Bisnieto de Luis XIV, hijo del duque de Borgoña y de María Adelaida de Saboya, n. en Versalles el 15 feb. 1710, y heredó el trono de Francia a la edad de cinco años (1715). El largo periodo de regencia (1715-23) dio el poder a Felipe de Orleáns, sobrino de Luis XIV, y a su todopoderoso ministro el abate Dubois.
Política de la regencia. La regencia del duque de Orleáns, político oportunista y frívolo, significó una reacción contra los ideales políticos del reinado anterior. Ante la perspectiva de suceder al rey niño, débil y enfermizo, su única preocupación fue allegarse partidarios a su favor contra los otros pretendientes, el Borbón de Madrid (v. FELIPE V DE ESPAÑA) y el duque de Maine, bastardo de Luis XIV. A ello obedecieron sus principales medidas políticas, para contentar a la aristocracia de sangre (supresión de los ministerios, sustitución por una polisinodia de Consejos aristocráticos formados por duques y pares), a la nobleza parlamentaria (devolución del derecho de rémontrances o poder político de los Parlamentos), a la oposición galicana y jansenista (prohibición de la Bula Unigenitus), cte., así como la aproximación a Inglaterra en busca del apoyo de Jorge L. La regencia proporcionó así el desquite de la reacción aristocrática frente al despotismo ministerial de Richelieu y Luis XIV.
Para resolver el problema de la inmensa deuda pública legada por el reinado precedente y movilizar la economía francesa, se puso en marcha el experimento del banquero escocés John Law de crear un Banco estatal a imagen de los de Holanda e Inglaterra. La idea de Law era movilizar la economía francesa (el comercio y explotación colonial) mediante la movilización del crédito, atrayendo capitales particulares de Francia y del extranjero y activando la circulación monetaria por emisiones de papel moneda. La Banca estatal de Law emitió billetes liberatorios, que eran al mismo tiempo obligaciones del Estado a interés fijo y canjeables por títulos de la Deuda, o por depósitos metálicos que ganaron la confianza del público y verificaron una rápida operación de conversión de la Deuda pública. Igual aceptación lograron las acciones de la Compañía colonial de Law (el Mississippi), sobre cuyos beneficios, y los de ciertos monopolios concedidos a la Banca de Law (arriendo general de los impuestos del reino) descansaba el Systéme. Pero éstos fueron insignificantes, en comparación al alto curso del papel por la fiebre de especulación, lo que provocó la caída de las acciones de la Compañía de comercio, luego el run de convertibilidad de los billetes del Banco, y la bancarrota. El experimento había disminuido la deuda y vitalizado el tráfico colonial (Lorient, Nueva Orleáns, etc.); pero causó la ruina de muchas familias y alejó de la Banca francesa la confianza del público durante medio siglo.
La monarquía. Época de Fleury. La mayoría de edad de L. (febrero 1723), seguido poco después de la muerte de Orleáns, permitió el paréntesis ministerial del duque de Borbón (1723-26), otro príncipe de la sangre. Paréntesis irrelevante, sin contenido propio; en él se realizó el matrimonio de L. con María Leszczynska, princesa insignificante, hija de un rey destronado, que se lo debería todo al primer ministro. Pero este matrimonio, y la guerra con España y Austria que ocasionó (1726), fueron causa precisamente de la caída del duque de Borbón.
Comienza así el largo gobierno (1726-43) del card. Hercule Fleury, anciano prelado (tenía ya 73 años), obispo de Fréjus y ex preceptor de L., que deposito en él una confianza plena y filial. Pacifista y modesto, realista y práctico, sin grandes inquietudes reformistas ni ambiciosos programas políticos, su gobierno fue la etapa más feliz del reinado y su administración, con Orry y Chauvelin como colaboradores principales, dio a Francia 20 años de convalecencia y de recuperación interior, sin olvidar la adquisición de la Lorena (1738) que hizo compatible con su política pacifista (v. SUCESIÓN DE POLONIA, GUERRA DE). En su sistema administrativo, se atuvo a la rutina del régimen ministerial establecido por Richelieu y Luis XIV. En el aspecto religioso, mantuvo su identificación con Roma (puesta en vigor de la Bula Unigenitus), haciendo frente a la corriente galicana y jansenista, y a la oposición de los Parlamentos, ardientes defensores de las libertades galicanas frente a los jesuitas y ultramontanos.
