Datos biográficos. Pensador y dramaturgo, n. en París el 7 dic. 1889. Estudió en el Liceo Carnot y en la Sorbona. Su padre, consejero de Estado, Ministro de Francia en Estocolmo, Dir. de Bellas Artes, del Museo y la Biblioteca Nacional, constante viajero, le proporcionó una vasta cultura, conocimiento de diversos países y contactos con políticos, literatos y artistas, pero imbuido de las ideas agnósticas de su tiempo ni lo bautizó, ni le dio formación religiosa alguna. La muerte precoz de su madre pondría en su vida la preocupación por el problema de la muerte (Filosofía para un tiempo de crisis, Madrid 1971, cap. «Mi muerte y yo»; Présence et Immortalité, París 1959). Su tía, judía y después protestante, rodeó su vida de rígidos imperativos morales.
Sensible, de vibrante simpatía, cordial, siente la necesidad natural de vivir con otros, «no hay mayor sufrimiento que estar solo» (Le Coeur des Autres, París 1921), su vida será un esfuerzo de comunión con todo, todos y el Todo, por la receptibilidad y el don de sí mismo: «participación sin fronteras», en frase de E. Delhomme. «No nos pertenecemos: es la suma y substancia si no de la sabiduría, al menos de toda espiritualidad digna de este nombre» (K. T. Gallagher, La filosofía de Gabriel Marcel, Madrid 1968, pról. de G. M.).
Agregado de filosofía a los 20 años, enseñará en Vend6me, París, Sens, Montpellier y en la Escuela Normal Superior, pero se dedicará mucho más a su producción literaria y filosófica, así como a las conferencias que prodiga en todo el mundo.
Su interés aparece claro, ya a los 18 años, cuando para terminar sus estudios superiores investiga las condiciones en las que el pensamiento religioso puede ser pensado, es decir, inteligible. Por su contacto con la miseria y el dolor en la I Guerra mundial, tras algunas experiencias espiritistas, comenzará, en 1917, su búsqueda de la fe auténtica. En 1929 una carta de F. Mauriac (v.) le parece una llamada personal de Dios (Etre et Avoir, París 1935), el 5 de marzo siente lo que él llama una experiencia de la gracia, y el 26 del mismo mes recibe el Bautismo en la Iglesia Católica, comprendiendo que la «fe es esencialmente una fidelidad» (1. c., 27).
Hay en G. M. tres facetas principales, «todo aquel que se acerque a mi obra tendrá que concebir el drama en función de la música y la filosofía en función del drama» (Prol. citado, 17). M. el 8 oct. 1973 en París.
El músico y el dramaturgo. Para él las obras de J. S. Bach (v.) tendrán más importancia que las de B. Pascal o S. Agustín; sus dramas parecerán sinfonías. En la música sacia sus afanes de interioridad y con sus improvisaciones sus anhelos de creación.
Su teatro ha sido llamado «de sinceridad», «de comunión», «de indigencia»; según él: «drama del alma en exilio» (Trois Piéces, París 1931). A los 8 años ya compuso Julius para relacionarse con personajes imaginarios. Escribir para G. M. es la manera de exteriorizar su riqueza interior, de comunicarse; no son obras de tesis, ni didácticas; G. M. es un creador de sentimientos a quien interesa el dinamismo de sus personajes como seres vivos y vivientes, cargados de ser, y la experiencia metafísica: Étre connu tel qu'on est (Un homme de Dieu, París 1950). Dentro de su producción teatral sobresalen: Le Dard, París 1936; Les cours avides, París 1952; Ariadne, París 1936; Le monde casé, Brujas-París 1933; la trilogía Roma ya no está en Roma, Un hombre de Dios y El emisario, Buenos Aires 1953, etc. Ha recibido premios como el de la Acad. Francesa, el Nacional de Literatura y otros. Además, con sus obras Théátre et Religion (París 1958), L'heure théátrale (París 1959), De Giraudoux cá Sartre (París 1959) y diversos artículos ha realizado crítica teatral que siendo esencialmente literaria refleja, sin embargo, su preocupación filosófica exigiendo autenticidad, presencia y comunicación.
