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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Maillol, Aristide
Categoria:
Biografía GER
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Escultor francés, n. en Banyuls-sur-Mer el 8 dic. 1861, y m. cerca de dicha localidad, en accidente, el 25 sept. 1944. Hijo de un viñador, nada había en su derredor que pudiera justificar su vocación plástica, y tan sólo el hallazgo de piezas populares, un cuaderno de zoología, un bibelot en forma de paloma, parece haber tenido esa gran responsabilidad. Comienza a dibujar en su pueblo, luego en Perpiñán, y en 1882 marcha a París, donde es recibido ásperamente por el famoso Gérome. Se matricula en la Escuela de Bellas Artes, porque lo que desea es ser pintor, y no escultor; pero progresa poco en la clase de Cabanel. Años después aseguraría que no aprendió a pintar ni a dibujar, pero siempre guardó grandísima consideración para con Puvis de Chavannes, uno de sus ídolos.

      Entendiéndose fracasado como pintor, y deslumbrado ante la vista de unos tapices españoles mostrados en una exposición, decide hacerse tapicero, para lo que organiza en Banyuls un pequeño taller. La primera consecuencia es que en 1895 contrae matrimonio con Clotilde, una de sus obreras. Sirviéndose de viejos secretos de botánica y artesanía catalana, elegía él mismo sus materias colorantes, y, a poco, el tallercito pudo ser trasladado a París, en medio de verdaderas angustias económicas. Por lo menos, en la capital francesa contaba con el apoyo y la amistad de Gauguin, Bonnard, Vuillard y artistas de semejante talla. «La época de la tapicería ha sido la más feliz de mi vida», declararía M. en su ancianidad. Pero hubo de abandonarla porque la constante mirada de la trama le produjo una grave oftalmía. Al recuperarse de la afección andaba ya cerca de los 40 años.

      Un día, en el taller de Bourdelle, se dedica a tallar con un cuchillo varias formas en tarugos de madera. Y ya ha nacido el escultor M., que se comporta en sus principios como un autodidacta, haciendo caso omiso de los principios técnicos establecidos, e improvisando otros que, inverosímilmente, lograban el fin propuesto. Así, ya se atreve, en 1904, a realizar una exposición de tapices, paneles y estatuas en casa Vollard, y uno de los clientes es Rodin, que adquiere una figurilla de bronce. Por entonces, se le propone a M. el encargo de un monumento a Zola, idea que el artista acoge entusiasmado; sin embargo, y pese a su defensa por O. Mirbeau, el encargo pasa a Meunier y Charpentier. Pero si esta ocasión de hacer una gran obra había fallado, no acaecería otro tanto con el monumento a Louis Auguste Blanqui, político socialista detenido durante largos años. M. aceptó la insignificante cantidad de que disponía Clemenceau, uno de los organizadores, y realizó, casi gratis, la maravillosa y pujante Acción encadenada, erigida en la plaza de PugetThéniers. No era éste el inicio de los éxitos escultóricos de M.; el generoso artículo que sobre él publicara en 1905 Maurice Denis y la conclusión de la espléndida Mediterránea dejaban constancia de su jerarquía creadora. Ha comenzado la llamada etapa de las grandes figuras, que trascurre de 1905 a 1914 y que comprende la mayor parte de las obras maestras del gran catalán. Además de las obras citadas, importa agregar: Deseo, de 1906; La noche, de 1909; Torso de mujer y la soberbia y maciza Porrona, de 1910; y, en fin, Flora, Primavera y Verano.

      De nuevo fracasa la idea de otro monumento, el de Cézanne, para el que el artista ha trabajado largamente, y sobreviene la I Guerra mundial. Tras de ella, M. parece más joven. Como homenaje a su patria, modela y funde Isla de Francia, uno de sus más hermosos y plenos desnudos femeninos. El monumento a Cézanne en Aix se convierte, al fin, en una realidad. Otros monumentos, los de los muertos de la guerra, en Céret y Banyuls, consuelan, por su contención y dignidad, de los otros mil horrores monumentales de igual dedicación que por entonces aparecieron en todas las ciudades francesas. Y, todavía, más obras maestras; una, la Venus del collar, de larga preparación; otra, Las ninfas de la pradera, tres muchachas desnudas y erguidas, rebosando salud y lozanía.

      Poco más haría el glorioso escultor desde 1937 hasta el día del desgraciado accidente que le costó la vida. Pero era más que suficiente, máxime si se piensa en la tardía edad en que comenzó a ser escultor. Ahora bien, poco importaba ese factor, nada negativo, cuando este hombre disponía de tantas virtudes internas, de tanto saber campesino, de tal sentido popular de la belleza. Era un catalán impregnado de todo el grande y misterioso poso cultural del Mediterráneo, era un griego que se había ignorado a sí mismo, y aun quizá más directamente enamorado de la plena belleza que sus colegas del helenismo clásico. Ante todo, campesino. Su concepto de la belleza femenina, tan bien testimoniado por sus obras, preveía mujeres carnosas, venus prematernales, criaturas amorosas muy afines a las desnudadas por Renoir. Se comprende que la aparición de la monumental Pomona suscitase ascos y dengues en los gustadores más exigentes de París. Se comprende también que, durante su viaje a Grecia, le defraudaran cuerpos tan refinados como el Hermes de Praxiteles, que se le antojaba académico. Mientras él, que tan poco o tan nada debía a las academias, ni siquiera se academizó en su estilo tan personal, de suerte que todas sus figuras, aun perteneciendo a la misma raza catalana, diferían grandemente entre sí. No obstante, sería un grave error pensar en M. como en un campesino rudo y escasamente cultivado. Había ilustrado los textos de Ovidio y Virgilio y amaba apasionadamente la música, sobre todo la de Bach, Mozart, Glück y Beethoven. «Hace falta que escuche música -afirmaba-; mientras la escucho, veo mi figura, la comprendo mejor». Y es cierto que muchas de sus mujeres de bronce, singularmente Las ninfas de la pradera, parecen posar acordes con algún casi imperceptible ritmo musical, en tanto que su última obra maestra, El río, de 1943, llega a un paroxismo cercano a lo audible.

      En cuanto a su descendencia artística, ni tuvo discípulos ni era fácil que los tuviera. Puede ser que los escultores más próximos al espíritu de su obra no sean franceses, sino los españoles -por otra parte, paisanos como catalanes que también eran- José Clará (v.) y Enrique Casanovas. En todo caso, el mandato de esta obra magnífica procedía de Cataluña.
J. A. GAYA NUÑO.
    BIBL.: E. REWALD, Maillol, París-Londres-Nueva York 1939; l. CLADEL, Aristide Maillol. Su vida. Su obra. Sus ideas, Buenos Aires 1946; B. DORIVAL, Maillol, París 1955.

     

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.
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