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Lunes, 20 de Mayo de 2013
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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Ilustración. Literatura y Cultura en General.
Categoria:
Cultura
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    1. La cultura ilustrada. 2. Desarrollo e influjos. 3. Ilustración y religión. 4. Ilustración y literatura.

      1. La cultura ilustrada. La I. no es un simple deseo de comprensión racional de las cosas, ni una mera secularización de la cultura y los poderes, ni una ausencia de creencias en el más allá, que aunque aminoradas durante toda la época nunca desaparecen. No es tampoco un puro materialismo o un simple proceso por el cual el hombre se salve y se justifique a sí mismo. El racionalismo ilustrado estaba limitado por una corriente irracionalista que se da en el interior del hombre y que viene originada por los sentimientos y los apetitos. La razón se exalta como posibilidad de valorar y de comprender el universo total, aunque la filosofía racionalista de la época ilustrada no es en general muy rigurosa (v. I). El hombre de la I. se piensa a sí mismo como con capacidad para poder descifrar los misterios del mundo visible e invisible, y esta seguridad en su razón, seguridad a veces irracional, le hace sentirse ingenuamente superior a los hombres de otras épocas y apoyarse exclusivamente en la ciencia y los hallazgos naturales como los medios más seguros para el descubrimiento de toda verdad. Este movimiento cientifista (v.), a veces identificado, confundido, sobre todo en Francia, con el materialismo, continúa en cierto modo hasta el s. XX. El dominio del mundo se considera que ha de venir por la seguridad de la ciencia; no valen, por tanto, los ideales que no se apoyen en esa «realidad».

      El sentido teocrático y de los valores del espíritu, que había predominado durante la Edad Media, deja paso a una concepción más cosmocéntrica y de los valores de la pura razón abandonada a sí misma. Se trata de una especie de revolución en la que el hombre se convierte en centro y medida de la creación. Estamos ante lo que puede calificarse como un cierto humanismo (v.), según algunos el humanismo del Renacimiento llevado a sus últimos extremos. La diversión, el dinero, el placer, se justifican sin más porque el hombre es considerado fin en sí mismo y de sí mismo. Una nueva clase social nace: la burguesía (v.); y los valores superiores se ven sustituidos por otros simplemente humanos, como la fortaleza, la belleza, el poder, etc. La aristocracia, los salones y las cortes surgen casi como una necesidad.

      La I. como movimiento pretende introducirse en la vida civilizada, que se considera tiene como finalidad la utilidad y la felicidad, casi únicamente material, del hombre, y para eso quiere influir las distintas formas en que se desarrolla la vida humana, como Iglesia, familia, escuelas, Estado, corporaciones. Sobre todos estos estados o aspectos de la vida lo que se pretende es formularlos desde un orden puramente «racional». Como señala B. von Wiese (o. c. en bibl. 23), «esta metafísica de la Ilustración se forma a través de la secularización de la imagen del mundo medieval».

      Los valores culturales, de la ciencia natural, de la literatura, etc., tienden a suplantar a los religiosos, y la comprensión trascendente del mundo se hace inmanente mediante un peculiar proceso de explicación racional. El sentido de fe, que une lo sobrenatural con la libertad y la razón, tiende a sustituirse por el de una «libertad», que quiere inaugurar el dominio absoluto de la razón en todos los campos. La I. significa, por tanto -insiste von Wiese- «ese intento que se lleva a cabo en todos los dominios de la vida para fundamentar y justificar de un modo unitario la existencia del hombre mundanizado, en un mundo predominantemente determinado por la idea de cultura, y utilizando los medios de secularización filosófica». Civilización (v.) viene a ser así acomodación del mundo a la medida del concepto ilustrado de felicidad. Esta civilización se realiza emancipando los distintos estados de la vida de la influencia de la religión sobrenatural, y fundamentándolos de un modo puramente «natural»; hay una gran confianza en las facultades intelectuales del hombre.

