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Capital de la provincia de su nombre, situada al O de una amplia bahía del mar Cantábrico, enmarcada al E por una red de arenales surcados por la ría de Cubas; al S los núcleos de Maliaño, Guarnizo y Astillero, en la ría de su nombre, completan el cuadro.
A principios del s. XIX, surge la ciudad nueva; en torno a la bahía, se realiza el primer ensanche español. En 1866, el ferrocarril de Alar del Rey consolida el crecimiento de la función comercial. En nuestros días, el directo a Madrid por Burgos y Somosierra se hace realidad. Entre tanto, la etapa moderna ha consolidado el viejo papel comercial, al que se ha añadido el potenciamiento industrial y la inserción de la promoción cultural y turística. En 1964, el movimiento portuario alcanzó más de 2 millones de t.; hoy se encuentra en pleno crecimiento y renovación; por él salen sosa, bicarbonato y piritas de la próxima Torrelavega, además de mineral de hierro y productos siderúrgicos; recibe carbón, minerales y maderas, que necesita la industria local y regional. Nueva Montaña es empresa siderúrgica y señera, que hace de límite de dos tipos de emplazamiento industrial: el urbano propiamente dicho y el del Sur de la bahía en torno a El Astillero, fundación de Felipe V. Las actividades textiles, químicas y metalúrgicas ocupan a poco más de 3.000 obreros. La industria importante se halla en Maliaño y Guarnizo (ferroaleaciones, cables telefónicos y telegráficos, sobre todo), además de la siderurgia citada, en periodo de reconversión, y los astilleros, donde están surgiendo polígonos industriales muy dinámicos.
La función intelectual iniciada con los Cursos de Verano de la Madrid se ha multiplicado con recientes creaciones de tipo ya una ciudad universitaria con vida propia, y la tradición cultural se va enriqueciendo notablemente. El palacio de la Magdalena, dominando la bahía, fue mansión real de verano y ha sido sede de los cursos estivales. A partir del veraneo de los reyes se fue consolidando su función turística, que hoy es rica y próspera. Los chalets y hoteles del Sardinero, en la parte alta de la ciudad, confieren a la misma un hermoso aspecto. En la ciudad vieja, destruida en parte por un incendio en 1941, continúan las calles estrechas, de un tipismo que contrasta con el marco señorial del ensanche del s. XIX, cuya plaza porticada representa la belleza de la zona urbana que domina el puerto, señoreada por las amplias cristaleras del paseo de Pereda. La población ha crecido a gran ritmo desde principios del s. XIX. En 1819, contaba con 15.000 hab.; en 1847, 40.000; en 1900, 55.000; en 1930, 85.000; en 1970, 134.787; en 1980, 179.694; en 1986, 188.539. Su densidad, 5.545 hab/Km2, es de las mayores de las ciudades españolas. |