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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Lerma, Duque de (Francisco Gómez de Sandoval y Borja)
Categoria:
Biografía GER
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Valido de la monarquía española, que ejerció su cargo, durante el reinado de Felipe III (v.), entre 1598 y 1618. N. en 1553, de ilustre familia, entre cuyos ascendientes se contaban el rey Fernando el Católico y S. Francisco de Borja. Su padre, el tercer conde de L., ocupó ya importantes cargos en la corte de Felipe II, circunstancia que favoreció los inicios de la carrera política de D. Francisco. Sin embargo, pareció éste, en su juventud, más inclinado a dedicarse a la Iglesia, tal vez por haberse educado bajo la tutela de su tío, Cristóbal de Rojas, arzobispo de Sevilla. Su carácter ambicioso, su amor al fausto cortesano y la influencia de que su familia gozaba en Madrid, le llevaron finalmente a ingresar en la vida de palacio, como gentilhombre de cámara de Felipe II.
      L. era hombre que sabía hacerse grato a cualquier persona. Tenía una habilidad especial para encontrar el gesto apropiado o la palabra oportuna en cada situación; era amable, servicial y discreta e inteligentemente adulador. Mereció un buen concepto del rey, y más aún del príncipe heredero, el futuro Felipe III, muchacho tímido que no tardó en depositar en el conde toda su confianza. Ya durante los últimos años del reinado de Felipe II se echaba de ver la privanza que el de L. había de ejercer sobre el futuro rey; y, naturalmente, no le faltaron enemigos empeñados en obstaculizar su carrera, o políticos deseosos de evitar que la débil voluntad del príncipe quedara dominada por la de su ambicioso consejero. Felipe II, informado por su Consejo privado, decidió apartarle de la corte, nombrándole virrey de Valencia; pero D. Francisco logró pronto el retorno a Madrid, en una jugada de suprema habilidad, mostrando sus deseos de permanecer al lado del príncipe, y los de sus enemigos, empeñados en alejarle: dejando al rey la decisión final. L. supo colocar al monarca ante esta eventualidad; era evidente que el heredero de la corona, abúlico e influenciable, se dejaría gobernar por el primero que acertase a colocarse a su lado. Y ya que era inevitable la privanza, se hacía preciso o mantener a L., hombre prudente, con visos de virtuoso, gran diplomático, y en quien el príncipe tenía una confianza absoluta, o dejar que otra persona, imprevisible de momento, conquistase la voluntad del futuro monarca. Felipe II, partidario como siempre fue de los caminos conocidos, mantuvo a L. en el séquito del príncipe.
      La privanza. Lo previsible no tardó en ocurrir. El 13 sept. 1598 m. Felipe II, y cuando, horas más tarde, el secretario Cristóbal de Moura introducía el despacho del día en la cámara del nuevo soberano, Felipe III le invitó a retirarse, y llamó inmediatamente al conde de L. El Consejo privado, que había asistido al monarca anterior durante los últimos años, como principal organismo asesor, fue automáticamente disuelto, y la mayoría de sus miembros alejados de la corte. España iba a ser gobernada por un solo hombre, y no precisamente Felipe IIL. Se iniciaba así el sistema de valimiento (V. VALIDO), destinado a perdurar por espacio de un siglo.
      El favorito, que ya se había ganado de antemano la confianza del joven monarca, supo mantenerla con continuos agasajos, y descargándole de las pesadas tareas del gobierno. Cuando Felipe contrajo matrimonio con su prima Margarita de Austria (1599), L. invitó a los recién casados en sus posesiones de Denia, con tal esplendidez, que prácticamente se arruinó. Pero no tardó en resarcirse, porque el rey, agradecido; transformó su condado en ducado, y le concedió nuevas mercedes, amén del cargo de comendador mayor de Castilla, con una renta de 16.000 ducados. No tardaría el nuevo duque en hacerse inmensamente rico, gracias a su afán de acumular prebendas y de aceptar toda clase de regalos. Inició con su propio lucro uno de los más caracterizados males del naciente s. XVII: la venalidad, que acabaría desembocando en una completa corrupción administrativa. En el proceso que le fue instruido, años después de su caída, por el conde-duque de Olivares, se evaluó la cantidad que había acumulado durante su privanza en unos 40 millones de ducados (varios miles de millones de pesetas).
      Si el principal defecto del duque de L. fue la venalidad, el segundo fue el nepotismo. No hubo familiar a quien no colocase y enriqueciese. A uno de sus hijos, Francisco, hizo marqués de Cea y gentilhombre de palacio; al otro hijo, Diego, le concedió, desde la niñez, la encomienda mayor de Calatrava. Logró que su tío D. Cristóbal, ya mencionado, obtuviese el arzobispado de Toledo, e hizo a sus cuñados virreyes de Nápoles y de Perú. La familia Sandoval parecía dueña de los destinos de España. Hasta el regio valimiento fue heredado, a la caída de L., por su hijo, el marqués de Cea, a quien Felipe III hizo luego duque de Uceda.
