Teoría elaborada por el antropólogo evolucionista anglosajón Sir Edward B. Tylor (1832-1917), que quiere hacer derivar la religión humana de la creencia de que todo cuerpo, tanto viviente, como inanimado, esta integrado por dos componentes: uno material, tangible y conformado, y otro espiritual, invisible e inaferrable (espíritu-alma). Tylor coloca esta idea a manera de religión mínima en la base de la religión de los pueblos primitivos (salvajes) que, dice, ascienden luego hacia la civilización, dando origen al desenvolvimiento religioso de la humanidad en diversas fases sucesivas y progresivas.
1. Origen del animismo. Aun cuando N. S. Bergier, en su obra Los dioses del paganismo (París 1767), había desarrollado la idea de que tanto el fetichismo (v.) como la astrolatría (v.) habían tenido su origen en la mentalidad infantil que puebla todas las cosas y seres de la naturaleza en genios y espíritus, creyendo incluso animados aquellos entes que no lo están (animatismo), hay que reconocer que Tylor parte de concepciones distintas. El sueño, las alucinaciones, los trances, las visiones, los éxtasis, etc. (v. SUEÑO II), es decir, aquellos estados biológicos, patológicos o paranormales en que el hombre puede ver personas lejanas o difuntas, oír sus voces o comunicarse con ellas, logran que el hombre primitivo se haga a la idea de la existencia de espíritus, induciéndole a creer, según Tylor, que pueden existir independientemente del cuerpo humano e incluso sobrevivirle como fantasma. De aquí que el primitivo llegue a concluir, por una inducción natural, que en cada ser humano hay una vida y un fantasma estrechamente ligados al cuerpo; la vida es su alma y el fantasma su imagen, es decir, su doble. Alma y doble pueden separarse temporal o definitivamente del cuerpo. Ambos conceptos alma-vida y fantasma son, pues, inicialmente distintos.
2. Naturaleza del alma. La idea del alma apenas se ha pronunciado y está aún confusa. Pero dado que tanto la vida como el fantasma pertenecen al cuerpo, el primitivo ha podido fundir muy fácilmente ambos conceptos en uno solo -sustancialmente unitario y más nítido- el de alma-fantasma, que inicialmente se imagina en forma un tanto tosca, como una imagen humana, sutil, impalpable, inmaterial invisible, con algo de vaporoso, de sombra. Sin embargo, a este alma-fantasma se le atribuye la causa de la vida y del pensamiento y se le hace reguladora de conciencia y voluntad; el primitivo la concibe como dotada de propiedades especiales: puede alejarse del cuerpo y trasladarse rápidamente de un lugar a otro; puede aparecerse a los hombres durante el sueño o cuando le parezca oportuno, bajo la forma de fantasma, conservando la apariencia del cuerpo en que se aposentó aunque esté separada de él; cuando el cuerpo muere, el alma le sobrevive y puede, si le place, penetrar en otros hombres, en animales y aun en objetos inanimados, dotándoles de movilidad (animatismo), conduciéndose como le plazca.
Aunque no es común a todos los primitivos, tal concepción del alma está tan difundida, según Tylor, que puede considerarse verdaderamente típica: las variantes que cabe hallar en los diferentes pueblos aborígenes carecen de importancia. Además, con el a., el primitivo podrá explicarse fenómenos como la insania, la enfermedad y la muerte. En cuanto a su localización en el cuerpo, la sitúa preferentemente en las partes que considera más vitales (corazón, sangre, hígado e incluso las pupilas). En ocasiones, la respiración, tan íntimamente asociada a la vida, se presentará confundida con la vida misma y con el alma. A este respecto Tylor da ejemplos interesantes. Los tasmanios (v.), hoy extinguidos, pero no en los años en que Tylor escribía, expresan con la misma palabra las ideas de alma y sombra; los caribes (v.) tienen un solo término para expresar indiferentemente el alma, la vida y el corazón, . Los indios macusos de la Guayana afirman que el cuerpo perece, pero el hombre que vive en nuestros ojos no muere. Los indios de la Florida acostumbraban acercar al rostro de la madre moribunda la faz del niño, para que aspirase su espíritu y heredase su fuerza y experiencia.