Esta política le ocasionó ruidosas fricciones con los Parlamentos, cuya libertad en el periodo anterior les había incitado a exigir el control político de los actos del ministerio, atribuyéndose una intervención en la función legislativa, frente a la tesis oficial del exclusivo poder real de dictar leyes. Pero estas rupturas se zanjaron generalmente por concesiones mutuas; actitud característica de Fleury, no dispuesto a arriesgarse a las delicadas reformas que requerían la magistratura -para recuperar el poder político usurpado por los Parlamentos- y el régimen fiscal y financiero. Con respecto a este último, la fiscalidad se basó preferentemente en los impuestos directos (aides, taille), que excluía a los más pudientes, y en el arriendo de los impuestos a empresarios. La benéfica estabilización monetaria de 1726, la elevación de los arriendos de impuestos, la presión ministerial sobre el donativo del clero, y la escrupulosa y severa contabilidad del contróleur Philibert Orry (el Colbert del reinado, aunque de un talento muy inferior), permitieron equilibrar el presupuesto y efectuar nuevas reducciones en la Deuda pública. Pero no se intentó ninguna reforma tributaria, ni el catastro de la riqueza pública, ni siquiera el censo general del reino, necesario para la adecuada distribución de los impuestos personales en que se basaba el sistema fiscal.
A pesar de ello, la época de Fleury fue una etapa de evidente recuperación económica de Francia, debida quizá menos a la buena administración que a la paz en Europa y en el mar. El comercio fue el principal motor de este desarrollo, sobre todo el tráfico de productos coloniales (de Luisiana, Canadá, Antillas y la India), saldado por el envío de manufacturas francesas, en un sistema de «pacto colonial» rígido y colbertista, que enriqueció al patriciado mercantil de los puertos franceses. El comercio interior también se benefició de la espléndida red de caminos reales realizada por Orry, a costa de la generalización de la corvea real, que obligaba a todos los campesinos.
Gobierno personal. A la muerte de Fleury (1743), L. no tuvo ya primer ministro, y empieza lo que pudiera llamarse su reinado personal, puesto que él mismo preside el Consejo y pretende estar informado de los asuntos; un remedo de gobierno personal, ya que el rey no tiene condiciones de gobernante, ni gusto por el poder ni afición al oficio de rey, y deja amplia libertad a sus ministros. Inteligente quizá, pero apático, indolente, fatalista, L. es, además, voluptuoso en exceso y amigo del bon plaisir. Pretende cumplir regularmente con las obligaciones de su oficio como un monarca de despacho, pero lo hace sin gusto y con poco interés. Se halla además entregado a sus favoritas: la duquesa de Cháteauroux (a la que precedieron por riguroso turno, en el favor del rey, sus tres hermanas mayores), la marquesa de Pompadour, la condesa Du Barry, y otras más fugaces. De todas ellas, la Pompadour llegó a tener verdadera influencia política, sobre todo en el ocaso de su vida, cuando voluntariamente se limitó al papel de amiga y consejera del monarca, su confidente y «ministro oficioso». Ella influyó en muchos nombramientos, intervino en la diplomacia (apoyó a Choiseul y al partido austriaco), protegió a los artistas (Boucher, Nattier, La Tour, Van Loo) y hombres de letras (Voltaire y los enciclopedistas) y se creó una clientela en el partido de los «filósofos».
