron a Carlos V a concederles en Nuremberg (1532) la paz interina en cuestiones de la fe. Pero inmediatamente después de la paz de Crêpi (1544) y favorecido por la tregua concertada con los turcos en el siguiente año, les infligió, en la guerra de Esmalcalda (1546-47), una derrota total (v. MÜHLBERG, BATALLA DE). El elector de Sajonia y Felipe de Hesse cayeron prisioneros. La prepotencia del Emperador, sin embargo, y sus planes de asegurar la corona imperial para su hijo Felipe (v.), provocaron la sublevación de los príncipes, dirigidos por el elector Mauricio de Sajonia y secundados por Francia. Ésta obtuvo en compensación la Vicaría del Imperio sobre las ciudades de Toul, Verdun, Metz y Cambrai. En la paz religiosa (Augsburgo 1555) los príncipes y las ciudades libres obtuvieron la libertad religiosa y el derecho de determinar la confesión en sus dominios (Cuius regio, eius religio), con la reserva de que los príncipes eclesiásticos que se hicieran protestantes perderían su cargo, territorio y benefício. Un año más tarde Carlos V decidió abdicar. En el trono imperial le siguió Fernando I (v.) a quien Carlos había delegado ya en 1521 los dominios hereditarios de los Habsburgo.
4. Contrarreforma y luchas confesionales. Mientras que los protestantes disipan sus fuerzas en peleas dogmáticas, el catolicismo comienza a fortalecerse en el conc. de Trento (v.). A pesar del apoyo de los Estados católicos (en especial España) y la labor de la Compañía de Jesús, la Contrarreforma (v.) no empieza a surtir efecto hasta el reinado de Rodolfo II (1576-1612), ya que Fernando I se vio continuamente ocupado por el peligro turco y su hijo Maximiliano II, que le siguió en 1564, mostraba francas simpatías, aunque siempre indeciso, con los protestantes. Alberto V, duque de Baviera, es el primer príncipe que pone en práctica las resoluciones del concilio. Con la ayuda de tropas españolas impide la introducción de la Reforma en el electorado de Colonia, cuyo arzobispo elector se pasa al protestantismo. El ejemplo de Alberto, el creciente éxito de la misión de los jesuitas, la política intransigente española en los Países Bajos y los sucesos en Francia despiertan entre los protestantes el temor de un ataque de las potencias católicas. Para hacer frente al peligro el elector del Palatinado, calvinista, intenta coordinar las fuerzas protestantes, y logra formar la Unión (1608) por encima de las disconformidades teológicas entre luteranos y calvinistas. La respuesta de los católicos es la Liga (1609) bajo la guía de Baviera. El Emperador y Sajonia, luterana pero leal a la causa imperial, se mantienen alejados de los bloques militares de los partidos confesionales, que, por su parte, persiguen una política independiente buscando el apoyo de las potencias extranjeras: la Unión con Francia, Inglaterra y los Estados Generales, la Liga con España y el Papa. La extinción de la casa ducal de Julich y la querella por la sucesión en los ducados reunidos de Julich-Berg-Kleve (1609-14) parece suscitar la guerra, en la que Francia y España no dejarían de tomar parte. Sólo la postura pacifista de los Estados grandes del Imperio, el asesinato de Enrique IV de Francia y la rivalidad entre Rodolfo Il y su hermano Matías (1612) suspenden de momento la contienda, que estalla en definitiva en 1618.
5. Alemania en la guerra de los Treinta Años. La creciente reacción católica y la política de Matías contra los Estados de Bohemia provoca una sublevación en Praga que culmina en la desfenestración de los funcionarios reales. En la lucha abierta entre los Estados de Bohemia y su rey, así como entre protestantes y católicos, los bohemios, conforme a su postura eclesiástica, buscan el apoyo de la Unión y eligen rey al elector Federico V del Palatinado. En lugar del Emperador moribundo interviene su sobrino Fernando de Estiria, que por falta de un ejército propio reclama la ayuda de la Liga. El incidente de Praga promueve una guerra que se extiende a A. La elección de Fernando II Emperador (1619) supone un incremento esencial del partido católico. Maximiliano de Baviera y su general Tilly derrotan al ejército de la Unión en la batalla de la Montaña Blanca (v. TREINTA AÑOS, GUERRA DE LOS), cerca de Praga (1620). Federico huye a Holanda. La Liga, en unión de un ejército español, ocupa los dominios del Palatino, y en toda A. Occidental comienza la recatolización. La dignidad electoral pasa a manos de Maximiliano de Baviera. La Unión se disuelve. El avance católico hacia A. del norte induce a Cristián IV, rey de Dinamarca y duque de Holstein, a ponerse en cabeza de los protestantes.
