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Regiones de Italia que, por su vecindad territorial y su similar estructura geográfica, ofrecen un paralelismo histórico. Antiguamente estuvieron ocupadas por los equos, vestinos, pelignos, frentanos y marsos, que constituyeron la federación de los samnitas. Ésta opuso una fuerte resistencia a Roma (343-283 a. C.). Más adelante, estas tierras fueron el vértice de la Liga Itálica (91-88 a. C.). A raíz de la división de Adriano, los A. fueron constituidos en provincia con,, el nombre de Valeria. Desde época de los Apóstoles, el cristianismo obtuvo una amplia resonancia, dando pronto origen a una forma autóctona de monacato de sumo interés.
Después de la invasión lombarda, A. y M. pasaron a formar parte del ducado de Spoleto (572), bajo la administración de los gastaldi ducales. Durante los s. IX y X, M. fue dividido en nueve condados lombardos, mientras que los A. formaban un condado autónomo, con el nombre de provincia Marsia, que, con la llegada a Italia de Hugo de Arlés (926), fue asignada a los condes borgoñones Atón y Berardo. No obstante, a su muerte, el territorio se disgregó nuevamente en una serie de señoríos tan numerosos y desunidos que pronto sucumbieron a la política expansionista de los normandos.
Después de una primera tentativa contra Capua, los normandos acabaron por conquistar casi totalmente los A., que quedaron incorporados al reino de Roger II y Guillermo I. Por su parte, M., constituido en condado, llegó a convertirse en el más poderoso Estado continental de la monarquía normanda. A comienzos del s. XII, y bajo el gobierno de los condes de Celano, M. jugó un papel primordial en la lucha entre los partidos alemán e italiano; pero con la llegada al trono de Federico II, M. perdió su unidad feudal, desapareciendo su importancia política, mientras los A. se convirtieron en el centro del movimiento antiimperial, dirigido por Gregorio IX. Federico II restableció el orden mediante la institución del Tribunal de justicia de los A., pero el descontento continuó.
Las clases populares, después de liberarse de los señores imperiales con el apoyo papal, comenzaron la construcción de la nueva ciudad de Aquila (1254) que, después de ser reconocida ciudad libre por Alejandro IV, tras diversas vicisitudes, se convirtió en el árbitro de toda la región, transformándose en un floreciente centro industrial y comercial. Aquila participó de manera activa en las contiendas de la reina Juana con Carlos Durazzo (v. NÁPOLES, REINO DE) y en las mantenidas por aragoneses y angevinos, colaborando alternativamente con unos u otros, hasta acabar bajo dominio aragonés. Todos sus esfuerzos por escapar a esta dominación fueron vanos: con ocasión de la «conjura de los barones» (1486), buscó la protección del Papa y, más adelante, recurrió a los franceses durante la intervención en Italia de Carlos VIII (1494).
Esta política ambigua termina al llegar las tropas imperiales de Carlos V, que devastan Aquila, provocando su decadencia. Integrados en el reino de Nápoles, bajo dominio español, A. y M. caen en manos de funcionarios que imponen el orden a costa del aniquilamiento de ambas regiones. Durante casi tres siglos alternan en rebeliones con las enérgicas represiones, hasta la llegada de los Borbones, que inauguran un periodo de mayor tranquilidad, interrumpido a partir de 1799 por la invasión francesa. Bajo el dominio francés se realiza la separación de M., que pasa a constituir una unidad administrativa autónoma (1807). Frente al predominio francés estalla una violenta revolución, la llamada guerrilla «sanfedista», que termina con la restauración del dominio borbónico (1814).
Venciendo la oposición de la población campesina, las minorías liberales provocan alzamientos (1821, 1841 y 1848) en los A. y M. que, a raíz de la expedición de Garibaldi (1860), son finalmente anexionadas políticamente al resto de Italia. Tras la caída del Estado borbónico, que nada había hecho por la añorada distribución de la tierra, se advierte un estado de ánimo revolucionario, que desemboca en las clásicas formas de bandolerismo, reprimidas de manera despiadada por el Gobierno central, incapaz de percibir el grave problema social, base del descontento. A. y M. continuaron siendo, pues, zonas subdesarrolladas económicamente, hasta que en nuestros días comienzan a reflejar una positiva recuperación agrícola e industrial.
v. t.: ITALIA I. |