l. Biografía. Poeta, novelista y dramaturgo español del Siglo de Oro, una de las figuras literarias más sobresalientes de todos los tiempos. Nació en Madrid, el 25 nov. 1562, y fue bautizado el 6 de diciembre del mismo año en la parroquia de San Miguel de los Octoes. Sus padres, de modesta condición, procedían del Valle de Carriedo (Santander) y habían llegado a Madrid el mismo año del nacimiento del poeta. Se llamaban Félix de Vega y Carpio y Francisca Fernández Flores. El padre, buen cristiano, era bordador de profesión. Murió súbitamente en 1578 cuando L. contaba 15 años. Su esposa le sobrevivió hasta 1589. El matrimonio tuvo cuatro hijos más, uno de los cuales, Juan, acompañó a L. en la expedición de la Invencible con el grado de alférez y en ella encontró la muerte. De los otros, Francisco, Juliana e Isabel, se conservan las partidas de bautismo o de confirmación.
Se conocen pocos datos de la niñez y adolescencia de Lope. Pérez de Montalbán (1602-38), en su Fama póstuma, cuenta que a los cinco años entendía el latín y dictaba sus primeros versos a otros niños mayores por no saber escribir por entonces. Hizo estudios de Gramática y Retórica en el Colegio de la Compañía de Jesús y a los 12 años «tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada». Muerto su padre, L., deseoso de conocer mundo, escapó de casa en compañía de un amigo llegando a Segovia, La Bañeza y Astorga. Un alguacil segoviano los reintegró al poco tiempo al domicilio paterno. Sirvió a D. Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, quien debió ayudarle para que hiciese estudios en Alcalá. Nada se sabe con certeza de estos estudios universitarios, pero no debió de realizarlos con demasiado orden. Aunque no ha sido posible encontrar su nombre en los libros de matrícula de esa época, parece probable que cursara en la Universidad complutense entre 1577 y 1581 ó 1582, y que asistiese también a algún curso en la de Salamanca, de donde saldría en 1583 para participar en la conquista de la isla Terceira (Azores), incorporado a la escuadra que se hizo a la mar en Lisboa el 23 de junio de ese año al mando del marqués de Santa Cruz. A su regreso, inició relaciones amorosas con Elena Osorio (Filis), esposa del comediante Cristóbal Calderón e hija de Jerónimo Velázquez, director de una compañía teatral al que L. entregaba sus primeras comedias. Estos amores adúlteros duraron hasta 1587 y originaron el primer gran escándalo de la vida del Fénix. L. llegó a compartir los favores de Elena con un rival poderoso, D. Francisco Perrenot Granvela, caballero de Alcántara y conde de Cantecroix, y, al fin, despechado, escribió una serie de versos ofensivos para la dama y su familia, que motivaron su prisión el 29 dic. 1587. Los parientes iniciaron un proceso judicial del que L. saldría condenado a cuatro años de destierro de la corte, y a dos del reino. En caso de incumplimiento, la doble sentencia debía aumentarse en cuatro años más y a la pena de muerte respectivamente. L., a los pocos días de dictarse la sentencia, desde la misma cárcel, injurió de nuevo a Elena. Los alcaldes de la corte firmaron nueva declaración el 7 feb. 1588 aumentando a ocho los años de destierro de Madrid y señalando la pena de galeras como condena inmediata si el poeta insistía en los agravios. Al día siguiente de la segunda sentencia, L. salió de la cárcel y pronto se vio sometido a un nuevo proceso por el rapto de Isabel de Urbina (Belisa), hija de D. Diego Ampuero Urbina y Alderete, que había sido regidor de Madrid y rey de armas de Felipe Il. Lope debía de tener relaciones con Isabel durante el proceso por libelos y ante la posibilidad de que la familia no accediese al matrimonio, de acuerdo con la dama, quebrantó el destierro para realizar el rapto. El proceso no siguió adelante y L. casó por poderes con Isabel el 10 mayo 1588, confirmando el matrimonio en Valencia el 10 jul. 1589.
