Historiador romano en lengua latina. Ha pasado a la posteridad por su obra Ab urbe condita (Desde la fundación de la ciudad), conocida desde la Antigüedad como Décadas y denominada frecuentemente en castellano Historia de Roma, pues se refiere a la historia de Roma desde la fundación de la ciudad (ca. 752 a. C.) hasta la muerte de Druso el Germánico (9 a. C.), hermano del emperador Tiberio.
Se sabe muy poco de la vida de T. L. Por distintas fuentes, se conoce el lugar de su nacimiento: Padua, llamada entonces Patavium. S. Jerónimo sugiere que n. en el 59 a. C. y ésta es una de las fechas que se considera como más probable. M. en Padua el 17 d. C. Hay referencias en Séneca (Epístolas, 100,9) y Quintiliano (Instituciones, X,1, 39) de que estudió Filosofía y Retórica. Lo más probable es que se formara en su ciudad natal y de allí marchara a Roma, cuando ya había comenzado su obra, seguramente para informarse en los escritos de otros autores acerca de la materia que investigaba. Se suele datar su viaje a Roma en el 29 a. C., cuando Octavio Augusto (v.) regresaba victorioso de Oriente. Se cree que T. L., que tenía aproximadamente la misma edad del Emperador, se relacionó amistosamente con éste, a pesar de su simpatía por la causa republicana de Sexto Pompeyo, a quien combatió Octavio durante el segundo triunvirato. Por esta razón, según Tácito (Anales, IV,3), T. L. recibió el sobrenombre de pompeyano. Le tocó vivir los primeros años del Imperio, pero era un defensor del sistema republicano, al que, sin embargo, señala sus inconvenientes. Para J. Irazusta, T. L. era «republicano, pero moderado, y más por odio al mando unipersonal de la realeza que por amor al gobierno popular» (o. c. en bibl., 74).
Acerca de la vida privada de T. L. y de su familia se tienen pocas noticias. Tuvo dos hijos y una hija. Uno de sus hijos escribió un tratado sobre Geografía y otro se interesó por la Retórica, al igual que su padre. Su hija se casó con el retórico Lucio Magio. Este ambiente retórico es el que vivió T. L. durante su estancia en Roma y el que impregna su obra, que desde un punto de vista crítico se puede considerar una poesía en prosa del acontecer histórico con discursos (más de 400 en la parte que se conserva) al estilo clásico. Su modelo literario fueron los Diálogos de Cicerón publicados en los 45-44 a. C., y a quien sigue en sus principios retóricos.
Ab urbe condita describe un periodo de 744 años. No es una historia en el moderno sentido de la palabra ni tampoco parece que T. L. pretendiera narrar exactamente todo lo ocurrido en ese tiempo, consciente como era de la dificultad que entrañaba por la falta de una documentación precisa, por la falsedad de algunas fuentes, por la contradicción de noticias y, porque a fin de cuentas, su concepto de la Historia, como magistra vitae, de carácter moralizador, de exaltación de ideales, de descripción psicológica de personajes y de ambientes, en la que se mezclan la leyenda y lo real, el sentimiento y el patriotismo, no encaja en la idea de Historia que se forjaron otros autores y que hoy día tenemos. El mismo reconoce el carácter legendario de las tradiciones y la inconsistencia de las Historias en las que se inspira, pero da a entender que prefiere los historiadores más antiguos como Fabio Píctor y Cincio Alimento.
Estos y otros analistas como Calpurnio Pisón, Licinio Macro (utilizado especialmente para la confusa cronología de los consulados), Valerio Anziato (el que le proporciona más material), Elio Tuberón y Claudio Cuadrigario, son utilizados como fuente en los primeros libros, aunque T. L. censura sus errores y falsedades, que sigue, pero aparte del griego Polibio (v.), del s. II a. C., no disponía de mejores materiales. En total, se sirve de unos 14 autores, entre griegos y romanos. A pesar de que duda de las tradiciones anteriores al 390 a. C., las recoge. Como también toma de los analistas todo lo que le atrae y le sirve para la finalidad que se propone. Su método no es crítico. El resultado, por tanto, es una Historia desfigurada, pero presentada con sinceridad. Eso y no otra cosa quiso hacer T. L. Por ello, no se le puede achacar falsedad o pretensiones de engaño, aun cuando siga cierta tradición tendenciosa en la exposición de algunos acontecimientos.
A T. L. tampoco parece importarle demasiado la veracidad, el detalle, la concatenación de los hechos, como a su antecesor Polibio o como a sus sucesores Suetonio (v.) y Tácito (v.). Se deja influir por los annali maximi, que constituyen la base de la historiografía romana, y en los que lo mítico, la invención, las interpolaciones, etc., eran sus características. T. L. no hizo más que seguir la ideología oficial de la época augustea, moralizante y educativa; y está considerado como el último analista (v. ANTIGUA, EDAD I, 2). Sin embargo, no cae en la subjetividad de la mayoría de los analistas, en sus exageradas parcialidades, tendentes a enaltecer una familia o un personaje determinado, en detrimento de la verdad. A T. L. le preocupan las ideas más que los hechos. Es como un ensayista de estilo ampuloso, amplio periodo (ciceroniano), lenguaje clásico, que quiere demostrar con fervor patriótico la grandeza de Roma, sin ocultar los defectos romanos, la decadencia de la época republicana a causa de las ambiciones, las divisiones internas y la corrupción de costumbres. T. L., como buen paduano, es un admirador de las virtudes que contribuyeron al engrandecimiento de Roma, a su expansión, y se lamenta de la decadencia.