      Los orígenes de esta cultura de la f., aparte de otros factores de índole moral personal, pueden basarse históricamente en el desarrollo del protestantismo (v.) y de las ciencias naturales. El primero, mediante una secularización de los dictámenes eclesiásticos, el «libre examen» (v.), la mal llamada «libertad de conciencia» y la sustitución de la fe -basada en la Revelación- por la creencia subjetiva basada en criterios personales. Por lo que se refiere a las ciencias naturales, los distintos descubrimientos y teorías astronómicas y físicas, de Copérnico (1543), Kepler (1630), Galileo (1624), Gassendi (1633) y Newton (1727), llenan al hombre ilustrado de entusiasmo e ilimitada confianza en sus propias posibilidades de señorío. Resultado de todo ello es, pues, el despertar de la conciencia de soberanía.

      El fenómeno de la I. se dio también en la Antigüedad y con varios siglos de duración. Aparece en distintos centros culturales griegos, como los de los sofistas (v.), y de allí pasó a Roma. También en éstos el hombre, antes que Dios, es la medida de todas las cosas; hay, como afirma Fritz Valjavec (o. c. en la bibl., 22), una crítica racionalista de la tradición y en especial de la mitología. Se intenta explicar naturalmente lo misterioso v lo sagrado, e incluso hace su aparición un ateísmo materialista, aunque con distinto sentido que el occidental.

      2. Rasgos e influjos de la Ilustración. Por lo que se refiere a la coordenada del tiempo, ya se ha dicho que la I. tiene sus raíces más profundas en la Edad Media, y que especificada por corrientes como el humanismo y el protestantismo se desarrolla como movimiento con entidad propia a partir de la segunda mitad del s. XVII hasta comienzos del XIX, en el que se disuelve; aunque de modo general, y con ciertas variantes que siguieron a la Revolución (v.) francesa, puede afirmarse que la 1. sigue siendo un movimiento que en algunos aspectos llega hasta el s. XX.

      La otra coordenada, la de lugar, tampoco puede ser concretada excesivamente. La I. aparece casi al mismo tiempo en distintos puntos de Europa, y en Estados tanto católicos como protestantes, si bien arraigó y se desarrolló más fácilmente en los segundos. De modo general, allí donde había controversia entre distintas confesiones se propagó la Ilustración. Como focos principales aparecen, a finales del s. XVII, Francia, aún influida por las ideas subversivas de los librepensadores; los Países Bajos e Inglaterra. Desde estos puntos el movimiento se extendió a otros países de Europa, sobre todo a las regiones protestantes de Alemania. En España las nuevas doctrinas entraron muy lentamente y no antes de comienzos del XVIII. Pero no sólo fue Europa cuna de difusión. A partir del s. XVIII participan en estas ideas países iberoamericanos, pueblos de Oceanía y en general todas aquellas ciudades en quienes influyó la cultura occidental. Las nuevas ideas arraigaron con facilidad en las clases sociales cultivadas y se resistieron en las trabajadoras; particularmente dos de aquellas clases, médicos y militares, fueron fuertemente influidas.

      Las causas e influjos de la I. son variados. El despertar de una nueva clase social al final de la Edad Media lleva consigo una serie de transformaciones. Agrupamientos en las ciudades y desarrollo, por tanto, de éstas; deseo de saber y, como consecuencia, creación de escuelas y Universidades, o, lo que es lo mismo, laicización de la enseñanza. Valoración de los idiomas nacionales, despertar de las creencias individuales y al tiempo de los Estados. Mezcla de distintas culturas, especialmente la árabe, en su aspecto filosófico, médico y científico. También se cruzan las religiones, surgiendo de esta confluencia la duda en algunos espíritus. Descubrimientos geográficos y contactos con un primitivismo cultural fuertemente atrayente para un espíritu obsesionado con los valores humanos. Gran influencia de las culturas china, india y japonesa. Por otra parte, las contiendas políticas entre los distintos reinos y el papado enfrentan ya desde el s. XI a los dos poderes. A esto se une el influjo de algunas sectas religiosas, heréticas, que poco a poco iban minando la confianza en la religión y fomentando una actitud de escepticismo. Las guerras de religión favorecen un ambiente en el que el hombre, al ver que la fe ha separado a las conciencias, intente buscar en la razón un factor de unidad y cohesión social. De otra parte, y como consecuencia de factores varios, la Filosofía (v.) se separa de la Teología (v.) para caminar por senderos distintos.

