Dramaturgo, crítico y ensayista alemán, n. en Kamenz (Sajonia) el 22 en. 1729, y m. en Braunschweig el 15 feb. 178l. Es el precursor más destacado de la literatura nacional alemana. Representante de la Ilustración (v.), L. se distingue ante todo por su humanismo racional, que no se limita al aspecto puramente racionalista del saber, sino que incluye la eficacia en el obrar. Por este camino impulsó los ideales de la Ilustración, superando algunos de sus planteamientos. Combatió el protestantismo luterano ortodoxo y defendió una religiosidad meramente humanitaria. Sus obras dramáticas y estéticas influyeron poderosamente en el desarrollo de la literatura en su patria. Nada retrata mejor la mentalidad de L. que estas palabras suyas: «El valor de un hombre no consiste en la verdad que posee o cree poseer, sino en su esfuerzo sincero por llegar a poseerla; pues no es la posesión de la verdad, sino su búsqueda, lo que acrecienta las fuerzas y hace progresar en la virtud. Si Dios tuviese encerrada en su mano derecha toda la verdad, y en su izquierda sólo el ardiente anhelo de ella con la condición de hacerme errar eternamente, y me diese a elegir, caería humildemente sobre su mano izquierda exclamando: Padre, dame esto; la verdad pura te pertenece sólo a Ti» (Eine Duplik, 1778, Sütntliche Schriften, XIII, Leipzig 1897, 23-24).
Primeras obras. Hijo de un pastor protestante, cursó los primeros estudios de Humanidades en el colegio del príncipe de Meissen. En 1746 marchó a Leipzig a estudiar Teología, mas pronto cambió este estudio por el de la Medicina, que igualmente abandonó para ampliar su formación filológica. Su compañero de estudios Mylius, joven de espíritu libre y progresista, le introdujo en el periodismo de Leipzig y le puso en contacto con el mundo del teatro. Inspirándose sobre todo en los latinos Plauto (v.) y Terencio (v.), comenzó L. a componer comedias en el estilo vigente en la época ilustrada, siendo la primera Der junge Gelehrte (El joven erudito), representada con éxito en 1748 por la célebre compañía que dirigía Friederike Neuber. A ésta siguieron Der Misogyn (El misógino), 1748; Die alte Jungfer (La solterona), 1748; Die Juden (Los judíos), 1749; Der Freigeist (El librepensador), 1749, así como diversas traducciones del francés y las adaptaciones de Plauto Die Gefangenen (Los cautivos), 1750; Justin (1750) y Der Schatz (El tesoro), 1750. Ya en 1747 había compuesto poesías y odas anacreónticas, narraciones y fábulas, la mayoría según Esopo (v.). L. concibe la fábula en forma puramente racionalista, sucinta y sin adornos ni moraleja. Bajo el título Kleinigkeiten (Pequeñeces) publicó en 1751 una colección de poesías y epigramas. En 1748 se trasladó a Berlín, donde se dedicó al teatro y a la crítica literaria, fundando en 1750 una revista de crítica y ensayo. Con sus numerosas recensiones escritas con agudeza y fluidez de estilo, consiguió pronto una gran fama de crítico literario. Interrumpiendo durante un año su estancia en Berlín, obtuvo, en 1751, en la Univ. de Wittenberg, el título de Maestro en Artes. Por este tiempo tradujo Examen de ingenios, de Juan Huarte, y poco más tarde comenzó a editar la Theatralische Bibliothek, en la que defiende el drama social y la comedia auténtica, libre de la afectación lacrimógena.
