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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Al-Andalus
Categoria:
Historia
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    1. Origen del nombre. Los autores árabes designan la España musulmana con el nombre de al-Andalus, mientras que las fuentes cristianas emplean solamente los términos Hispania o Spania. Algunos historiadores modernos relacionan al-Andalus con los vándalos y suponen que la Bética romana pudo llamarse en alguna ocasión Vandalicia. Dozy, Seybold, Lévi-Provençal y Bouvat se han preocupado por explicar dicha etimología sin presentar pruebas convincentes. El hecho cierto es que en el a. 716 (98 de la Hégira), se acuña en España una moneda bilingüe, latina y árabe, y por primera vez aparece la voz latina Spania traducida por la voz árabe al-Andalus.

      Los historiadores árabes han tratado de explicar la palabra recurriendo a la mitología, y nos dicen que los primeros pobladores de la península Ibérica fueron los al-Andlis. Después de confrontar estas noticias con los datos proporcionados por los primeros geógrafos e historiadores árabes de Oriente, sin olvidar la exégesis coránica, podemos llegar a la siguiente conclusión: la Yazírat al-Andalus corresponde a la Insula Atlantis o Isla del Atlántico de los escritos de geógrafos griegos y latinos, fuentes que fueron conocidas por los árabes antes de su expansión por el norte de África hasta los confines del Atlántico. Para comentar la azora XVIII del Corán, donde se habla del viaje de Moisés a los confines de Occidente, los exegetas musulmanes recurrieron a las fuentes geográficas conocidas y transcribieron de muy diversas formas el Atlántico. En algunos geógrafos árabes occidentales aparece bajo la forma Latlant o Adlant.

      Los musulmanes aplicaron siempre el nombre de al-Andalus a la parte de la península Ibérica dominada por el Islam; a partir del s. XIII quedará reducida al reino nazarí de Granada (v. NAZARÍES) y sobrevivirá, hasta nuestros días, en la actual Andalucía.

      2. Descripción geográfica. La mayoría de los geógrafos árabes describen al-Andalus basándose en la obra del cronista cordobés del s. X, Ahmad al-Rází. La Descripción de al-Rází fue traducida al portugués por orden del rey Dionís de Portugal (1279-1325) e incluida en la Cronica general de Espanha de 1344. Al Rází sitúa al-Andalus en la extremidad del cuarto clima y tiene una forma triangular, cuyo ángulos son Trafalgar, Finisterre y Port Vendres. Al N limita con la Europa continental o al-Ard al-Kabíra (La Gran Tierra); al E con el Bahr al-Rúm o mar Mediterráneo, y al S y O por el océano Atlántico o al-Bahr al-Muhít. Distingue la España occidental de la oriental, cuyas particularidades climatológicas van condicionadas por el régimen de los vientos, la caída de las lluvias y el curso de los ríos. Tres grandes cadenas montañosas atraviesan el país: los Pirineos al N, el sistema Central o al-Sarrát (las Sierras) y, al S, la sierra Morena o Yibál Qurtuba (montes de Córdoba). Después de la descripción de los principales ríos y de subrayar las excelencias de al-Andalus, que recuerdan las Laudes Hispaniae de S. Isidoro, los geógrafos árabes, que sigue el esquema de al-Rází, describen las coras o provincias de al-Andalus citando sus principales núcleos urbanos y producciones características. Cada cora tiene su capital, o Hádira, con su alcazaba y su gobernador, o 'ámil. Las listas de provincias son variables y al-Rází cita 37 para la época del Califato; la más importante es la de Córdoba, que merece siempre una detallada descripción. Las zonas fronterizas recibían la denominación especial de tugúr o marcas y tenían un régimen particular, pues eran gobernadas por un general, o qá'id. Las capitales de estas marcas fueron Zaragoza, Medinaceli, Toledo y Mérida.