En esta segunda fase de la guerra (1625-29) ya se apuntan las dimensiones europeas de la misma, pues Cristián puede contar con la ayuda de Inglaterra y de los Estados generales. No obstante es vencido por Wallenstein y Tilly. Fernando, en la cumbre de su poder, promulga el edicto de Restitución, que exige la devolución de todas las instituciones eclesiásticas ocupadas por los protestantes desde 1552. Sin embargo, el protestantismo, en peligro de ser aniquilado, se salva una vez más por la oposición de los príncipes, también de los católicos, contra el incremento del poder imperial. Capitaneados por Maximiliano de Baviera imponen al Emperador la dimisión de Wallenstein en la Dieta de Ratisbona (1630). Así están las cosas cuando el rey luterano de Suecia Gustavo II Adolfo, especialmente preocupado por los ambiciosos planes imperiales en el Báltico, desembarca en Pomerania. Los subsidios franceses le permiten llegar victorioso hasta las fronteras de Austria. En esta situación precaria se rehabilita a Wallenstein, que al frente de tropas imperiales y católicas gana la decisiva batalla de Lützen (1632) contra los suecos, cuyo rey muere en la lucha. Después de esta derrota la mayor parte de los Estados protestantes sigue el ejemplo de Sajonia y se unen a la paz de Praga (1635). El Emperador renuncia a la ejecución del edicto de Restitución.
En la última fase de la guerra (1635-48), los motivos religiosos pasan por completo a segundo término. A. se convierte en el escenario de la batalla de las potencias europeas. Por primera vez desde el comienzo de la guerra, los ejércitos franceses penetran en A. Después de dificultades iniciales, el partido francés gana en superioridad, sobre todo tras el declive del poder militar español (1640). Las vicisitudes de la guerra, sin embargo, despiertan ya en 1644 el deseo de paz, puesto que ninguna parte puede alcanzar la victoria definitiva sobre la otra. No obstante, la guerra se prolonga hasta que en 1648 se logran los tratados de paz en Münster y Osnabrück.
6. Alemania después de la paz de Westfalia. Treinta años de guerra asolaron el territorio alemán. Casi la mitad de la población había perecido, y la situación económica era desastrosa aun en las regiones menos afectadas. La mayoría de las ciudades, al margen de las nuevas vías comerciales, se despoblaron descendiendo a la categoría de pueblos o ciudades de provincia. La burguesía portadora de la cultura perdió importancia. En el campo eclesiástico la paz concertada puso fin a las guerras de religión estableciendo la igualdad jurídica de las confesiones en la que se incluyeron también a los calvinistas. Con la excepción de los dominios de Habsburgo y partes de Baviera, el estado de posesión se fijó con arreglo al «año normal» de 1624. Las potencias extranjeras que participaron en la guerra obtuvieron compensaciones territoriales y económicas. El hecho de que garantizaran la paz les permitía además intervenir en los asuntos del Imperio. Pste representó en el aspecto político constitucional «un monstruo, apenas un concepto geográfico», según la opinión de un contemporáneo. Los príncipes y las ciudades libres obtuvieron la soberanía y el derecho de concluir tratados con el extranjero. Unos 355 Estados componían esta «república de príncipes». A partir de 1663 la Dieta quedó reunida permanentemente en Ratisbona. Frente a la poca autoridad del Emperador y la inercia del Imperio, la verdadera vida política pasó a los territorios.