Progresiva emancipación del clasicismo francés. En 1755 tenía terminado el drama Miss Sara Sampson, bajo la influencia de los ingleses Lillo y Richardson (v.), de acción escasa, pero abundante en conflictos espirituales y con escenas de marcada emotividad. Este drama significa un paso decisivo en la emancipación del modelo francés y del preceptismo de Gottsched y Gellert. Cuatro años más tarde edita L., en colaboración con sus amigos F. Nicolai y M. Mendelssohn, la rev. «Briefe die neueste Literatur betreffend», cartas informativas sobre el movimiento literario, fingidamente dirigidas a un oficial prusiano. La edición comenzó en enero de 1759, durando hasta el verano de 1765. En total 333 cartas, 55 de ellas de L. La más célebre es la carta 17 en que L. critica la imitación del clasicismo francés y los supuestos méritos de Gottsched en favor del teatro alemán; al mismo tiempo hace referencia al genio de Shakespeare, más asequible según él al espíritu alemán que no Corneille y Racine. Como prueba del parentesco del drama inglés con el alemán, en cuanto a la presentación de auténticos caracteres y a la captación psicológica de las grandes pasiones humanas, habla L. de un fragmento de un antiguo drama popular sobre el tema de Fausto. El autor de dicho fragmento es el mismo L., y en él aparece Fausto (muy de acuerdo con la mentalidad ilustrada) como hombre ansioso de saber, al par que su pecado de soberbia queda convertido en una «noble virtud». El drama debía terminar con la salvación de Fausto.
En 1756 había emprendido L. un viaje alrededor del mundo en compañía de un comerciante, pero hallándose en Amsterdam tuvo que renunciar a él por haber estallado la Guerra de los Siete Años. Dos años más tarde se encuentra nuevamente en Berlín, donde poco después publica sus Fábulas en una edición de tres tomos. Fruto de sus estudios sobre Sófocles (v.) es el drama Philotas (1759), de estilo arcaizante, caracteres heroicos y glorificación del sacrificio por la patria. Si bien conserva las tres unidades, contrasta con el estilo de la tragedia francesa. Diversos proyectos de dramas en esta misma dirección (Das Horoskop, Kleontis) no llegaron a realizarse, así como tampoco el plan de traducir a Plauto y Sófocles; no obstante, en 1760 publicó una biografía del gran trágico griego. De 1760 a 1765 fue L. secretario del general Tauentzien en Breslau, cargo que le permitió dedicarse a realizar varios de sus múltiples proyectos. Fruto del trabajo de estos años es la comedia Minna von Barnhelm, estrenada en Hamburgo en 1767, que trata de un suceso ocurrido durante la Guerra de los Siete Años. En la técnica imita todavía el clasicismo francés, pero su fuerte está en los caracteres y en el diálogo, pudiendo decirse que inaugura una nueva época del teatro alemán. El fondo moral de la comedia es el concepto del honor; la conciencia del deber es el rasgo fundamental de los caracteres, más que las cualidades psicológicas. Esta comedia sirvió de modelo a las de tema análogo en el s. XVIIL.
Ideas estéticas sobre el arte y la poesía. En el estudio crítico Laokoon oder über die Grenzen der Malerei und Poesie (Laoconte o sobre los límites de la pintura y la poesía, 1766), L. intenta determinar la diferencia radical entre la poesía como arte que se expresa en una sucesión temporal, y las artes plásticas, cuyo principio es la simultaneidad en el espacio. Por vía de ejemplo da una interpretación de la escultura de origen griego (s. I a. C.) que representa la muerte de Laoconte mordido de serpientes. En dicha escultura, el gesto de Laoconte es de tal contención que sólo parece gemir, de forma que en ella se expresaría el genuino sentir griego. Sin embargo, el poeta Virgilio, al describir en la Eneida este mismo suceso, hace a Laoconte gritar, cosa que parecería no ser auténtica. L. quiere demostrar que tanto el escultor como el poeta aciertan en el fondo, y así rebate el ut pintura poesis de Horacio. Según L., Laoconte no grita en la representación escultórica, porque el grito solamente sería expresión de un momento transitorio, en tanto que el escultor debe elegir el «momento fructífero», el de la suprema tensión, y además porque el grito sería expresión de lo feo, cosa inadmisible en las artes plásticas por su carácter permanente. La diferente representación del mismo motivo por el poeta es para L. una prueba de que tanto la poesía como las artes plásticas dependen de sus respectivos medios técnicos, fundando en esto su específica diversidad. La poesía, dice L., no está obligada a representar únicamente lo bello y los caracteres equilibrados; su objeto es la acción, y, por eso, maestros del arte poético, como Homero, sustituían la descripción de lo bello por la acción. Partiendo de estos supuestos, establece una antítesis fundamental entre las artes plásticas y la poesía; determinan a ésta la cadencia del lenguaje y la acción, ambas en sucesión temporal; a aquéllas, la yuxtaposición de formas y colores en una extensión espacial, y además la elección del momento fructífero. Estas ideas estéticas de L., superadas luego con el romanticismo, hicieron, no obstante, gran impresión en su tiempo, promoviendo varias disputas literarias. En el ensayo Wie die Alten den Tod gebildet (De cómo los antiguos representaron la muerte, 1769), contesta L. a los ataques de su adversario Klotz.
