Pintor español setecentista, n. en Valencia el 21 ag. 1739, y m. en Madrid el 10 mayo 1819. De habilidad precoz, sorprende su carrera de tempranos éxitos, ya que, alumno de la Acad. de San Fernando, en 1753 obtenía el primer premio de la tercera clase, en 1754 el primero de la segunda, y en 1757 el segundo de la primera. En 1760 pasa a Roma como pensionado, y, al regreso, en 1765, es nombrado individuo de mérito de la Academia. En 1774 es nombrado Pintor de Cámara, pero ya con anterioridad a este año gozaba de la protección de A. R. Mengs (v.), lo que le valió introducirse como fresquista, decorando varias piezas de Palacio Real, entre ellas la de vestir del Príncipe, la Colegiata de La Granja,
El Pardo, la capilla del Venerable Palajox, en la catedral del Burgo de Osma, la Casa del Labrador de Aranjuez y la Casita del Príncipe, en El Escorial. Igualmente, se le debe una pequeña parte de los frescos del claustro de la catedral de Toledo. Al óleo, varios de los cuadros de la iglesia de S. Pascual, de Aranjuez, y otros en varias iglesias madrileñas. De lo mejor suyo de tema religioso es el S. Carlos Borromeo dando la comunión a los apestados de Milán (Madrid, Banco de España). Pero, normalmente, sus composiciones, como Las cuatro estaciones (Museo del Prado), son por demás amaneradas e insulsas, así como falsas de color, achaque normal en alguien tan apegado a Mengs como era nuestro artista.
Pero hay un género en el que sí muestra madera de pintor, y es el del retrato. Es excelente su Autorretrato, en la Academia, así como el de Carlos III, en Palacio, y los de este monarca y de Carlos IV, fechados en 1792, en la Acad. de San Carlos, de México. Aún más, la grata efigie de la Infanta Carlota Joaquina, en el Museo del Prado. El artista, que colaboró con los franceses invasores, fue, al término de la contienda, rechazado por Fernando VII, que le dio una pensión de limosna. Pintor nada mal dotado y más culto de lo que se estilaba en su tiempo, M. careció de estímulo interno para hacer un arte propio, independiente del de Mengs y atento a alguna realidad exterior. Precoz y triunfador, fue, en definitiva, un fracasado. |