      3. Elementos étnicos. Es imposible evaluar la población de al-Andalus en la época de su mayor extensión geográfica, o sea, a fines del s. X. Se ha supuesto que tendría unos 10.000.000 de hab., pero ni siquiera los libros de genealogías como la Yamhara de Ibn Hazm de Córdoba sobre los asentamientos de árabes y beréberes en la Península, ni tampoco las cifras de impuestos pagados por las poblaciones no musulmanas nos permiten dar una cifra aproximada.

      Entre los elementos constitutivos de la población de al-Andalus hay que distinguir a los musulmanes de aquellos que siguieron practicando su propia religión y que recibieron el nombre de dimmíes o protegidos con la obligación de pagar un doble tributo: la yizya, que debía pagar todo hombre adulto y el jaráy, o impuesto sobre las tierras. Los musulmanes estaban constituidos al principio por los árabes y beréberes invasores. Los primeros estuvieron siempre en minoría: y llegaron a la Península en oleadas sucesivas: los que acompañaron a Táriq y Músà (Muza) en la conquista, las tropas sirias qué entraron con Baly 30 años más tarde y otros grupos reducidos que llegaron con la restauración omeya. Dirigieron los destinos de al-Andalus, trasladaron a la Península sus querellas tribales y aunque no trabajaron las tierras recibieron una parte de sus beneficios. Se establecieron en las comarcas más fértiles del sur, levante y valle del Ebro.

      Los beréberes (v.), en cambio, se asentaron en las zonas altas de la Meseta, de la serranía de Ronda y en las zonas fronterizas, que evacuaron cuando se sublevaron en el a. 740 y muchos de ellos emigraron a su tierra de origen, el norte de África. Los emires omeyas reclutaron mercenarios beréberes, que recibieron la denominación de Tanyiyyún o tangerinos, pero fue sobre todo en el s. X cuando tribus enteras cruzaron el estrecho de Gibraltar para tomar parte en las campañas de los califas o de Almanzor (v.) contra los reinos cristianos del norte. Pocos años después contribuirían decisivamente a la caída del Califato, provocando el fraccionamiento de al-Andalus en los distintos reinos de taifas (v.), muchos de los cuales fueron beréberes.

      Los españoles que después de la conquista se convirtieron al Islam recibieron el nombre de musálima o muwalladúm (muladíes, v.). Aunque islamizados y arabizados con más o menos intensidad, nunca olvidaron su origen y aprovecharon las situaciones críticas para hacer valer sus derechos o se declararon en franca oposición a los árabes, organizando la resistencia armada a fines del s. IX, como los Banú Qasi (v.), en Aragón, Ibn Manwán el Gallego en Extremadura y 'Umar ibn Hafsún en el sur. A partir del s. X se acentuó la arabización de los muladíes, que olvidaron muchas veces sus orígenes hispánicos confundiéndose con los demás elementos de la población musulmana.

      Hay que señalar otros dos grupos étnicos, aunque minoritarios: los negros o 'Abíd, reclutados como mercenarios o comprados como esclavos. Constituían la guardia personal de los califas y más adelante Almanzor aumentó los efectivos de esta guardia negra. Los negros eran extraordinarios andarines y constituían un cuerpo de correos que tomaban parte en todas las expediciones, mientras que las negras eran muy solicitadas como excelentes cocineras y concubinas.

      Los eslavos o Saqáliba procedían de Europa central y de los reinos cristianos del norte de la Península. Muy pronto ocuparon cargos importantes en la administración del Estado y en el s. XI fundaron algunos reinos de taifas. Las mujeres eran muy solicitadas por su tez blanca y porque eran rubias; muchas de ellas gozaron de mucha consideración y llegaron a madres de reyes o Umm al-Walad.

