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Viernes, 3 de Septiembre de 2010
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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Antropología III
Categoria:
Antropología
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    1. Características somáticas. El problema fundamental que plantea la A. de América en relación con el origen de sus habitantes es el de si los indígenas del Nuevo Mundo poseen la unidad somática que permita considerarles como una sola raza o si, por el contrario, deben suponerse grupos de raza diversa que a través de los siglos se han mezclado hasta el punto de presentar algunos caracteres de unidad. En las clasificaciones de las razas humanas aparecen a veces como rama aparte, como ocurre en la clasificación cuatripartita de Linneo, o bien son incluidos en la rama asiática o mongólica, como en la clasificación tripartita de Cuvier. El gran antropólogo norteamericano Hrdlicka sostuvo que los americanos ofrecían una unidad por lo menos tan clara como la que nos permite hablar de una raza blanca o caucásica y les atribuía los rasgos siguientes: piel amarillo-castaña; cabellos negros, espesos, rectos; pilosidad muy reducida; falta de olor racial característico; pulso lento, volumen de la cabeza y capacidad craneal ligeramente menor que en la raza blanca; cráneo algo más grueso que el de los blancos; ojos de color pardo oscuro, de conjuntiva azulada en los niños, blanca en los adolescentes, amarillo sucio en los adultos y ángulo exterior un poco más alto que el interior, puente nasal bastante prominente y nariz robusta, con frecuencia aquilina en los hombres; mesorrinia; región malar prominente; fosa canina menos profunda que en los blancos; boca ancha, lo mismo que el paladar; labios espesos; prognatismo medio; barbilla con frecuencia cuadrada y voluminosa y menos prominente que la de los blancos; dientes fuertes, con los incisivos superiores en forma de pala; orejas grandes; cuello grueso; senos cónicos; curvatura lumbar moderada; carencia de esteatopigia; extremidades inferiores delgadas; relaciones radiohumeral y crurofemoral intermedias entre las de blancos y negros; platibraquia, platimeria y platicnemia. Para el propio autor, el polimorfismo de esta raza es menor que el de la blanca, formando un homotipo en que las diferencias indican únicamente subrazas de origen pre y extraamericano.
      2. Variantes y relación con otras razas. Que las variantes dentro de esa posible unidad señalada son muchas se advierte en cuanto analizamos los caracteres concretos. Acaso uno de los rasgos más uniforme es el del color de la piel, que siempre se ha denominado rojo o cobrizo, con un fondo amarillento, lo que los cronistas españoles llamaban color de membrillo cocido. La forma de la cabeza varía enormemente, además de lo que la altera la deformación craneal, tan abundante en el Nuevo Mundo. Encontramos a la vez la extrema dolicocefalia y la hiperbraquicefalia. Se citan el índice de 65 entre los esquimales (v.) del Labrador y el de 89 en la costa del NO; en general, los braquicéfalos dominan en las regiones montañosas. Si nos fijamos en la estatura ocurre lo propio, ya que mientras los tehuelches o patagones tenían una media de 1,85 m., con frecuencia de estaturas próximas a los 2 m., la media de los peruanos no pasa de 1,55 m. Muy viva ha sido la discusión de si existieron verdaderos pigmeos (v.), que algunos antropólogos han pretendido situarlos a orillas del Orinoco y en la región del Río Negro. A pesar de los esfuerzos de Paul Rivet para que se admitiera la presencia de pigmeos en América, la mayoría de autores se resisten a aceptarlo. No menos se ha discutido sobre la presencia de blancos y negros y aunque no es imposible que ocasionalmente algún elemento negro o blanco haya podido pasar a través del Atlántico, no podemos aceptar que estas ocasionales llegadas pudieran modificar fundamentalmente la raza americana.