7. Alemania y la Francia de Luis XIV. La paz de 1648 había ratificado el fin de la hegemonía de Habsburgo en el Imperio y en Europa. Por de pronto los emperadores se dedican a los intereses de sus dominios hereditarios. En la lucha contra los turcos y en la defensa contra la agresión de Francia se fragua la unidad política de Austria, que bajo los emperadores Leopoldo I y José I vuelve a ser una gran potencia europea. Los diferentes Estados en A., a su vez, tratan de redondear y fortalecer sus territorios. Entre ellos se destaca Brandeburgo (v.), cuyo margrave Federico Guillermo, el gran elector, consigue en 1660 la soberanía de Prusia (v.). Gracias a su política prudente y oportunista, ya al lado de Francia, ya en apoyo del Emperador, Brandeburgo-Prusia se convierte en un factor respetable de la política europea. La situación de sus dominios dispersos es condición de su posterior expansión dentro del Imperio. El vacío de poder político que se produjo en A. con la paz de Westfalia es utilizado por la política expansionista de Francia, sobre todo contra Austria y el Emperador, que sigue siendo el príncipe más poderoso del Imperio. En la paz de Nimega (1678-79), Francia gana la ciudad de Friburgo en Brisgovia, y mediante las «reuniones» ocupa Alsacia y Estrasburgo (1681), cuya posesión confirma Leopoldo I en el tratado de Ratisbona (1684) para ganar una tregua de 20 años con Francia. No obstante, en el momento crucial de la guerra contra los turcos, tropas francesas invaden el Palatinado bajo el pretexto de reivindicar los derechos hereditarios de Leonor del Palatinado, cuñada de Luis XIV. La pretendida anexión fracasa ante una coalición europea capitaneada por Guillermo III de Orange. En la paz de Rijswijk Francia devuelve los territorios reunidos en la orilla derecha del Rin, pero retiene Alsacia y Estrasburgo. Al morir el último Habsburgo en el trono español, el Imperio se ve complicado también en la guerra de Sucesión (v.), sin que saliera favorecido como Austria. Al contrario,tiene que ceder Landau a Francia en la paz de Baden (1715). En cambio, Prusia y Hannover obtienen considerables incrementos territoriales, a costa de las posesiones suecas, en la guerra del Norte (1700-21; v.).
8. Orígenes del dualismo Prusia-Austria. Al comenzar el s. XVIII se presenta en A. una nueva constelación de potencias. En 1697 el electorado de Sajonia obtuvo la corona real de Polonia y los güelfos de Hannover (electorado desde 1692) sucedieron por derecho hereditario en el trono de Inglaterra. En 1701 el elector Federico III de Brandeburgo, duque de Prusia, se coronó rey. Por obra de su hijo Federico Guillermo I (1713-40) la nueva realeza prusiana adquiere su fundamento de poder efectivo. El régimen absolutista, que se apoya en una perfecta administración del Estado, en una economía ordenada y en un excelente ejército, eleva «de pronto al señor de Brandeburgo-Prusia por encima de todos sus iguales en Alemania».
Muy distinta es la evolución en Austria. Bajo Carlos VI, el poder del Estado declina considerablemente; la creciente miseria económica y la consiguiente mengua de la capacidad militar coartan la libertad de acción. La razón principal de toda la política de Carlos VI, ante la cual los demás problemas pasan a segundo término, es el deseo de asegurar la sucesión de su hija María Teresa (v.) en el conjunto de los dominios hereditarios de Habsburgo mediante una pragmática sanción. El reconocimiento de ésta por las potencias europeas y por los príncipes del Imperio, lo consigue a costa de grandes sacrificios. En 1738 entrega a Francia el ducado de Lorena (v. SUCESIÓN DE POLONIA, GUERRA DE).
Cuando muere Carlos VI, los electores, bajo la guía de Brandeburgo y con el apoyo de Francia, eligen Emperador a Carlos Alberto, duque de Baviera (Carlos VII, 1742-45). Aun durante las negociaciones sobre la elección y mientras María Teresa lucha por el reconocimiento de la pragmática sanción (v. SUCESIÓN DE AUSTRIA, GUERRA DE), Federico II de Prusia (v.) conquista Silesia. En la paz de Breslau (1742) María Teresa renuncia a esta provincia de Austria, para hacer frente a Carlos VII, que es expulsado de Baviera. Ante las victorias de los austriacos, la mayoría de los príncipes alemanes se apartan de él. En esta situación venturosa para Austria, Federico II se une a la coalición francesa e invade Bohemia (segunda guerra de Silesia, 1744). En la paz de Dresde (1745) conserva Silesia, pero reconoce a Francisco I, marido de María Teresa, como Emperador. El interés del Estado no permite, sin embargo, que la austriaca acepte la pérdida definitiva de Silesia. El conflicto de Francia con Inglaterra favorece la política austriaca, que gracias a la diplomacia de la Emperatriz y de su canciller Kaunitz logra formar una gran coalición en unión con Francia y Rusia contra Federico II, que sólo puede contar con la ayuda de Inglaterra y Hannover.
Ante la amenaza de una nueva guerra con Austria, Federico se decide por una campaña preventiva contra Sajonia, miembro más débil de la alianza enemiga. Así comienza la tercera guerra de Silesia (v. SIETE AÑOS, GUERRA DE LOS). En su transcurso lleva a ambos rivales temporalmente al borde de la ruina. Contra todas las adversidades, Federico II puede imponerse, y en la paz de Hubertusburgo (1763), Prusia se establece en A. como gran potencia. El antiguo antagonismo entre el Emperador y los Estados del Imperio se sustituye por el dualismo austriaco-prusiano, que determina la historia de A. hasta la fundación del nuevo Imperio por Bismarck. Sólo hay amplia unanimidad entre las dos potencias cuando por iniciativa de Rusia, que al amparo de las discordias tiende a avanzar hacia el O, participan en los repartos de Polonia.
