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Vida y actividades. Cardenal dominico español, eclesiólogo, polemista, diplomático y jurista; el teólogo más sobresaliente del s. XV. N. probablemente en Valladolid en 1388; m. en Roma el 26 sept. 1468. Aunque su epitafio, en la iglesia de la Minerva en Roma, dice que pertenecía a la «vieja, pura y noble familia» de los Torquemada, parece que «sus abuelos fueron de linaje de judíos convertidos» (Hernando del Pulgar). Ingresó en la Orden dominicana hacia 1403. Asistió al Conc. de Constanza (v.) como compañero de fr. Luis de Valladolid, legado de Juan II de Castilla (1414). Estudió Teología en París, donde se graduó en 1424 y 1425. Sus grandes dotes y su apasionada dedicación al estudio le valieron pronto bien fundada fama de consumado teólogo.
Siendo prior del convento de Toledo, fue llamado a Roma (1431) y Eugenio IV le nombró Maestro del Sacro Palacio; en su favor y por méritos adquiridos que el mismo Papa reconoce se ampliaron los privilegios inherentes a dicho cargo. En el ejercicio del mismo emitió múltiples votos con ocasión de disputas teológicas habidas en la curia romana; varios de aquellos votos constituyen verdaderos tratados teológicos. En el Conc. de Basilea (v.) actuó oficialmente en nombre del rey de Castilla, como representante del general de su Orden y como teólogo del Papa (1432-37). Tomó parte en todos los asuntos de mayor monta que se discutieron en Basilea. Defendió desde el primer momento la supremacía del Papa sobre el Concilio; eco de sus forcejeos anticonciliaristas fueron muchas de las obras que escribió por aquellos años (V. CONCILIARISMO).
Impugnó una serie de tesis de Agustín de Roma (1435) con singular contundencia; defendió la autenticidad de las revelaciones de S. Brígida (1433; v.); escribió contra los errores eucarísticos de los hussitas (1437; V. HUSS Y HUSSITAS); y participó en las discusiones acerca de la doctrina sobre la Inmaculada y en las gestiones para la unión de los griegos con la Iglesia de Roma. Poco antes del 18 sept. 1437 salió para España con la misión de ganar a Juan II para los planes del Papa contra los conciliaristas. Poco después le vemos actuar lejos de España: en la dieta de Nuremberg (octubre-noviembre 1438), donde «por vez primera fue abierta y sistemáticamente refutado el conciliarismo» (Hofmann), y en la de Maguncia (marzo 1439), exponiendo magistralmente el papel que corresponde al Papa en la Iglesia. Aquel mismo año fue enviado, juntamente con el arzobispo de Florencia, como embajador ante Carlos VII de Francia, para lograr la paz de este país con Inglaterra y tomar luego parte en la dieta de Bourges. El 18 dic. 1439 fue creado cardenal. En 1440 logró que Carlos VII prestara obediencia a Eugenio IV, paso importante para que hicieran otro tanto España, Italia, Hungría e Inglaterra.
Aunque sus misiones diplomáticas le impidieron asistir a muchas sesiones del Conc. de Florencia (v.), su actividad en él fue importantísima; dan testimonio de ello no sólo las actas, sino también los escritos que allí redactó sobre la existencia del purgatorio, «monumento de ciencia teológica» (Condal), sobre la materia y la forma de la Eucaristía y sobre el primado del Papa, su tema favorito. Fue uno de los redactores del decreto de unión con los griegos, del que más adelante sería óptimo comentarista. Digna de mención es su labor pacificadora entre Alfonso IV de Aragón y Eugenio IV; al llamar el aragonés a todos los obispos súbditos suyos que aún quedaban en Basilea, vino la disolución definitiva de aquel conciliábulo (v. t. EUGENIO IV). Mantuvo relaciones con jerarcas orientales, de las que se siguieron varias conversiones.
Ya en Roma, intervino decididamente años más tarde (1450) en favor de los judíos conversos de Castilla, a quienes tras el «alboroto de Toledo» (1449) negaban algunos el derecho a desempeñar cargos públicos. Hombre de austeridad personal rayana en la exageración, propugnó la reforma a fondo de los eclesiásticos. En su primer sermón de Basilea afirmaba que «la verdadera reforma consiste en que las personas eclesiásticas se reformen y renueven internamente» (Biblioteca Nacional de París, ms. lat. 1449, fol. 53v). Él dio ejemplo, renunciando a favor del Papa los múltiples beneficios con que la Santa Sede trataba de premiar sus trabajos; durante los últimos años de su vida el Papa tuvo que asignarle una pensión para que pudiera vivir dignamente. Fundó la piadosa asociación de la Annunziata, vinculada a la Minerva, cuya finalidad era dotar anualmente a las doncellas romanas pobres que quisieran contraer matrimonio. Invirtió buena Darte de los bienes de que disponía en apoyar la proyectada cruzada de 1460-61, plenamente identificado con los planes de Pío II. Por encargo de este Papa adoctrinó en la fe a tres nobles bogomilas (v.) de Bosnia, quienes acabaron profesando la fe católica el 14 mayo 1461 y dieron ocasión a T. para la redacción de una nueva obra: el Symbolum pro informatione manichaeorum.