Los tres grandes problemas interiores de esta nueva fase del reinado fueron la revuelta de los Parlamentos, la polémica jansenista y las dificultades financieras. El primero de ellos significa el eclipse del despotismo ministerial o poder de decisión de los ministros, mal apoyados por un monarca débil, frente a la nobleza parlamentaria, que sostiene una nueva doctrina constitucional de la monarquía, por la que esta casta nobiliaria, instrumento legal de la reacción señorial inspirada en las ideas de Fénelon (v.), se atribuye la representación de la nación francesa para frenar el poder del rey y prestar o negar su aprobación a los edictos ministeriales. La rebelión de «las grandes togas» duró 20 años y obligó casi siempre al Gobierno a dar marcha atrás en sus medidas más importantes, sobre todo los edictos de reforma fiscal. Idéntica dejación de la autoridad real se experimenta en las provincias, en las que los intendentes y comisarios del rey, mal sostenidos por las vacilaciones de Versalles, ven eclipsada su autoridad frente a las fuerzas locales (Estados provinciales, Parlamentos, etc.). La polémica jansenista siguió centrada en torno a la Bula Unigenitus, pues los galicanos rechazaban su aceptación, y los jansenistas no admitían su contenido teológico; y se complicó además con el movimiento richerista, de tipo presbiteriano y democrático, que ganó a grandes sectores del bajo clero, oponiendo los sínodos diocesanos de presbíteros a la tutela disciplinar y canónica de los obispos. La polémica religiosa proporcionó nuevas victorias a los Parlamentos contra las medidas antijansenistas y antiricheristas de los obispos (polémica de los «billetes de confesión»). Las dificultades financieras son la consecuencia de la nueva fase bélica del reinado, así como de los excesos de una administración dispendiosa (lujo de la corte, pensiones nobiliarias); ellas inspiran los únicos intentos reformadores del periodo, de reforma fiscal, movidos tanto por la necesidad creciente como por el progreso de las ideas fisiocráticas sobre el único impuesto territorial y universal (V. FISIOCRACIA).
En el plazo de 10 años, tres ministros fisiócratas (Machault en 1754, Silhouette en 1759 y Bertin en 1763) trataron de hacer aprobar edictos de reforma fiscal, coincidentes en el fondo: sustituir la masa caótica y discriminadora de los impuestos personales por un impuesto territorial único, proporcional a los rendimientos de las tierras, y pagado por todos los propietarios sin distinción de órdenes ni estamentos. Los tres fueron derribados por la coalición de fuerzas de los privilegiados, a los que favorecía el antiguo sistema fiscal, apoyados por el partido devoto de la familia real, y eficazmente secundados por la decisiva oposición parlamentaria. El problema de la reforma fiscal pasaría íntegro al reinado siguiente, y se ligaría en sus raíces con el desencadenamiento de la gran Revolución.
Época de Choiseul. Final del reinado. Tras 15 años de gobierno acéfalo, el duque de Choiseul, compartiendo con su primo, el duque de Choiseul-Praslin, las secretarías del Exterior, Guerra y Marina, desempeñó el papel de primer ministro sin título, en calidad de ministro dominante. El ministerio Choiseul (1758-70) constituyó 12 años de prosperidad económica; pero la debilidad política de la autoridad real llega a su punto extremo. Absorto en sus preocupaciones militares y diplomáticas, en la alianza austriaca y borbónica, y en reorganizar el ejército y la marina para la guerra antibritánica, Choiseul desdeña los problemas interiores y entrega las secretarías de Estado a los militares, que desplazan a los civiles. Choiseul rehúye enfrentarse a los Parlamentos, y para intentar acallar su oposición a los edictos fiscales, les entrega a los jesuitas, que fueron sacrificados a las iras galicanas y jansenistas de aquéllos (edicto de noviembre de 1764, abolición de la Compañía de Jesús en Francia). Les tolera que humillen a los agentes del rey en provincias, y permite que los ministros reformadores (Silhouette, Bertin) sean sacrificados a la furia parlamentaria; más aún, en el lugar de aquéllos llega a entregar el contró1 de las finanzas a un robín. Su debilidad ante los Parlamentos, la hostilidad de la Du Barry -réplica a la protección que la
Pompadour le prestó mientras vivió- y su belicismo antibritánico (incidente de las Malvinas) causaron la caída de Choiseul (diciembre 1770), sustituido por el triunvirato Maupeou-Terray-D'Aiguillon, antiaustriaco y antiparlamentario.