      Cristianos y judíos formaron los dimmíes o tributarios. Los primeros, llamados también mozárabes (v.), constituían comunidades importantes. Al frente de ellos estaba un qúmis o conde, que tenía por misión recaudar los impuestos de la comunidad y regular las relaciones de ésta con el poder musulmán. Los mozárabes tenían sus propios tribunales y jueces y solamente cuando una de las partes en litigio era musulmana, pasaba el pleito a la jurisdicción islámica. Conservaron hasta el s. XII sus obispos y después de la campaña de Alfonso I el Batallador de Aragón (v.) los mozárabes fueron obligados a convertirse al Islam o fueron desterrados al norte de África.

      Los judíos vivían en juderías, con sus tribunales propios como los mozárabes. Se dedicaron principalmente al comercio, a la recaudación de impuestos y muchos de ellos fueron médicos, tesoreros reales y embajadores. Incluso algunos llegaron a ocupar importantes cargos en la administración pública, como Ibn Nagrella, visir de los reyes beréberes de Granada en el s. XI. Con los almohades (v.) corrieron la misma suerte que los mozárabes: la conversión o el destierro.

      4. Lengua. En España los árabes encontraron la lengua latina bien asentada después de un largo proceso de romanización, que ya pasaba de siete siglos. Impusieron el árabe como lengua de la cultura, pero no consiguieron desplazar las lenguas romances derivadas del latín. El bilingüismo fue un fenómeno corriente en al-Andalus y cabe suponer que en determinadas zonas rurales prevalecieran las lenguas indígenas.

      Los primeros documentos árabes de la Península reflejan en sus relaciones toponomásticas una arabización de nombres romances, que nos dan la clave para identificarlos y para precisar hechos históricos de gran importancia. Las jarchas (v.) hispano-árabes y las obras de botánica son ejemplos suficientes para probar la supervivencia del romance. Pero, en definitiva, el problema es muy complejo y no podemos precisar hasta qué punto se impuso el árabe en España. ¿Cómo se explica que los moriscos, expulsados poco más de 100 años después de la caída de Granada, fueran a Salé o Túnez habiendo olvidado el árabe? ¿Se puede justificar la literatura aljamiada (v.) solamente por una presión cristiana? El hallazgo de nuevos textos en Marruecos y el problema bilingüe en este país podrían aclarar muchos puntos que afectan a la Península.

      La contribución de las poblaciones conquistadas a esta civilización árabe o musulmana se manifestó principalmente en el campo de la cultura, de la ciencia y de la administración, mientras que la contribución puramente árabe se redujo a los dominios lingüístico y religioso. Las antiguas civilizaciones se fundieron en un nuevo molde y se expresaron por medio de la lengua árabe. El árabe se encontró así reforzado con nuevas ideas y nuevas imágenes y enriquecido por un nuevo vocabulario. La creación de un Imperio árabe que se extendió en, el apogeo de su potencia desde los Pirineos y el Atlántico hasta las orillas del Syr Darya y el Indo, tuvo consecuencias profundas sobre los destinos de la lengua árabe. En las nuevas provincias donde se imponía la lengua de los conquistadores, hablaban un árabe muy alterado, influido lógicamente por las lenguas indígenas.

      Por sus peculiaridades fonéticas, morfológicas y sintácticas, el árabe de al-Andalus es considerado como un dialecto árabe y recibe el nombre de árabe andaluz o árabe hispánico.

      Pero al ser el árabe la lengua de la cultura influye poderosamente en las lenguas romances de la Península e incorpora en éstas numerosos arabismos que se refieren a instituciones administrativas, militares, nombres de oficio, etc. (V. HISPANO-ÁRABE, LITERATURA).