Fue un trabajador incansable. Sus grandes obras, redactadas en Roma durante los veinte últimos años de su vida, cuando ya estaba seriamente enfermo de gota, constituyen, no sólo monumentos cimeros de la Teología y del Derecho de su tiempo, sino también pruebas asombrosas de su actividad al servicio de la Iglesia y del Papado. En el orden del mecenazgo cultural cabe recordar que siendo abad comendatario de Subiaco, introdujo la imprenta en Italia (hacia 1464) y llevó a Roma a Ulrico Han de Ingolstadt, quien publicó en 1467 las MeditatioDes de T. con las primeras ilustraciones xilográficas impresas en Italia. Otro de sus nobles afanes fue la creación de una rica biblioteca en la Minerva; para ello procuró también que se hicieran copias de su inmensa producción manuscrita, que actualmente se encuentra en su mayor parte en la Biblioteca Vaticana; varios de aquellos manuscritos fueron personalmente revisados y retocados por Torquemada. Los mismos Papas, además de colmarle de beneficios, le dieron el título de Defensor de la fe. T. tiene a su favor el testimonio unánime de sus contemporáneos, tanto teólogos, como juristas y humanistas, que reconocen en él, incluso sus mismos adversarios, al más grande teólogo del siglo. Pulgar, en su breve biografía (Claros varones de Castilla, Madrid 1923, 122), dice que «fue auido en sus tiempos por gran teólogo, que cuando acaescía venir de cualquier parte de la cristiandad alguna duda o cuestión de teología, todos se referían a la determinación que este cardenal entre todos los otros teólogos fiziese».
Obras y doctrina. Los firmes fundamentos de su fama están en sus obras. Puede verse una lista de las mismas en Stockmann (cfr. bibl.); la enumeración de QuétifEchard, así como la más erudita de Michel (cfr. bibl.) son muy útiles, pero contienen algunas inexactitudes.
El principal de todos sus trabajos es la Summa de Ecclesia, en la que por vez primera se sistematiza la doctrina católica sobre la Iglesia, haciendo un gigantesco acopio de materiales bíblicos, patrísticos y escolásticos, con la fundamental intención de dar la definitiva batalla al conciliarismo. Consta de cuatro libros: 1. Sobre la Iglesia en general (definición científica, notas, acepciones bíblicas, amplia exposición de la doctrina sobre el Cuerpo místico y sus miembros, aspecto externo de la Iglesia, el poder de y en la Iglesia); 2. Sobre la Iglesia Romana y el primado del Papa (la mejor defensa clásica de las prerrogativas del Vicario de Cristo, fórmulas perfectísimas sobre la infalibilidad personal del Papa); 3. Sobre los concilios universales y su autoridad (eco de diversas monografías redactadas por el mismo T. durante la polémica contra el conciliarismo de Basilea); 4. Sobre el cisma y la herejía (de carácter histórico-teológico, estudio profundo de las calificaciones teológicas, listas de herejías y errores dogmáticos).
No consta con certeza la fecha de su composición, pero sabemos que el libro segundo estaba acabado en 1452. Es una obra de tal envergadura que exigiría por lo menos dos años de asidua dedicación. Ediciones: Colonia 1480, Roma 1489, Lyon 1496, Salamanca 1560, Venecia 1561. No existe aún edición crítica, pero la edición de Salamanca es bastante aceptable, si la comparamos con el mejor texto, el del Vat. lat. 2578, de la Biblioteca Vaticana, completo y con correcciones que parecen de mano del mismo Torquemada. El interés de los dos primeros libros es incalculable para la moderna eclesiología (v.). Resulta casi increíble que no haya sido reeditada modernamente sino en parte, pese a que como obra de conjunto creemos que aún no ha sido superada. Buena parte de su información, un tanto tumultuaria, le viene a través de fuentes jurídicas, pero su concepción es netamente teológica. Doctrinalmente la Summa de Ecclesia influye en sus obras jurídicas y no a la inversa; así, se comprueba en sus Commentarii in Decretum Gratiani (6 vol., Lyon 1616), y, sobre todo, en la Nava Ordinatio Decreti Gratiani (Roma 1727).