A los pocos días de su boda, se alista como voluntario en la Armada Invencible y sale de Lisboa el 29 de mayo de ese año a bordo del galeón San Juan. Tras el desastre de la expedición, L. vive pacíficamente en Valencia (1589-90) rodeado de un ambiente culto. Colabora en la creación del romancero artístico y escribe comedias que periódicamente recoge un enviado de su amigo Gaspar de Porres. En 1590, al cumplirse los dos años de destierro del reino, L. se aproxima a Madrid instalándose con su esposa en Toledo. En 1590 entra al servicio de D. Antonio Alvarez de Toledo, duque de Alba, al que acompaña en sus posesiones de Alba de Tormes. L. escribe con tranquilidad en el ambiente artístico creado por el duque y en la paz hogareña que le ofrece Isabel. En esta época escribe su novela pastoril La Arcadia, en la que sigue la tradición de la obra homónima de Jacobo Sannazaro (v.). La etapa en Alba se interrumpe pronto. Hacia el 15 sept. 1594, al nacer su hija Teodora, muere Belisa, compañera fiel del destierro. L. desea ir a Madrid. Ha perdido el gusto por la permanencia en Alba de Tormes, al quedar disuelta la corte de músicos y poetas que animaba el hermanastro del duque, D. Diego de Toledo, muerto en 1593 por un toro. Pendiente aún parte de su condena, espera el indulto y se apresura a hacer almoneda de sus bienes y de los de Isabel el 25 feb. 1595. El 28 de marzo de ese mismo año, el padre de Elena Osorio firma la petición de perdón y el apartamiento de la querella contra el Fénix, con intención, tal vez, de concertar el matrimonio de éste con su hija, o por el deseo, más verosímil, de incrementar su repertorio teatral con las obras de L. En diciembre de 1595, pocos meses antes de haber cumplido totalmente la sentencia, puede L. volver a Madrid, donde se le estima hace tiempo como sobresaliente autor dramático. Su vida en la corte vuelve a ser alterada por un nuevo proceso, esta vez por concubinato con Antonia Trillo de Armenta.
En 1598, entró al servicio del marqués de Sarria, futuro copde de Lemos. La relación amorosa con Micaela Luján (¿Celia?, Camila Lucinda), a la que había dirigido versos anteriormente, debieron de consolidarse en estas fechas. En las Rimas (1602) y en el poema épico La hermosura de Angélica (1602) hay ya claras alusiones a esta mujer, actriz bella y sin cultura, casada con el cómico Diego Díaz que se encontraba en el Perú, donde falleció en 1603. De los amores con la cómica tuvo L. siete hijos, entre ellos Marcela (1605) y Lope Félix (1607) que vivirán con él a partir de 1613 (fecha del fallecimiento de su segunda esposa). El 25 abr. 1598, posiblemente cuando había comenzado ya sus relaciones con Lucinda, L. contrajo matrimonio canónico en la iglesia de Santa Cruz de Madrid con Juana de Guardo, hija de un rico carnicero, que pudo aportar cuantiosa dote si no lo hubiera impedido la avaricia paterna. Los enemigos del Fénix supusieron que se trataba de un arreglo interesado y no dejaron de zaherirle. Ese mismo año, en mayo, Felipe II ordenó el cierre de los teatros con motivo de la muerte de su hija doña Catalina, duquesa de Saboya. Aunque ésta fuera la razón principal, influyeron en la decisión los escrúpulos de teólogos y moralistas por las liviandades a que daba lugar el arte escénico. Hasta su reapertura, el 17 abr. 1599, por orden de Felipe III, L. se dedicó a iniciar o publicar obras no teatrales.