Concepción renovadora del teatro. A principios de 1765 se trasladó L. de Breslau a Berlín, esperando obtener, como miembro de la Academia de las Ciencias, el nombramiento de director de la Biblioteca Real, pero Federico II rechazó su solicitud y la de Winckelmann, nombrando al benedictino francés Pernéty. En compensación obtuvo, dos años más tarde, el cargo de director artístico del recién inaugurado Teatro Nacional de Hamburgo. Por este medio esperaba L. ver realizada su ilusión de influir en la renovación del arte escénico en su patria. A este fin comenzó a editar en 1767 la rev. «Hamburgische Dramaturgie», con críticas y comentarios sobre las obras representadas en dicho teatro y sobre la calidad y dotes de los actores. En conjunto se publicaron, hasta 1769, 104 números con 52 críticas. Los comentarios de L. a las diversas obras representadas son como un tratado de poesía dramática. Los principales temas discutidos fueron: 1) El concepto aristotélico de katharsis como finalidad de la tragedia. 2) El problema de las unidades dramáticas. L. quiere que únicamente se mantenga la unidad de acción, basada en la unidad de los caracteres. 3) Shakespeare, cuyo genio cumplió instintivamente las verdaderas leyes dramáticas; no obstante, L. pone en guardia contra una imitación demasiado estricta del dramaturgo inglés. 4) Los dramas de santos o mártires. Dado que ni los hombres del todo buenos ni los del todo malos pueden excitar nuestra conmiseración, pide L. que se lleven a la escena caracteres con virtudes y vicios. 5) La relación del dramaturgo con la historia. Para el autor dramático la historia es solamente un repertorio de nombres, y por ello goza de la libertad de presentar a su gusto el desarrollo de la acción. Por lo demás, dice L. que se debe respetar el verdadero carácter de los personajes históricos.
Una realización de sus teorías dramáticas es la tragedia Emilia Galotti (1772), obra de técnica perfecta. El argumento se basa en una narración de Tito Livio, y es, según escribe el mismo L., «el destino de una hija asesinada por su propio padre por estimar en más su virtud que su vida». La obra, concebida primero como drama heroico de la época romana, quedó luego transformada en un drama social en el ambiente cortesano de la Italia del s. XVIII. Por su forma y por la caracterización de los personajes se halla entre el drama clasicista según el modelo de Gottsched, y el de rebelión, típico del Sturm und Drang. Si bien en él se ponen al desnudo las arbitrariedades del régimen absolutista y la inmoralidad de los príncipes, no pasa a la invectiva abierta, como más tarde harían los dramas de Schiller (v.). La tragedia nace del conflicto entre la sumisión al orden social existente y la exigencia de una moralidad intachable. El valor moral de esta obra está en la defensa de la dignidad humana.
Viaje a Italia. Viendo fracasada su empresa en el teatro de Hamburgo, proyectaba L. un viaje a Italia cuando obtuvo el nombramiento de director de la biblioteca de Wolfenbüttel, cargo que había desempeñado Leibniz un siglo antes; L. lo disfrutó desde 1770 hasta su muerte. En la colección Zur Geschichte der Literatur (Para una historia de la literatura), publicó cuanto de valioso pudo encontrar entre los documentos de esta rica biblioteca.
En 1775 pudo realizar por fin L. su anhelado viaje a Italia en compañía del príncipe Leopoldo de Braunschweig, viaje, por lo demás, de ningún provecho para su producción literaria. Al año siguiente de regresar de Italia
contrajo matrimonio con Eva Ksnig, viuda de un comerciante hamburgués. Poco tiempo disfrutó de la dicha del hogar, pues su esposa falleció dos años más tarde.