9. El Imperio en la segunda mitad del s. XVIII. La muerte del elector Maximiliano José de Baviera ofrece a José II (Emperador y corregente de su madre María Teresa en Austria desde 1765) la ocasión de practicar una política más activa, en especial frente al Imperio, donde pretende reivindicar los derechos imperiales y fortalecer la posición de Austria. El intento de anexionar el ducado de Baviera fracasa ante la resistencia de los príncipes alemanes y la intervención militar de Federico II. También el proyecto de 1784 que preveía el cambio de Baviera por los Países Bajos (austriacos) que obtendría Carlos Teodoro del Palatinado a cambio de la renuncia de sus derechos de sucesión en Baviera, se malogra por la intervención diplomática del rey de Prusia, que a título de protector de los intereses del Imperio crea en 1785, junto con Sajonia y Hannover, la liga de los príncipes alemanes. Si bien los grandes acontecimientos políticos y bélicos en A. se deciden entre Austria y Prusia, no debe olvidarse que a su lado continúan sus propios caminos un sinnúmero de Estados medianos y pequeños que integran el Imperio. Mezclados de alguna forma en las discordias austriaco-prusianas o en los sucesos internacionales, tratan de acrecentar su poder e influencia, de la misma manera que lo hacen mediante una diligente política dinástica, hereditaria o mediante el cambio de territorios, como en el caso de Baviera. Siguiendo el modelo francés ostentan un régimen absolutista más o menos pronunciado y de muchos matices. Algunos príncipes, influidos por el ejemplo de Federico II y José II, llegan a elevar su gobierno a la forma ilustrada del absolutismo, adoptando, en beneficio de sus dominios, medidas oportunas para la mejora de la administración y jurisdicción del Estado y el fomento del desarrollo de la industria (Sajonia) y la agricultura (Baden). Con todo, su importancia política y militar es muy reducida y depende muchas veces de la personalidad de sus soberanos, cuyas residencias, por pequeñas que sean, se convierten en centros culturales donde preponderan siempre la moda y el estilo franceses.
10. Alemania y la Revolución francesa. Los sucesos de la Revolución francesa (v.), que en A. y sobre todo en la parte renana es acogida con cierto entusiasmo por la burguesía ilustrada, significan también el inminente final del sistema absolutista y feudal en A. En defensa de la legalidad, Leopoldo II de Austria y Federico Guillermo II de Prusia contraen una alianza a la que se unen otros príncipes alemanes. En la campaña contra la Francia revolucionaria y en socorro de Luis XVI, los aliados, a pesar de sus éxitos iniciales, no resisten ante el empuje de los ejércitos de voluntarios revolucionarios. Éstos, por su parte, toman la iniciativa, y llevan la guerra hasta la misma A. Los intereses particularistas que surgen con el tercer reparto de Polonia, inducen a Prusia a abandonar la coalición con Austria. En la paz (por separado) de Basilea (1795) entrega a la República Francesa la orilla occidental del Rin y se compromete a una política neutral. Tras sus derrotas en Italia, Austria renuncia también a sus dominios de la izquierda del Rin.
La política de Napoleón (primer cónsul desde 1799) frente a A. se encamina hacia el mismo antagonismo tradicional de la antigua monarquía francesa y el Imperio y Austria, con la diferencia de que persigue la aniquilación de la idea de Imperio. En el fundamento de los tratados de paz se procede a una organización territorial de A. que tiene como finalidad el acrecimiento de Prusia y la creación de una serie de Estados medianos como contrapeso entre ésta y Austria. Así, bajo la presión de Napoleón, la Diputación del Imperio, reunida en Ratisbona, seculariza, según el ejemplo de Francia, los Estados eclesiásticos que se incorporan a los dominios seculares. La misma suerte sufren las pequeñas ciudades imperiales. Después de la derrota de los austriacos en Ulm y Austerlitz (1805) y por la paz de Presburgo, Baviera y Wurtemberg se convierten en reinos; Baden en gran ducado. Los príncipes menores se mediatizan, agregándose sus territorios a los Estados medianos. Bajo la protección de Napoleón los del sur y sudoeste de A. forman la alianza del Rin (1806), declaran su soberanía independiente y se separan del Imperio. Por consiguiente, y por exigencia de Napoleón, Francisco II, que desde 1804 lleva el título de Emperador de Austria, depone, el 6 ag. 1806, la corona imperial. El Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana ha dejado de existir. |