      Es frecuente la mancha azulada en la región sacrolumbar de los recién nacidos, lo que confirmaría su parentesco con los mongoles (v.). En cuanto al cabello, es evidente que se trata de un rasgo en que la mayoría coincide. Suele ser áspero, negro, lacio y muy largo, de sección generalmente circular, con alguna tendencia a la oval, aunque no falten indios americanos con cabellos ondulados o rizados, o de color claro. La calvicie es poco frecuente. Los ojos suelen ser oscuros y pequeños, con abundancia del llamado pliegue mongol. En la forma de la nariz muestran grandes contrastes, pues aunque la mayoría se halle dentro de la mesorrinia, no faltan leptorrinos y narices convexas. La abertura nasal se parece a la de los mongoles. Se incluyen entre los macrotes o de orejas grandes. La capacidad craneana varia entre los varones de 1.300 a 1.600 cc., dándose frecuentemente casos de microcefalia. La boca suele ser grande, los labios bastante gruesos y pómulos prominentes, con lo que resulta la cara ancha. Los incisivos en forma de pala se dan en más del 90% de los indios. Es frecuente que el molar segundo inferior posea cinco cúspides. También es curioso el detalle de la frecuencia del tipo de mordedura que puede llamarse de borde a borde. El maxilar inferior tendría con frecuencia, excepto entre los esquimales, un tipo especial caracterizado por la apófisis coronoide de altura variable, abertura profunda, ángulo de la rama con el cuerpo, medio, rama delgada o muy delgada, cuerpo macizo y mentón medio o prominente. Aún existen entre los americanos otras particularidades curiosas en su esqueleto, como el llamado os incoe en el occipital, la frecuencia del os triquetrum, también en él occipital, y la del llamado torus palatinus, de los huesos wormianos y del tercer trocánter del fémur; algunas tribus de Centroamérica y del sur de Norteamérica presentan una gran proporción de casos de fosa faríngea.
      3. Rasgos fisonómicos y fisiológicos. En cuanto a los rasgos fisonómicos, puede decirse que los americanos, al igual que los polinesios, resultan agradables al europeo y no son raros los que afirman el parecido con los caucásicos. Sus cuerpos son bien proporcionados, sin excesiva musculatura, con cuello corto y manos y pies pequeños, siendo rara la obesidad. Es sabida la importancia que se da ahora a los rasgos dermopapilares. Hay cierta coincidencia con los mongólidos, en la proporción de torbellinos, presillas y arcos en la yema de los dedos y en la tendencia a formas de máxima complejidad. En la palma de la mano, y al igual que en los mongólidos, la oblicuidad de las líneas principales es la intermedia entre európidos y négridos. Es curioso que los esquimales concuerdan con los mongólidos en la mayoría de caracteres dermopapilares, pero en algunos de ellos, p. ej. en la oblicuidad de las líneas principales de la palma y frecuencia de muestras en la tercera área interdigital, presentan neta separación, aproximándose a la variabilidad de los európidos.
      No son menos curiosos algunos rasgos fisiológicos. La temperatura parece ser ligeramente superior a la normal, pues alcanza 37,4 en los fueguinos (v.)., mientras el pulso es más bajo, siendo corriente en los adultos 66 pulsaciones por minuto, según Hrdlii;ka. La vida media de los indígenas americanos parece ser más corta que la de los, europeos, siendo su vejez prematura. Su fuerza muscular, excepto en las piernas, es inferior a la de los blancos; resistiendo poco la fatiga ocasionada por una labor ruda, física o intelectual. En cambio son resistentes al frío, como lo prueban los esquimales, desnudándose dentro del iglu o los fueguinos, que apenas se cubren con una piel de guanaco. Su agudeza de visión y de oído y su desarrollado sentido de orientación se deben a su hábito de cazadores, entrenados a seguir pistas. La zurdería es más frecuente que en otros continentes. Las enfermedades eran pocas, pero violentas. Algunas de ellas (como el vértigo de los esquimales y las enfermedades nerviosas epidémicas de hurones e iroqueses) están muy arraigadas. Otras, como la lepra y la sífilis de las regiones andinas, plantean curiosos problemas históricos. Su capacidad de alimentarse copiosamente cuando se les presenta la ocasión de ello, es notable. Las deformidades físicas, en cambio, son raras. La ceguera para el color se da en muy baja proporción; los esquimales alcanzan en ella el 0,8%, la cifra más baja del mundo. La calvicie prematura es también escasa. Lo mismo ocurre en trastornos del metabolismo (cistinuria, alcaptonuria, cte.) o con la presencia del cabello rojo y los ojos azules, los pelos interdigitales, el fabismo, el albinismo, etc. Respecto de la feniltiocarbamida, los americanos suelen ser sensibles a ella, pero los esquimales tienen una proporción extraordinaria, 40% de insensibles.
