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Escultor. También llamado Felipe Vigarni y Felipe de Borgoña. Principal representante de la escultura burgalesa del Renacimiento y uno de los maestros más famosos de su tiempo. Aunque su prestigio se asienta en su labor como escultor, consta que a veces era requerido y estimado como arquitecto experto. N. hacia 1477, en la diócesis de Langres, en la Champagne francesa; m. en Toledo el 10 nov. 1542.
Su primera noticia conocida es de 1498, cuando yendo camino de Santiago de Compostela se detiene en Burgos y contrata los relieves del trasaltar mayor de la catedral. La ejecución de esta obra, cuidada de técnica y de un renacentismo incipiente, le fija en la ciudad castellana, donde ha de residir de continuo y crear un fructífero taller. La obra burgalesa trae consigo su intervención en la catedral de Toledo, en 1499, donde da un parecer sobre la traza del retablo mayor de la catedral y para el que seguidamente ejecuta una figura de S. Marcos y se compromete a hacer los cuatro relieves principales, de los que únicamente pueden identificarse con certeza los dos superiores de la calle central, obra que termina en 1504. Por estos años consta que interviene también en el retablo de la Universidad salmantina, del que subsisten algunas imágenes: S. Bárbara, S. jerónimo, S. Agustín, S. Gregorio, S. Juan Bautista y la Asunción. Seguidamente es requerido en Palencia, donde se encarga del retablo mayor de la catedral, proyectado en principio para la actual capilla del Sagrario, que hizo entre 1505 y 1507. El retablo es trasladado pocos años después al emplazamiento actual y reformado al añadírsele las pinturas de Juan de Flandes y el Calvario de Juan de Valmaseda, aparte de otros detalles. En todas estas obras muestra un estilo aún impregnado de goticismo, que entronca con el de los escultores franceses que funden la suavidad melancólica de fines del gótico con un Renacimiento reposado, en el que la bella forma y la buena técnica son factores decisivos.
Una segunda etapa se inicia en Burgos, a partir de 1507. Con Andrés -de Nájera se encarga de la desconcertante sillería del coro de la catedral -muy reformada posteriormente con añadidos-, que dan por terminada en 1512. La diversidad estilística del conjunto de esta sillería es consecuencia lógica de la colaboración de ambos maestros y, particularmente, debido a la amplia participación del taller. A V. y sus colaboradores corresponderían los tableros de la fila superior de las sillas laterales, en los que se advierte una tendencia arcaizante, hacia un rudo goticismo, quizá fruto de la activa participación del taller local. Seguidamente consta que en 1513 da las trazas para el baldaquino del sepulcro de Santo Domingo de la Calzada. Esta segunda etapa de su obra, aún fuertemente cargada de goticismo, se cierra con su intervención entre 1516 y 1519 en la portada y retablo de S. Tomás de Haro y, posiblemente, en la decoración de la portada del convento de dominicas de Casalarreina, donde consta que residía en 1519. También a este periodo se le atribuye el retrato de Cisneros (Univ. de Madrid), en alabastro, magistral estudio de perfil que nos muestra la maestría de V. en el arte del retrato; consta que hizo otro de Nebrija.
Casado en Burgos con María Sáez Pardo, en 1517 nació su hijo Gregorio que, conocido como Gregorio Pardo, será su colaborador en los últimos años, manteniendo el taller paterno en la diócesis toledana. De este matrimonio tuvo además otros cuatro hijos, entre ellos Clara, «la niña de plata», famosa por su belleza en la ciudad burgalesa.
El a. 1519 representa la iniciación de una nueva etapa en la obra de V., evidentemente motivada por la llegada a Castilla de artistas formados en Italia, entre ellos Alonso Berruguete (v.), con quien establece un acuerdo para trabajar en mancomún. A partir de entonces, aunque mantiene la buena técnica, la preocupación por el buen acabado en la escultura y por el sosiego en el gesto o en las actitudes, la influencia del movimiento expresivo y del espíritu que animan las creaciones miguelangelescas es decisiva. En colaboración con Berruguete hace el sepulcro del canciller Selvagio (Museo de Zaragoza), muy mal conservado. Seguidamente debió de intervenir en el retablo de la capilla real de Granada, en 1521, y que tradicionalmente se le ha atribuido. En esta magnífica obra ya es reconocible con claridad su evolución hacia un arte de más expresión, sin detrimento de la perfección técnica, en el que las formas del Renacimiento triunfan plenamente.