Siguiendo la línea conceptual de Tylor, el primitivo, tras desarrollar la idea del alma, imagina la existencia de más almas en un mismo cuerpo, concibiéndolas como las partes que integran su principio animador, o sea, su vida. Pero este principio, aunque compuesto de una pluralidad de almas, sustancialmente es uno solo, aunque todavía confuso, y podría definirse como una pluralidad unitaria. Por lo general, y mientras el hombre permanece vivo, estas almas se mantienen inseparables, mas al advenimiento de la muerte cada una tiene diverso destino. Su número y suerte varían según las creencias de los distintos pueblos; algunos imaginan dos, otros tres, cuatro y aún más; a menudo una muere con el cuerpo, otra gira en torno a la tumba o vaga por el aire, encarnándose de nuevo en el cuerpo de un niño o de un animal (v. METEMPSÍCOSIS), otra va al mundo de los muertos, o al reino de los espíritus, o se une a la divinidad benéfica.
3. Funciones del alma. Con la evolución del concepto del alma se multiplican sus funciones; los mismos estados fisiológicos o patológicos que han hecho aparecer la primera idea del alma encontrarán en este concepto explicaciones cada vez más ricas y abundantes. Desarróllanse así dos principales líneas paralelas de pensamiento: las manifestaciones de la vida y, todavía más, las que siguen a la muerte, revelan la existencia del alma, y ésta a su vez explica animísticamente dichas manifestaciones. Enfermedades, catalepsias y trances chamánicos (v. CHANIANI$M0), sueños, visiones, éxtasis, etc., se atribuyen a la separación temporal del alma o parte de ella del cuerpo. Durante este periodo de tiempo el alma puede ir de ojeo, caza, danzar, luchar con las almas y espíritus hostiles o malignos, visitar a personas conocidas o amigos que están ya en el reino de los muertos, etc. No obstante, no hay emoción mayor para el primitivo que la muerte, que le hace reflexionar sobre la naturaleza del alma. La muerte se concibe siempre como consecuencia de la separación definitiva del alma y del cuerpo. En relación con estas ideas estarían aquellas creencias relativas a espíritus consejeros (sombras, fantasmas de parientes, antepasados, amigos difuntos o en vida, etc.). que aprovechando el sueño y bajo las más variadas formas, se aparecen para advertir al durmiente de algún peligro que le amenaza a él o a los suyos, o para anunciar la muerte inminente de alguno. Tylor juzga al primitivo incapaz de distinguir lo subjetivo de lo objetivo, lo imaginario de lo real, sin advertir siquiera que puede ser engañado por sus sentidos en estados anormales.
4. Intima unión de alma y cuerpo. Para el a. tyloriano, el concepto de espíritu puro propio de filosofías y religiones superiores no existe en la mentalidad primitiva, que concibe al alma de forma bastante grosera, la cual, aunque separada del cuerpo, necesita para subsistir la base material que le sostuvo hasta entonces, con los mismos hábitos y exigencias. De aquí, que las almas de los difuntos reciban ofrendas de alimentos, de bebidas e incluso sacrificios humanos. Las enfermedades, las deficiencias físicas, las mutilaciones del cuerpo, repercuten en el alma, influyendo decisivamente en su comportamiento ultraterreno. Los indios del Brasil creen que los muertos se llevan consigo a ultratumba las heridas y mutilaciones recibidas en este mundo; el australiano primitivo corta el brazo derecho del enemigo al que ha dado muerte a fin de que su espíritu no pueda vengarse; ciertos pueblos primitivos temen una agonía agotadora que les dejará exhaustos en la otra vida. Y no han sido sólo los pueblos remotos quienes han sacrificado mujeres, esclavos y ganados a sus jefes difuntos con el fin de que continúen sirviéndoles en el otro mundo, sino también pueblos de la Antigüedad en el umbral de la historia (Ur, Caldea, Escitia, etc.).