Publica entonces su novela La Arcadia (1598), escrita con anterioridad, y el poema épico La Dragontea, escrito velozmente al conocer la muerte del corsario inglés Drake. A principios de 1599 aparece El Isidro, poema épico-religioso. En esta época concluye La hermosura de Angélica, comenzada a bordo del galeón San Juan, obra que se daría a la estampa años después, en 1602. En 1599 L. acompaña al marqués de Sarria a Valencia, donde Felipe III esperaba a su futura consorte doña Margarita, representándose en tal oportunidad el auto alegórico de Lope de Vega Las bodas del alma con el amor divino. En el mismo año sale de las prensas valencianas su poema Fiestas de Denia. Entre 1600 y 1605, a pesar de tener su residencia en Madrid, pasa temporadas en Toledo y Sevilla, donde escribe El peregrino en su patria (1604). En 1605 L. conoce al duque de Sessa, D. Luis Fernández de Córdoba, y entra a su servicio como secretario íntimo y consejero de sus devaneos amorosos. Los frecuentes testimonios de gratitud de L. avalan la generosidad del nuevo mecenas, pero la relación entre ambos y los tratos en que debió de comprometerse hundirían a L. en las mayores bajezas y le plantearían profundos problemas de conciencia. La mediación del duque valió a L. para obtener el cargo honorífico de «familiar del Santo Oficio de la Inquisición» (1608), que aparece por primera vez en la portada de La Jerusalén conquistada (1609).
Hacia 1608, L. rompe, por causas desconocidas, con Micaela Luján y comienza un periodo de relativa calma espiritual dominado por aspiraciones religiosas. Ingresa en la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento y en 16II en la Orden Tercera de San Francisco. Su lírica se mueve ahora en torno a problemas interiores, ahonda en el análisis de su vida y brotan de su pluma como fruto de estas meditaciones los Cuatro Soliloquios (1612). El mismo año aparece su novela Los pastores de Belén. La muerte de su hijo Carlos Félix en esa fecha y la de Juana de Guardo (13 ag. 1613) aligeran el proceso espiritual que le llevará al sacerdocio cuando cuenta 51 años de edad (abril 1614). La recepción de las órdenes sagradas imponen en su vida una moderación transitoria que le obliga a reflexionar sobre sus relaciones con el duque de Sessa, al que escribe una carta estremecedora pidiéndole le libere de la obligación de escribir las cartas amorosas que el liviano señor imponía, «que como cada día confieso este escribir estos papeles, no quisieron absolverme si no daba la palabra de dejar de hacerlo... suplico a V. Exca. tome este trabajo por cuenta suya, para que yo no llegue al altar con este escrúpulo ni tenga cada día que pleitear con los censores de mis culpas». En una segunda carta, L. se ve obligado a insistir en que «éstos no son escrúpulos, sino pecados para no hallar la gracia de Dios que es lo que yo ahora deseo».
En la misma línea de los Soliloquios aparecen en el otoño de 1614 sus Rimas Sacras, que recogen la Canción a la muerte de Carlos Félix, romances sobre la Pasión y 100 sonetos, entre los que se encuentran obras maestras de la fe y el arrepentimiento: Cuando en mis manos, Rey Eterno, os miro; Pastor que con tus silbos amorosos; ¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado!; ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? En junio de 1616, L. sale para Valencia con el pretexto de recibir a un hijo suyo, fraile descalzo. El viaje arroja, en todos los órdenes, un saldo negativo para el poeta. A la grave enfermedad que ha de sufrir, se une la relación amorosa iniciada con una actriz, posiblemente Lucía de Salcedo. Cuando vuelve a Madrid, se le nombra procurador fiscal de la Cámara Apostólica en el arzobispado de Toledo, y, en seguida, comienza sus amores con Marta de Nevares Santoyo (Amarilis), mujer casada que despierta en el anciano L. una pasión en la que el poeta se siente perdido. L. llega a las mayores bajezas: escarnece al marido, abdica de todo pudor y celebra gozosamente su muerte, acaecida en 1620. Su misma hija Antonia Clara, habida de estos amores, en 1617, figurará en la partida de bautismo como descendiente de Roque Hernández, el marido burlado, siguiendo el mismo procedimiento empleado antes con los hijos que le nacieron de Micaela Luján. El Fénix, una vez más, es objeto de la crítica enconada de sus enemigos, pero está ciego por este amor al que se entrega con entusiasmo juvenil; para ello escribe en 1621 Las fortunas de Diana, primera de sus cuatro novelas a Marcia Leonarda.
