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1. Consideraciones generales. Parece conveniente hacer la distinción entre a. y f., dejando el primer nombre para los productos orgánicos de origen más o menos natural, o bien de origen natural con distintas transformaciones, y el segundo para los f. químicos, en su mayoría inorgánicos, de los cuales solamente son de origen natural el nitrato de Chile, las sales potásicas y el fosfato natural, que se emplean directamente o después de sufrir una molienda y tamizado.
Sin embargo, resulta más clara la distinción si se separa en un primer grupo todos los compuestos que tienen, además de un efecto sobre la alimentación de las plantas por su contenido en nitrógeno, fósforo y potasio, acción de otra índole: sobre la estructura del suelo, sobre la vida microbiana o sobre ambas cosas a la vez; y en otro grupo, bajo el encabezamiento de f., los que presentan una acción exclusiva de suministro de nutrimentos a las plantas. Puede hacerse un tercer grupo, el que se conoce con el nombre de enmiendas, cuya acción es más bien correctora según las condiciones generales del suelo; en este sentido se conceptúan, hasta cierto punto, algunos a. o compuestos orgánicos, que actúan sobre las condiciones físicas y, además, los productos que sirven para elevar o bajar el pH (v.) del suelo. Entre estos últimos los alcalinizantes comprenden las calizas en todas sus categorías incluyendo las dolomitas, que en el aspecto fertilizante también suministran magnesio. Entre las acidificantes se encuentran el azufre, sobre todo, y los sulfatos de hierro y aluminio, aunque dicho sulfato se emplea, más como medio de suministrar hierro a las plantas, especialmente mezclándolo con materia orgánica aplicada al suelo, o por aspersión sobre las hojas.
Hoy día es generalmente aceptado que las necesidades de alimento para las plantas deben diagnosticarse por análisis previo del suelo, que da una indicación aparente de las cantidades de los nutrimentos presentes en él, pues hasta ahora no existe ninguna técnica que pueda darnos una información absoluta.
En esquema, el proceso que se sigue en cada región es: planteamiento de experimentos en tipos de suelos determinados para los cultivos más importantes de la zona, empleando niveles variables de los distintos elementos, con lo que se obtiene una información que se contrasta con las técnicas analíticas empleadas para estudiar la fertilidad del suelo. Indudablemente, la exactitud de la información que se puede obtener está en función de la similitud existente entre el suelo en que se ha hecho el experimento y aquel que es motivo de estudio en el laboratorio.
Independientemente de esto, que atañe exclusivamente a la composición del suelo, existe el factor planta y sobre todo el climático, que varía de un año a otro, aun en el mismo enclave, lo que hace que la información obtenida en los experimentos de campo sólo sea totalmente válida para aplicarla a priori allí donde se obtuvo, cosa que en la práctica es imposible. Esto da idea de las dificultades que encuentra el especialista en fertilidad para hacer recomendaciones a los agricultores. Sin embargo, esto no quiere decir que el avance logrado hasta el momento no sea útil y no tenga una probada eficacia; pero todavía se está muy lejos de alcanzar una técnica que permita hacer recomendaciones sin referencia a experimentaciones previas.
2. Abonos. Durante muchos años, como consecuencia de las teorías de Liebig (v.) quedaron postergados, al menos desde el punto de vista científico, los productos orgánicos, dándose importancia capital a los inorgánicos (f.); afortunadamente, el agricultor, desfasado mucho respecto a los avances de la Ciencia y fiándose de sus observaciones, seguía aplicando los a. como un medio de mantener la fertilidad del suelo y precisamente no hace muchos años, los científicos han llegado a la convicción de que tan importantes son los productos orgánicos como los inorgánicos para conseguir aquella finalidad.
