Escritor español n. en Cuenca hacia 1490 y m. en Viena el 3 oct. 1532. Figura fundamental del humanismo erasmista español, representa el momento de plenitud del césar Carlos, a cuyo servicio puso su pluma y sus dotes diplomáticas.
Vida y obra. Cuenca fue en el s. XVI una de las ciudades españolas más afectadas por el protestantismo; en la provincia hubo fuertes y persistentes núcleos no sólo de erasmistas sino de alumbrados. Nada tiene de extraño que la familia V. simpatizara con las nuevas ideas. La vida y las circunstancias de ambos hermanos (v. VALDÉS, JUAN DE) se encargaron del resto. Por conjeturas se cree fue discípulo del humanista Pedro Mártir y que estudió en las Univ. de Alcalá y Bolonia. Es muy probable que al igual que otros ingenios se formara en la lectura y observación. Debió seguir la carrera de leyes según se deduce de posteriores hechos de su vida. A partir de 1520 le encontraremos metido de lleno en la vida política. Partidario del Emperador desde los primeros tiempos, éste premió sus servicios con distintos cargos, desde redactor oficial de cartas latinas hasta secretario y diplomático encargado de la enmarañada política española seguida con Roma y otras repúblicas italianas. Tuvo oportunidad de viajar a menudo por Italia y el Imperio y es casi seguro que su amistad epistolar con Erasmo (v.) se hiciera más íntima por estas fechas. Su correspondencia con el humanista holandés data de 1525. Como representante de Carlos V en la Dieta de Augsburgo, entabló relaciones con algunos reformadores, como con Melanchton (v.), pero la influencia de éstos fue en él muy superficial. Su verdadero mentor espiritual fue Erasmo y a través de la doctrina erasmista juzga la vida de la Iglesia católica y modela su propia espiritualidad. No sólo por sus obras sino por su misma vida política que le puso en gran relación con los reformadores, hubo de enfrentarse con la Inquisición (v.), y si salió libre de culpa fue debido a que los integrantes más conspicuos del Tribunal estaban tocados de erasmismo.
V. no llegó a conocer la violenta reacción de las órdenes religiosas ni el sesgo inesperado de la política imperial. En su tiempo aún se creía en un arreglo pacífico. Tan es así que el mismo papa Clemente VII le absolvió de la acusación de herejía y no tuvo problemas mayores para la publicación en Nápoles de sus dos únicas obras. Murió en Viena víctima de la peste y nos consta su confesión de fe católica. En buena ley no podemos considerar al escritor como un auténtico heterodoxo. Fue un típico representante de un momento de confusión espiritual que sintió como pocos el deseo de una verdadera reforma. Su actitud doctrinal está expuesta en dos obras dialogadas al estilo de las sátiras lucianescas, el Diálogo de Lactancio y un arcediano o De las cosas ocurridas en Roma, y el Diálogo de Mercurio y Carón. El primero tiene un marcado matiz político, la defensa del Emperador ante el asalto de sus tropas a Roma y el consiguiente saqueo de la ciudad, y el segundo se ambienta en un campo más doctrinal, aunque en él haga gala de abierta francofobia.
El erasmismo de Valdés. El erasmismo como una corriente del pensamiento cristiano ejerció una influencia decisiva durante 20 años en la formación intelectual y religiosa de múltiples españoles de muy variada condición. V. fue uno de los teóricos de dicho movimiento. Al igual que Erasmo, deseaba con todo ardor la vigorización del espíritu cristiano, pero en el interior de la persona, de un modo casi íntimo que sustituyera el aparato y artificio de algunos ambientes eclesiásticos renacentistas. Lo cierto es que el punto de partida de toda la crítica valdesiana arranca de una verdad incuestionable: la visible paganización de ciertos sectores clericales, que provocaban más escándalos y desviaciones que cualquiera otra cuestión. Erasmo procuró con sus escritos renovar la espiritualidad ahogada por una práctica demasiado externa del culto. Sus escritos coincidieron con la eclosión violenta del luteranismo y hasta cierto punto la atizaron; de ahí la prevención que las órdenes religiosas sintieron por todo lo erasmista. La posición oficial, al menos hasta 1536, está definida por el pensamiento de V. expuesto en sus dos obras, que si bien en su tiempo fueron piedra de escándalo, hoy nos hacen sonreír levemente.
El Diálogo de Lactancio y un arcediano interesa más como documento de época que por la valía de su estilo. Su prosa es llana, directa, a ratos elegante, en muchos momentos atropellada, pero siempre chispeante por el tono de fina diatriba o de grueso humor, con toque de fina observación a lo Maquiavelo. La parcialidad es evidente. V. sólo ve una cara de la realidad. En la Roma renacentista sorprende el pecado, el vicio y el lujo, pero no tiene un elogio para la protección del arte por esos mismos a los que critica. Lactancio expone el pensamiento del autor y sus argumentos son harto débiles en muchas ocasiones, cuando no tendenciosos en otras. Tampoco se puede afirmar que sean «vulgarísimas acusaciones de sacristía»: hay momentos en que la razón está de parte del autor, aunque una innata tendencia a la hipérbole negativa reste objetividad al diálogo.
Resuelta definitivamente la paternidad de Diálogo de Mercurio y Carón a favor de V., ésta es la obra madura y perfecta que define la actividad espiritual de un hombre y compendia, al mismo tiempo, toda una corriente literaria satírica nacida en la Grecia posclásica y que, latente en forma de Danzas a lo largo de la Edad Media, encontró su verdadera expresión en esta época. El diálogo lucianesco sirvió a V. para exponer sus anhelos de sed e infinito, para desnudar su alma llena de paz interior en violento y desgarrado contraste con una serie de figuras encarnadoras de un cristianismo huero y retórico. El obispo y el predicador, el rey y el duque, el hipócrita, etc., forman una galería de almas rutinarias, sin deseo de renovación y que con su egoísmo causan más daño que provecho a la Iglesia. Frente a ellas están las almas buenas con su doctrina intimista rayana en el iluminismo (v.) y paliada por el chispeante diálogo político de Mercurio y Carón. Su ideología está muy lejos de nuestra mentalidad, pero no olvidemos que V. vivió uno de los momentos más trascendentales de la historia y fue uno de sus intérpretes y, más aún, uno de los hombres que con más pasión los vivió.
V. t.: HUMORISMO II. |
BIBL.: A. DE VALDÉS, Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, ed. y notas de I. F. MONTESINOS, en «Clásicos Castellanos», LXXXIX, Madrid 1928; fD, Diálogo de Mercurio y Car6n, ed. y notas de I. F. MONTESINQS, en «Clásicos Castellanos» XCVI, Madrid 1929; M. BATAILLON, Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XV1, 2 ed. México-Buenos Aires 1966 (obra fundamental); M. MENÉNDEZ PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, IV, 2 ed. Madrid 1917-32. V. t. la bibl. de VALDÉS, JUAN.
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