Pronto se inician las dolorosas experiencias que acaban con la vida de Lope: su hija Marcela, huyendo quizá del caos moral de su casa, ingresa en las Trinitarias descalzas; Lope Félix marcha también, para seguir la carrera de las armas. Poco después, en 1622, Marta queda ciega y pierde la razón cayendo en un estado de postración sólo alterado por los accesos de locura. L., inmerso en la pesadumbre, despojado de cuanto había amado, demuestra la sinceridad de su afecto cuidando con esmero a la que había llamado su décima musa. Todavía tiene la satisfacción de que Urbano VIII le conceda el título de doctor en Teología y la cruz de la orden de San Juan por la dedicatoria que le hizo de La Corona trágica (1627). El título llevaba aparejado el tratamiento de «frey» con el que el autor firma en lo sucesivo. El 7 abr. 1632 fallece Marta de Nevares, que había logrado recuperar la razón poco antes, y ese mismo año publica La Dorotea. En 1634 muere su hijo Lope Félix en un naufragio. Cuando aparece La Gatomaquia, poema burlesco destinado a entretener los ocios del hijo ausente, L. aún desconocía el desgraciado accidente. Tras el dolor producido por el rapto de su hija Antonia Clara, realizado por el libertino Cristóbal Tenorio, la vida del Fénix llega a su fin. Dominado por la melancolía, se siente enfermo el 6 ag. 1635. Veinte días después, muy grave ya, recibe los últimos sacramentos. L. está lúcido, medita en lo que le espera y confiesa a Montalbán «que él trocara cuantos aplausos había tenido por haber hecho un acto más de virtud».
El día 27, perdida la facultad de hablar, oraba interiormente y besaba un crucifijo en último testimonio de un amor real, cantado en versos prodigiosos. A las cinco y cuarto de la tarde expiró. Una inmensa muchedumbre acudió al entierro, que pasó delante del convento de las Trinitarias para que su hija Marcela diera el postrer adiós al poeta. De los solemnes funerales se encargó el duque de Sessa. L. fue enterrado en la iglesia de S. Sebastián, en la madrileña calle de Atocha. Posteriormente, nadie tomó a su cargo los derechos anuales de renovación de la sepultura y entre 1654 y 1658 los restos fueron arrojados al osario común.
La vida de L. escapa, como su obra, a toda ponderación. Su auténtica medida fue la desmesura. Por eso, su peripecia personal, semejante a la de muchos de sus contemporáneos, tomó en la textura de su alma extremos especiales. Incurrió en graves defectos, no tuvo término medio para el amor ni para el odio y por su índole peculiar emparejó sus escándalos públicos con sinceros arrepentimientos, muestras fervientes de fe y cruentas penitencias. En el fondo de su experiencia, con capacidad para explicar sus alternativas, había un núcleo sustantivo dotado para la generosidad y la entrega sin otros límites que los de la debilidad de carácter y su enfermiza inconstancia. Hizo don de sí dondequiera que vio posibilidad de efusión. No regateó la entrega en el amor humano o sobrenatural, ni en la amistad. Incluso llegó a las máximas bajezas para demostrar lealtad y pagar favores recibidos sin pensar en la propia dignidad o en la paz de su espíritu. Esta actitud vital daría como fruto su propia obra, maravillosa conjunción, en buena medida, de lo autobiográfico y el arte. Por esta vía L. se hizo cronista de sí mismo, él que no logró serlo de la corte de los Austrias.