El pensador. «Para evitar enquistarse» su pensamiento no es nada sistemático; de estilo audaz y prudente, humilde y real, realiza una búsqueda constante y hasta trágica que él mismo ha denominado «senda tortuosa» y «camino indirecto» en el Journal métaphysique (París 1927; Diario Metafísico, Buenos Aires 1956 y Madrid 1969) y que según R. Troisfontaines se debe a su «voluntad de exploración» (cfr. De l'existence á I'étre. La philosophie de Gabriel Marcel, 2 vols., Lovaina 1954), constituyendo como una meditación de esencia dramática o quizá mejor una progresiva orquestación de temas constantes.
Su punto de partida será no la duda o el poder de la razón, lejos de empirismos (v.) y racionalismos (v.), sino la admiración humilde en presencia de lo existente (Les hommes contre l'humain, París 1952; Los hombres contra lo humano, Barcelona 1955). Su procedimiento será la reflexión, «única arma del filósofo», realizada en dos tiempos: una primera analítica, reductora, objetivante (objeto es «algo que no nos interesa»), después otra, «a la segunda potencia», sintética, recuperadora, que descubre el carácter parcial de la primera; es el pensamiento que restablece la inmediatez, oscurecida por la objetivación, que recompone la participación, que ahora será ontológica y no sólo existencial. Primero se siente, después se conoce, al fin se «es». De la comunidad, por la comunicación, a la comunión. En el último acto se trata de escoger entre el ser y el no ser del existente objetivado, es una opción, una fidelidad o fe, un compromiso. El filósofo será siempre un engagé (comprometido).
A pesar de su admiración por el intuicionismo bergsoniano (V. BERGSON, HENRI), por los idealistas (v. SCHELLING) o neoidealistas (J. Roice) y neohegelianos (F. H. Bradley), su pensamiento adquiere un tono personal que se manifiesta en la concreción de la existencia en el ser. Su filosofía concreta es un philosoplier hic et nunc, un rechazar cualquier filosofía en que no aparezca la morsure du réel (mordedura de lo real).
Mejor que existencialismo (v.) cristiano, «expresión contra la que no he dejado de rebelarme durante 15 años» (Incredulidad y Fe, Madrid 1971, 170) es filósofo de la existencia, «que no es necesariamente afirmar la prioridad de la existencia sobre la esencia, sino la imposibilidad... de admitir que ésta venga a sobreañadirse de una manera inexplicable a una esencia que sería autosuficiente» (Prolegómenos para una Metafísica de la esperanza, Buenos Aires 1954).
Parecen esenciales en su pensamiento las distinciones entre: a) Existencia y ser. Son como dos planos distintos de participación, relación inmediata de conciencia una y aceptación libre la otra. b) Ser y tener. Tener como posesión es separar del que tiene y como implicación es objetivación. Pero esta distinción pierde su fuerza al preguntarnos: ¿qué soy yo? -resorte de la inquietud metafísica-, ya que yo no tengo un cuerpo, yo soy un ser encarnado. «Tensión continuamente renovada y propiamente creatiz entre el yo y las profundidades del ser en el cual y para el cual somos» (Diario Metafísico, 101); «Encarnación, situación de un ser que aparece como ligado a un cuerpo» (Étre et Avoir, II). c) Problema y misterio. El problema es lo dado que se me propone como externo y el misterio «algo en lo que me encuentro comprometido y cuya esencia no está enteramente ante mí». De donde el ser no es problemático, sino misterioso. Los misterios no son problemas insolubles, sino realidades no objetivables, pero que al estar inmersos en ellas nos iluminan. Por eso, frente al ser no cabe más que la opción, por lo que la Metafísica es la «lógica de la libertad» (El misterio ontológico, Barcelona 1959).
El pensamiento filosófico adquiere en G. M. dimensiones de compromiso y concretez; lq que es inalcanzable por el pensamiento -el misterio del ser- se nos revela, cuando nos acercamos a «un ser», uniéndonos a él por el don y la receptibilidad, o sea, por la fidelidad, la admiración, el amor y también por la invocación, y la plegaria, que todo es presencia, comunión. Sin embargo, mi ser no se confunde con mi vida, ésta me ha sido dada, yo soy antes de vivir; mi ser está amenazado por mi vida, mi ser está en juego y aquí reside el sentido de mi vida (Incredulidad y Fe, 38).
En resumen, un pensador que ha ido centrándose en una cálida preocupación por todo lo humano, de grandes exigencias éticas y claras aspiraciones religiosas, de donde su interés y su valor.
V. t.: EXISTENCIALISMO I y II; ONTOLOGISTAS |