De regreso a Burgos, en 1523 termina el retablo de la capilla del Condestable de la catedral, dedicado a S. Pedro, obra de segundo orden. En la misma fecha inicia, en colaboración con Diego de Siloé, el magistral retablo de la Presentación, en la misma capilla de la catedral, que es indudablemente una de las más bellas obras del Renacimiento hispánico (v. SILOÉ, FAMILIA). Rompe en la traza con la monótona subdivisión en calles y cuerpos, para organizar un tema único central, con un banco con tres encasamientos y remate análogo. La colaboración con Siloé es fundamental para su estilo, pues supone la reafirmación de la influencia miguelangelesca y, al miso tiempo, un freno respecto al arte desbordado y genial de Berruguete. A esté momento corresponden también sus intervenciones, no documentadas, en un retablo de Santiago de la Puebla (Salamanca) y una Virgen con el niño y S. Juan, en Barco de Ávila.
A este decenio corresponden algunos pareceres, como el dado en 1522 sobre la catedral de Ávila, y en 1524 sobre el sepulcro de Cisneros. De 1524 es el contrato para el sepulcro del canóniga Gonzalo Díez de Lerma, en la catedral burgalesa, influido por Siloé y fuertemente expresivo, en relación con el cual se le atribuyen otros sepulcros burgaleses, como el del canónigo Diego Bilbao, y un retablo que se conserva en la parroquia de Cardeñuela de Riopico. Sin embargo, su obra más importante en esos años es el retablo de la Descensión o del Pilar, en la catedral toledana, que termina en 1527, en el que se aúnan la belleza de la forma expresiva con una cuidadísima ejecución difícilmente igualable, y en el que la influencia del estilo de Siloé es evidente. No obstante, esta íntima relación entre ambos maestros se ve entorpecida y prácticamente rota a causa de unas diferencias en la construcción de la torre de la iglesia de Santa María del Campo, por la que se estableció pleito entre ambos maestros, en 1527, y que debió ser una de las causas determinantes de la salida de Siloé de tierras burgalesas poco después.
Se inician unos años de escasa labor conservada, como prólogo a su última gran etapa. Consta que en 1530 da un parecer sobre la obra de la catedral de Salamanca y, poco después, entre 1531 y 1533, hace el sepulcro, muy elogiado pero totalmente perdido, del obispo fray Alonso de Burgos, para la capilla del Colegio de S. Gregorio de Valladolid. Le sigue, en 1534, el sepulcro del obispo de Osma Pedro Manso, en el monasterio de Oña; y en 1536 contrata los sepulcros de los Avellaneda, para Espeja, en los que se reconoce la intervención de su hijo Gregorio Pardo.
Hacia 1535 muere su mujer y contrae de nuevo matrimonio con Francisca de Velasco, con quien tiene cinco hijos. En ese año, reconocido su prestigio, recibe el encargo de hacer una muestra para la proyectada sillería del coro alto de la catedral de Toledo, obra que le ha de ocupar sus últimos años. El contrato para la ejecución de la mitad de la sillería se hace en 1539; Berruguete se encarga de la otra mitad. Corresponde a V. la sillería del lado del Evangelio, y se le encomienda también el remate de la silla arzobispal, qué no llega a ejecutar. En estas 35 sillas y los correspondientes relieves con figuras del Antiguo Testamento en la parte superior, nos muestra V. su mejor estilo, correcto y de un reposado renacentismo, que contrasta bruscamente con el desenfado y agitado expresivismo de Berruguete. Su última obra contratada, un retablo para el Hospital de la Santa Cruz de Toledo (1541), no lo ejecuta. La influencia de V. en la escuela burgalesa fue decisiva, reconociéndose su huella en la mayor parte de los retablos de la primera mitad del s. XVI en Castilla la Vieja. Asimismo su labor en la sillería toledana y la consiguiente creación de un taller es un factor importante en la evolución de la escultura castellana, que enlaza con la andaluza. |