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Eudes de Chátillon n. de noble alcurnia, en Chátillonsur-Marne, ca. 1042. Discípulo de S. Bruno en las aulas de Reims, archidiácono y canónigo de aquella catedral, monje modelo y prior en la celebérrima abadía de Cluny (v.), es nombrado cardenal-obispo de Ostia en 1078. En su legación de Alemania (1084-85) trabaja por mantener unidos a los adversarios de Enrique IV (v.) y consagra obispo de Constanza a Gebardo, que será jefe del partido gregoriano en el imperio. Provee las sedes vacantes con sujetos dignos y adictos al papa S. Gregorio VII (v.) y depone a sus enemigos. Preside en Quellimburgo un concilio en el que Guiberto de Rávena -el antipapa Clemente III- y sus secuaces son anatematizados. Cuando vuelve en 1085 a Roma, habiendo sido electo ya papa el célebre abad Desiderio de Montecasino, con el nombre de Víctor III, éste es consagrado pontífice por él. A los cuatro meses fallece el papa Víctor, el 18 sept. 1087, en circunstancias difíciles para la Iglesia. Dispersos los obispos y cardenales fieles a la causa gregoriana, no era fácil reunirlos pronto. Merced a la intervención de la condesa de Toscana, Matilde, pudieron congregarse la mayor parte en Terracina de Campania, donde el 12 mar. 1088 unánimemente elegían Papa al cardenal de Ostia, que asumió el nombre de Urbano II.
Su primera actuación como Papa es comunicar a los obispos alemanes su elección y sus propósitos con estas palabras: «Confiad en mí, lo mismo que en el bienaventurado Gregorio cuyos vestigios seguiré exactamente; rechazo todo lo que él rechazó, condeno todo lo que él condenó, abrazo con toda mi alma todo cuanto él amó».
Tuvo que comenzar luchando por la posesión de Roma, en donde dominaba el antipapa Clemente III, apoyado por el Emperador. No tenía fuerzas para expulsar al intruso y, por otra parte, graves proyectos diplomáticos le impulsaban a reunirse con Roberto I de Sicilia. Se dirigió, pues, a la isla normanda. Habló con aquel príncipe de la reorganización de la iglesia siciliana, le hizo amplísimas concesiones, y ya en esta primera entrevista, según parece, entabló U., por mediación de Rogerio, negociaciones con el imperio bizantino, logrando que el basileus Alejo Comneno no se dejase arrastrar por Enrique IV a un acuerdo con el antipapa, y que en los dípticos de Constantinopla se repusiese el nombre del pontífice romano. Vuelve camino de Roma, y en nov. de 1088, con ayuda de los normandos, se apodera de la isla del Tíber. A fines de junio de 1089 logra entrar en la ciudad con gran alegría del pueblo. No podrá permanecer en paz mucho tiempo, pues el excomulgado emperador Enrique IV, triunfante en Alemania, desciende a Italia en 1090, y aunque la condesa Matilde de Toscana resiste cuanto puede a las tropas del Emperador, éste se adueña de Mantua y de otras plazas, amenazando a los Estados pontificios. U. se retira a la Italia meridional, dejando que en Roma entre el antipapa. No por eso se desalienta. Con Matilde al norte y los normandos al sur, puede decirse que casi toda Italia está de su parte. En el Conc. de Amalfi recibe el homenaje feudal de Rogerio, duque de Apulia y Calabria, y se ve rodeado de 70 obispos, que lanzan anatemas contra la investidura laica, contra la simonía y contra el matrimonio de los presbíteros, diáconos y subdiáconos. En Bari consagra la cripta donde es sepultado el cuerpo de S. Nicolás (v.), traído poco antes de Mira, ciudad conquistada por los turcos, y la iglesia del monasterio de la Santísima Trinidad de Cava (1092), presidiendo antes el Conc. de Benevento (mar. 1092), en el que se renuevan las excomuniones y censuras contra el antipapa Clemente III. Entre tanto, la intrépida condesa Matilde, casada con Güelfo, hijo del duque de Baviera, enemigo de Enrique IV, emprende la ofensiva contra el ejército imperial, que tiene que replegarse y abandonar lo conquistado. A instancias de U. II se constituye la «liga lombarda» contra los obispos nombrados por el Emperador, cuyo hijo Conrado, rebelándose contra su padre, se hace coronar rey de Italia en Milán. La estrella de Enrique comienza a declinar, y al avanzar en Alemania los gregorianos bajo la dirección de Gebardo de Constanza, el Papa puede reintegrarse en Roma (1093).