Por otra parte, actualmente, debido a la mecanización, va disminuyendo el número de cabezas de ganado en las explotaciones, con lo que también disminuyen las posibilidades de estiércol. Si a esto se une que muchas explotaciones no tienen ganadería por ser exclusivamente agrícolas, la dificultad se acentúa y el agricultor, a pesar de que siempre ha creído necesario el uso de los a., tiene que prescindir de ellos por la dificultad de conseguirlos a un precio razonable. Este problema se ha puesto más de manifiesto, a medida que los científicos han ido reconociendo la importancia de la materia orgánica en el suelo, por lo que se trata de obtener el máximo partido de los restos vegetales producidos en las explotaciones, y en ese sentido se han realizado gran número de estudios y experimentaciones, procurando aprovechar los restos de las cosechas en el suelo sin producir trastornos nutricionales para los cultivos posteriores. Quizá desde este punto de vista, el resultado positivo más espectacular es el que se ha logrado con el aprovechamiento de la paja de los cereales en los cultivos de secano, especialmente cuando las rotaciones son de cereal-leguminosa. Se ha podido observar que si la paja no se entierra más que parcialmente el proceso de descomposición se realiza muy lentamente, no llegando a presentarse el caso de «hambre de nitrógeno», con lo cual el trastorno más grande para el cultivo siguiente queda completamente eliminado, especialmente si dicho cultivo es una leguminosa. Estas condiciones incrementan la fijación del nitrógeno por el rizobium, facilitando la descomposición de la paja a un ritmo mucho más rápido del que tiene lugar cuando el nuevo cultivo es un cereal. Existía la dificultad de laboreo cuando la paja no se quemaba sobre el terreno. Hoy día esta dificultad está totalmente salvada empleando cultivadoras de «cola de milano», que permiten mover el rastrojo sin voltear el suelo, con lo que la paja queda retenida muy superficialmente en el terreno. Realmente, entonces no se consiguen unas condiciones «clásicas» de sementera, pero ya está totalmente probado que dichas condiciones, por tradición ideales, no son requeridas para la sementera si se emplean sembradoras de tubo, con lo que se hace un menor gasto en labores, al mismo tiempo que se empeora menos la estructura del suelo. El empleo de mulch (cubierta de restos vegetales sobre el suelo), usando los restos de los cultivos, en otros casos no ha dado resultados tan favorables. Sin embargo, a excepción de los cultivos de huerta muy atacados por las plagas de hongos, se está haciendo todo lo posible por utilizarlos, bien directamente, o, mejor aún, realizando un composting. A nuestro parecer éste es el sentido en el que se seguirán los estudios, hasta lograr un aprovechamiento integral de los restos de las cosechas.
Indudablemente, no es suficiente retornar al suelo los restos de las cosechas producidas, especialmente cuando se trata de cultivos de huerta, caso que, como hemos señalado, es el que presenta mayores dificultades para llevarlo a la práctica. Por tanto, se ha hecho necesario encontrar otros procedimientos para elevar el contenido en materia orgánica del suelo. En este sentido, aparte del empleo de estiércol, cada vez más restringido por su escasez, se cuenta con el de la turba, que aunque no tiene una acción idéntica, resulta más beneficioso para aquellos casos en que lo que interesa es principalmente dar soltura al suelo y, sobre todo, aumentar su capacidad hídrica. En este aspecto es muy superior al estiércol. Existen otros productos orgánicos de interés agrícola, entre los que se pueden citar la sangre seca, residuos de pescado, etc., pero actualmente se usan muy poco como a., pues tienen otras aplicaciones para las que se pueden pagar precios más altos.
Con variable fortuna, en los últimos 20 años se han generalizado distintos procedimientos rápidos para compostar, con aireación forzada, los vertederos de las ciudades, bien a solas o uniendo a ellos los sólidos de las alcantarillas o albañales. Este último material, una vez comportado, es de gran riqueza nutritiva para las plantas y su empleo no depende más que de las dificultades que se presentan en su tratamiento. En cambio el primero, o sea, las basuras solas, independientemente del gran número de procedimientos que existen de comportarlas, con y sin inoculación, no ha dado hasta el momento resultados económicamente concluyentes. El precio a que resulta el producto no está en armonía con los resultados que se observan en su aplicación. Digno de mención es el caso de Israel, donde, por las subvenciones que este tipo de industrias recibe del ministerio de Sanidad y de los ayuntamientos, que cubren prácticamente los gastos de fabricación, se puede suministrar el compost a los agricultores a precios interesantes.
Independientemente del precio, no existe ningún procedimiento que permita obtener un producto con un grado de homogeneidad aceptable, dada la heterogeneidad del material de partida, además de que la fermentación se realiza sólo parcialmente, aunque con carácter aerobio y a temperatura alta; cuando el producto llega al final del proceso de fabricación no ha alcanzado unas condiciones estables, por lo que se producen resultados muy dispares en su aplicación al suelo y en ningún caso se observan efectos definidos sobre el aumento de cosecha.