      El rasgo que los genetistas modernos prefieren, como característico, es el de la reacción sanguínea, que en los últimos años ha pasado a primer plano en los estudios antropológicos, aunque en el estudio de la Genética progresan rápidamente nuevos métodos y nuevos descubrimientos. No poseemos datos suficientes para todas las tribus americanas, pero puede afirmarse que la mayoría pertenece al grupo 0, observándose en el reparto del grupo ABO, hasta tres zonas: una de alto porcentaje de 0, probablemente sin A o B en su origen, que abarca América del Sur y Mesoamérica; una zona con-0 y bastante A en Estados Unidos y Canadá; mientras la zona esquimal reúne los tres genes. Todos los americanos, incluso los esquimales, comparten la alta frecuencia de M, R y 0, con zonas en las que su frecuencia supera las cifras de cualquier otro continente. En la zona central de América, el factor M alcanza del 90 al 95%. Entre los sudamericanos predominan 0, M y Rh en proporciones únicas en el mundo, ya que Rh puede alcanzar hasta el 80% y M se presenta siempre por encima del 55%. El gene Duffy aparece con cifras muy altas, mientras el antígeno Duffy no aparece entre los indios brasileños, lo que no ocurre en ningún otro país del mundo. La alta frecuencia entre los americanos de secretores de los antígenos ABH les separa claramente de los asiáticos. El estudio de las momias peruanas y del sudoeste de Norteamérica ha permitido averiguar que entre los peruanos precolombinos se daban ya los factores A y B, al igual que entre los cesteros y otras tribus del sudoeste. Las facultades intelectuales y la voluntad de los americanos no son inferiores a las de los blancos, pero su vida emotiva es moderada y la tendencia sexual es más orgánica y menos intelectual que entre aquéllos, a quienes superan en tacto y vista pero no en oído, siendo también menos sensibles al dolor.
      4. Clasificación racial. Si intentamos clasificar a los americanos en razas o subrazas, podemos adoptar el esquema de Von Eickstedt, modificado por Imbelloni, en el que se señalan los .11 grupos siguientes. En primer lugar los esquímidos, grupo perfectamente claro, de esquimales y aleutas. Siguen los colúmbidos, en el noroeste, de estatura media y alta (1,61 a 1,70 m.), cráneo braquioide, color más bien claro y caracteres mongoloides que van degradándose hacia el interior. Plánidos, en los llanos norteamericanos, altos (1,68 a 1,74 m.), cráneo algo dolicoide y de bóveda baja, esqueleto macizo, pómulos salientes y nariz aguileña. Sonóridos, en el sur de California y oeste de México, altos y dolicoides, esbeltos, de color oscuro, cráneo pequeño, macrosquelia, nariz ancha, cara redondeada. Apaláchidos, en la costa atlántica de Norteamérica, de estatura media o alta, cráneo dolicomorfo de bóveda alta, color claro, delgados, cara larga. Puebloándidos, en el sudoeste de los Estados Unidos, Florida, Meseta mexicana, zona andina desde el sur de Colombia a Chile central, de estatura media y baja (1,59 a 1,62 m.), braquioides, cráneo en general pequeño, tórax desarrollado, pigmentación intensa, cara muy larga y nariz saliente. Istmidos, en el sur de México, Yucatán, Istmo y Colombia, de estatura baja (1,5 a 1,6 m.), cráneo braquioide, muy corto, cuerpo tosco, cara ancha y baja, nariz ancha, color bastante claro, mezclados con sonóridos y pueblo-ándidos, escindiendo a éstos en dos zonas. Amazónidos, en los llanos centrales de Sudamérica, costa norte del Brasil y Antillas, estatura media y baja (1,55 a 1,66 m.), dolicocefalia moderada, cara regular, nariz media, carnosa, cutis claro, robustos, brazos largos y piernas relativamente