      El movimiento humanista pagano exaltó al hombre de una forma que le separó del cristianismo y le hizo perder la fe en la divina Providencia. Maquiavelo (v.), con su teoría de la razón de Estado, dividió definitivamente el poder y la Iglesia, o, quizá mejor, eliminó los necesarios límites y orientaciones morales del poder. El orden medieval, presidido por la religión, quedó truncado. Los distintos movimientos que siguieron de Reforma y Contrarreforma (v.) no lograron rehacer la jerarquización perdida, y en el caso concreto de la llamada Reforma lo que ocurrió fue que fomentó más el individualismo.

      Lo básico en la I. -heredera del racionalismo (v.)es la creencia de que la razón (v.) es capaz de resolver de manera definitiva los problemas de la vida. No importan las diferencias de cualquier tipo que sean con tal de que el hombre se ilustre y llegue a una igualación con los demás. Se desprecia la tradición como una tara que puede limitar la carrera del hombre, que no debe mirar nunca atrás sino seguir adelante, ya que la idea de la felicidad está unida a la idea del «progreso» (v.). Las facultades humanas. materia prima para conseguir esa felicidad, son comunes en todos los hombres; lo que hay que hacer es favorecerlas y educarlas racionalmente. Para esto está la tarea educativa que es como la esencia de la I.; de aquí que la escuela y junto a ella el resto de los medios educativos cobren una excepcional importancia. Entre estos medios educativos, ocupando un lugar privilegiado, se considera el lenguaje (v.), como bella manera de expresión del espíritu humano; por esta razón, el cultivo de las lenguas se fomenta de una manera extraordinaria en esta época.

      La 1. quiere la felicidad del hombre. Éste puede y debe ser feliz, y para ello lo único que tiene que hacer es corregir los defectos de su razón incontrolada, según los criterios ilustrados. Hasta tal punto llega a preocupar en la época la felicidad (v.) del hombre, y de tal manera se concibe ésta, que llega a alcanzar gran difusión un utilitarismo (v.) de tipo sensualista (v. t, 2b y 3c). La I. se presenta, pues, como un movimiento cultural de características muy diversas; mientras en el plano material desarrolló las ciencias naturales, fue menos riguroso en el plano filosófico, y en el plano religioso y más espiritual contribuyó a un alejamiento del hombre respecto a Dios.

      Por lo que se refiere a los problemas religiosos podemos afirmar en primer lugar que la 1. piensa que las cuestiones dogmáticas son cuestiones de segundo orden. Dentro de esa actitud general se pueden registrar una serie de corrientes más o menos filosóficas: teísta, deísta y naturalista (v. i). Las doctrinas que suprimen radicalmente la fe son tardías en el movimiento. A pesar de todo muchos que mantienen la religión ven en ella sólo un medio; no se la niega, pero se la relega a un plano demasiado terrenal. Se le concede importancia educativa; pensando que la fe en Dios es condición indispensable para la virtud y, puesto que ésta produce la felicidad, objetivo supremo del deísta ilustrado, hay que aceptar todo lo que se ordene a ella. Dios deja de ser el fin y es reducido a simple medio para el cultivo de una virtud socialmente eficaz, que es en lo que se pone el acento. Por otra parte se niega, o desconoce, la conciencia de pecado original; el hombre es naturalmente bueno. Existe poca conciencia del mal, y la confianza en el hombre es ilimitada. Éste puede vencer todas las dificultades incluso a la naturaleza, porque ésta do es enemiga suya. Confianza -y optimismo, más bien ingenuos, pues, aparecen como dos de las características importantes de este movimiento.

