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Se conviene hoy en que la acepción plástica de esta voz se refiera a la edición litográfica y en varios colores, en papel rectangular de sentido vertical, de gran formato, de una imagen o símbolo, acompañada de rotulación exhortando a adquirir, acudir, anunciar, proclamar las excelencias de algo, que tanto puede ser un producto de uso común, un espectáculo, un ideario político, como una actividad cultural a fecha fija y no prorrogable. Se seguirá de esta definición que el c., dado su endeble soporte y el habitual procedimiento de adherirlo a un muro donde sufrirá toda suerte de inclemencias meteorológicas (sol decolorante, lluvia, etc.) o actos humanos procedentes de los disconformes con su proclama, es una especialidad artística intrínsecamente destinada a la más efímera de las existencias: Sin duda existen colecciones (museos, todavía no) de c., pero de difícil exposición y conservación por sus dimensiones y por su fragilidad. De aquí que merezca la mayor atención este arte cuya ideación no difiere prácticamente de la de una pintura y cuyo proceso editorial es tan complejo como costoso. Algo hay, que decir acerca de la técnica. Si los c., al dejar de ser exclusivamente tipográficos, encontraron el procedimiento de reproducción cromo] itográfico, como ha venido persistiendo en la especialidad taurina española, es lo cierto que éste traicionaba y hacía vulgar el original debido a cada artista. Por el contrario, éste prefería un sistema más complicado, el de diferentes planchas de cinc o de aluminio, cada una proveyendo a un color, y procurando que no se mezclasen las tintas. De aquí la expresión de «tintas planas», esto es, una para cada plancha metálica, lo que da al c. una modulación cromática muy característica, exenta de sombreados y de matices, como no se encargara el negro de proporcionarlos. Aún más, en este procedimiento litográfico era y ha seguido siendo aconsejable, y los mejores artistas no han desdeñado hacerlo, una colaboración estrechísima entre el pintor y el encargado de la tirada. Sin duda, se trataba de una técnica cara y en ocasiones no compensada por la breve vida del c., pero la más adecuada a su particular estética. Posteriormente, el offset (v.) y la creciente perfección de la fotolitografía en color van haciendo olvidar el tradicional procedimiento de tan buena ley artesanal.
Antecedentes del cartel. En cuanto a su historia, si nos atenemos a su entidad actual, es corta y no anterior al s. XII. Pero el sentido publicitario de lo que pudiéramos denominar prehistoria del c. resulta bastante más antiguo y nos llevaría a las muestras medievales de bodegones y tabernas en que los símbolos parlantes del nombre del establecimiento, particularmente en Inglaterra, venían a ser una invitación al consumo; Al León Rojo, Al oso que baila, y semejantes consignas publicitarias, eran elementales y primerísimos c., de los que, por supuesto, y en forma embrionaria, ya había precedentes en la antigua Roma. En el s. XVIII, a la vez que proliferan las muestras parlantes, son comunes aquellas que acompañadas del nombre del propietario del negocio, simbolizan el carácter de éste, y no puede olvidarse el grado de maestría a que llegaron en ocasiones, como en la del comercio de Gersaint, pintada por Watteau (Mus. de Berlín). Igualmente se hacía con los cafés y establecimientos de bebidas, y siempre fue alabada la del Café de Levante, de Madrid, pintada por Leonardo Alenza (v.) y de la que parece conservarse un dibujo preparatorio en la Biblioteca Nacional.
España: carteles de toros. En todo caso, el arte del c., tal y como hoy lo concebimos, ha nacido en España para anunciar las corridas de toros, aunque la palabra, ya definida por Covarrubias en 1611, se refiriera primeramente a justas, torneos y desafíos. Parece que el primer c. taurino del que haya noticia es uno que corresponde a una corrida en la Plaza de Toros de Sevilla el a. 1761, mientras que en la de Madrid comienzan en 1765. Es verdad que comenzaron por ser exclusivamente tipográficos, sin más adornos que cenefas de la misma índole. A comienzos del s. XII aparecen ya, con alguna timidez, viñetas representando suertes del toreo, símbolos y trofeos de la fiesta. Ya con el advenimiento de la litografía (v.), las escenas taurinas van ganando terreno a la tipografía, aunque con arte muy modesto. La tendencia siguiente es la de presentar retratos de los diestros anunciados, como uno de la Plaza de Málaga, de 1879, en que aparecen las efigies de Manuel Domínguez, Lagartijo, Felipe García y Frascuelo. En fin, en 1879 aparece el primer c. de toros que fija su fisonomía, en lo sucesivo invariable; era del artista aragonés Marcelino Unceta y presentaba un lance determinado, con más importancia que la letra impresa. A partir de entonces, el c. de toros contendrá una gran escena de la fiesta, en vivos colores y con casi supresión de letras grandes, excepto las que anuncian la plaza er. que se va a celebrar la corrida. Los principales artistas realizadores han sido el citado Unceta, Daniel Perea, Roberto Domingo y Carlos Ruano Llopis. Con la excepción de corridas muy señaladas para la confección de cuyo c. se suelen abrir concursos, ese tipo de c. tradicional es el que continúa anunciando la llamada fiesta nacional.