5. Evolución del animismo a formas superiores de religiosidad. El pensamiento prefilosófico del primitivo, continúa hipotetizando Tylor, hace que al imaginar éste a todos los seres semejantes al hombre, atribuya un alma a los animales, a las plantas e incluso a los seres no vivientes, incurriendo en este último caso en el llamado animatismo. Paulatinamente llegará al concepto de espíritu puro, o sea, a la creencia de seres fluctuantes por sí mismos, no unidos íntimamente a un cuerpo, e incluso completamente libres, que pueden posesionarse de cuerpos, objetos y seres inanimados. Con el concepto de espíritu puro, el primitivo podrá explicarse fenómenos psíquicos, como la obsesión, y diversas enfermedades somáticas, e incluso la misma muerte. Por su forma de actuar respecto al hombre, los espíritus pueden ser útiles o nocivos. Al no existir todavía los conceptos éticos de bondad y maldad y de premio y castigo, el hombre primitivo resuelve sus problemas propiciándose a aquellos espíritus que puedan dañarle o favorecerle. Surge así el fetichismo (v.) y la idolatría (v.). Sucesivamente, al concebir animados cuerpos y elementos celestes, tales como el sol, la luna y las estrellas, configurará la astrolatría (v.). Si los espíritus pueblan la naturaleza. NATURALEZA, CULTO A LA), el mar, los ríos, las montañas (v. MoNrAÑA III; ÁRBOL II, 3), el fuego (v. FUEGO, CULTO AL), el viento (v. AIRE IVv) y las especies animales (v. ANINIAL IV), incurrirán en el pandemonismo. De ambas concepciones surgirán con el tiempo las ideas politeísta (v. POLITEíSMO) y panteísta (v. PANTEÍSMO). Con la evolución progresiva del hombre, presume Tylor que el concepto de espíritu que se da en el salvaje, llega a perfeccionarse, y del de divinidad ya asentado, pasa al de ética, que empieza a elaborarse en las llamadas Altas Culturas, terminando por dar cierta importancia al concepto de Divinidad, sin que ello obligue aún a la aceptación del monoteísmo (v.). Éste, como el panteísmo -que Tylor no considera posible en las sociedades primitivas-, se forma, ya porque una divinidad cualquiera adquiere una supremacía absoluta sobre las demás, ya por intereses políticos, o bien porque se concibe a la divinidad como un anima mundi que reside en el Universo como en ósmosis. De la formación de estos conceptos, según Tylor, surgirán dos corrientes religiosas opuestas: una, concentrada en la creencia en una sola divinidad en la que se funden todas las cualidades y percepciones de las divinidades politeístas; otra, en una divinidad demasiado alta para escuchar las rogativas de los humanos, que acaban a veces considerándola ociosa, con lo que su figura se desdibuja, haciéndose cada vez más indiferente. Para Tylor es posible que las poblaciones primitivas puedan alcanzar por sí solas y sin necesidad de revelación la noción de la existencia de un Ser Supremo. Pero siempre a partir de una concepción animista del Universo, de una concepción de la inmaterialidad del alma, de «la sombra de una sombra» asociada a una vida futura sobrenaturalizada y al concepto de premio y castigo. Pero, de todas formas -termina el autor citado-, en todas las fases de la evolución religiosa sucesiva, incluso las más elevadas de la teología, ha quedado inmutable la primera idea del pensador salvaje haciendo del alma una entidad autónoma que, tras dar vida al cuerpo, puede vivir separada de él y sobrevivirle. De aquí que el a., según Tylor, constituya la base de la evolución religiosa de toda la humanidad.
6. Crítica del animismo. La teoría animista de Tylor significó en el campo de la historia de las religiones algo así como la de Darwin en el campo de la biología. Pero, como ésta, incurre en fallos al aceptar apriorísticamente una evolución unilineal ascendente de la humanidad, así como la ausencia de toda prueba o demostración de una real conexión histórica entre las diversas etapas de esa evolución o progreso humano. Es obvio que: a) el a. no se presenta en los pueblos con la misma intensidad; b) pese a carecer del concepto de espíritu, muchos pueblos primitivos poseen una religión; c) otros no consideran animadas todas las cosas y sí conciben la existencia de espíritu-alma; d) existen pueblos que poseen una concepción dinamística (v. PREANIMISMO) y otros que adoran seres supremos o, al menos, iniciadores (SSderblom), sin atribuirles naturaleza espiritual; e) no cabe considerar como único origen del concepto de espíritu los fenómenos del sueño, de los sueños de la muerte, ya que pueden haber nacido inmediatamente, como formación lógica causal (v. ALMA), de una base que dé unidad y sustento al rico mundo de los fenómenos del pensamiento, volición y sentimientos; f) no puede afirmarse con Tylor que el monoteísmo absoluto y los conceptos éticos del bien y del mal aparecen únicamente como culminación de un proceso de evolución religiosa, ya que existen pueblos primitivos, como los mismos pigmeos, que adoran a Seres Supremos concibiéndolos como protectores, favorecedores o vengadores de las acciones consideradas en sí dentro de la ética social dominante (cfr. W. Schmidt, v.). V. t.: ESPIRITU 11; RELIGIóN 1; AMÉRICA VI; ANTROPOMORFISMO; PRIMITIVOS, PUEBLOS II.
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