Con Maupeou (1770-74) realiza la monarquía su primer ensayo de despotismo ilustrado (v.), acometiendo la primera gran reforma del reinado: supresión de los Parlamentos. Al oponerse éstos a los edictos fiscales del abate Terray, el canciller Maupeou respondió (edicto de 23 feb. 1771) con una reforma total de la magistratura: abolición de la toga hereditaria y de la venalidad de oficios de justicia, justicia gratuita a cargo de nuevos tribunales designados por el rey. Fue una revolución popular, pese a la campaña de descrédito de los privilegiados, pero fugaz. Maupeou planeaba nuevas reformas modernizadoras y sustanciales (unidad de códigos, reforma fiscal) cuando la muerte de L. (10 mayo 1774) frustró este intento de revolución desde arriba. El triunvirato fue despedido, y los consejeros del nuevo monarca restablecieron en el acto los Parlamentos, salto en el vacío de la autoridad real y primera de las claudicaciones que conducirían inexorablemente al desastre de la monarquía (V. LUIS XVI DE FRANCIA).
Política exterior. En el largo reinado de L. la política internacional pasó por diversas fases, acusándose hasta 1739 un periodo de paz predominante (el pacífico condominio francobritánico) y luego un segundo periodo dominado por las preocupaciones bélicas. Asimismo se acusa hasta 1748 la preponderancia de las preocupaciones continentales, en general contra Austria, y luego la de las preocupaciones coloniales y marítimas, en claro enfrentamiento con Inglaterra. La alianza familiar con los Borbones de España y Nápoles predominó asimismo en el reinado, aunque con intermitencias y fases de distanciamiento (V. PACTOS DE FAMILIA).
Durante la regencia de Orleáns, Francia secundó dócilmente la política inglesa (pacto Stanhope-Dubois, base del condominio pacífico), con el pretexto de mantener la paz europea de Utrecht (v.), amenazada por las ambiciones de los Farnesios de España, pero en realidad para comprar la protección inglesa a las aspiraciones dinásticas del regente. El arreglo de los matrimonios hispanofranceses de 1721 parecía poner fin a la desavenencia borbónica, ante la perspectiva de casar a la hija del regente con el príncipe de Asturias (Luis I), y quizá con la oculta intención de facilitar las aspiraciones de Orleáns a la corona, retrasando la boda de L. Se comprende por ello la decisión del duque de Borbón, a la mayoría de edad de L. (1723), de devolver a Madrid a la infanta María Ana Victoria, para realizar un matrimonio inmediato, aunque ello rompiese la aproximación borbónica y motivase la reconciliación de España y Austria y una guerra contra ambas (1726).
Durante la primera parte del reinado de L., hasta 1739, predominaron los ideales pacíficos de Fleury, basados en el condominio y buen entendimiento con Inglaterra (V. WALPOLE, ROBERT), a pesar de las tendencias belicistas y austrófobas del canciller Chauvelin, representante de los ideales anacrónicos de la tradicional hostilidad antihabsburguesa (v. SUCESIÓN DE POLONIA, GUERRA DE). Esta tendencia belicista y antiaustriaca se impone a partir de 1740, coincidiendo con el fin del gobierno Fleury y el comienzo de la etapa agresiva y antibritánica de la segunda parte del reinado (v. SUCESIÓN DE AUSTRIA, GUERRA DE). En este nuevo periodo, montado sobre las alianzas austriaca (desde 1756) y borbónica del Pacto de Familia, los dos grandes enemigos fueron Prusia en el continente e Inglaterra en los mares y en las colonias. Choiseul preside este viraje, que llena el resto del reinado, a partir de la reversión de alianzas de 1756, fin de la tradicional hostilidad francoustriaca, y, por tanto, del sistema europeo de Utrecht.
Tras la desafortunada paz de París de 1763, el desquite borbónico parecía que iba a llegar con el incidente angloespañol de las Malvinas (1770). Pero la oposición lo juzgó prematuro y derribó a Choiseul, y luego el triunvirato, entregado de lleno a la política interior, se mantuvo cuidadosamente al margen de todas las aventuras exteriores durante el resto del reinado. La oportunidad no se presentaría hasta el reinado siguiente, con la guerra de independencia de las 13 colonias de Norteamérica (1778-83), verdadera guerra del desquite borbónico. La política exterior de L., característica de la movilidad e inestabilidad de las combinaciones diplomáticas del s. XVIll, dejó como saldo las adquisiciones territoriales de Lorena y Córcega, a cambio del desguace del primer imperio colonial francés (v. FRANCIA V). |