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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Magallanes, Fernando de
Categoria:
Biografía GER
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Navegante portugués. N. en 1470. La gesta promovida por M. es la más famosa de las descubridoras del s. XVI. Se ignora el lugar de nacimiento de M.; hijo de padres más sobrados de hidalguía que de bienes se crió y educó en la corte de Portugal, en calidad de «morador da Casa del Rey». Estuvo en la India, al servicio del virrey Almeida y de Albuquerque. De regreso a su patria, se incorporó a la expedición del duque de Braganza, en la conquista de Azamur. La actuación de M. en la empresa africana dio pábulo a ciertas maledicencias respecto a su comportamiento. Quizá llegó eco de las mismas a la corte, y por eso no accedió el rey D. Manuel a las peticiones de M. Resentido, concibió el proyecto de alcanzar las Molucas por la ruta occidental o española, con la seguridad de que tales islas pertenecían a la zona atribuida a España según el tratado de Tordesillas, y con la esperanza de hallar a través de América del Sur el estrecho o paso señalado por Martín de Behaim. Después de asegurarse la colaboración técnica de Ruiz de Falero y la económica, si fuera necesaria, de Cristóbal de Haro, entró M. en España, en septiembre de 1516. En Sevilla le acogió su amigo Duarte de Barbosa, a la sazón teniente de alcaide de los Reales Alcázares y Atarazanas sevillanos. Con la hija de Duarte de Barbosa casó M. en febrero de 1517. Desde el primer momento, para llevar a cabo el proyecto contó cor: la interesada ayuda, con calidad de cohecho, del factor de la Casa de la Contratación Juan de Aranda; es el que preparó en Valladolid la entrevista de Carlos V con M. y Falero.

      La correspondiente capitulación o asiento se firmó el 28 de mar. 1518. Desde ese día no dio paz a la mano el emperador Carlos V en el disponer de lo necesario para la armada, que iban a mandar M. y Falero. Portugal hizo lo posible -se llegó hasta temer por la vida de M.- para que el proyecto no se llevara a cabo. Cuando ya iban muy avanzados los preparativos para la armada, fue separado de la misma, por motivos de salud, Ruiz de Falero (julio 1519), y sustituido en el mando del segundo navío por Juan de Cartagena, en calidad de «conjunta persona» de M. Ya que a M. no había modo legal de hacerlo español, de españolizarlo oficialmente, cabía, al menos, asegurar su fidelidad a España con un juramento solemne y espectacular. A este efecto se organizó el acto de la jura de la bandera, cuya ceremonia tuvo lugar en la iglesia de Santa María de la Victoria, sita en el barrio de Triana, frontero a Sevilla, al otro lado del Guadalquivir. Cinco naves componían la armada: Trinidad, capitaneada por el capitán general de la armada M.; San Antonio, por Juan de Cartagena; Concepción, por Gaspar de Quesada; Victoria, por Luis de Mendoza; y Santiago, por Juan Rodríguez Serrano. La tripulación en conjunto, según Pastells, era de 265 hombres.

      El 10 ag. 1519 una descarga de artillería anunció a los sevillanos el momento de la salida de la brillante armada. En Bonanza, puerto de Sanlúcar de Barrameda, se detuvo más de un mes. Sea cualquiera la causa de esta detención, lo cierto es que durante ella fue una o dos veces M. a Sevilla, donde habían quedado su mujer y su hijo Rodrigo. De esta excursión o excursiones de M. a la capital andaluza dan testimonio dos documentos públicos por él otorgados el 2 ag. 1519: su conmovedor testamento, y un memorial dirigido al Emperador, suplicándole que los 125.000 maravedises de que le había hecho merced con el hábito de Santiago los transfiriese al convento de la Victoria, en Triana, «donde V. M. me mandó entregar su bandera». El 20 de septiembre fue el de la definitiva salida de la armada magallánica, el día en que se iniciaba uno de los más arriesgados, portentosos y extraordinarios viajes de la historia de la humanidad. A tenor de lo acostumbrado en las expediciones españolas que se dirigían a América, la flota tomó rumbo hacia el archipiélago canario, contando con la estada obligada en estas islas, donde se completaban las provisiones de agua y leña.