delgadas. Pámpidos, en los llanos meridionales desde el Chaco, con estaturas medias a muy altas (1,73 a 1,83 m.), cráneo voluminoso (braquimorfo entre los tehuelches y menos en los restantes), cara alta y nariz larga, color broncíneo, ojos ligeramente oblicuos, mentón saliente, cuerpo atlético y escaso dimorfismo sexual. Láguidos, en la Meseta brasileña, sur de California y algunas comarcas del Ecuador, estatura media y baja (1,50 a 1,58 m.), cráneo dolicoide e hipsicéfalo, color amarillo sucio. Arrinconados en grupos aislados, lo que prueba su antigua extensión, corresponden a la llamada raza paleoamericana. Fuéguidos, en varias zonas marginales de la costa pacífica (sur de California, Colombia, sur del Perú y norte y sur de Chile, y Tierra del Fuego) y atlántica (Brasil central), estatura media y baja (1,55 a 1,61 m.), cráneo dolicoide o mesomorfo, platicefalia, arcos superciliares fuertes, cara más alta y nariz más alargada que entre los láguidos. Aunque esta clasificación ha sido criticada, especialmente por antropólogos norteamericanos por opinar que carece de valor zoológico sistemático, creemos que puede aceptarse como una primera aproximación. Su autor ya precisa que no hay que pensar en ramas originales del tronco primigenio, sino en formaciones metamórficas más o menos estabilizadas surgidas en dos momentos. El primero, antes de entrar en América, por la fusión de elementos boreales y ecuatoriales, produciendo los grupos que en sucesivas oleadas van penetrando en el Nuevo Mundo, como intuyó el P. Acosta. En un segundo momento, ya en América, los contactos tienden a anular las diferencias entre los grupos inmigrados y a dar a los americanos cierto aire de familia.
      5. Origen del hombre americano. El conocimiento de los factores sanguíneos pareció que nos daría la clave del problema de los orígenes, pero hoy se discute la supuesta inmutabilidad de tales caracteres, por lo que aquellas esperanzas han disminuido. El problema se ha complicado de nuevo, pues el estudio de los factores ha vuelto a dar argumentos en favor de la unidad de la raza americana. Washburn dijo con acierto que si los indios americanos son el resultado de una mezcla entre mongoloides y australianos debieran tener en su sangre una elevada proporción de N y una considerable proporción de B. En cambio, son los que poseen menos N del mundo y sólo tienen B los esquimales. Si los negroides hubieran entrado en la mezcla, habría Rho en su sangre y no lo hay, como tampoco hay Az y Rh negativo, que indicarían la presencia de elementos europeos. El parentesco mongoloide, sobre todo para los esquimales, los últimos llegados, parece evidente. Algunos datos, como el de la reacción sanguínea de los tunguses de la Siberia oriental (alta frecuencia de 0 y escasos A y B) parecen confirmar el contacto mongoloide. Heyerdahl utiliza los factores sanguíneos para apoyar su hipótesis del poblamiento polinesio desde América y acepta la idea de Mourant de la llegada de elementos caucasoides desde Canarias y el noroeste de África. Un argumento contra las ideas de Heyerdahl ha aparecido con el factor Diego, descubierto en Venezuela, que se halla en América y entre los mongoles y esquimales, pero no entre polinesios, micronesios y melanesios. Los datos obtenidos en las momias parecen indicar que en los americanos prehistóricos había una mezcla mayor que en los actuales y que los factores A y B eran antiguos y no resultado de mutaciones recientes en el Viejo Mundo. Mourant opina que los americanos dejaron Asia antes de que A y B surgiesen por mutación o que algún mecanismo desconocido los eliminó en América.