Del resto de sus obras, impresas o inéditas, mencionemos tan sólo las de mayor relieve: Responsio in blasphemam et sacrilegam inuectivam ad sanctissimum canonem iustissime condempnationis dampnatissime congregationis Basiliensium (Vat. lat. 2580, fol. 25v-41v, v. ed. Mansi, vol. 31, col. 63-126); Super petitione domini regis Franciae ut aliud tertium celebraretur universale concilium (Vat. lat. 2580, fol. 78v-81r, v. ed. Mansi, vol. 35, col. 43-56); Apparatus super decretum florentinum unlonis graecorum (ed. crítica de M. Candal, Roma 1942); Oratio synodalis de primatu (ed. crítica de M. Candal, Roma 1954); Meditationes in vitam Christi (Roma 1467); Flores sententiarum D. Thomae Aquinatis de auctoritate Summi Ponti f icis (Augsburgo 1496); Flos theologiae et quaestiones de tempore et de sanctis (Basilea 1481); Tractatus contra madianitas et ismaélitas (Defensa de los judíos conversos, ed. N. López Martínez y V. Proaño Gil, Burgos 1957); Symbolum pro informatione manichaeorum (El bogOmilismo en Bosnia, ed. crítica de N. López Martínez y V. Proaño Gil, Burgos 1958); Tractatus de ef f icatia aquae benedictae contra Petrum Anglicum (Roma 1475); Revelationes beatae Brigittae (ed. Mansi, vol. 30, col. 699-814); Repetitiones quaedam... Basileae, super quibusdam propositionibus Augustini de Roma (Roma 1475). M. Candal cree que no son de T. las obritas De fermento et azimo y Circa principium decreti conuentionis nostrae cum graecis, conservadas en el Ottob.lat. 718, fol. 1r-26v, que se le han venido atribuyendo; por su parte, R. Creytens ha demostrado que el tratado De potestate Papte et Concilü generalis (Colonia 1480) tampoco es de T., sino de Rafael de Pornaxio (cfr. «Arch. Frat. Praed.» 1943).
La idea dominante de T. es la unidad de la Iglesia; «de la disensión nacen todos los males», según él. El centro visible de esa unidad es el Papa, sin el cual es imposible incluso la unidad interna de la Iglesia como Cuerpo místico. En la Iglesia toda la potestad de jurisdicción deriva del Papa. En torno a estas ideas centrales gira toda su Teología. No cabe duda de que actualmente necesita de complementos que equilibren esta concepción, sobre todo por lo que respecta al papel del episcopado en la Iglesia. No hay que olvidar que la eclesiología de T. está en función de unas urgentes necesidades frente a la anarquía doctrinal que traía consigo el conciliarismo. Pero, aun así, la mayor parte de su obra es de permanente validez. Es deudor del estilo farragoso y decadente de su época, de una interpretación no muy crítica de las fuentes y de una violencia polémica similar a la de sus adversarios; sin embargo, pocos autores de aquel siglo podrían ser leídos hoy con tanto provecho, porque el pensamiento es robusto, la construcción orgánica y sus intuiciones nos advierten en T. a un auténtico maestro. |
BIBL.: Indicaremos solamente la más saliente y original, puesto que es inmensa y abundan los repetidores. QUÉTIF-ECHARD, Scriptores Ordinis Praedicatorum, I, París 1719, 837-843; A. TOURON, Histoire des hommes ¡Ilustres de I'Ordre de Saint-Dominique, III, París 1746, 395-441; S. LEDERER, Der spanische Cardinal Johann von Torquemada, sein Leben und seine Schriften, Friburgo Br. 1879; D. A. MORTIER, Histoire des maitres généraux de 1'Ordre des Fréres Précheurs, IV, París 1909, 276-331; E. DuBLANCHY, Turrecremata et le pouvoir du pape dans les questions temporelles, «Rev. thomiste» 6 (1923) 74-101; V. BELTRÁN DE HEREDIA, Colección de documentos inéditos para ilustrar la vida del cardenal Juan de Torquemada, «Arch. Frat. Praed.» 7 (1937) 210-245; J. M. GARRASTACHU, Los manuscritos del cardenal Torquemada en la Biblioteca Vaticana, «La Ciencia Tomista» 41 (1930) 188-217, 291-322; J. F. STOCKMANN, Joannis de Turrecremata, O. P., vitam eiusque doctrinam de Corpore Christi mystico... tractavit, Friburgo de Br. 1950; introducciones a las ediciones citadas en el texto de M. CANDAL y N. LÓPEZ MARTÍNEZ; G. HOFMANN, Papato, conciliarismo, patriarcato (143839), «Miscell. hist. pontif.» II-2, Roma 1940; K. BINDER, Wesen und Eigenschaften der Kirche be¡ Kardinal Juan de Torquemada, Innsbruck 1955; P. MASSI, Magistero infallibile del Papa nella teologia di Giovanni da Torquemada, Turín 1957; A. MICHEL, Torquemada,-en DTC 15,1236-1238; N. LópEz MARTÍNEZ, El cardenal Torquemada y la unidad de la Iglesia, «Burgense» 1 (1960) 45-71; V. PROAÑo GIL, Doctrina de Juan de Torquemada sobre el Concilio, ib., 73-96.
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