      La marcha política. El duque de L. gobernó y administró el país por espacio de 20 años, prácticamente sin oposición; entiéndase oposición activa e interferente. Su privanza fue impopular, pero el incondicional favor del rey le mantuvo en su puesto contra una opinión cada vez más generalizada, que apenas, sin embargo, encontraba cauces por donde manifestarse. Cuando la vieja Emperatriz María, abuela de Felipe III, recluida en un convento de Madrid, intentó convencer al rey de que prescindiese de su privado, éste hizo trasladar la corte a Valladolid (1601-07), hasta la muerte de aquella señora. Los personajes que pudieran hacerle sombra o minar su posición fueron alejados, con cargos en el extranjero o en las posesiones exteriores de la monarquía. Así se dio el curioso fenómeno de los «grandes políticos periféricos», a que se ha referido Pérez Bustamante, en tanto que en la administración interior prolifera la corrupción en manos de hombres mediocres, como los odiados «validos del valido», Rodrigo Calderón y Pedro Franqueza; de este modo, nunca tuvo España un conjunto tan excelente de gobernantes en sus posesiones exteriores o embajadores en las cortes extranjeras. Virreyes como el conde de Lemos o el duque de Osuna; gobernadores como el conde de Fuentes o el marqués de
      Villafranca; diplomáticos como Gondomar (en Londres), Cárdenas (en París), Aytona (en Roma), Zúñiga (en Viena) o Bedmar (en Venecia), mantienen el prestigio de España en el mundo, obrando muchas veces por cuenta propia, a espaldas de una administración inoperante, y hasta pueden dar una impresión de solidez en la maquinaria imperial de la monarquía católica que realmente no existe.
      Por otra parte, L. fue siempre un buen diplomático, aunque su característica desconfianza y su meticulosidad dieron a los negocios un ritmo lento, escasa decisión en los asuntos graves, y una cierta tortuosidad en los métodos. Por todas las cortes de Europa pululaban agentes secretos del valido español. En un momento en que predominaba una corriente general de pacifismo, no fue difícil mantener el statu quo, esto es, la situación de hegemonía española. Pocas iniciativas, en realidad, cabe atribuir al duque de L. La más importante, en orden a la política interior, fue la expulsión de los moriscos (v.), que vino a resolver un viejo problema ante el que otros gobernantes, incluyendo a Felipe II, habían dudado largamente; decisión en la que el valido parece que jugó un importante papel. Desde entonces, la unidad religiosa quedó definitivamente consagrada en España, a costa de una inevitable merma demográfica, y, muy probablemente, económica.
      El pacifismo del valido fue también factor contribuyente a un decisivo paso en política exterior: la tregua de los Doce Años con los Países Bajos (1609), firmada un poco contra el deseo del propio Felipe III, que temía comprometer en la claudicación el honor de las tropas españolas; si bien es evidente que el monarca, débil y concesivo, participaba también del pacifismo que imperaba en el ambiente de la época.
      Uno de los puntos en que L. actuó con energía poco común fue en el caso de la política con Saboya, cuyo duque, Carlos Manuel, aspiraba a socavar la posición española en Italia. El valido, mezclando la diplomacia con la acción militar, que llevaron a cabo los gobernadores de Milán, se mostró en principio inflexible con las ambiciones del saboyano, aunque luego, al sentirlo integrado en la órbita de la hegemonía española, terminara siendo generoso con él. En cambio, el valido mostró una irresolución total en la política antiturca, que se evidenció sobre todo a raíz de la sublevación de los albaneses, que pidieron ayuda al rey de España, deparando una ocasión como pocas veces se había presentado ni iba a presentarse en la época de la casa de Austria (v.) de asestar un golpe decisivo a la potencia otomana. Sin embargo, las vacilaciones de L. y su temor a comprometerse en una aventura más o menos arriesgada dejaron la ayuda a los pueblos balcánicos en una intervención puramente simbólica, y la sublevación fracasó. (Para el estudio de los hechos concretos del reinado, V. FELIPE III.)
      Caída y semblanza final. La posición del duque de L. se fue resquebrajando muy lentamente, hasta hacerse inestable. La crisis económica de 1607-09, debida más que nada a los despilfarros cortesanos y a la corrupción administrativa, minó su prestigio, y dejó en evidencia una serie de irregularidades que no hubo forma de cubrir. Así se hizo inevitable la caída de algunos hombres del equipo gobernante, como Núñez de Prado y el conde de Villalonga. Ya en 1613, el valido tampoco pudo evitar la desgracia de su más inmediato ayudante, Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, abrumado de cargos por todas partes. El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, y los condes de Lemos y Olivares, conspiraban contra él; en tanto, su propio hijo, el marqués de Cea, sin hacerle directamente la contra, aspiraba a sustituirle. Cuando vio tambalearse la confianza regia, L. gestionó y obtuvo la púrpura cardenalicia, que le dejaba a salvo de cualquier represalia. En 1618, el rey le invitaba a retirarse a sus posesiones de L., donde murió, humillado, en 1625.
      Hombre hábil, «mañoso más bien que entendido», al decir de Quevedo; prudente y diplomático, empañó sus virtudes de gobernante con la venalidad y con una desconfianza y recelo que le hicieron antipático hasta a sus mismos colaboradores. Su prurito de fiscalizarlo todo retrasó enormemente la marcha de los negocios de Estado. Y, sobre todo, no supo aprovechar la coyuntura de paz que ofrecía a España la posibilidad de una sana recuperación. El inmovilismo y la corrupción, de que L. es símbolo, significan en la historia de España una generación perdida.
J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
    BIBL.: A falta de una biografía del duque de L., pueden utilizarse: C. PÉREZ BUSTAMANTE, Felipe III. Semblanza de un monarca y perfiles de una privanza, Madrid 1950; J. JUDERíAs, Los comienzos de una privanza, «La Lectura» (1915) 413 ss.
     

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.
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