Existen dos excepciones: el viñedo y las leguminosas (alfalfa, veza, etc.), en los que se obtienen aumentos apreciables en el rendimiento, pero aun así, dados los precios a que se venden, estos productos no llegan a compensar claramente la inversión necesaria. A pesar de todo, con esto no queremos decir que el empleo del compost no sea conveniente, sino que debería hacerse un estudio más a fondo de su proceso de fabricación para delimitar perfectamente cuáles son los procesos que debe sufrir el material para que en su empleo se obtenga el máximo partido. Pero, además, es preciso cambiar la mentalidad del agricultor haciéndole comprender que la acción de la materia orgánica en el suelo no puede manifestarse solamente en un aumento de producción en la cosecha siguiente, sino que su acción es lenta, por lo que se manifiesta en varias cosechas sucesivas y, sobre todo, contribuye a mantener la vida microbiana que complementa el ciclo de fertilidad de los suelos.
La materia orgánica puede ir disminuyendo paulatinamente sin que se aprecien cambios grandes en el rendimiento, pero llegado el momento en que el nivel es muy bajo, se producen repentinamente condiciones desérticas, debido a que el suelo disminuye extraordinariamente su capacidad de retención de humedad y al mismo tiempo su estructura empeora de tal manera que la capacidad para penetrar la lluvia o el agua de riego es tan baja, que prácticamente no se pueden aprovechar. Se pueden observar antes algunos síntomas que advierten del peligro: dificultades para mantener el tempero conveniente para las labores, llegando a un extremo en que resulta imposible realizar las labores en toda la finca con buen tempero, pues o tiene que cogerse húmedo al principio o bien se realiza la labor en la parte final con el terreno demasiado seco. En consecuencia, la razón más importante para la aplicación de materia orgánica es la de mantener las condiciones de fertilidad normales en el suelo en los casos en que no se ha producido un empeoramiento por falta de atención, pues en estos últimos es necesario aplicar dosis más elevadas con el fin de llegar a las condiciones de equilibrio que están en función de las rotaciones de cultivo, tipo de suelo y climatología. Esto es lógico, pues sobre todo el factor precipitación y la temperatura influyen extraordinariamente en la velocidad de descomposición de la materia orgánica.
En cuanto a la forma de aplicar la materia orgánica, debe señalarse que una dosis más alta no produce un aumento proporcional en el nivel de materia orgánica del suelo, ya que ésta produce un efecto inductor por el cual se multiplica la flora microbiana y, en consecuencia, disminuye el nivel de la materia orgánica presente anteriormente a una velocidad mayor que si no se hubiera hecho la aplicación. Es preciso tener en cuenta este punto cuando se van a calcular las dosis de abonado orgánico. Una dosis muy alta puede producir una velocidad de descomposición tan intensa en el suelo que sus efectos sean antieconómicos.
En principio se considera que la acción de la materia orgánica se reparte de la siguiente forma: el 50% de efecto en el primer año; el 25% en el segundo y del 12 al 15% en el tercero, sin que se pueda concretar la cuantía en los años sucesivos, que indudablemente es muy baja. No puede darse una dosis media fija de aplicación, ya que ésta varía con el tipo de suelo, con las características climatológicas, con el nivel presente ya en el momento de hacer la aplicación, con el tipo de cultivo y con la rotación de los mismos. Además, también varía con la clase de materia orgánica que se aplique. Con carácter solamente orientativo, diremos que en el caso del estiércol las dosis normales a aplicar varían entre 10.000 y 40.000 Kg/Ha., siendo más frecuente la de 20.000 Kg/Ha. La turba se aplica generalmente en dosis mitad. En cuanto al compost las dosis son más variables, debido a la gran variabilidad en la calidad de los productos. Las más frecuentes oscilan entre 5.000 y 10.000 Kg/Ha.
Por otra parte, las últimas investigaciones parecen poner de manifiesto que el efecto del abonado no sigue las mismas normas que el de la fertilización; es decir, parece que no hay proporcionalidad entre las dosis aplicadas y el efecto producido, por lo que el cálculo de la dosis conveniente se hace mucho más difícil que en el empleo de los f.
Finalmente, conviene señalar que la dosis más baja recomendada se refiere a cultivos extensivos y la más alta a cultivos intensivos y de huerta, siendo permisibles dosis ligeramente superiores en los tres productos mencionados cuando se trata de cultivos de gran rentabilidad o de mejorar condiciones de suelos muy anormales. Por ejemplo, los suelos decrepitados en las nivelaciones de los regadíos, que hacen aflorar en superficie subsuelos «fuertes» y exentos de materia orgánica y con una estructura muy mala. En estos casos pueden requerir dosis superiores a los 100.000 Kg/Ha.; sin embargo, conviene, además, que el cultivo que se establezca en primer lugar sea de plantas leguminosas, para facilitar la mejora de la estructura del nuevo suelo y la vida microbiana del mismo.