Principales cartelistas europeos. Europa había quedado -más atrás, acaso por no disponer de festejo tan popular, de modo que el primer c. señalado en Francia es el de Lalance, destinado, en 1830, a anunciar un mediocre libro. Pero pronto hubo legión de cartelistas, como Celestin Nanteuil, Raffet, Gavarni, etc. Y, sin embargo, no constituiría género prestigioso hasta la dedicación de Henri Toulouse-Lautrec (v.), el que en sus carteles anunciadores de Ambassadeurs, Moulin Rouge y sus artistas, La Revue Blanche, el confetti Bella, etc., elevó el c. a la misma categoría disfrutada por la gran pintura, lo que no era sino reconocimiento de lo obvio, pues, si es obra de un gran artista, la única diferencia radica en la fugacidad del género c. Otros grandes artistas franceses, como Bonnard (v.), no tuvieron empacho en firmar excelentes c. La llamada Belle Époque continúa enriqueciendo el género con admirables obras de Steinlen, Grasset, Mucha, Willette, Caran d'Ache, etc. El modernismo provoca una eclosión de c. interesantísimos en Alemania e Inglaterra.
Y, no siendo posible en estas cortas líneas hacer un recuento de cuantos artistas del género son acreedores a mención, nos limitaremos a España, donde uno de los mejores cartelistas fue Ramón Casas (v.). Son inolvidables su c. anunciador del Anís del Mono, ganador del concurso abierto en 1897 por la destilería de este producto, o el que anunciaba el Champán Codorníu, o el de los cigarrillos París, o el de la taberna de Els quatre gats, de tanta historia en la vida artística barcelonesa. Obsérvese que en los más de los casos se trataba de propagandas comerciales, pero ni Casas ni sus colegas podían abstenerse de participar en ellas, porque los ingresos obtenidos eran tan legítimos como los cobrados por satisfacer la vanidad de cualquier burgués pintando su retrato. Otros importantes cartelistas catalanes fueron Santiago Rusiñol (v.), Miguel y Antonio Utrillo, Alejandro de Riquer, Triadó, Mongrell, Apa, etc. Paralelamente, el auge del género en Madrid no sería menor, sino más persistente, con verdaderos maestros como Rafael de Penagos, Federico Ribas, Salvador Bartolozzi, Antonio Barbero, etc. Extraordinario cartelista, antes de 1936, fue el valenciano José Renau. Las actividades de todos ellos, preferentemente comerciales y culturales (en algún caso, taurinas, como en el de Renau, autor de un admirable c. que hubiera conseguido renovar el tradicional de este espectáculo) cobraron otro matiz en la guerra de 1936-39, que dio lugar, sobre todo en la zona republicana, a admirables c. de propaganda bélica, por muy varios artistas, absolutamente certeros al entender que un c. eficiente debe ser como «una pedrada en un ojo». El cartelismo español decayó después de la contienda, en cierto modo sustituido por nuevos medios visuales de propaganda, pero en años recientes ha podido advertirse un más que considerable renacimiento de este género, no tanto, sin embargo, cual pudiera haberse esperado de la asombrosa cartelística española de los primeros años treinta. Por otra parte, tanto en España como en el resto del mundo, el c. había quedado en manos de artistas más o menos especializados, por supuesto que diestrísimos, pero se imponía, para su mayor prestigio, la colaboración de otros consagrados, y tal ha sido al respecto la bienhechora obra de Pablo Picasso (v.), quien se ha dado al arte del c. con brío y entusiasmos ilimitados, en lo que le han seguido otros ilustres colegas como Joan Miró (v.), las más de las veces anunciando sus propias exposiciones. Naturalmente, la intervención de los mejores ha ocasionado un amplio movimiento de más que concentrado interés en la especialidad.
Publicaciones y concursos. Anualmente se publica un repertorio, Annual.International Posters, editado por Arthur Niggli en Saint Gall, Suiza, donde se antologizan gráficamente los mejores c. mundiales del año, siendo de justicia aseverar que uno de los países próceres en este arte y, pese a sus cortas dimensiones, equiparable con los Estados Unidos o Suiza, es el hispanoamericano Puerto Rico. Asimismo, en Milán y en Liorna se celebran concursos de c. turísticos, y en el de 1967 obtuvieron los principales galardones España e Israel, bien es verdad que, en el caso español, no por c. pintados, sino, fotográficos, técnica muy bella que, merced al incesante progreso, va desterrando lentamente a la tradicional. En todo caso, se trata de un arte perfectamente vivo, que hace verdad las palabras de Eugenio d'Ors cuando aseguraba que si algo le podía consolar la pérdida de una vidriera gótica era el nacimiento de un buen c. Y bonísimos aparecen todos los días en el mundo.
V. t.: CASAS, RAMÓN; TOULOUSE-LAUTREC, HENRI.
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