Escritos teológicos. Por esta época comenzó L. a intervenir en controversias teológicas. La causa inicial fue el haber publicado unos escritos de autor anónimo (Fragmente eines Ungenannten) en que se defendía el deísmo (v.) racionalista. Este autor anónimo era el ilustrado hamburgués Samuel Reimarus (v.), quien, rechazando la revelación bíblica como pura invención humana, y extendiendo su crítica racionalista a toda la historia del cristianismo, proponía el retorno a una religión natural y a una moral meramente naturalista. No era la intención de L. identificarse con las opiniones de Reimarus, y por eso acompañó la publicación de una crítica propia. Pero el pastor hamburgués Goeze, entre otros, salió en defensa de la Biblia y de la religión revelada, y L., tal vez sin haberlo previsto, se vio envuelto en una arriesgada controversia. En los escritos Anti-Goeze y Nótige Antwort (Respuesta necesaria, 1778), expuso sus propios puntos de vista. Para L. siguen teniendo valor determinadas verdades reveladas, pero sólo en cuanto verdades racionales. Afirma, pues, que las religiones positivas son estadios transitorios de condicionamiento histórico en el desarrollo de la razón humana; constituyen una parte de la religión racional, que es el fundamento. En la revelación bíblica -concluye- se contienen verdades racionales arcaicamente formuladas; L. cree, por consiguiente, poder prescindir de la Biblia, sin que por eso se destruya la religión, entendida como fe racional. Con lo cual es el precursor de la última fase de la Ilustración, es decir, de aquella nueva orientación filosófica que continuará Kant (v.) unos años más tarde.
El duque de Braunschweig, si bien afecto a L., tuvo que ceder a la presión de los luteranos, prohibiéndole publicar escritos teológicos. L. se replegó a la palestra del teatro, escribiendo Nathan der Weise (Natán el sabio, 1779), que puede considerarse como un manifiesto del humanitarismo religioso. El drama reúne en una complicada trama, sobre el escenario de Palestina en la Edad Media, a representantes del judaísmo, del cristianismo y del islamismo, dando el papel principal al representánte del judaísmo. La tesis que defiende la obra es que ninguna de las religiones positivas tiene preferencia sobre las demás, ya que todas son válidas en cuanto las acredita la conducta de sus adictos: la verdadera religión es, en suma -para L.-, la rectitud moral, con independencia de toda revelación, dogma o verdad. En el diálogo se inserta la célebre parábola de la sortija, cuyo más remoto origen se halla entre los judíos españoles de principios del s. XII; L. la toma de Boccaccio. La virtud de la sortija no es otra cosa que la virtud de su portador; éste es quien, con su conducta, se hace agradable o desagradable a los ojos de Dios y de los hombres. Natán es la encarnación escénica del mismo L.; por su forma y contenido, la obra se aproxima a los dramas del clasicismo alemán. Bajo el título Ernst und Falk, publicó L. en 1778 cinco diálogos sobre temas referentes a la masonería.
Su última obra. Die Erziehung des Menschengeschlechts (La educación del género humano, 1780) es como una síntesis de filosofía de la historia. L. vuelve a expresar su convicción de que sólo el progresivo desarrollo de la mente humana y el constante anhelo de superación pueden dar al hombre la verdadera dignidad, acercándole al destino ético de la humanidad. Mas para alcanzar esta meta, el hombre tiene que ser educado por Dios. Aquí cobra sentido la historia revelada, el progreso del Antiguo al N. T., y de éste a la moralidad pura del siglo futuro.
«Llegará un tiempo -dice L.-, el tiempo de la plenitud, en que el hombre hará el bien por ser el bien, y no por llevar aparejada una arbitraria recompensa.» L. estaba persuadido de que las facultades naturales del hombre, dejadas en libertad, se desarrollarían en la dirección de lo divino. El progreso humano es, en este sentido, ilimitado, y trasciende la vida terrena. Como posibilidad de un ulterior perfeccionamiento admite L. la idea de la transmigración de las almas. Con esto, su pensamiento ilustrado desemboca en el idealismo metafísico de un devenir infinito, y prepara el camino del irracionalismo posterior.
V. t.: ILUSTRACIÓN; HEGELIANOS; DEÍSMO. |