3. Fertilizantes. Complejos. Existe actualmente en la fabricación la tendencia a preparar complejos de gran riqueza en producto activo específico (alrededor del 50% y más, si es posible). Esto ha hecho que los f. presenten menos impurezas, útiles a su vez, con lo cual van apareciendo cada vez más elementos que tienen que emplearse como f. El caso más característico ha sido el del azufre, del que, salvo en contadas zonas muy definidas, no requerían los cultivos una aplicación específica, ya que el superfosfato lleva sulfatos: el yeso en gran concentración. Además, el amoniaco se aplica en gran parte en forma de sulfato amónico y el magnesio en forma de sulfato magnesco y gran parte del potasio en forma de sulfato potásico, lo que hacía que la fertilización indirecta de sulfatos fuera muy superior a las necesidades en la mayoría de los casos. Éste es quizá el inconveniente más notable de los f. complejos, aunque es fácil de solucionar empleando directamente sulfato o azufre, pero existen otros inconvenientes, quizá menos aparentes pero mucho más difíciles de corregir. Uno de ellos es el de las formulaciones. En las industrias de f., es lógico que se desee tener una sola fórmula magistral o dos o tres como máximo, que permitieran lanzar al mercado grandes cantidades de f. complejos por la gran facilidad de su fabricación y mejor manejo para el agricultor. Se ha realizado un paso intermedio perjudicial y acompañado de acción publicitaria nociva, que es la preparación de los llamados f. compuestos con riqueza muy similar a los a. simples. y normalmente a un precio doble. Además, tienen los mismos problemas de formulación que los complejos y sólo presentan la facilidad de distribución con las abonadoras centrífugas. Por otra parte, estos f. no suelen ser muy homogéneos, por lo que la concentración en los distintos puntos del terreno resulta muy heterogénea, por buena que sea la distribución. Además, su riqueza no presenta ninguna ventaja para el transporte y el reparto.
Sería conveniente que las industrias del ramo centraran sus esfuerzos en la preparación de f. complejos, entendiendo por tales aquellos con riqueza superior al 42% y, por otra parte, que dedicaran un interés preferente a conseguir las formulaciones más adecuadas para cada cultivo y área, cosa que se ha hecho en algunos países por empresas de gran envergadura, pero que no se ha imitado en los demás. La aplicación de esas fórmulas en otros países es perjudicial, por no tener en cuenta las condiciones locales del suelo. Luego, siempre es posible llegar a formulaciones patrón, que permiten, por diferente dosificación de cada una, obtener otras intermedias, lo que hace posible un gran espectro en cuanto a su aplicación práctica.
Fertilizantes nitrogenados. Los más interesantes son: el gas amoniaco, del 82% de riqueza, y las soluciones del mismo con riquezas variables y lógicamente inferiores, que presentan la característica de ser el f. nitrogenado más económico que existe y que permite su dosificación de forma simple en el agua de riego.
La urea, con riqueza del 45 al 46% aproximadamente, sigue en precio y también resulta muy útil para el rociado foliar cuando el contenido en biuret es menor del 0,25%. En esta forma, se aplica a los frutales como complemento de los tratamientos foliares para la corrección de deficiencias en oligoelementos.
Sin embargo, los f. nitrogenados más comunes, hasta el momento, son el sulfato amónico, del 20,5%, y los nitratos sódicos (de Chile en su mayoría) y cálcicos, del 15,5 al 16,5% de riqueza aproximadamente. Además, está el nitrato amónico, de una riqueza del 34 al 35%, que en un principio presentó mucha dificultad de empleo por su carácter explosivo, por lo que se le mezclaba con carbonato cálcico, obteniéndose un producto de riqueza muy inferior, aproximadamente del 20,5%, dando lugar a los amonitros, ibernitros, nitramoncal, etc. Hoy día, resuelta la citada dificultad, el uso directo se está generalizando. De interés es también el nitrosulfato amónico, con una riqueza del 26,5%. En general, el sulfato y el nitrosulfato amónico son los f. de cobertera o trasplante y los otros de sementera, dependiendo que se emplee uno u otro del tipo de cultivo, y más especialmente del tipo de suelo, y en particular, de la concentración de calcio activo en el coloide del mismo.