Su obra, pragmática, instructiva, intenta explicar las causas de la grandeza de Roma y la decadencia que le tocó presenciar. Junto al dolor por esa decadencia, se aprecia un evidente deseo por el resurgimiento de Roma. Lamenta las divisiones internas, pero no las explica bien. Fue más afortunado al exponer la expansión de Roma, cuya empresa colectiva admira. Ya en el Prefacio señala al romano como «primer pueblo del mundo», pero ello no es obstáculo para condenar las acciones de los romanos que le parecen vituperables. A pesar de esta imparcialidad, aplica distintas categorías a unos mismos actos, según que sus autores sean o no romanos. Tal vez, el mayor defecto de este historiador de «fe egregia», como le llama Tácito, sea el que señala D. Nisard «que, al escribir la historia de la nación más política de la Antigüedad, carece de curiosidad e interés por la política interior de su país» (o. c. en bibl.).
En síntesis, puede decirse que T. L. escribió una novela histórica con un fondo de verdad, en la que resulta problemático distinguir lo auténtico de lo falso, pero ciertamente sirve para hacerse una idea de lo que pudo ser la historia de Roma. De los 142 libros de que se compone la obra, que posiblemente empezó a publicarse en el 26-27 a. C., sólo se conservan 35 (1-9, 21-45 y parte del 91 en un palimpsesto del Vaticano). El contenido de la mayoría de los restantes se conoce a través de resúmenes hechos probablemente en la segunda mitad del reinado de Tiberio, por un hijo suyo según algunos. Los temas se dividen, por libros, del siguiente modo: 1, prefacio, orígenes de Roma y periodo real; 2-5, República hasta asalto de Roma por galos (390 a. C.); 6-15, conquista de Italia (272 a. C.); 16-20, primera Guerra púnica (262-257); 21-30, segunda Guerra púnica (219-202); 31-40, conquista de Oriente hasta la muerte de Filipo V de Macedonia (178 a. C.); 41-45, Guerra macedónica (168 a. C.); 49-52, tercera Guerra púnica y destrucción de Corinto (146 a. C.); 58-61, periodo de los Graco (133 a. C.); 71-80, Druso y la guerra social con lo sucedido a la muerte de Mario (86 a. C.); 90, Muerte de Sila (78 a. C.); 103, consulado de César después de la caída de Craso y Pompeyo, y primer triunvirato (48 a. C.); 109-II6, guerra civil y asesinato de César (44 a. C.); II8-133, continuación de Accio (desde el 31 a. C.) y descripción de la muerte de Cicerón en un fragmento del libro 120 (43 a. C.); 134-142, desde el reinado de Augusto hasta la muerte de Druso (9 a. C.).
Como puede observarse, hasta el 45 los libros se reúnen en grupos de 5 y 10; después, la agrupación es arbitraria, y dedica más extensión a la historia más reciente (20 libros para los cinco primeros siglos, y los 122 restantes para 2,5 siglos de República). Desde el s. V, se acostumbró a dividir los libros en décadas, de las que se conservan íntegras las I, III y IV, e incompleta la V (libros 41-45). Para los libros 1-4 se sirvió de las noticias proporcionadas por Valerio Anziato, Licinio Macro y Elio Tuberón; en el 5, incluyó datos de Claudio Cuadrigario, que había comenzado su obra con el asalto de los galos a Roma; en los 21-30, añadió material de Celio Antipater y Polibio; en los 31-45, se valió de Valerio Auriato y Claudio Cuadrigario, que completó con Polibio en cuanto a los sucesos de Oriente.
La primera versión que se ha hecho en España de las Décadas es catalana, debida probablemente a Guillem de Copons, a fines del s. XIV, y cuyo manuscrito se conserva en el British Museum. Parece ser que esta traducción se hizo a base de un texto francés de P. Bersvire (1355). A través de la catalana, Pero López de Ayala (1332-1417) realizó una traducción al castellano, a principios del s. XV, publicada en Salamanca (1497). Las catorce décadas de Tito Livio, editadas por fray Pedro de la Vega (Zaragoza 1520), fueron completadas por F. de Enzinas (Colonia 1553). Cuando nuevamente la historiografía volvió a conceder atención a T. L., F. Navarro y Calvo editó su obra en 7 vol. (Madrid 1888-89). Más moderna es la traducción de A. Millares Carlo, Desde la fundación de la ciudad, México 1955. Ed. críticas: A. Zingerle, Viena-Leipzig 18831908; R. C. Conway, W. C. E. Walters y K. Johnson, Oxford 1919-35 (libro 1-9, 21-30); J. Bayet, París 1940-46 (libros 1-9); G. Meyer, Zurich 1944 (libros 1-2); J. Vallejo, Madrid 1946 (libro 21). |