Su figura tiene interés en la historiografía por su gestión en Perú para resolver las diferencias entre pizarristas y almagristas. N. en Izagre (León) ca. 1492. Son sus padres García Díaz de Castro y Giomar Cabeza de Vaca. Estudia leyes en Salamanca y casa con María Magdalena de Quiñones y Osorio, con la que tiene ocho hijos. En 1536 es nombrado oidor de la Audiencia de Valladolid. El emperador Carlos V decide enviarle a Perú, como juez pesquisidor, y antes le nombra miembro del Consejo de Castilla, al tiempo que es investido caballero de Santiago (real cédula de 9 sept. 1540). Una de sus misiones es investigar las causas de la muerte de Diego de Almagro (v.), padre de Almagro el Mozo, y de los desórdenes en Perú. El Emperador le autoriza para suceder en el gobierno a Francisco Pizarro (v.), en caso de muerte de éste.
V. de C. sale en dirección a América desde Sanlúcar de Barrameda (5 nov. 1540) y llega a Panamá (enero 1541), desde donde, después de reformar la Audiencia panameña, continúa por mar a Perú, hasta que un temporal le obliga a desembarcar en el puerto de Buenaventura (Colombia), desde el cual reemprende por tierra su viaje a Perú. En Cali se detiene tres meses por causa de enfermedad y aprovecha su estancia en la ciudad para intervenir en las diferencias entre Sebastián de Belalcázar (v.) y Pascual de Andagoya por cuestiones jurisdiccionales. Cuando nuevamente se pone en camino hacia Perú, estando en Popayán, recibe la noticia del asesinato de F. Pizarro. Llega a Quito el 25 sept. 1541 y procura unir en torno suyo a los realistas frente a los almagristas disidentes, que se habían hecho con el poder a la muerte de F. Pizarro (26 jun. 1541). Entre la gente que reúne V. de C. se cuentan Belalcázar (de quien luego prescinde), Pedro Puelles, Pedro Vergara, Pedro Alvarez Holguín y Alonso de Alvarado. Con las fuerzas que estos hombres aportan vence a los almagristas en la llanura de Chupas (16 sept. 1542). Junto a V. de C. combaten también Gómez de Alvarado, Pedro Ansures, Garcilaso de la Vega, Juan Vélez de Guevara y Francisco Carvajal, éste en calidad de consejero militar de Vaca de Castro. El jefe de los almagristas, Almagro el Mozo, consigue huir del campo de batalla, pero es apresado en el valle de Yucay y conducido a Cuzco; juzgado y condenado a muerte, es ejecutado. V. de C. había intentado salvarle, pero pudo más la presión de los pizarristas.
Solucionado el conflicto, V. de C. comienza su gobierno intentando aplicar las instrucciones recibidas: delimitación de las diócesis de Lima y Quito, expulsión de los clérigos licenciosos, expansión misional, etc. En 1543 envía a Diego de Rojas con 200 hombres al Río de la Plata, y como resultado de esta expedición se descubre Tucumán. Más difícil resulta su labor en el asunto de las encomiendas, pues había recibido encargo de revisar los repartimientos (v.) efectuados por F. Pizarro y de
obligar a los encomenderos a cumplir las ordenanzas de contraer legítimo matrimonio, no trasladar indios de una a otra provincia, suprimir impuestos abusivos, no obligar a los indios a trabajar en las minas, etc: Prácticamente, V. de C. se enfrenta a los encomenderos y a los intereses de los conquistadores, que se consideran perjudicados con las Leyes Nuevas de 1542, las cuales regulan: las encomiendas, extinguiéndolas de hecho y en principio reduciéndolas, el derecho de conquista, el régimen de los indios, etc. La aplicación de las Leyes produce descontentos, alborotos y levantamientos, capitaneados por Gonzalo Pizarro (V. PIZARRO, FAMILIA). V. de C. aconseja a los disconformes que presenten sus quejas ante la corte, pero no logra dominar la situación.
Para remediar este estado de cosas, el Emperador nombra virrey de Perú a Blasco Núñez de Vela, que entra en Lima el 15 mayo 1544. V. de C. colabora con el virrey, pero éste se hace eco de las calumnias contra V. de C. y le apresa, enviándole en barco a Panamá, desde donde V. de C. se dirige a la corte. En la Península se le somete a juicio de residencia, acusado de haberse enriquecido, pero es absuelto después de tres años de cárcel en Arévalo y Simancas. Posteriormente es nombrado comendador de Santiago y vuelve a formar parte del Consejo de Castilla. Retirado en el convento de S. Agustín de Valladolid, allí fallece (1566) y es enterrado. Su pacífica gestión americana, en la que dio muestras de habilidad, estuvo sujeta a presiones y fue desbordada por la envidia y los intereses de sus enemigos. |