Como el cisma está a punto de extinguirse, U. se decide a seguir las huellas de Gregorio VII. Sacándole de la oscuridad en que se hallaba arrinconado, nombra de nuevo delegado suyo en Francia a Hugo de Lyon, ardiente gregorianista, y para España escoge un legado permanente en la persona del primer arzobispo de Toledo -después de la reconquista de la ciudad por Alfonso VI de Castilla-, Bernardo de Aggen o de Cluny. Bajo la presidencia de los legados se congregan sínodos y concilios que velan por la pureza de las costumbres y por el mantenimiento exacto de la disciplina eclesiástica. El mismo Papa quiso celebrar uno de mayor importancia, y para ello, después de visitar personalmente las iglesias de Pisa, Pistoya, Florencia y Cremona, inaugura el día
1 mar. 1095 el Conc. de Piacenza, al cual habían sido invitados, además de los obispos de Italia, los de Borgoña, Francia y Alemania. Tuviéronse las sesiones en pleno campo, ya que en ninguna iglesia había lugar para tantos participantes: cerca de 4.000 clérigos y más de 30.000 laicos. A fin de desarraigar en lo posible el inveterado abuso de las ordenaciones simoniacas y cismáticas, el Concilio reprueba y declara nulas las efectuadas por obispos herejes o excomulgados, por el pseudopapa Guiberto y por los pseudoobispos. En otros cánones se anatematiza el nicolaísmo y se dictan normas sobre la administración de los sacramentos. De Piacenza el papa se dirigió a Cremona, a Milán y a otras ciudades lombardas. En agosto de aquel año lo hallamos en Valence, pasando la fiesta de la Asunción en Puy. Sigue peregrinando por diversas ciudades de Francia, reformando los cabildos hasta que el 25 oct. lo vemos en Cluny consagrando el altar mayor de la gran iglesia abacial. Por fin el 18 nov. inaugura el Conc. de Clermont y arenga a sus oyentes invitándoles a tomar las armas para la liberación de Tierra Santa (V. CRUZADAS). El Concilio, vértice supremo del pontificado de U. II, no se limitó a dar origen a la primera cruzada; su labor fue muy intensa y eficaz en otras muchas cuestiones. Resolvió los conflictos existentes entre muchos obispos, declaró a Lyon sede primacial de Francia, otorgó grandes privilegios a numerosos monasterios -entre ellos el de Sahagún- sustrayéndolos de la jurisdicción episcopal y poniéndolos bajo la dependencia directa y protectora de la Santa Sede. Predicando la cruzada recorre U. II el oeste y mediodía de Francia. De Limoges, donde preside un Concilio, pasa en 1096 a Poitiers y de allí a Burdeos, Toulouse y, por fin, en verano de ese año sale de Nimes para Italia, atravesando los Alpes. Las ciudades de Pavía, Milán, Cremona, Luca, le tributan, a su entrada, grandes honores. Acompañado de la condesa Matilde, se dirige hacia Roma, donde siguen encastillados los partidarios de Clemente III, y aunque hasta 1093 no son expulsados los cismáticos del último reducto, ya puede decirse que Roma ha vuelto a ser asiento del sucesor de Pedro.
En enero de 1097 celebra U. II un Concilio en la basílica de Letrán, sale al año siguiente para presidir otro en Bari, rodeado de 185 obispos, y en Pascua de 1099 reúne un tercer Concilio en San Pedro, con 150 obispos y abades, insistiendo en su gran tarea reformatoria contra la simonía, el nicolaísmo y la investidura laica. En él defendió S. Anselmo la doctrina católica del filioque. El 29 jul. 1099, en la casa de Pierleoni, junto al Tíber, moría el papa de las Cruzadas, sin saber que quince días antes la ciudad santa de Jerusalén había caído en manos cristianas. Fue sepultado en San Pedro con llanto inconsolable de los romanos. Ha ratificado su culto el papa León XIII. |
BIBL.: Chronicon Bertoldi, MGH, Scriptores, V,456 ss.; RuiNART, Vita, PL 151,9-266; F. STERN, Zur Biographie des Papstes Urbans 11, Halle 1883; G. MEYER VON KNONAU, Jahrbücher des deutschen Reichs unter Heinrich IV und Heinrich V, 7 vol., Leipzig 1899 ss.; F. CHALANnoN, Histoire de la domination normande en Italie et en Sicile, París 1907; HEFELE-LECLERCQ, Histoire des conciles, V, París 1907, 379-388; P. FOURNIER, Bonizon de Sutri, Urban II et la comtesse Mathilde, «BibliothIque de 1'École de Chartes» 76 (1915), 265-298; J. GAY, Les Papes du XI siécle et la Chrétienté, París 1926; L. PAuLoT, Urbann II, París 1903; B. LEiB, Urbain II et l'Orient byzantin, «Études» 212 (1933) 660-680; J. M. MARCH, Liber Pontificalis, prout extat in codice manuscripto Durtussensi, Barcelona 1925; R. GARCÍA VILLosLADA, Historia de la Iglesia católica, II, Madrid 1953, 406415, A. FLICHE, La Reforme Grégoríenne et la reconquéte chrétienne, en Fliche-Martin, VIII; G. B. PRojA, Urbano II, en Bibl. Sanct., 12,841-844.
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