      5. Economía. Los geógrafos árabes subrayan las riquezas naturales de al-Andalus y registran las florecientes industrias que se desarrollaron en el país durante la dominación musulmana. Entre los productos del campo cabe señalar el cultivo de los cereales, principalmente el trigo. Era de excelente calidad el de Toledo. A pesar de la enorme producción resultaba insuficiente y tenía que importarse, sobre todo en las épocas de escasez, del norte de África. Como en nuestros días, Andalucía era una región olivarera por excelencia y sobresalía por su abundante producción y por su calidad el aljarafe sevillano. También destacaba el cultivo de la viña y de árboles frutales; los geógrafos árabes destacan la extraordinaria calidad de los higos de Málaga, de las granadas, peras, manzanas, cerezas, almendras y otras frutas de al-Andalus. Hay que mencionar también el cultivo de plantas aromáticas y textiles como el azafrán, el lino, el algodón, etc. y el cultivo de algunas plantas subtropicales en el sur, como la caña de azúcar y el plátano. El estado floreciente de la agricultura en al-Andalus permitía el desarrollo de importantes industrias como las harineras, las del aceite, que se elaboraba en almazaras y cuyo excedente se exportaba a todo el mundo. La industria textil estaba muy desarrollada y la de la seda era muy floreciente en Granada, Almería y Murcia. También eran muy importantes las explotaciones forestales para la construcción, el carboneo y la industria naviera.

      La ganadería también ocupaba un lugar muy importante en la economía de al-Andalus. La cría caballar era objeto de preocupación del Estado, pues nos consta que Almanzor instaló una remonta en las islas del Guadalquivir, al S de Sevilla. El geógrafo oriental del s. X, Ibn Hawqal elogia las cualidades de los mulos de Mallorca. Tampoco era despreciable el ganado vacuno, utilizado principalmente en las faenas agrícolas y estimado por su producción lechera; el ganado ovino, muy cotizado por su carne y por su lana, y el cabrío. Como en al-Andalus se consumía mucha miel, los autores hispanoárabes nos dan valiosos datos sobre la apicultura y subrayan la excelente calidad de la miel de Jaén o Lisboa. Las colmenas se hacían generalmente con planchas de corcho.

      Durante la época musulmana se siguieron explotando los yacimientos minerales de la península Ibérica. El oro era extraído de las arenas de algunos ríos como el Genil, el Segre y el Tajo. La plata se obtenía de algunos yacimientos de Murcia, de Córdoba y de Beja, mientras que el hierro se explotaba en la región de Constantina, al norte de la provincia de Sevilla. El famoso geógrafo del s. XII, al-Idrísí, nos proporciona interesantes noticias sobre las distintas operaciones para la obtención del mercurio de Almadén y Obejo. Igualmente se extraían cobre, estaño, plomo, galena, etc. En las fuentes musulmanas se citan también las canteras de mármol de Macael, en Almería, y yacimientos de piedras preciosas: el cristal de roca de Lorca, el jacinto de Málaga, los rubíes de Almería, etc. Otras fuentes de ingreso eran la extracción de la sal y la pesca. Con la ayuda de jábegas y almadrabas se obtenían grandes cantidades de atún, sardina y jurel, que se consumía no solamente en las ciudades del litoral, sino también en el interior. Según un cronista, en Córdoba se llegó a vender en un día sardina por valor de 20.000 dinares. El comercio en al-Andalus fue activísimo en todas las épocas y se exportaban materias primas y objetos manufacturados como telas, pieles, cueros, joyas, marfiles, etc.

      6. Instituciones. Al frente del Estado está el soberano que recibe según las circunstancias políticas o religiosas, los títulos de emir, califa, amír al-muslimín, amír al-mu'minín o sultán, con la doble función de jefe espiritual y temporal. Gobierna con autoridad absoluta, aunque delega parte de sus poderes en funcionarios, responsables ante él y que serán depuestos por decisión personal. Preside la oración del viernes, es juez en última instancia y administra los gastos públicos; como general de los ejércitos dirige muchas expediciones militares y también la política exterior. Al ser entronizado recibe el juramento de lealtad de todos sus súbditos según un riguroso protocolo. Como símbolo de su realeza lleva el sello real o anillo de oro con una divisa personal y su nombre y título se mencionan en el sermón del viernes.