      Desgraciadamente, la Paleoantropología (v. PALEOLÍTICO II) no ha dado todavía materiales en número y calidad suficientes para servir de útil apoyo. Los cráneos de Lagoa Santa, Punin, Tepexpan, Minnesota, los recientes de California, entre otros, aunque de gran interés, no permiten vislumbrar más que algunos rasgos de primitivismo. Pero sólo es cuestión de tiempo el que esta penuria se remedie y dispongamos, como para Europa o África, de muestras de los eslabones que han conducido a los tipos actuales.
      En resumen y teniendo presente que no cabe suponer autóctono al hombre americano, creemos prudente admitir que su tronco se separó en fecha temprana del pre o protomongólido del Asia oriental y del premalayopolinésico del sudeste. Ello explicaría las semejanzas y diferencias que presenta con los modernos mongoles y malayopolinesios. La fecha de su primera entrada (v. PALEOLÍTICO II) puede alcanzar por lo menos 30 a 40.000 años. El camino fue el estrecho de Behring, practicable al convertirse en amplio istmo durante una etapa glaciar. El fondo primitivo de población está formado por elementos de caracteres arcaicos, dolicocéfalos, con semejanzas frente a australoides, melanesoides y europoides, arrinconados después. Sobre este fondo se han superpuesto varias oleadas de gente nueva, en especial braquicéfalog asiáticos de tipo más o menos mongoloide. En las poblaciones paleoasiáticas y en las islas que bordean Asia, quedan restos de los tipos que han entrado en América. No hay duda de que el grupo esquimal, emparentado con los uralios, ha llegado en último lugar, pocos milenios antes de nuestra Era. También por razones culturales, estamos convencidos de que no hubo ya inmigración considerable una vez formadas las altas culturas asiáticas, aunque debieron producirse llegadas aisladas de pequeños grupos o de individuos a través del Pacífico y acaso del Atlántico.
      6. Evolución demográfica. La dificultad de fijar la evolución demográfica de la América indígena se comprueba por las soluciones contrapuestas que el problema ha recibido. Norteamérica, al ser descubierta, tendría una población de un millón a millón y medio de hab., quedando hoy reducidos los indígenas a unos 400.000. Más impreciso es el cálculo para el resto de América, aunque cabe suponer, partiendo de la base de unos 15 millones de indígenas que lo habitan, la existencia de unos 43 millones en la época del descubrimiento, y una cifra alrededor de 45 millones para toda América. Sin embargo, se han sugerido cifras muy diversas: 50 millones (Spinden), 38 millones (Sapper), 14 millones (Rosenblat), hasta la reducida cifra propuesta por Kroeber de 8 millones tan sólo.
      Realizado el descubrimiento e iniciada la conquista y colonización, América sufrió tremendos trastornos demográficos y su fisonomía antropológica cambió rápidamente por muy diversos factores, ya que a los naturales cambios que el cruzamiento entre indígenas y europeos traía consigo, a velocidad distinta según la resistencia del indígena y el ánimo del colono, y a las catástrofes producidas por las enfermedades epidémicas ante las cuales el indígena se hallaba indefenso, se unió pronto la intervención de un elemento nuevo, el de la esclavitud de los negros que trasvasó considerables masas de africanos al Nuevo Mundo. Más tarde, grupos venidos de todos los continentes se han unido a este crisol colosal que ha sido América. La aportación más numerosa ha sido la blanca, motivada por el deseo de libertad religiosa o política, el afán de riquezas o simplemente el de aventuras. Los desplazamientos de grupos étnicos a causa de guerras y revoluciones, junto con la mayor facilidad del transporte, han intensificado la emigración. A partir de 1800 se puede calcular en 100 millones la cifra de emigrantes europeos a América, de ellos más de 40 millones a los Estados Unidos. En la actualidad, los ciudadanos de procedencia inglesa en este país constituyen el 65% de la población, los de origen alemán el 7%, irlandés el 6%, eslavo el 3,5%, escandinavo el 12%, además de varios millones de judíos.
