N. en 1338, m. en 1380. Se convirtió en rey de Francia en 1364. Después de la gran crisis del reinado de Juan el Bueno, el de C. corresponde al restablecimiento provisional de la dinastía de los Valois (v. VALOIS, CASA DE) frente a las empresas de Eduardo III (v.). Antes de su advenimiento, C. había pasado por una larga experiencia política: de 1356 a 1360, como lugarteniente general del rey, luego como regente del reino al caer su padre, Juan II el Bueno, prisionero de los ingleses en la batalla de Poitiers, había hecho frente a una situación política confusa de la cual había salido con honor. Después del regreso de su padre del cautiverio, continuó ejerciendo cerca de él una fuerte influencia. Contrariamente a su padre y a su abuelo, C. fue un enfermo al que su mala salud obligaba a aceptar una vida de gabinete; le gustó rodearse de hombres de ciencia y de filósofos como Nicolás de Oresme, pero supo también elegir los instrumentos para la política que había concebido: hombres de gobierno como Pierre d'Orgemont, Hugues Aubriot o Bureau de la Riviére; hombres para la guerra como Bertrand Du Guesclin, al que hizo condestable en 1370. La astucia y el arte de la propaganda y de la elocuencia prevalecieron entre sus medios de gobierno. Su objetivo fue simple: reanudar la guerra contra Eduardo III después de haberla preparado cuidadosamente. Antes de desatar esa guerra tuvo que atender a los conflictos internos, entre los que cabe destacar la sublevación de campesinos, denominada Jacquerie, que fue sofocada por la nobleza.
Preliminares. C. deseó ante todo cerrar a los Plantagenet las vías a través de las cuales podrían continuar interviniendo en el reino. De este modo se enfrentó en primer lugar con Carlos II el Malo, rey de Navarra. A pesar de su reconciliación con Juan II, este último tenía renovados motivos para quejarse del rey: a la muerte de Felipe de Rouvres, último duque de Borgoña de la dinastía de los Capeto (v.), se había apoderado de la herencia borgoñona, a pesar de los derechos que el rey de Navarra pudiera alegar. Después de la muerte de Juan III el Bueno (duque de Bretaña), se supo que había hecho duque de Borgoña a su hijo menor, Felipe II el Atrevido; así, pues, Carlos II empezó de nuevo la guerra con la ayuda de un jefe del bando gascón, el señor Buch, pero fue vencido en Cocherel por Du Guesclin (16 mayo 1364) y hubo de firmar una nueva paz. En Bretaña, en revancha, el partido de Carlos de Blois fue vencido, pero C. consiguió, por medio de la diplomacia, vencer la dificultad: después del tratado de Guérande, Juan IV, duque de Bretaña, heredero de la casa de los Montfort, (v. VALOIS, CASA DE), rindió homenaje al rey. Igualmente en Flandes, cerró la puerta a los ingleses: la heredera del último conde se casó con Felipe II el Atrevido (1369). Finalmente, C. envió a España un fuerte contingente de las Grandes Compañías, con ocasión de la lucha que, en Castilla, enfrentaba a Enrique II de Trastámara con Pedro I el Cruel. C. envió al primero la ayuda de Du Guesclin y de sus mercenarios; en la batalla de Montiel, Enrique de Trastámara triunfó sobre su rival (14 mayo 1369). EJ rey francés había ganado así un aliado útil y había aprovechado la marcha de las Compañías para reorganizar el ejército. Gracias a los impuestos, casi regularmente recogidos, pudo mantener un ejército de mercenarios poco numerosos y disciplinados.
Victorias. C. decidió empezar de nuevo la guerra después de una importante preparación financiera y diplomática. Las soberanías previstas por el tratado de Calais no habían sido cambiadas; el rey pudo seguir considerando que tenía derecho a intervenir en Aquitania, haciéndose eco de las peticiones del conde de Armagnac y de otros señores de Aquitania, contra la jurisdicción del príncipe de Gales, hijo mayor de Eduardo III. La respuesta de este último fue lógica: tomó de nuevo el título de «rey de Francia y de Inglaterra». El tratado de Calais se vio roto de este modo por ambas partes (1369).
Los ingleses reanudaron la táctica de cabalgadas que les había dado buen resultado en el curso de la primera parte de la guerra; pero, en adelante, los franceses bajo las órdenes del rey, evitaron las grandes batallas, hostigaron a las compañías inglesas, tomaron las ciudades de Aquitania una a una y entraron en La Rochelle con el apoyo de la flota castellana. En cinco años, las tropas de C. reconquistaron la casi totalidad de los territorios perdidos en el tratado de Brétigny. Pero el país había sufrido mucho por las devastaciones de la guerra.
Fin de la guerra. Sin embargo, a partir de 1377 las dificultades empezaron de nuevo: las negociaciones de paz de Brujas fracasaron ante la intransigencia de C., que se negó a abandonar sus soberanías; Carlos II el Malo se enemistó una vez más con el rey; un ejército real se apoderó de las fortalezas normandas, pero los ingleses tuvieron tiempo de instalarse en Cherburgo; habiendo renegado Juan IV de Bretaña de su homenaje, C. intentó imponer el decomiso del ducado, pero se vio obligado a ceder ante la unión de los bretones y a devolver su ducado a los rebeldes (4 abr. 1381); en 1378, la guerra inglesa empezó de nuevo y los ingleses iniciaron sus cabalgadas; el mismo año, a continuación de la doble elección de Urbano VI (v.) y de Clemente VII (v.), el comienzo del gran Cisma de Occidente (v.) desgarró a la cristiandad; la responsabilidad del rey de Francia fue grande, ya que apoyó la resistencia y la rebelión de los cardenales hostiles a Urbano VI.
Pero hay algo más grave: el fin del reinado de C. correspondió a una grave crisis económica y social que ya se manifestó en toda Europa; la peste negra volvió a hacer estragos, el hambre apareció de nuevo, la moneda en circulación escaseó y estallaron sublevaciones en el Languedoc. En realidad, si C. dispuso de los medios para avivar la guerra, no los tuvo para conducirla a su término. Francia, como Inglaterra anteriormente, fue más allá de sus fuerzas. Después de la muerte de C., la guerra volvió a interrumpirse. Antes de su muerte (16 sept. 1380), el rey decidió abolir los impuestos directos (fogajes), con el fin de aliviar la carga que pesaba sobre el pueblo, pero privó a su sucesor de una buena parte de sus fuentes de riqueza; este acto fue un error que iba a favorecer el desencadenamiento de una crisis política a comienzos del reinado de Carlos VI.
V. t.: FRANCIA IV; BRETAÑA II. |