      Después del soberano destaca el háyib. Como primer ministro asiste al emir o califa y dirige los tres servicios de la administración civil: palacio real, Cancillería y Hacienda. Cuando decae la autoridad del califa el háyib se convierte en el personaje todopoderoso del Estado. Así ocurre con Almanzor (v.) que va acumulando una serie de prerrogativas propias del califa desde su nombramiento en el 978. Los reyes de taifas prefieren este título, considerándose como representantes del califa, aunque en definitiva el título indica la jefatura del poder temporal. Con los almohades desaparece esta institución.

      Durante el Califato (v.), cuando las instituciones llegan a su pleno desarrollo, el ministro o wazír ocupa funciones propias y específicas: comunicaciones, armamento, ejército, caballería, manufacturas reales, secretaría. En el a. 955 'Abd al-Rahmán III (v. ABDERRAMÁN III) nombrará cuatro secretarios, encargados respectivamente de la correspondencia de provincias, de la correspondencia de la frontera, de los decretos reales y de las reclamaciones.

      En los primeros tiempos del emirato de Córdoba (v.) eran tres las fuentes de ingreso: el botín o ganíma, la yizya o tributo personal que pagaba todo adulto de religión cristiana o ludía y el jaráy, impuesto legal sobre la propiedad territorial. Al lado de estos impuestos legales van apareciendo muchos ilegales como la daríba o impuesto sobre el ganado, la qabála o alcabala, sobre los mercados, etc. Una serie de funcionarios colaboraban en la recaudación de impuestos o en la distribución de ingresos y gastos. Estos impuestos se recibían en especie o en dinero contante. Otra fuente de ingresos era la acuñación de moneda. En la última época de Abd al-Rahman III se distribuían los ingresos en tres grandes capítulos: obras públicas, guerra santa y tesoro.

      Durante el Califato estaba dividido al-Andalus en 21 coros o provincias, nueve de las cuales gozaban de un estatuto especial, porque sus territorios habían sido concedidos en feudo a las tropas sirias. También tenían un régimen especial las marcas fronterizas. En la capital de la provincia residía un gobernador, delegado del soberano. Residía en la alcazaba, donde estaban radicados los servicios de la administración provincial: una secretaría para la correspondencia oficial con la capital del reino, un servicio de hacienda para la estimación y percepción de impuestos y una oficina de reclutamiento y movilización. El saldo activo después de los gastos de la provincia era enviado a Córdoba.

      En al-Andalus, lo mismo que en los demás países musulmanes, el soberano delegaba en el juez o qádí para aplicar la ley de acuerdo con el Corán y la tradición musulmana. En un principio se limitaba a resolver los problemas planteados por el reparto del botín, herencias, divorcios y castigos de criminales. Dirigía la oración y podía ser almuédano o predicador. Además administraba los fondos de manos muertas de las mezquitas y era el encargado de señalar el comienzo y fin del mes de ramadán. A medida que la organización judicial se iba perfeccionando y complicando, el qádí delegaba parte de sus funciones en otras personas. Entre estos funcionarios cabe destacar al almotacén o zabazoque, encargado de reprimir los fraudes en los pesos y medidas, asegurar la probidad de fabricantes y vendedores y la calidad de los productos. A veces acumulaba la función de la surta o policía, encargada del orden público y de la justicia represiva. Otros cargos importantes eran el zalmedina o gobernador de la ciudad, el sáhib al-mawárít o jefe de las herencias vacantes y el sáhib al-mazálim, encargado de resolver todos los hechos considerados como lesivos a los intereses de un individuo. Su decisión era inapelable y la justicia aplicada por este funcionario aparece muchas veces como contraria a la jurisdicción ordinaria.