      Dos meses después de abandonar Canarias, la flota de M. dio vista a la costa atlántica de América del Sur, a la que los españoles llamaban tierra del Cabo de San Agustín o Tierra del Verzino, nombre italiano que se le daba también a causa de la madera roja del Brasil, como la llama Pigafetta. El 13 de diciembre doblan el cabo Frío y penetran las naves en una amplia, bella y abrigada bahía. Con el santoral en la mano, según costumbre corriente y práctica de los viajeros y descubridores de aquellos siglos, bautizaron al entrante costero con el nombre de bahía o puerto de Santa Lucía. M. rebautizó un accidente costero que Américo Vespucio había ya descubierto en su segundo viaje y dominado, en razón del día, 1 de enero, con el apelativo que la posteridad ha perpetuado. Dos semanas duró el descanso de la gente magallánica en Río de Janeiro; dos semanas felices de aprovisionamiento y abundancia. Todo se adquiría a cambio de chucherías y utensilios de escaso valor. «Cambiamos asimismo a buen precio las figuras de los naipes; por un rey de oros me dieron seis gallinas, y aún se imaginaban haber hecho un magnífico negocio» (Pigafetta). Durante un mes se exploró el estuario del Río de la Plata, que se tomó en un principio como el ansiado estrecho. Se hicieron algunos desembarcos, sin que fuera posible establecer relación amistosa con los caníbales de esta zona, que si no atacaban por lo menos estaban huidizos. A la corta escala en Puerto Deseado sucedió la estada de cerca de cinco meses en el puerto de San Julián, de la Patagonia. Lo que principalmente matiza la invernada en este punto es la llamada «tragedia del puerto de San Julián», o «complot contra Magallanes», según Pigafetta.

      El descontento contra el mando de M., absolutamente personal, desconsiderado, duro, en continua desconfianza hacia los españoles y de indisimulado favoritismo hacia los portugueses, se manifestó a poco de salir de Canarias. Tuvo como adalid a Juan de Cartagena, muy molesto por la falta de atención, no obstante sus cargos, de que era objeto por parte del capitán general de la armada. Éste, aprovechando la primera ocasión propicia, le hizo preso y encerró, primero, en la nao capitana; después, fue confiada su custodia a Luis de Mendoza, capitán de la Victoria. En esta nave primero y, después, en la estancia en Santa Lucía, se fraguó el motín contra el mando de M., que estalló nada más entrar la flota en San Julián. En seguida fue sofocado. El tribunal que juzgó a los insurgentes impuso la pena de muerte a más de 40. Pero M. sólo condenó a la última pena a Gaspar de Quesada, que había agredido mortalmente al fiel piloto Elgorriaga; a Juan de Cartagena y a su amigo y cómplice Pedro Sánchez Reina les conmutó M. la pena de muerte por la de quedar abandonados en Patagonia. En labor de exploración se perdió la nao Santiago.

      Descubrimiento del estrecho. Después de una pequeña escala en el puerto de Santa Cruz se descubrió, por fin, el deseado estrecho sudamericano, que M. llamó de Todos los Santos o de los Patagones. En la exploración del estrecho desertó la San Antonio. Al embocar el mar del Sur (Pacífico) tres unidades constituían la flota magallánica. Desde la salida del estrecho no vieron ni una sola isla poblada, ni ninguna que pudiera proveer de víveres y agua potable. Bien conocía M. la ruta más conveniente a seguir para alcanzar las Molucas; pero la necesidad impuso rumbear hacia el N, con la esperanza de encontrar lugares propicios para avituallarse. Por eso puede decirse que la angustiosa travesía del gran océano discurrió por la ruta del hambre.

      Durante los tres meses que duró la travesía del gran Océano las condiciones climatológicas en el estado del mar no pudieron ser más favorables; así se explica que lo designaran con el nombre de mar Pacífico o mar de las Damas; en cambio, mucho sufrieron por la falta de agua y de alimentación. «Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación a serrín de madera como única y sola comida, por cuanto hasta las ratas, tan repugnantes al hombre, llegaron a ser un manjar tan caro, que se pagaba cada una a medio ducado». El escorbuto produjo muchas víctimas; de dicha avitaminosis murieron 19 hombres durante la travesía. En estas condiciones se consideró una gran suerte la llegada a las pobladas islas Marianas; las islas de los Ladrones, según las llamaron por la descarada rapacidad de sus habitantes. Hubo que abandonar pronto la isla de Guam, pues era imposible el trato normal con sus habitantes. Desde las Marianas, alcanzó M. y su flota las islas Visayas, parte central del archipiélago filipino, a las que dio nombre, de acuerdo con el calendario eclesiástico, de islas de San Lázaro. La estancia de los expedicionarios en la isla de Cebú fue feliz y reparadora. A este bienestar dio fin la intervención bélica de M. en la isla de Mactan, en la que en imprudente lid encontró la muerte, el 27 abr. 1521.
AMANDO MELÓN.
    BIBL.: l. M. QUEIROS VELLOSO, Fernando de Magallanes, su vida y su viaje, Lisboa 1941; A. MELÓN, Ensayo de heurística sobre la empresa Magallanes-Elcano, «Estudios Geográficos» 51; M. FERNÁNDEz NAVARRETE, Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, Madrid 1829-37; CH. M. PARR, Magallanes, Madrid 1955.

     

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.
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