2. Obra literaria. Su fecundidad literaria fue portentosa, mereciendo el calificativo de monstruo de la naturaleza con el que le distinguieron sus contemporáneos, y el de Fénix de los ingenios, por su ímproba capacidad creadora. Tres años antes de su muerte L. cifraba en l.500 títulos el balance de su obra dramática. A este número hay que añadir su producción poética culta, la novelesca y los centenares de obras líricas.
Producción en prosa. Fue fundamentalmente autor dramático y lírico, pero cultivó la novela pastoril tanto en la versión idealizadora del Renacimiento (La Arcadia, 1589) como en la versión a lo divino que aparece en Los pastores de Belén (1612), en la que inserta deliciosos poemas sacros. Se anticipó a Cervantes (v.) en el ensayo de la novela bizantina con El peregrino en su patria (1604) y siguió a éste, por estímulo de Marta de Nevares, en la novela corta (Las fortunas de Diana, 1621; La prudente venganza, La desdicha por la honra, y Guzmán el Bravo, de 1614). Su obra fundamental en prosa es La Dorotea (1632), en la que, enraizada en -la tradi, ión de La Celestina, analiza sus amores con Elena Osorio desde la desapasionada sabiduría de su vejez. Con su obra épica L. se incorporó a la tradición renacentista intentando las diversas formas de desarrollo que ésta experimentó en el barroco: hizo poemas de tema histórico, como La Dragontea (1598), La Jerusalén conquistada, a imitación de Tasso, v. (1609), La corona trágica (1627); religiosos: El Isidro (1599); burlescos: La Gatomaquia (1634); mitológicos (La Andrómeda; La Filomena, 1621; La Circe, 1624) y de aventuras caballerescas al modo de Ludovico Ariosto (v.), como La hermosura de Angélica (1602). Distingue a todos ellos la falta de profundidad y la incapacidad de su musa, espontánea y natural, para mantener prolongadamente la solemnidad de la épica (v.) culta. Interesan más por las noticias autobiográficas y el lirismo de algunos pasajes que por el acierto de conjunto, obstaculizado por la afectación, la ausencia de plan y las frecuentes digresiones. De tipo didáctico son el Arte nuevo de hacer comedias (1609), interesante exposición de su preceptiva dramática, y El laurel de Apolo (1630), en el que elogia sin adecuado rigor crítico a cerca de 300 autores contemporáneos.
Creación lírica. El lirismo constituye en L. un elemento predominante. Además de los libros estrictamente líricos (Cuatro soliloquios, 1612; Rimas sacras, 1614; Romancero espiritual, 1618; Triunfos divinos, 1625), sus poemas aparecen dispersos en volúmenes de carácter misceláneo publicados por el autor (novelas, poemas narrativos, teatro) e, incluso, en antologías de la época (Romancero general, 1600). Su obra ofrece la conjunción de las formas italianizantes con las propias de la tradición española, bien en su corriente popular de romances o canciones de acompañamiento en las fiestas, como en las más artificiosas de la poesía de cancionero (v.). Con arte insuperable renovó las viejas fórmulas consiguiendo creaciones perennes por su agilidad y exquisita belleza. Sus mayas, canciones, letrillas y villancicos conservan su primitiva lozanía, aunque se advierta el mayor refinamiento artístico de sus formas expresivas. Son extraordinarias las composiciones En las mañanitas del mes de mayo (maya), Blanca me era yo (canción de siega), Mañanitas floridas (villancico). Destaca L. entre los creadores del romance artístico. Como sonetista fue insuperable. Siguió las técnicas renacentistas sin incurrir en el formalismo, castigó el verso en busca de la claridad del concepto y aun en temas baladíes supo poner acentos de soberana emoción. Son extraordinarios por su belleza Suelta mi manso, mayoral extraño (Rimas); Silvio, a una blanca corderilla suya (La Arcadia) ; Cuando en mis manos, rey eterno, os miro (Triunfos divinos, 1625); Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada? (Laurel de Apolo). Su novedad, que es la de toda su lírica, está en el aporte de elementos autobiográficos y en la acabada perfección de la forma. Como muestras del género pueden citarse A mis soledades voy y la magnífica endecha Pobre barquilla mía, poemas recogidos en La Dorotea. El Romancero General ofrece los romances que L. dirigió a E. Osorio bajo el disfraz de Belardo y el moro Zaide y el destinado a Isabel de Urbina De pechos sobre una torre. Completan la visión de su lírica la dolorida canción A la muerte de Carlos Félix y sus églogas Amarilis (1633), recuerdo de sus amores con Marta de Nevares, y Filis (1635), escrita con motivo del rapto de su hija Antonia Clara.