      En el ejército de al-Andalus hay que distinguir los soldados de oficio de los mercenarios, sin olvidar los contingentes de voluntarios. Los primeros eran reclutados entre los sirios establecidos en España desde el 742 y, a partir del s. X, todos los musulmanes de condición libre y en edad militar. Los mercenarios eran reclutados entre los cristianos del norte de la Península y de Francia. Fue al-Hakam I (v. ALHAQUEM I), 796-822, el primer emir de al-Andalus que recurrió a mercenarios cristianos. Un siglo más tarde los emires de Córdoba reclutaron mercenarios beréberes para hacer frente a la agitación provocada por los mozárabes y muladíes. A partir del s. X aumentaron considerablemente estos contingentes norteafricanos. Los preparativos de una aceifa exigían una movilización de medidas y recursos para fijar el itinerario, los abastecimientos y el armamento necesario, etc. En la época granadina un emir mandaba un ejército de 5.000 hombres, que a su vez estaba dividido en cinco batallones con un alcaide al frente de cada uno de ellos. Un intendente o naqíb mandaba una compañía de 200 hombres y un alarife estaba al frente de un pelotón de 40 soldados. Un pelotón se dividía en cinco escuadras de ocho hombres cada una al mando de un cabo mayor o nazír.

      A raíz de las incursiones normandas contra la península Ibérica en el s. IX se organiza la marina de al-Andalus. En el s. X la flota omeya constaba de 200 unidades de guerra que vigilaban las costas españolas para evitar un desembarco normando o norteafricano o dirigir acciones punitivas contra los cristianos del norte o sus enemigos del otro lado del Estrecho. En Algeciras, Almería, Denia, Sevilla, Tortosa y otros puertos existían arsenales donde se llegaron a construir los barcos de mayor tonelaje y mejor pertrechados de la época.

      7. Clases sociales. Los autores hispano-árabes señalan la existencia de la jássa o aristocracia y de la 'amma o pueblo, además de los maulas (v.) o libertos y de los 'abíd o esclavos. La aristocracia estaba formada por la nobleza árabe, a la cabeza de la cual estaban los Banú Qurays o príncipes omeyas; éstos gozaban de una pensión oficial, no pagaban impuestos y tenían grandes propiedades territoriales. Les seguían los ministros, qádíes, generales y gobernadores, que constituían una verdadera clase social en la que, muchas veces, los cargos pasaban de padres a hijos. Finalmente los funcionarios de la administración central o ahl al-jidma formaban el último estamento de la aristocracia. El pueblo estaba formado por artesanos, obreros y libertos en las ciudades y por campesinos en su condición de colonos, aparceros o pequeños propietarios en el campo. La situación económica del pueblo explica su participación en todos los movimientos revolucionarios que atravesó al-Andalus, como la revuelta del Arrabal de Córdoba a principios del s. IX o la caída del Califato a finales del X. Los maulas o libertos ocuparon importantes cargos en los s. X y XI y muchos de ellos llegaron a regir numerosos reinos de taifas.

      8. Convivencia cristianomusulmana. La conquista de España por los musulmanes se inició en el 711 y se caracterizó por su rapidez y facilidad, ya que el caudillo árabe Músá b Nusayr contó con la colaboración de muchos señores visigodos, entre ellos el famoso conde D. Julián. La frontera entre al-Andalus y la España cristiana quedó prácticamente estabilizada a finales del s. VIII y no sufrió alteraciones importantes hasta la reconquista cristiana de Toledo en 1085. A pesar de las anuales aceifas emprendidas por los emires de Córdoba contra los reinos cristianos del norte, los períodos de paz fueron más prolongados que los de guerra. Un equilibrio político se impuso muy pronto y nunca faltaron las relaciones económicas y diplomáticas. En al-Andalus está demostrada la tolerancia de los emires cordobeses con las comunidades cristianas y judías. No se ejercía una presión o propaganda oficial en favor de la religión del Estado: la islámica, pero tampoco se admitían los ataques a ésta y al profeta Mahoma ni la apostasía. La islamización, que nunca fue total, por lo menos hasta el s. XII, fue más rápida que la arabización. El peso de la tradición hispanoromana era demasiado fuerte para que pudiera desaparecer fácilmente al empuje árabe. En el s. X se consolidó el Califato y sus instituciones y surgió en Córdoba una auténtica escuela de traductores en la que tomó parte decisiva el obispo Recemundo de Granada. Las obras de S. Isidoro, Orosio y de otros autores latinos fueron traducidas al árabe. Reflejo de esta convivencia es el famoso Calendario de Córdoba, compuesto en el a. 961 y redactado en árabe y latín. Más tarde resurgirían estos contactos cristianos musulmanes en las famosas escuelas de Ripoll y Toledo.