La cianamida cálcica, con riqueza del 18 al 22% de nitrógeno, es un f. de sementera (realmente debe aplicarse como mínimo cuatro semanas antes de la siembra) en las zonas pobres en calcio y de pH bajo, especialmente para el establecimiento de nuevas praderas. Sin embargo, su manejo engorroso va descartando su empleo, excepto para aquellos casos en que resulta imprescindible, p. ej., cuando se quiere obtener una acción herbicida, sobre todo en los citados casos de establecimiento de praderas.
Las dosis de empleo de los f. nitrogenados son muy variables y están en función, principalmente, del rendimiento que se espera alcanzar; p. ej., en el cultivo de trigo, para 1.000 Kg/Ha. de grano suele ser suficiente una aplicación de 200 Kg. de sulfato amónico e incluso, a veces, cantidad inferior. Sin embargo, para un rendimiento por encima de 3.000 Kg. son precisos, como término medio, de 300 a 400 Kg. de dichos f. o cantidad equivalente del f. que resulte más idóneo en el caso que se considere.
Existen actualmente, aunque poco difundidos, compuestos nitrogenados de acción lenta y que por su índole tienen unas características muy adecuadas para los suelos arenosos e incluso para toda clase de suelos cuando se trata de fertilizar con f. nitrogenados, una sola vez al año, en los cultivos perennes, o exclusivamente antes de la siembra, en los anuales. La acción de estos productos es de dos tipos: unos contienen una sustancia inhibidora de los microorganismos que actúan en los procesos de paso de amonio a nitrito y, por tanto, se pueden aplicar con cualquier fertilizante amoniacal o urea. Los otros liberan nitrógeno inorgánico lentamente. Estos últimos son los llamados urea form y urea-Z, que son del tipo de urea formaldehído y urea-acetal con cadenas orgánicas más o menos largas. La liberación del nitrógeno de estos compuestos en forma amoniacal o nítrica es tan lenta que permite un suministro en razón a las necesidades de las plantas, pudiendo dosificarse en función del tipo de suelo y de la climatología. Actualmente estos productos son muy caros, razón por la que todavía no se ha generalizado su empleo; sin embargo, el avance en las técnicas de la fabricación permitirá, en un plazo no muy largo, que se encuentren en el mercado a precios en consonancia con el efecto que producen. Existen ya en el mercado en Estados Unidos unas «pastillas» de f. que se recomiendan para la fertilización de árboles de nueva plantación, colocándolas en contacto con el cepellón o zona de raíces en contraposición con las normas de fertilización que son comunes en estos casos. Sin embargo, no sólo no se obtienen daños en las raíces, sino que éstas se encuentran rodeando la pastilla completamente, cuando al cabo de unos meses se descubre el cepellón del árbol para observar los resultados. Además, el desarrollo de los árboles tratados así es muy superior al producido por los f. normalmente empleados y parece que las posibilidades futuras de aquéllos son muy grandes. El nitrógeno en ellos está en forma orgánica, parecida a la que acabamos de señalar, por lo que no existe peligro de «quemar» las raíces. También contienen fósforo en forma de fosfato amónico y potasio como sulfato potásico, pero ambos en cantidad muy reducida. Aunque también presentan cantidades pequeñas de algunos oligoelementos, no los consideramos de utilidad práctica en este aspecto.
El nitrógeno, a pesar de constituir en general el f. más caro, es el que se emplea en mayor cantidad y, cuando los cultivos son de gran valor, casi siempre en exceso, con lo cual se perjudica la calidad de los frutos y la resistencia de las plantas a las enfermedades. Su efecto consiste en un mayor desarrollo de la parte verde de las plantas; por tanto, se nota rápidamente. El análisis, tanto del suelo como de las hojas de las plantas, permite conocer la dosis adecuada, que en la mayoría de los casos es inferior a la que normalmente emplea el agricultor, con lo cual compensa, no sólo los gastos de análisis, sino mucho más, debido a una mayor producción que va acompañada de mejor calidad.
La única norma que puede darse en cuanto al número y cantidad de aplicaciones es que si pueden presentarse lluvias o se trata de una zona de regadío, la dosificación del nitrogenado nítrico (nitratos, amonitros o nitrosulfatos) debe hacerse en cantidades pequeñas y repetidas para impedir su arrastre por las aguas de drenaje; no parece conveniente el empleo de cantidades superiores a 20 Kg/Ha. de nitrógeno por aplicación. En cambio, el amoniaco y sus sales no tienen este riesgo tan marcado. Lo mismo podemos decir de la cianamida y de la urea, pues liberan amoniaco, en el caso de la urea si la ureasa está en cantidad adecuada en el suelo.