      En Centro y Sudamérica, naturalmente, la población inmigrada es sobre todo española y portuguesa, pero ha sido también muy importante la inmigración italiana, especialmente en Argentina. Hay núcleos considerables de alemanes, en especial en el sur de Brasil y en Chile, siendo en gran número los eslavos, árabes y judíos llegados a los países sudamericanos en los últimos años.
      El fenómeno racial más extraordinario que se ha producido en América ha sido, desde poco después del descubrimiento, la inmigración forzada de gran contingente de esclavos negros, en su mayoría sudaneses traídos de la costa de Guinea en un indigno tráfico que persistió hasta avanzado el s. xix. Hoy puede cifrarse en 20 millónes la cifra de negros existentes en los Estados Unidos, repartidos de modo desigual, concentrándose sobre todo en los Estados del sudeste (Texas, Luisiana, Misisipí, Alabama, Georgia, Carolina del Norte y del Sur y Virginia). Las Antillas, en general, poseen una proporción elevada de negros. Haití es el único Estado independiente que los negros han podido constituir en América. La costa de Nicaragua y Honduras está también densamente ocupada por negros, así como la costa brasileña (más de cinco millones). Otros grupos menos numerosos se encuentran en otros países, en especial en Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú. En lo que va de siglo, la inmigración asiática ha ido en aumento. Chinos y japoneses abundan en la costa del Pacífico de los Estados Unidos y en otros países sudamericanos. A ellos se añaden ahora hindúes y malayos, en especial en Jamaica, Maracaibo y Guayanas.
      El proceso del complejo mestizaje que supone la presencia de elementos antropológicos de tan variadas raíces, resulta de un interés excepcional. Si en los primeros tiempos hubo sólo mulatos, descendientes de blanco y negro, zambos, de negro e indio, y mestizos, de blanco e indio, más tarde la complicación resulta extraordinaria y de ese inmenso crisol surgirán infinitas variedades en las que jugará la fusión de las raíces y la fuerza del medio geográfico. A la par que se extinguen pueblos importantes, p. ej. patagones, fueguinos, algonquinos de la costa atlántica, otros han resistido y ahora están en trance de renacimiento, como ocurre con los cheroquis y navajos en los Estados Unidos. En países como México, Ecuador, Perú y Bolivia, la fuerza del indigenismo permite augurar un futuro para los grupos étnicos aborígenes, mayoritarios o minoritarios. V. t.: INDIGENISMO;    MESTIZOS;    MULATOS;    NEGROS;    ZAMBOS; PALEOLÍTICO II; INDIOS (AMÉRICA).
     
     
L. PERICOT GARCÍA.
    BIBL.: L. R. SULLIVAN, The frequency and distribution of some anatomical variations in American crania, «Anthropological. Papers of the American Museum of Natural History», vol. XXIII, V, Nueva York 1922, 252; A. HRDLICKA, The origin and antiquity of the American indian, Washington 1928; l. COMAS, Bibliografía morfológica humana de América del Sur, México 1948; I. H. STEwARD (ed.), Handbook of South American Indians, Washington 1946-59; A. L. KROEBER, Anthropology, 3 ed. Nueva York 1948; W. S. LAuGHLIN (ed.), The Physical Antropology of the American Indians, Nueva York 1951; A. L. KROZBER (ed.), Anthropology today, Chicago 1953; A. E. MouRANT, The distribution of the human blood groups, Oxford 1954; 1. COMAS, Manual de Antropología física, México-Buenos Aires 1957; G. D. GIBSON, Bibliography of antropological Bibliographies. The Américas, «Current Anthropology» I (1960) 61; L. PERICOT, Los pueblos de América, en íD, Las Razas Humanas, II, 3 ed. Barcelona 1962; íD, América indígena, 2 ed. Barcelona 1962; J. ALCINA, Manual de Arqueología americana, Madrid 1965.
     

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