      3. Ilustración y literatura. En literatura la I. aparece en primer lugar con una valoración del lenguaje, como una de las principales actividades humanas. Se estudia el origen de la lengua (v.) y su evolución y nace una fuerte corriente de enaltecimiento de las lenguas vulgares, queriendo encontrar para ellas un origen remoto y, si es posible, un entroncamiento con la Babel bíblica. En el caso concreto de España (v. FILOLOGÍA IV), puede verse cómo el Dr. Gregorio López Madera, contra toda evidencia y contra las teorías de la corrupción, suficientemente demostradas por Bernardo de Aldrete, se empeña en justificar el castellano como una de las 72 lenguas que se han derivado de la confusión de la torre de Babel. Y este estudio de Madera no tenía otra finalidad que la de buscarle una mayor excelencia a la lengua que la procedencia de un latín corrupto. Es curioso el hecho de que Bartolomé Ximénez Patón acepte la teoría de Madera prácticamente sólo por un afán patriótico, y como él Tamayo de Vargas y Gonzalo Correas (v.).

      Pero no es sólo prerrogativa de la I. este deseo de buscar un origen noble a la lengua, sino el mismo hecho de codificarla y regularla para que exprese mejor la comunicación, hecho que da origen al nacimiento de las gramáticas. Todo ello en definitiva responde a un espíritu: el individualismo, que como hemos visto es algo tan fundamental en el movimiento ilustrado. El cultivo de las lenguas clásicas decae en los ilustrados, fieles a su principio de que la tradición es una tara, y cobra mayor relieve el estudio de las lenguas vivas como instrumento de comunicación. La fundación de las Academias surge por el deseo de embellecer, codificar y conservar las lenguas vernáculas. En 1635, Richelicu (v.) crea la Academia Francesa y en 1617 y 1643 respectivamente surgía en Alemania la Fruchtbringende Gesellschaft y la Teutschgsinnte Genossenschaft, asociaciones encargadas del cuidado del idioma. En España, dos hombres principalmente se encargaron de esta tarea y lucharon contra la influencia de idiomas extranjeros: cl P. Feijoo (v.) y Cadalso (v.).

      Ahora bien, la valoración del lenguaje tenía una finalidad que era mejorar la capacidad de expresión. La literatura era el instrumento de comunicación de las ideas por donde había de provenir la educación del hombre y con la educación el progreso y con el progreso la felicidad, fin último del movimiento. Por esto los verdaderos puntales de la I. son los escritores y no los filósofos. El papel de escritor era una función que la sociedad no podía eludir. Fruto de esta valoración es la gran cantidad de venta de libros que se experimenta en el s. XVIII con respecto a los anteriores y la creación de las bibliotecas como una necesidad. Pero el concepto literatura no se concibe con límites estrechos, sino con carácter de universalidad. El escritor se mueve con facilidad y hondura en todas las ramas del saber. Ahora bien, la literatura de la I. tiene muy diversas realizaciones en los distintos países:

      En Inglaterra, cuya declaración de la libertad de prensa data de 1693, se abre el campo a la literatura, y la publicación de los «Semanarios morales», iniciados en 1709 con el Tutler, actualiza un cultivo de la novela burguesa de carácter psicológico y de culto a la virtud, como atestigua la obra de Richardson (v.), culto que justifica ante el cielo y la tierra ios negocios de la burguesía. Al mismo tiempo Inglaterra es cuna de la novela didáctica y satírica; prueba de ello es en un caso el Robinson Crusoe de D. Defoe (v.) y en el otro Los viajes de Gulliver de J. Swift (v.). No menos importancia tiene el teatro como medio formativo de la clase media y donde el inglés George Lillo (1693-1739) contribuyó grandemente al éxito europeo de la tragedia moral. La creación poética de la I., en éste como en los restantes países, es inhábil, poco significativa y de menor trascendencia.