Fertilizantes fosfatados. Son menos numerosos que los nitrogenados y concretamente existe uno, el superfosfato, con riqueza del 18 al 20%, cuyo empleo viene a ser del 70 al 80% de todos los que se aplican en el mundo. Hoy día, existen en superfosfatos concentrados los llamados doble y triple, que tienen riquezas del 32% y del 45% de anhídrido fosfórico (P2O5). El normal, aunque algunas veces se presenta con un 16% de riqueza, cada vez es menos frecuente, y en la actualidad oscila entre el 18 y el 20% de riqueza en P2O5. La acidez del superfosfato da una idea, aunque sólo sea aproximada, de la bondad de su preparación y sirve de referencia a los almacenistas y, en algunos casos, a los propios agricultores.
Además del superfosfato, existen los nitrosulfatos, que se empezaron a preparar al final de la II Guerra mundial como una forma de eliminar la dependencia de los fosfatos solubles, del azufre y las piritas, pero que no han dado resultados concluyentes y, posteriormente, al suprimirse el problema del suministro de ácido sulfúrico, han quedado todavía más descartados.
Las escorias Thomas son muy empleadas en los países centroeuropeos y por su menor solubilidad y mayor contenido en calcio, así como por la presencia de magnesio y otros cationes, son preferidas para las zonas ácidas y pobres en calcio, donde su eficacia es superior a la del superfosfato.
El fosfato bicálcico se emplea en cultivos especiales preferentemente en zonas donde el superfosfato no da buenos resultados por ser el suelo ácido. Su empleo está poco generalizado.
Quedan los fosfatos naturales (fosforitas) que, aparte de su empleo para la fabricación de superfosfato cuando son blandas, es decir, no conteniendo silicatos, permiten su molienda a grano extremadamente fino, lo que facilita su distribución en el suelo y al mismo tiempo la asimilación por las plantas, ya que su solubilidad es muy baja no sólo en agua, sino incluso en citrato amónico. A pesar de esto, en suelos muy ácidos y muy bajos en calcio han producido resultados sorprendentemente buenos y caso similar ha ocurrido en los trópicos, donde los suelos ferróalurnínicos responden muy bien a este tratamiento fosfatado, con una necesidad de aplicación de niveles muy altos de fosfato en consonancia con la pobreza en calcio de dichos suelos. Sin embargo, en los suelos más corrientes la aplicación de las fosforitas naturales no se considera útil más que para aquellos casos en que se quiere elevar el contenido total de fosfato en el suelo, es decir, como dosis de almacenamiento.
Los resultados de la investigación sobre las necesidades de f. fosfatados, aconsejan que su aplicación se haga en profundidad y antes de la siembra, pues es muy raro el efecto conseguido con tratamientos posteriores. En el caso de frutales o viñedos ya establecidos, también se está generalizando la fertilización por inyección o por abonadoras de profundidad, que son los procedimientos casi exclusivos para conseguir una eficacia del tratamiento en el primer año después de la aplicación. También como método más antiguo, pero que se sigue realizando, está el de aplicarlo en superficie por labor de arado de discos o vertedera, pero éste, enel caso de los frutales o viñedo, suele ser un procedimiento perjudicial para las plantas porque destruye o rompe muchas raíces, al mismo tiempo que altera de forma drástica la estructura del suelo, y la vida microbiana en la superficie. Todo esto se debe a la escasa movilidad del superfosfato y de los demás f. fosfatados en el suelo. Un tipo de suelo que no presente fijación para los fosfatos, puede permitir en un año un movimiento de 5 cm. en profundidad al fosfato y esto se puede considerar como prueba de buena movilidad.
En cuanto a las dosis de aplicación de estos f., es lógico que sean variables y distintas según el tipo de los mismos; por eso nos centraremos en el superfosfato normal, que es el de uso más frecuente. Las dosis medias oscilan entre los 300 y 500 Kg/Ha. para el secano y en el regadío se pueden sobrepasar los 1.000 Kg/Ha., especialmente para los cultivos intensivos y de gran rentabilidad, como tomateras de invierno, etc. El factor más importante para calcular la dosis de aplicación es el nivel de fósforo asimilable presente en el suelo y, en segundo lugar, el tipo de cultivo y las posibilidades de rendimiento. Por eso, en la recomendación no se pueden dar unos valores concretos, sino sólo orientativos.