Producción dramática. Su máxima gloria quedó vinculada al teatro, titubeante y en fase de desarrollo hasta su aparición. L. se impuso como maestro indiscutible. Utilizó los progresos hechos hasta él y elevó la calidad artística y espiritual del espectáculo. El teatro alcanzó en sus manos la fórmula definitiva, característica, del Siglo de Oro (v.). En ella se encuentran la orientación popular (Lope de Rueda, v.), el lirismo (Gil Vicente, v.), la división en tres jornadas (Virués, 1550?-1610?), la introducción del gracioso (Francisco de la Cueva) y la mezcla de ambientes nobles y plebeyos iniciada con La Celestina (v.). En el aspecto temático, L. utilizó, enriqueciéndolo, el venero de la tradición épica descubierto por J. de la Cueva (v.); la leyenda popular tratada antes por Rey -de Artieda (1549-1613); la comedia de capa y espada de Torres Naharro (v.) y la rica gama religiosa de los ciclos del teatro (v.) litúrgico. Por su actitud liberal concluyeron las disputas sobre las unidades clásicas (v. CLASICISMO I) y el teatro de L. se abrió a todas las posibilidades: romancero (v.), historia antigua y contemporánea, leyendas nacionales, novelas italianas, mitología...
Montada sobre los conceptos del honor, la monarquía y lo cristiano, su obra sistematizó la ideología de la época y sirvió como elemento aglutinador de la sociedad. La síntesis ofrecida por su teatro fue un esfuerzo creador de primer orden. Recibió las tendencias más externas, las técnicas superficiales. A él le correspondió la tarea de darle cuerpo definitivo. Su genio dramático profundizó en el alma de su pueblo y supo ofrecer el arte más adecuado a la psicología comunitaria. Surgió así un teatro natural, apasionado, volcado en el dinamismo escénico, lleno de esencias nacionales, aun en obras de asunto extranjero. El pueblo se hizo espectador de sí mismo al ver enredada su vida ordinaria en cuanto hacían los representantes. La atracción de este teatro sedujo a doctos y legos. El mismo L., capaz de todos los empeños, vibró más profundamente e hizo sus obras más perfectas cuando, recreando la vida española, se inspiraba en el popularismo de la canción lírica o de las leyendas tradicionales. Sólo conservamos una tercera parte de su producción dramática. En una selección temática muy sucinta pueden destacarse como las mejores entre las de tema histórico-legendario: El mejor alcalde, el rey (1620-23), Las almenas de Toro (1610-13), Peribáñez y el Comendador de Ocaña (1605-08), Fuente Ovejuna (1612-14?), El caballero de Olmedo (1620-25?), La niña de Plata (1610-12). En el género de capa y espada sobresalen: El acero de Madrid (1608-12), El anzuelo de Fenisa (1604-06?), La dama boba (1613), El perro del hortelano (1613), Los melindres de Belisa (1606-08). Son importantes entre las religiosas: La siega, La creación del mundo (1631-35) (bíblica), y La buena guarda (1610) (leyenda).
V. t.: COMEDIA; HUMORISMO II; TEATRO. |