      Los enlaces matrimoniales de algunos príncipes omeyas y las relaciones peculiares de los señores muladíes del valle del Ebro con los reyes de Navarra o los condes de Pallars nos iluminan elocuentemente sobre la convivencia de las dos comunidades religiosas. Este equilibrio se rompe temporalmente con las invasiones almorávides y almohades. La intransigencia religiosa aparece por primera vez con la, deportación o conversión forzosa de mozárabes y judíos, pero al mismo tiempo las necesidades políticas del momento obligan a los emires almorávides y almohades a contar con mercenarios cristianos, a tolerar el culto cristiano en la capital del Imperio Marrates, o a recurrir al Papa para resolver determinados pleitos.

      En el último reino musulmán de Granada, como ha subrayado García Gómez, se señalan varios periodos: uno, de influencia predominantemente cristiana (fines del s. XIII y comienzos del XIV); otro, de estructura típicamente africana y oriental (s. XV). Es significativo el siguiente pasaje de Ibn Sa'íd de Alcalá la Real (m. en 1274 ó 1286): «Tampoco Ibn al Ahmar, en cuyo poder está la mayor parte de al-Andalus, emplea el turbante. Los sultanes y las tropas suelen adoptar los trajes de los cristianos sus vecinos: sus armas son iguales, y lo mismo sus capas, tanto las de escarlata como las otras. Asimismo, son idénticas sus banderas, sus sillas de montar y su manera de hacer la guerra con escudos y lanzas largas para alancear. No conocen las mazas ni los arcos de los árabes; antes bien, emplean los arcos cristianos para los asedios de ciudades, y los infantes los utilizan en los lances de guerra».

      Un autor contemporáneo, Ibn 'Azafí, rey de Ceuta, nos dirá también que los musulmanes españoles celebraban las festividades cristianas de la Navidad, la Nochevieja, la Pascua y S. Juan. Como reacción a todo esto propone la celebración del Mawlid o nacimiento de Mahoma, fiesta que arraiga en todo el mundo musulmán hasta hoy.

      V. t.: CÓRDOBA, EMIRATO Y CALIFATO DE; TAIFAS, REINOS DE; GRANADA, REINO DE; ÁRABES III y IV.
J. VALLVÉ BERMEJO.
    BIBL.: Al-Andalus, en Encyclopédie de l'Islam, 2 ed. París 1953, 501-519; E. LÉVI-PROVENÇAL, España musulmana, en Historia de España, ed. R. MENÉNDEZ PIDAL, IV-V, Madrid 1967; I. DE LAS CAGIGAS, Al-Andalus, «Al-Andalus» IV (1936-39), 205-214; J. ALEMANY BOLUFER, La geografía de la península Ibérica en los escritores árabes, Granada 1921; E. LÉVI-PROVENÇAL, La Péninsule ibérique au moyen âge d'après le Kitab al-Rawd al-Mi'tar, Leyden 1938; R. MENÉNDEZ PIDAL, La España del Cid, Madrid 1947; «Al-Andalus», publicada por las Escuelas de Estudios Árabes de Madrid y Granada (es fundamental su consulta).

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