En cuanto al empleo de las escorias, las dosis pueden ser del mismo tipo que en el del superfosfato, en aquellos casos en que sea más recomendable el empleo de las mismas, ya que su precio es superior al del superfosfato normal; y respecto a las fosforitas, su precio es el más bajo, por lo que permite, unido a su mayor riqueza, la aplicación de dosis muy altas que sirven de reserva y de acción durante un largo número de años. Este último tipo de fosfatos se suele emplear algunas veces en la fertilización basal para las plantaciones de frutales, ya que su precio está en armonía con las dosis altas que son requeridas para estos casos y no presentan peligro de fuerte elevación salina, debido a su escasísima solubilidad.
La acción más conocida del fósforo sobre los cultivos es la fundamental para la fructificación; es comúnmente menos conocida su acción sobre el desarrollo radicular, de tanta trascendencia que cuando hay falta de fósforo las raíces se necrosan, desempeñando difícilmente sus funciones y disminuyendo su desarrollo. Esto tiene como consecuencia un menor aprovechamiento del agua existente en el suelo y de los demás elementos fertilizantes, facilitando incluso el ataque de enfermedades, especialmente los hongos de las raíces.
Fertilizantes potásicos. El cloruro potásico es el de empleo más generalizado. Su precio, prácticamente a igualdad de riqueza, es. inferior al del sulfato potásico, por lo que este último sólo se emplea en los casos en que se hace preciso, como en el cultivo de patatas, tabaco, etc. En el mercado existe cloruro potásico de distintas riquezas, aunque el del 50% es el de empleo más generalizado, puesto que disminuye los precios de porte y distribución. El sulfato potásico se presenta con la riqueza del 48% en óxido potásico (K2O). En los cultivos de frutales, especialmente en los agrios, se emplea con frecuencia el sulfato potásico con preferencia al cloruro; sin embargo, no existe una razón general que lo haga necesario, a excepción de aquellos casos en que la presencia de cloruros en las aguas lo aconseje.
Las sales potásicos no requieren en ningún caso su enterrado, como ocurre con los f. fosfatados, aunque resulta más conveniente realizarlo. La razón reside en que el potasio tiene mucha mayor movilidad que el fósforo; pero, aun así, para su aprovechamiento en la cosecha presente en el momento de hacer la aplicación, especialmente en suelos fuertes, conviene situarlo próximo a las raíces para facilitar su absorción.
Cada vez se practica más frecuentemente en el establecimiento de plantaciones de frutales o viñedos la fertilización basal con sales potásicas, lo mismo que se viene haciendo con los f. fosfatados, y en estos casos la dosis puede ser de 800 hasta más de 1.000 Kg/Ha, colocándolas en profundidad en el hoyo que se hace para la plantación y perfectamente separadas del cepellón. Estos tratamientos básales se realizan en función de las condiciones del suelo y, por tanto, varían mucho según el grado de fertilidad del mismo, máxime teniendo en cuenta que son tratamientos para un mínimo de ocho ó 10 años.
Las dosis de potasio en los secanos para el cultivo de cereales suelen ser bajas, aunque la experimentación está demostrando que con fertilizaciones más intensas se consiguen mejores rendimientos siempre que la fertilización sea equilibrada en los tres elementos fundamentales: nitrógeno, fósforo y potasio. Las dosis varían según el posible rendimiento, tipo de cereal, clima y suelo, pudiendo oscilar entre 50 y 400 Kg/Ha., como término medio.
En el regadío las dosis a aplicar varían mucho con el cultivo cuando la rentabilidad del mismo es grande, dependiendo de los riesgos que se quieran correr por causas climatológicas, y otras pueden pasar de los 1.000 Kg. e incluso llegar a los 1.500 Kg/Ha., como ocurre, p. ej., en el caso de los tomates de invierno, planta que necesita bastante potasio y el «viaje» del fruto está en relación directa de la dosis de potasio suministrada.
Muchos agricultores, por no ver claramente el efecto de las sales potásicas, no son partidarios de su empleo sin comprender que el nivel óptimo de potasio es la mejor defensa contra los ataques de plagas y, sobre todo, que el potasio controla la transpiración de la planta, por lo que con un mismo nivel de humedad se pueden conseguir producciones más altas, cuando el nivel de fertilización potásica está más en armonía con las necesidades del cultivo.
Fertilizantes magnésicos y oligoelementos. El déficit de magnesio en las plantas está en relación con el nivel presente en el suelo que, en general, es acorde con el de calcio. Sin embargo, es antagónico con el nivel presente de potasio. Así, cuando se incrementa el potasio en el suelo, la posibilidad de absorción del magnesio disminuye, por lo que la fertilización potásica tiene que hacerse siempre de acuerdo con las necesidades magnésicas.