      El caso de Francia no se puede considerar demasiado ligado a las formas literarias de la Ilustración. En el aspecto poético sigue la tradición impuesta por escritores anteriores, que continúan teniendo vigencia, como son Corneille (v.), Moliere (v.) y Racine (v.). En el resto de las manifestaciones se desarrolla 6In estilo elegante, preciso y claro, con base en una sociedad de tipo aristocrático que es la de la I. en este país. Esta sociedad y el ambiente de los salones elegantes y librepensadores que frecuenta serán la base en que se apoye el desarrollo del escepticismo de Diderot (v.) y Voltaire (v.) (v. i, 3a-c).

      De modo general, la I. supone un resurgir extraordinario de las literaturas nacionales, especialmente en los países del centro de Europa. Si en Inglaterra y Francia la I. se desarrolló más bien fuera de las Universidades, en Alemania se fundó en la Universidad, pero halló pronto tal acogida en la literatura que produjo el periodo clásico alemán, con Wieland y Lessing (v.), Schiller (v.) y Goethe (v.).

      En el caso de España, durante el s. XVIII es Francia quien impone sus gustos. Por una parte los fermentos y las críticas de Rousseau (v.) y Voltaire (v.) y por otra la casa de Borbón que trae las modas y el pensamiento franceses. Según Valbuena, dos son las características que pueden definir el xvill español: finura y criticismo. Finura en los gustos, en los modales, en la concepción de la vida misma, que puede concretarse en dos figuras: Meléndez Valdés (v.) y L. Fernández de Moratín (v.). Criticismo en el saber, en las ideas, en el aporte cultural, que si en Francia se concreta en la Enciclopedia (v. I, 3a), en España puede verse en una larga serie de historiadores, críticos y pensadores, cuya lista puede encabezar Feijoo y seguir Ignacio de Luzán (1702-54), Hervás y Panduro (m. 1809; v.), Gregorio Mayáns y Sisear (1699-1781, v.), Jovellanos (m. 1811; v.).

      Por una confluencia de diversas razones geográficas y políticas la I. se desarrolló más tarde en España y siempre siguiendo a Francia. Así surgen la Real Academia Española, copia de la obra de Richelieu, la Biblioteca Nacional (1712), la Academia de la Historia (1735), y el Diccionario de Autoridades (1726-39), obra magna por la riqueza de vocabulario, el número de colaboradores y los textos aportados para conformación de los vocablos, y que es claro exponente de ese deseo de pureza e interés de las lenguas vulgares que domina el «siglo de las luces».

      Si se quiere concretar la I. en España en un solo nombre, sería suficiente citar el de Benito jerónimo Feijoo (1676-1764; v.), hombre de amplia cultura, distinguido, escritor de pluma fácil, amable, profundamente crítico y abierto en sus ideas, que supo unir un espíritu audaz de renovación junto a un tradicionalismo en aquellas cosas que valía la pena conservar. En general la 1. en España está limitada por la fuerte y rica tradición de los dos siglos españoles anteriores. Para Hispanoamérica, v. 1, 7.

      V. t.: DESPOTISMO ILUSTRADO; ENCICLOPEDIA, 3; NATURALISMO; HUMANISMO IV; BIBLIA V, 2; DEÍSMO; MODERNA, EDAD.
L. NIETO JIMÉNEZ.
    BIBL.: F. V.ALIAVEC, Historia de la Ilustración en Occidente, Madrid 1964; L. SÁNCHEZ AGESTA, El pensamiento político del despotismo ilustrado, Madrid 1953; B. vox WIESE, La cultura de la Ilustración, Madrid 1954; B. MAGNINO, Iluminismo y cristianismo, 3 vol., Barcelona 1962-63; Á. VALBUENA PRAT, Historia de la Literatura española, Barcelona 1963; M. MENÉNDEZ PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, lib. VI cap. III, Santander 1947; E. LABROUSSE, R. MOUSNIER, Le siécle de la révolution intelectuelle, technique et politique, París 1953.

     

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