El magnesio se aporta por dos medios: uno en forma de sulfato magnésico aplicado al suelo en cantidad variable, según las necesidades, siendo la cantidad corriente los 150 ó 200 Kg/Ha., y otro aplicado a las hojas por rociado foliar. En esta forma se utiliza con muy buenos resultados el nitrato magnésico al 1%, especialmente en el caso de los cítricos. También se ha empleado el sulfato magnésico con este último, pero los resultados son muy inferiores.
Entre los oligoelementos deben citarse el hierro, manganeso, cinc, cobre, boro; todos se aplican por rociado en soluciones entre el 0,1 y el 0,2% en forma de sulfato y con una dosis alta de humectante. Se exceptúa el boro, que se aplica en forma de bórax, y que se utiliza más veces aplicado al suelo que en rociado. Los otros, a excepción del cobre, suelen aplicarse también al suelo, pero en este caso se mezclan los correspondientes sulfatos con materia orgánica antes de aplicarlo. Sin embargo, los resultados son inferiores y de acción más lenta que el rociado foliar. También se emplean los quelatos, especialmente el de hierro, con muy buenos resultados. Tienen el inconveniente de que su precio es demasiado elevado. A pesar de todo, se emplean bastante en tratamientos de clorosis férrica en frutales.
Existen en el mercado un gran número de productos formados por sales de diferentes oligoelementos, incluso de algunos, como la plata, cuya necesidad no está probada, que por su compleja composición tienen un precio alto y se expenden con el fin de utilizarlos por aspersión foliar. Científicamente considerado, el asunto es aún más grave y difícil de resolver que el de los f. complejos, ya que allí se trata casi siempre sólo de tres elementos y una investigación adecuada puede indicar cuáles son las fórmulas básicas a fabricar. Pero en el caso de los oligoelementos el número es mucho mayor y las fluctuaciones de su composición en las plantas muy variables, por lo que resulta prácticamente imposible preparar formulaciones básicas. Los productos del mercado no son más que dosis para cubrir deficiencias de todos los elementos que intervienen en la formulación. Como este caso en la práctica es poco menos que imposible de encontrar, o al menos muy difícil, en los casos en que tienen que aplicarse estos preparados no reúnen las condiciones idóneas necesarias y los resultados son perjudiciales, teniendo en cuenta que los niveles extremos de los oligoelementos, es decir, de deficiencia a exceso, son relativamente próximos, siendo los niveles de toxicidad muy definidos y perjudiciales. De aquí que una aplicación indebida de cualquiera de ellos resulta muy perjudicial. Por esto, lo lógico es preparar las mezclas en sales individuales de cada uno de los elementos que debe emplearse en el tratamiento.
La presencia de niveles adecuados de los oligoelementos en las plantas tiene como consecuencia una mejor calidad de frutos y una mayor resistencia a las enfermedades y especialmente al frío. Para mantener un nivel adecuado no basta con sales de los mismos cuando se observan deficiencias visibles en la planta; deben realizarse análisis foliares, en los que las modernas técnicas permiten gran precisión, rapidez y economía. De esta manera, se pueden corregir los déficit sin que la planta llegue a manifestarlo en síntomas característicos, que demuestran un estado agudo de deficiencia.
En este concepto, sin ser realmente oligoelemento, pues interviene en las plantas en concentración mayor que ellos, puede incluirse al magnesio y todo lo dicho de aquéllos puede aplicarse, en general, a él.
Fertilizantes binarios. Son los que contienen dos de los elementos fundamentales. Existe gran variedad de ellos en el mercado; uno de los que se usa más frecuentemente es el superfosfato amonizado con un 3% de amoniaco, aproximadamente. Le siguen los fosfatos amónicos, que, a pesar de su gran riqueza, por su precio elevado sólo se emplean en cultivos de gran rentabilidad, como en floricultura, pues de esta forma no se aplican sales inútiles para alimentación de la planta y es posible emplear dosis muy altas de fertilización con menor riesgo de salinificar el medio.
Existen también otros muchos abonos binarios; p. ej., las sales potásicas y magnésicas, de origen prácticamente natural. La dolomita (carbonato de calcio y magnesio) se emplea, más que como f., como enmienda para tratar suelos ácidos, aunque realmente es un fertilizante de calcio y magnesio, pues como enmiendas deberían conceptuarse sólo aquellos materiales que no actúan, como ya dijimos al principio, como nutrimentos de las plantas.
V. t.: EDAFOLOGÍA; SUELO. |